Sirvienta X Sirviente - 81
—Para nada. Digamos más bien que es un acto de caridad con un anciano enfermo.
James soltó una media sonrisa burlona. Por ese gesto de suficiencia, Daniel captó la respuesta al toque: Theodore Granville no iba a caer. No soltaría el cargo de Primer Ministro y seguiría gozando del poder… pero solo de la tajada que el Príncipe Heredero le permitiera.
El temor de Daniel de que la corona tambaleara en la siguiente generación no era más que una preocupación de sobra. El equilibrio de poderes se mantendría estable de ahora en adelante, aunque fuera un equilibrio bamba, pura fachada.
El juicio empezó con todo, pero ¿se le podía llamar ‘juicio’ a eso? La cosa estaba totalmente parcializada. Cada vez que el representante de la Casa Real lanzaba una pregunta, el acusado de turno respondía con una desidia total, aceptando que todo era cierto.
Incluso el conde Stoner admitió todos los cargos sin chistar.
—Sí, así es. Y además…
Incluso fue más allá, declarando detalles que el fiscal ni había mencionado. Sabía que al final le esperaba la ejecución o, con mucha suerte, la cadena perpetua, pero igual se lanzó la soga al cuello solito.
Más que un juicio, parecía una confesión en misa. Cuando terminó de hablar, el juez principal preguntó con una voz que desbordaba aburrimiento:
—¿La defensa desea proceder con el contrainterrogatorio?
—No.
Parecía que ni el abogado tenía ganas de defenderlo. Y así siguieron los demás acusados. Todos, como si se hubieran puesto de acuerdo antes, aceptaban sus culpas y hasta completaban la información para terminar de hundirse.
El juicio estaba resultando un fiasco, algo monótono. La gente que había llegado con toda la expectativa perdió el interés rápido; algunos hasta se pararon y se quitaron de la sala a mitad de la sesión.
James, que miraba todo desde arriba apoyando la cara en su mano, comentó:
—Entretenido, ¿no?
—Es aburrido
—respondió Daniel, con una franqueza poco común en él.
Aun así, James sonreía como si de verdad la estuviera pasando bien. Quizás, como él mismo había armado todo el tablero, se sentía como un ser supremo disfrutando de su creación.
Casi todas las pruebas presentadas eran las que Daniel había ido recolectando: invitaciones raras, cartas de cortesía, visitas sospechosas y banquetes sin un fin claro. Eran las piezas sueltas de un rompecabezas más grande que conectaba a los culpables. Sin embargo, la pieza más importante no apareció en el tribunal; esa pieza que servía de fondo para todo el cuadro.
Al final, fue el turno de Arthur. Su actitud no fue muy distinta a la de los demás. Con la cara pálida como un papel, aceptó todos sus delitos.
—Lo que se dice es la verdad.
—¿Eso significa que admite todos los cargos de la acusación?
—Así es.
Al confirmar que el príncipe estaba metido hasta el cuello, se armó un pequeño alboroto entre el público. Los hombres soltaron quejidos y las mujeres se pusieron a rezar con las manos juntas. Pero ahí quedó la cosa.
Todo estaba saliendo tal cual James se lo había escrito a Daniel en su carta. Los perdedores de la historia, en lugar de tener un final heroico, pactaron con el ganador para asegurar una vida de desprestigio pero llena de lujos.
Pero el que negoció no fue Arthur. Hubo una persona cuyo nombre ni se mencionó: la pieza más grande de ese cuadro que nunca se terminaría de pintar. La verdadera culpable, la Reina, fue excluida por completo de la lista de acusados. Ella prefirió sacrificar a los suyos con tal de mantener su posición; después de todo, hasta el título de una reina de cartón le resultaba indispensable ahora.
Daniel no era más que el ayudante que mezclaba las pinturas y lavaba los pinceles. El que decidía qué pintar y qué borrar en el cuadro era el Príncipe Heredero. La verdad no importaba; lo que quedaría en las páginas de la historia sería el cuadro que él terminara de armar. Ese es el derecho del que gana.
Cuando se calmó el laberinto en la sala, el juicio continuó.
—A continuación, procederemos con el interrogatorio de los testigos.
Los testigos que esperaban en la primera fila subieron al estrado uno por uno. A pesar de que la sentencia ya estaba cantada, llamaron a un montón de gente.
Esto también era parte del plan de James. Quería cortarle las alas por completo a los culpables que se salvaron de la muerte, para que nunca más vuelvan a tener sueños de grandeza. Y de paso, eliminar cualquier amenaza futura de raíz.
Entre los testigos, Daniel vio caras conocidas: el mayordomo de los Stoner, el chico de los mandados… todos gente que había hecho favores pequeños sin saber en qué se metían. Estaban muertos de miedo y no hacían más que asentir a todo.
Cuando todos terminaron de declarar, el representante de la Casa Real pidió la palabra.
—Solicito presentar un testigo adicional.
Como era un pedido que no estaba en el libreto, el juez frunció el ceño. El tribunal llamó a los abogados al estrado. El fiscal sacó unos papeles y se puso a explicar un buen rato. Tras el visto bueno de los abogados (que no tenían la menor intención de defender a nadie), llegó el anuncio:
—Se concede el pedido.
