Sirvienta X Sirviente - 80
—Es que……
El guardia puso una cara de preocupación de aquellas. Daniel, como dándole ánimos, le dio unos toquecitos en el pecho.
—No me voy a demorar nada.
—Está bien, señor. Entendido.
El guardia se retiró sin protestar. ¿Quién se iba a imaginar que un miembro de la familia real iba a hacer alguna tontería en pleno tribunal real?
Daniel entró a la celda. El sonido seco de sus zapatos resonaba en ese lugar húmedo. William, amarrado a la silla, movía los ojos de un lado a otro, todo nervioso. En esa celda sin ventanas y con Daniel dándole la espalda a la luz, era imposible leerle la cara.
De todos los lugares, a William le tocaba encontrarse con ‘Diana Dawson’ justo aquí. El miedo lo carcomía, sobre todo porque todavía no sabía quién era realmente ese tipo. Si se vestía de mujer cuando era empleado o si ahora estaba disfrazado de hombre, eso ya ni importaba. Con solo verlo llegar con el guardia, quedaba claro que el tipo tenía vara alta.
Daniel se acercó con paso firme y miró a William por encima del hombro, con un aire de superioridad total. Se agachó despacio y, de la nada, le agarró el pulgar de la mano derecha.
No hubo tiempo para que Ian lo detuviera, ni para que William reaccionara.
¡Crac!
un sonido que puso los pelos de punta— y el pulgar de William quedó doblado de una forma horrible.
—¡Aaaaaagh!
Un grito desgarrador llenó la celda. Daniel se llevó el dedo índice a los labios, pidiéndole silencio. William lo miraba con los ojos llenos de dolor, Daniel murmuró como quien habla solo:
—Haces mucha bulla, ¿y si mejor te corto el cuello?
Lo dijo con una sonrisa, como si fuera cualquier cosa. William se puso pálido, como si hubiera visto a un fantasma. Daniel buscó en su bolsillo y sacó un pañuelo.
—Ves… debiste tener más cuidado con esa mano.
Era el pañuelo que Ellie le habría dejado bien planchadito. Daniel lo dobló un poco y se lo acercó a la boca a William. Como este cerró los labios con fuerza, Daniel sacudió el pañuelo presionándolo. William sabía lo que quería, no tenía otra opción… a menos que de verdad quisiera que le cortaran el cuello.
William mordió el pañuelo sin chistar. Daniel volvió a mover las manos. El índice y el medio siguieron la misma suerte. ¡Crac! Se escuchó el sonido de los huesos desencajándose y hasta Ian frunció el ceño.
—¡Mmmff…!
William pataleaba desesperado. La silla se arrastraba y las cadenas sonaban. Esos ojos que antes eran puro orgullo, ahora estaban empapados en lágrimas.
Daniel le quitó el pañuelo de la boca. A William le temblaba la mandíbula y la mano derecha estaba hecha un desastre. Daniel miró esa mano destrozada con una satisfacción total. Por fuera quizás no se notaba tanto, pero como no lo iban a atender bien, ese brazo ya estaba perdido para siempre.
Daniel metió el pañuelo todo mojado dentro de la camisa de William. No iba a dejar que Ellie se diera el trabajazo de lavar un pañuelo tan sucio. Con la tarea cumplida, soltó una sonrisa bien fresca.
—Bueno, nos vemos luego.
Daniel salió de la celda. El guardia, que estaba que se moría de los nervios, se cuadró al toque. Daniel pasó por su lado como si no hubiera pasado nada.
—Sigue así.
Daniel regresó por donde vino con un paso tan ligero que hasta parecía que estaba celebrando. Ian le dijo con tono de pocos amigos:
—¿O sea que bajó hasta acá solo para esto?
—¿Y para qué más?
respondió Daniel con una cara de alivio, como si se hubiera quitado un peso de encima.
Ian soltó un suspiro largo. Él también tenía ganas de darle su merecido a William Stoner; era de ese tipo de gente que te cae mal al toque. Pero no le parecía que este fuera el momento ni la forma.
—Pudo haber mandado a cualquier otro para que hiciera eso.
—¿Y perderme el gusto? Ni hablar.
Ian hizo un gesto con la lengua, no porque estuviera de acuerdo, sino porque ya no quería seguir discutiendo.
A Daniel solo le daba pena que Ellie no lo hubiera visto. Aunque lo ideal hubiera sido que ella misma lo hiciera, sabía que para ella, que es un pan de Dios, eso era demasiado. Pero igual, pensó que al menos le habría metido su buena patada.
Al subir de nuevo, el frente del tribunal era un caos. La gente que había conseguido entrada a las quinientas se empujaba para entrar. Daniel, en vez de mezclarse con la multitud, se fue al segundo piso.
Ahí estaban los asientos VIP para los nobles y congresistas. En el mejor sitio, con una vista perfecta de todo el juicio, estaba el Príncipe Heredero. Daniel se le acercó de frente. James, con una sonrisita, le dijo: —Te demoraste un poquito. —Disculpe, señor. —No es para tanto. Siéntate.
James le ofreció el asiento de al lado. Al toque, las miradas curiosas de los nobles de alrededor se pegaron a Daniel como moscas. Ian se mezcló entre los sirvientes de la fila de atrás. No creía que pasara nada ahí, pero no podía bajar la guardia. Sabía que en cuanto se supiera quién era Daniel realmente, se iba a armar un zafarrancho en toda la sala.
