Sirvienta X Sirviente - 83
Daniel no regresó al townhouse hasta que se hizo de madrugada. James no lo dejaba irse y lo tuvo paseando de un lado a otro por lugares a los que él ni quería ir.
Como no podía negarse a todo, tuvo que tomarse unos tragos. Y como tenía el estómago vacío —porque lo único que comió fueron unos cuantos bocaditos—, el alcohol le pegó rápido. Pero no tenía hambre; el cansancio mental era tanto que no quería hacer nada.
Además, el olor a cigarro que se le había pegado a la ropa le daba un asco terrible. Solo quería descansar. Subió las escaleras arrastrando los pies y abrió la puerta de su cuarto con un humor de perros.
Pero adentro de la habitación, donde solo debería haber silencio y frío, sintió que alguien estaba ahí. Una silueta pequeña que, a pesar de ser una ‘intrusa’, se había adueñado de la cama con toda la confianza del mundo. Daniel se acercó como si un imán lo jalara.
—¿Ellie?
Al escucharlo, Ellie, que estaba profundamente dormida, abrió los ojos de golpe. Pero no estaba despierta del todo; pestañeaba despacio, como si estuviera flotando entre un sueño y la realidad.
Daniel se sentó al borde de la cama sin siquiera quitarse el saco. Le acomodó el pelo que le caía por la frente y le habló con suavidad:
—¿Qué haces acá?
Ellie lo miró con los ojos entrecerrados. Movió las pupilas un momento como tratando de reconocerlo y, al toque, volvió a cerrar los párpados. Hundió la cara en la almohada y balbuceó como hablando en sueños:
—Tú eres más malo…
Al oír ese reproche, Daniel soltó un suspiro profundo. No tenía cómo defenderse. Ella no tenía la culpa de nada, ni antes ni ahora.
La luz blanca de la luna entraba por la ventana. Daniel se quedó mirando la cara de Ellie en silencio. Todo lo que él siempre había querido —la libertad y la paz— estaba ahí, frente a él. Ni siquiera una vida difícil había podido borrarle la sonrisa a ella.
Era normal que él se sintiera atraído por Ellie, como alguien que tiene frío y busca el calor de una fogata. Daniel, buscando ese refugio, la abrazó con fuerza de repente.
—¿Mmm?
Ellie arrugó un ojo por el peso que sentía encima. Se asustó un poco por el olor extraño, pero cuando vio quién era, se relajó. Empezó a olfatearle la cabeza a Daniel como un perrito.
—Hueles a guardado…
—Perdón.
dijo Daniel y la apretó más fuerte.
A Ellie ya se le había ido el sueño, así que empezó a pensar. ‘¿Qué habrá pasado afuera?’. Ese olor fuerte a tabaco y la actitud de Daniel no eran normales.
Ellie no tenía ni idea de a dónde iba Daniel ni qué hacía, pero siempre que regresaba de la calle se le veía de mal humor. Por su cara de cansado, se notaba que su vida no era tan fácil como parecía.
Hoy, Daniel se veía más frágil que nunca. Así como ‘Diana la empleada’ resultó ser una mentira, Ellie tuvo miedo de que Daniel también desapareciera de la nada. Por puro nerviosismo, le devolvió el abrazo rodeándole la espalda. Daniel se estremeció un poquito y apretó más los brazos.
Se quedaron así, quietos, por un buen rato. Después de unos minutos, Ellie, que ya se estaba aburriendo de estar tiesa, empezó a acariciarle el costado así como jugando. Pero, raro en él, Daniel la frenó.
—No hagas eso.
—¿Qué cosa?
—La mano.
Daniel respondió cortante y Ellie infló los cachetes de puro berrinche. ‘O sea, él sí puede andar desvistiéndome cuando le da la gana, ¿pero yo no puedo tomar la iniciativa?’, pensó.
Picada, Ellie metió la mano por la cintura del pantalón de Daniel. Él se levantó de un salto y la apartó. Ellie abrió los ojos de par en par por el rechazo tan seco.
Daniel se justificó con voz de pocos amigos:
—Huelo a cigarro. Me voy a lavar y a cambiar de ropa, ahorita vengo.
Ellie pestañeó sin poder creerlo. ¿En serio se preocupaba por eso? A ella nunca le había importado si él se había bañado o no; es más, Daniel siempre olía riquísimo.
‘Qué cuadriculado es a veces’, pensó. Ellie abrió los brazos de par en par, invitándolo a volver.
—Ven acá.
Daniel dudó un segundo, pero al final se dejó caer en sus brazos otra vez. Ellie lo abrazó fuerte y aspiró todo ese olor que traía de la calle.
Debajo del olor amargo del tabaco, se sentía el aroma natural de Daniel. Quién sabe por qué, pero hoy tenía ganas. Ellie empezó a sacarle la camisa del pantalón despacito. Daniel pegó su frente a la de ella y soltó una risita suave.
—¿Para esto te habías escondido acá?
