Sirvienta X Sirviente - 82
Por más que el juicio fuera una formalidad, era imposible terminar todo —desde el interrogatorio de testigos hasta la sentencia— en un solo día. El juez fijó la fecha para la siguiente audiencia y así se dio por terminada la jornada de hoy.
Fue una experiencia desagradable que Daniel no pensaba repetir. Sin embargo, después de ese día tan pesado, no pudo irse directo a su casa; James se lo llevó a la fuerza a un club privado para caballeros.
Ese lugar era un círculo cerradísimo: no podías entrar si no era por recomendación de un miembro antiguo y con el visto bueno de todos los demás. Incluso para entrar una sola vez, tenías que ir sí o sí acompañado de un socio.
El interior estaba en penumbras, con unas cortinas gruesas de terciopelo que tapaban todo. Apenas puso un pie adentro, Daniel sintió el olor a cigarro mezclado en el aire. Frunció el ceño por el humo pesado que llenaba el salón.
Un tipo joven sentado en un rincón vio a James y levantó la mano.
—Habla, pues.
—¿Qué pasa? Como no te vi en la corte, pensé que no habías ido, pero habías estado acá metido.
—¿Para qué voy a ir? Si sabía que tarde o temprano ibas a caer por acá.
respondió el hombre con una risita.
A pesar de que tenía al frente al príncipe heredero, su trato era de lo más confianza. Con eso, Daniel no tardó en darse cuenta de quién era: Robert, el conde de Gloucester. Estaba lejísimos en la línea de sucesión, pero igual era de la familia real; técnicamente, un pariente lejano de Daniel.
Robert hizo un gesto con la barbilla hacia Daniel.
—¿Él es… el que me dijiste?
—Sí.
James contestó como si nada. No hacía falta ser adivino para saber qué palabra había omitido en su pregunta: ‘el bastardo’. Era una falta de respeto total hablar así teniéndolo al frente, pero Daniel lo dejó pasar como si la cosa no fuera con él. A estas alturas, ya ni se sentía ofendido.
Del cigarro de Robert salía un olor fuerte a vainilla. Por su postura relajada y su mirada apagada, parecía el típico vago que prefiere fumar cosas más fuertes que el tabaco; un tipo que hacía honor a su fama.
Robert miró a Daniel y señaló la mesa. Había una caja de cigarros con unos grabados bien finos en la tapa. Para Daniel, eso no valía nada, eran puras poses. Solo la gente que no tiene nada que hacer se junta a perder el tiempo echando humo.
Daniel, con la cara bien seria, rechazó la invitación.
—No, gracias.
Robert soltó una carcajada burlona. James se sentó frente a él y se puso un cigarro en la boca.
—Relájate, hombre. Acá todos somos conocidos.
—Ya.
Daniel se acomodó en el sillón.
Más allá del humo, sentía que no encajaba ahí. Ese era el patio de juegos de los hijos de la nobleza, gente que no tiene que preocuparse por qué va a comer mañana ni por su futuro. Seguro ellos pensaban lo mismo de él. Pero bueno, al menos por hoy, tenía que aguantarse a esta gente.
Daniel no tenía voz ni voto. En esa mesa, su papel era el de un simple muñeco del príncipe heredero. Y un muñeco no necesita tener voluntad propia.
Robert miró a Daniel con una sonrisa socarrona.
—Un gusto, ¿ah?
Ese saludo tan formal sonaba a pura burla, Daniel sabía que no eran alucinaciones suyas. Se limitó a asentir con la cabeza para devolver el saludo.
A Robert Gloucester no le importaba mucho lo que pasaba en el mundo. Matarse por plata o poder era cosa de gente que no tiene nada. Como él lo tenía todo, se puso a hablar de cualquier sonsera.
—Oye, la Mayflower ya tuvo su cría.
—¿Ah, sí? ¿No decían que le había metido una patada al semental?
—Le conseguimos uno mejor, pues. Al nivel de mi engreída.
dijo Robert encogiéndose de hombros.
De ahí en adelante, la conversación fue puro aburrimiento: equitación, caza… las mismas historias de siempre. Daniel tuvo que concentrarse al máximo para no soltar un bostezo.
Poco después, empezaron a llegar los que habían estado en el juicio. Un señor con monóculo se acercó a los tres.
—Vaya, pero si acá está el protagonista del día.
—Oye, qué herida esa, ¿ah?
bromeó James.
Detrás del lente del monóculo, los ojos marrones del hombre brillaban de pura curiosidad.
—Bueno, es que hoy el tema de conversación ha sido…
Los demás que estaban cerca y no se atrevían a acercarse pensaban lo mismo. El bastardo cuya existencia armó un chongo hace años y que luego todos olvidaron… nadie esperaba que reapareciera así de la nada.