Mientras tanto, los congresistas se acercaban uno por uno a saludar a James.
—Alteza, qué gusto verlo después de tanto tiempo.
—Debe estar muy preocupado por todo esto.
Los nobles, mientras saludaban al Príncipe Heredero, no perdían la oportunidad de mirar de reojo a Daniel. Les daba curiosidad tanto el caso como esa cara desconocida que se había sentado al lado del futuro rey.
Eran miradas descaradas, como si estuvieran viendo un bicho raro en una vitrina. Daniel, por su parte, ni se inmutó; se quedó mirando fijamente hacia el tribunal, como si no hubiera nadie más ahí.
James, más relajado que nunca, soltó:
—Bueno, confío en que hoy se resuelva todo de una vez.
—Así será, Alteza. Qué cosas pasan, ¿no? De no creer.
James les seguía la corriente con lo justo, pero no soltó ni media palabra sobre Daniel. Sabía que si contaba el chisme antes de tiempo, le quitaba toda la gracia a la sorpresa.
Ya se acercaba la hora. El alguacil hizo pasar a los acusados. En el tribunal se sintió un murmullo general cuando aparecieron los prisioneros, amarrados unos a otros como si fueran una enredadera humana. Daniel clavó una mirada gélida en William Stoner, que caminaba justo detrás del conde.
Al final, entró un hombre solo y esposado. Era Arthur, el duque de Hilyer y segundo hijo del actual Rey. En cuanto apareció, la sala se volvió un loquerío; la gente empezó a murmurar por todos lados.
—¡Silencio en la sala!
gritó el alguacil, el alboroto se cortó en seco. Los congresistas en la zona VIP también miraban hacia abajo con cara de pocos amigos.
James comentó con sarcasmo:
—Parece que a varios les ha caído de sorpresa, aunque no entiendo por qué.
—Opino lo mismo.
respondió Daniel con calma.
Lo que habían tramado no era una rebelión contra el país, sino un golpe directo a la Corona. Si querían bajarse el poder real, era lógico que quisieran poner a un nuevo rey que ellos pudieran manejar.
Entre los acusados, Daniel reconoció a alguien: ese ‘invitado misterioso’ que una vez vio en la casa de los Stoner. No lo vio en la fiesta, pero parece que al final sí lo chaparon.
Cuando el secretario se acomodó, el alguacil confirmó que los jurados estuvieran presentes. Como el delito era pesado, los jurados eran todos miembros de la Cámara Alta. Al final, entraron cinco jueces. Era una cantidad inusual, designados tanto por la Corona como por el Congreso.
Una vez que todos se sentaron, el alguacil declaró abierta la sesión a voz en cuello. James murmuró bajito, solo para que Daniel lo escuchara:
—Que empiece el show.
El fiscal de la Corona se paró al frente y empezó a leer los cargos: conspiración para derrocar al Rey, intento de asesinato del Príncipe Heredero, traición con potencias extranjeras y planear una rebelión armada. Eran un montón de cosas, pero al final todo se resumía en una sola palabra:
Traición.
Los jueces asintieron sin decir nada.
Los jurados estaban divididos en dos bandos. La mitad ni se inmutaba; ellos ya sabían todo el cuento porque James les había pasado la fija de cómo iba a ir el juicio y cuál sería el resultado. La otra mitad, con cara de preocupación, estaba ahí creyendo que lo que iban a escuchar era la pura verdad para dar su veredicto. Sea como sea, de que los declaraban culpables, los declaraban. No tenían escapatoria.
Empezaron a llamar a los acusados uno por uno. Ahí fue cuando por fin se supo el nombre del invitado misterioso: Edouard Montigny. Al escuchar ese nombre extranjero, Daniel miró a James extrañado.
—¿Es de afuera?
—Se podría decir que sí… y que no.
Daniel arrugó la frente ante esa respuesta tan confusa. James, muy amable, le aclaró el panorama:
—Ese tipo es adoptado. Antes de que le cambiaran el apellido, se apellidaba Granville.
Con eso fue suficiente. Daniel volvió a mirar al hombre. Tenía el mismo apellido que Theodore Granville, el actual Primer Ministro. Si el Ministro había traído a un pariente de afuera para esto, era obvio que estaba metido hasta el cuello en el asunto.
Que Daniel supiera, el Ministro no era republicano. Pero claro, uno puede apoyar la monarquía y aun así querer bajarse a los que mandan. Para alguien con poder, era mucho mejor negocio tener a un príncipe títere que solo sirviera para la foto, en vez de a un Príncipe Heredero que quería poner orden con mano dura.
Daniel chequeó de nuevo a los invitados VIP del segundo piso. Nada, seguía sin aparecer. El Primer Ministro no había venido al juicio. Se decía que estaba mal de salud y por eso no salía, pero Daniel recién hoy entendía la verdadera razón: como su plan maestro fracasó, era obvio que se le venía la noche y su caída era fija.
Lo que Daniel no terminaba de cuadrar era la actitud de James. Claramente, Theodore Granville no estaba en su lista de gente para ‘eliminar’ de inmediato. ¿Habría alguna razón por la que no podía deshacerse de él todavía? Aun así, no creía que el Príncipe, después de ganar esta batalla, fuera a dejar tranquilo al Ministro que le puso el puñal en la espalda.
Daniel preguntó con voz pausada:
—¿Piensa… hacer correr sangre?
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com