Ellie lo miró de reojo, haciéndose la interesante. Si decía que no, era mentira. Después de estar pegados todo el día, se sentía sola cuando él no estaba, tanto en el cuerpo como en el alma.
Pero no se había metido a su cuarto solo por eso. También quería darle el dulce que ella misma había hecho y…
—¡Ay, de veras!
Ellie rodó por la cama y se escapó de los brazos de Daniel. Él, que ya estaba por probar sus labios, frunció el ceño. Ellie puso los pies en el suelo y preguntó:
—¿Te gusta la mermelada de albaricoque?
—¿Qué?
—Hoy hice tarta de mermelada. Te traje un poco para que la pruebes.
Daniel miró de reojo hacia la mesa de té. Con razón sentía un olorcito dulce por ahí. Pero si de dulzura se trataba, prefería la que tenía más cerca. Daniel agarró a Ellie y la volvió a echar en la cama.
—La como en un ratito.
—¿Por qué? Me salió riquísima, ah.
Ellie hizo un puchero. Una que se preocupa por él y este ni las gracias da.
Tal como juró el dueño de la tienda, la mermelada de albaricoque de este año estaba en su punto, dulce y en almíbar. Marcus y Matthew se la devoraron, hasta Amy, que siempre hace berrinche porque prefiere la de fresa, dejó su plato limpio. Pero eso sí, Ellie no soltó por nada del mundo las mini tartas que había separado aparte.
Daniel jaló la mano de Ellie y la presionó con fuerza entre sus piernas.
—Es que esto me urge más.
Ellie se mordió el labio. ‘Tanto que se hacía el difícil hace un rato’, pensó. Daniel le plantó un beso cortito en la punta de la nariz. Se sentía un rastro suave a alcohol. Ellie levantó la mirada con curiosidad.
—¿Has tomado?
—Un poco.
respondió Daniel, casi como una disculpa. Tenía esa cara de chiquillo que acaban de ampayar haciendo una travesura. Ellie, sin hacerse de rogar, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó de frente.
Lo que empezó como un juego se puso serio al toque. El beso se volvió profundo y el ambiente entre los dos comenzó a arder. Justo cuando a Ellie le empezaban a temblar las pestañas de la emoción, sintió un movimiento cerca.
Los dos voltearon al mismo tiempo hacia donde vino el ruido. Bajo la luz de la luna que entraba por la ventana, un gato negro estiraba las patas delanteras con toda la flojera del mundo. Daniel se levantó de un salto.
—Shasha.
Agarró al gato con maña y lo sacó del cuarto. Cuando Daniel volvió a la cama, Ellie lo cuadró de una:
—¿Por qué no me dijiste?
—¿Qué cosa?
—Que Alexandre… es Shasha.
Ellie masculló las palabras. No me va a decir que Marcus y Matthew lo sabían y él no. Efectivamente, Daniel se encogió de hombros con una conchudez única.
—¿No sabías?
—¡Claro que sabías que no sabía!
Ellie, picada, le dio un golpecito en el pecho. Si lo hubiera sabido, no lo habría estado corrigiendo cada vez que ella le decía ‘Shasha’.
Al principio, cuando se lo escuchó a sus hermanos, pensó que Daniel simplemente le seguía la corriente con el nombre que ella le puso. Pero pensándolo bien, ¡qué espeso! Me hubiera avisado, pues.
Se quedó mirando la alfombra y soltó con resentimiento:
—¿Por qué siempre… por qué siempre soy la última en enterarse de todo?
Daniel se quedó mudo. Sabía que esto no se podía pasar por alto con una broma. Él entendía perfectamente que Ellie no se refería solo al nombre del gato.
Daniel les había contado partes de sus secretos a sus conocidos, a los hermanos de Ellie, hasta a Amanda; pero a Ellie no le había explicado nada. Lo poco que ella sabía era porque otros se lo habían chismeado.
‘Es que Ellie no sabe mentir’, ‘Es que se puede poner en peligro’… puras excusas. La verdad era que Daniel había sido un cobarde, le faltó pantalones y se la pasó engañándola todo este tiempo.
Pero ya no faltaba nada. Quisiera o no, el momento en que todo saldría a la luz estaba a la vuelta de la esquina. Daniel la jaló hacia su pecho con delicadeza.
—Ya falta muy poco, de verdad. Después de eso… te juro que te voy a contar absolutamente todo.
Ellie se dejó abrazar, aunque haciéndose la difícil, lo miró a la cara. La mirada de Daniel estaba más seria que nunca. Ella apoyó la mejilla en su pecho.
—¿Hasta cuándo…?
—Un poquito más… solo espérame un poquito más.
Se le quebró un poco la voz al final. Ellie sentía, a través de su mejilla, cómo el corazón de él latía más rápido de lo normal. Asintió despacio. ‘Ya, pues, me voy a dejar engañar una última vez’.
Daniel sabía perfectamente lo mucho que pesaba la confianza que ella le estaba dando. La abrazó con toda su alma y se juró a sí mismo que, cuando llegara ese día, le sería sincero hasta el día en que se muera.
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