James miró de reojo a Daniel. Daniel, con la cara rígida, se quedó mirando fijamente al frente. El representante de la Casa Real exclamó con voz potente:
—¡Que el testigo se ponga de pie!
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Ellie, de vuelta frente a la mesa de trabajo, se remangó los brazos con ganas. Trajo la masa que había dejado reposar cerca de la ventana fresca y empezó a estirarla con el rodillo, dándole con fuerza. A su lado, su hermanita Amy estaba con la barbilla apoyada en el borde de la mesa, zapateando de la emoción.
Una vez que la masa estuvo bien estirada y puesta en el molde, Ellie dijo:
—Listo, la masa quedó en su punto. Ahora, mientras esto se hornea, hay que alistar el relleno…
Ellie le echó un ojo a los ingredientes que había acomodado: mermeladas compradas en la bodega, frutos secos y hasta una miel bien dulce. Antes no habría tenido muchas opciones, pero ahora se podía dar el lujo de usar lo que quisiera. Amy, que ya no aguantaba las ganas, gritó con fuerza:
—¡Mermelada de fresa!
—Mmm, en la tienda me dijeron que este año la de albaricoque ha salido más rica.
Ellie levantó el frasco y lo revisó por todos lados. No tenía planeado comprar de albaricoque, pero el dueño de la tienda se la recomendó con tanta seguridad que terminó llevándosela. Ya que la compró, habrá que probarla, ¿no?
Amy puso una cara de decepción y empezó a quejarse:
—Pucha… pero a Amy le gusta la de fresa.
—Ya, ya, entonces hagamos mitad y mitad.
—¡Ya, bacán!
Frente a la mesita estaban sentados los dos hermanos, uno frente al otro. No tenían ni la menor intención de ayudar, pero Ellie los había obligado a sentarse ahí. Al final, pasar tiempo en familia siempre es bonito.
Marcus estaba tonteando con el gato y Matthew seguía concentrado en su libro. Para Ellie, este era el momento de paz y felicidad con el que tanto había soñado.
Cuando Matthew pasó la página, la cinta del marcador de libros se balanceó en el aire. El gato, que estaba jugando con Marcus, lanzó un zarpazo hacia la cinta que se movía. Matthew pegó el libro a su cuerpo y dijo:
—Shasha, no molestes.
—Es Alexandre.
corrigió Ellie al toque.
Al gato negro, que antes llamaban como de doce formas distintas, todos en la casa ahora le decían ‘Shasha’. Bueno, todos menos Ellie, que era la única que seguía insistiendo con el otro nombre. La verdad, eso le reventaba un poco.
Marcus cargó al gato y le respondió como si fuera lo más obvio del mundo:
—Ah, ya sé. Por eso pues, es Shasha.
Ellie ladeó la cabeza, sin entender la lógica de esa respuesta. Como ella siempre había admirado lo extranjero solo de lejos y nunca había llevado clases de literatura, Matthew tuvo que explicarle:
—Shasha es Alexandre. Es el apodo para Alexandre.
—¿Ah?
Ellie abrió los ojos como platos.
Al ver que ella no tenía ni idea, Marcus le preguntó extrañado:
—¿Pero no tú le pusiste el nombre?
—O sea, sí… pero no sabía que eran lo mismo.
Sus dos hermanos soltaron una risita burlona. Ellie los miró con ganas de darles un cocacho. Antes, aunque eran un poco traviesos como cualquier chico, no se burlaban así de su hermana mayor; pero parece que desde que llegaron aquí, se están pareciendo cada vez más a Daniel.
De pronto, Ellie se fijó en la portada del libro que Matthew tenía en la mano. Era una edición de lujo, con letras doradas grabadas en la tapa. Ella preguntó con curiosidad:
—Oye, ¿y ese libro?
—Un libro.
Matthew respondió de mala gana. Ellie le clavó una mirada fulminante. A leguas se notaba que ese no era el tipo de objeto que un chico pobre suele tener. ¿No se lo habrá tirado de la biblioteca, no? Ella empezó a presionar a su hermano:
—¿Crees que soy tonta? Te estoy preguntando qué libro es. O mejor dicho, ¿de dónde lo sacaste?
—Me lo regalaron… el señor Dawson.
Al oír la respuesta de Matthew, a Ellie se le pegaron los labios como con pegaloca.
Ese era el tipo de cosas que Daniel solía darles a sus hermanos. Si les hubiera dado plata o joyas a unos niños que todavía no saben ni dónde están parados, ella le habría puesto el parche de inmediato.
Pero cuando les traía libros o lapiceros, no tenía corazón para rechazarlo. Para sus hermanos, que hasta hace poco iban a un colegio estatal, esas cosas eran mucho más necesarias que el dinero.
Ellie apenas pudo articular una frase:
—… ¿Al menos le diste las gracias?
—Sí.
respondió Matthew sin siquiera levantar la mirada.
Amy la jaló de la falda para llamar su atención:
—Hermana, la tarta de fresa…
—Espérate un ratito.
Ellie empezó a amasar los restos de la masa hasta formar una bola. ‘Haré una pequeña más’, pensó. Para que ese hombre que salió todo elegante, cuando regrese, pueda probar aunque sea un poquito.
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