Además, para el tema de la traición, el papel de Daniel se había inflado muchísimo. James hasta le había quitado méritos a su propia gente para dárselos a Daniel. Había una razón clara para hacer tanto teatro.
James señaló a Daniel con la mano abierta.
—Les presento a mi hermano, Daniel.
El hombre esbozó una sonrisa misteriosa. Los sujetos que andaban cuchicheando entre ellos se callaron al mismo tiempo.
Ese apelativo de ‘hermano’ que James había soltado tenía varios significados caletas. Para empezar, que el príncipe heredero lo reconociera como hermano daba a entender que la situación de Daniel no se quedaría solo en la de un ‘bastardo real’. Si su estatus se iba a formalizar pronto, los demás tenían que mostrarle el respeto que eso conllevaba.
Además, era una forma de decir que ya no pensaba reconocer a Arthur —el acusado de hoy— como hermano ni como príncipe.
Un hombre se acercó con personalidad y le estiró la mano.
—Pattinson, de la Cámara de los Comunes.
—Liam, de Herbert.
Como si hubieran estado esperando su turno, se amontonaron para presentarse uno por uno. Daniel les respondió con la cortesía justa para no quedar mal.
—Un gusto. Encantado de conocerlos.
Daniel sentía cómo todas esas miradas curiosas se le clavaban. Eran miradas pegajosas, de esas que se te pegan a la piel. No eran muy diferentes a las de la gente que mira a los animales en el zoológico; lo veían como a un bicho raro traído de algún país lejano. Pero Daniel no tenía la menor intención de ponerse a hacer piruetas para ellos.
James volvió a tomar la batuta de la conversación.
—¿Y qué les pareció el juicio?
—Bueno… no hay palabras, ¿no?
—El príncipe… perdón, digo, Arthur… de verdad que… en fin.
Daniel no se metió en la charla ni puso ninguna cara en particular. Solo se quedó ahí, fingiendo que escuchaba con atención lo que decía James.
Como Daniel no reaccionaba mucho, los hombres perdieron el interés rápido. Tanto que decían que era el bastardo que tenían escondido en las colonias, pensaron que sería un malcriado o un tonto, pero resultó ser un tipo de lo más normal. Y para ellos, ‘normal’ significaba ‘aburrido’.
Otro hombre sacó un tema más importante.
—Cambiando de tema, ¿el Primer Ministro sigue en cama? Me preocupa que su salud esté tan mal.
Todos se callaron al toque. Empezaron a mover los ojos de reojo, tratando de leerle la mente al príncipe heredero. Nadie se atrevía a soltar la lengua, pero era obvio que a todos les parecía raro. Era un juicio por traición, nada menos. Casi todos los parlamentarios se habían dejado ver, pero el Primer Ministro brillaba por su ausencia.
Incluso si de verdad estaba mal de salud, si no podía estar presente en un momento tan crucial, ¿no debería dar un paso al costado?
James dejó su cigarro terminado en el cenicero y respondió con toda la calma del mundo:
—Justo por eso mandé al médico de la corona. No vaya a ser que el doctor de la residencia sea un matasanos…
Ante esa broma con doble sentido, todos soltaron la carcajada. James miró a Daniel de reojo.
—Es que me gustaría que estuviera presente para la ceremonia de investidura que habrá dentro de poco.
Se hizo un silencio cortito. En lugar de hablar, los hombres se empezaron a meter señas con la mirada.
Así como al que hace el mal le cae su castigo, es normal que al que hace méritos le den su premio. A los que ayudaron un poco les darán su recompensa, pero estaba claro que el protagonista de ese día sería Daniel. Con sus logros confirmados y el respaldo del príncipe, nadie iba a chistar.
—Jajaja, parece que los que andan buscando parejas van a tener bastante chamba.
—De verdad. No vaya a ser que su Alteza se gane el odio de todos los solteros de la ciudad.
Cada uno soltó su comentario. Estaban hablando por hablar, pero no dejaban de tener algo de razón. Un miembro de la realeza que cae del cielo así de la nada… los casamenteros se iban a pelear por él.
Además, si ya habían decidido reconocerlo, no le iban a dar un título cualquiera. Para cualquier noble con una hija soltera, este partido era mucho más atractivo que cualquier ricachón que hubiera hecho fortuna en las colonias. Aunque, siendo sinceros, lo que buscaban no era esa sangre real a medias, sino una línea directa con el futuro Rey.
James miró a Daniel con una chispa de desafío en los ojos. Daniel sentía que escuchaba clarito lo que su hermano no decía: ‘¿Y ahora qué vas a hacer?’.
De pronto, se le vino a la mente una cabecita castaña. Unos ojos verdes, brillantes como el rocío, que lo miraban con reproche. Pero Daniel, al final, no dijo ni una palabra.
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