Sirvienta X Sirviente - 79
Frente al Tribunal Real, el caos era peor que nunca. No todos los días se juzga un delito de alta traición, una falta más grave que el asesinato y que muchos solo ven una vez en la vida. Desde el amanecer, una fila interminable de personas se culebreaba para intentar conseguir un asiento en la galería.
Toda la ciudad tenía los ojos puestos en el juicio de hoy. Ciudadanos curiosos, sirvientes haciendo cola en lugar de sus señores, comerciantes vendiendo y comprando espacios, oficiales de policía desplegados para mantener el orden y evitar cualquier revuelta… El resultado era una parálisis total de las calles aledañas.
Debido a esto, el carruaje no avanzaba ni un milímetro. Daniel, que llevaba un buen rato observando por la ventana, murmuró con sarcasmo: —Qué curioso debe ser… ver cómo se pelean por una corona que ya ni siquiera tiene poder real.
Como si el alboroto del exterior fuera una mentira, un silencio sepulcral cayó dentro del carruaje. Ian, con rostro desencajado, miró rápidamente a su alrededor. Hoy era el día en que se juzgaba la traición, las palabras de Daniel eran un insulto directo a toda la familia real y al poder del trono. Aunque estaban solos y el ruido de afuera era tal que ni el vecino de al lado podría escucharlos, Ian no se sentía tranquilo y volvió a revisar la ventana.
—Señor… hoy sería mejor que cuidara sus palabras.
Ante el consejo lleno de lealtad de Ian, Daniel solo soltó un bufido de desdén. Ian sacudió la cabeza y cerró la cortina del carruaje. No tenía sentido seguir regañándolo; Daniel no era de los que escuchaban razones.
El carruaje logró avanzar lentamente entre la multitud. Daniel, con rostro aburrido, hundió el cuerpo en el respaldo del asiento. En realidad, no le faltaba razón. Los tiempos cambiaban rápido y el poder real se debilitaba con cada generación. El actual rey apenas se mantenía gracias a las glorias del pasado, pero el siguiente, que ascendería sin un solo logro a su nombre, tendría un terreno aún más estrecho.
Si era tan obvio, ¿por qué Arthur deseaba tanto el trono? Porque la vida de un ‘miembro de la familia real’ que no llega a ser rey es aún más miserable. Se les aplican las mismas obligaciones y normas, pero no gozan de los derechos ni la gloria; eso debía de carcomerle las entrañas.
Para Daniel, ambos bandos eran simples bufones. Aves de plumaje ostentoso picoteándose entre ellas dentro de una jaula bañada en oro. Ya sea sentados en el trono o de pie en el estrado inferior, no dejaban de ser decoraciones costosas.
El carruaje volvió a detenerse. Ian se asomó por la rendija de la cortina. Estaban ante la puerta oeste, por donde entraban jueces y empleados; definitivamente, esta zona estaba más despejada. Un oficial de uniforme, al notar el carruaje detenido, se acercó.
—¿A qué se debe su visita?
—Eh… sí… …
el cochero no supo qué responder. Aunque ya los había llevado varias veces, no conocía la identidad de sus pasajeros, más allá de que siempre pagaban generosamente.
Ante la actitud sospechosa, la mirada del oficial se volvió severa. Ian abrió rápidamente la puerta y bajó de un salto.
—Buen trabajo, oficial.
Ian lo abordó, alejándolo sutilmente del carruaje con naturalidad. Mientras Ian probaba su identidad, Daniel se preparaba sin prisas. Se ajustó la ropa —demasiado fina para alguien de su supuesta clase— y recogió su sombrero y su bastón.
Este lugar no era un tribunal, era un escenario. Se llevaría a cabo un espectáculo salvaje, un látigo restallando sobre una bestia cautiva. Y hoy, la mayor atracción era el propio Daniel.
Era hora de lucir sus dotes actorales. Con el corazón listo, puso un pie fuera del carruaje. El oficial, que seguía confundido, abrió los ojos de par en par al verlo.
—¡Ah!
Daniel le lanzó una mirada fugaz. La obra ya había empezado, en su papel no cabía la cortesía. Levantó el mentón con arrogancia, mirando al oficial por encima del hombro.
—¿Algún problema?
—¡Ah, no! ¡Ninguno!
Fue sumamente efectivo. El oficial, que antes dudaba, cuadró los hombros y llevó su mano derecha a la sien en un saludo militar impecable. Daniel soltó una risita seca ante aquel respeto que nunca en su vida había recibido. Ian, al notar la actitud retadora de Daniel, frunció el ceño con preocupación.
—Entremos.
—¡Yo los guiaré!
exclamó el oficial con energía. Se le notaba tenso.
Daniel captó de inmediato la intención del hombre. Acababa de presenciar de cerca, antes que nadie, la aparición del hijo ilegítimo del Rey. Sería una historia excelente para contar entre tragos después del trabajo. Incluso si no fuera por este oficial, esta noche su nombre estaría en boca de todos en cada taberna de la ciudad. Daniel respondió con aire de generosidad:
—Te lo encargo.
Daniel e Ian entraron al tribunal escoltados por el oficial. Caminaron despacio por el grandioso vestíbulo de columnas y techos altos. El interior del edificio, antes de que entrara el público, estaba sumido en un silencio vacío.
Al cruzar los pasillos, se toparon con varios empleados del tribunal que pasaban de largo sin prestarles atención. Los visitantes con trato especial eran moneda corriente en este lugar. El oficial miraba de reojo a Daniel, temiendo que su indiferencia lo molestara, pero a Daniel no le importaba. Era lógico que nadie lo reconociera todavía; de hecho, sabía que a partir de mañana su vida sería bastante agotadora.
El oficial señaló una puerta doble al final del pasillo.
—Esa es la sala del tribunal para el día de hoy.
Daniel miró la puerta cerrada con total indiferencia. No tenía sentido sentir curiosidad por un juicio que ya seguía un guion previamente escrito. Preguntó como quien no quiere la cosa:
—¿Hacia dónde queda la zona de detención?
—Sí, por aquí. Yo lo guiaré.
respondió el oficial, adelantándose como un sirviente fiel. No cuestionó ni se opuso; simplemente obedeció.
Daniel caminaba con la ligereza de quien sale de picnic. Ian, en cambio, lo seguía con ojos llenos de ansiedad. No le habían dicho nada sobre tener asuntos pendientes en las celdas de detención.
Aunque técnicamente seguían siendo sospechosos, el trato para los acusados de traición no solía ser amable. Las celdas estaban ubicadas en lo profundo del sótano del tribunal. La humedad se filtraba por las paredes de piedra fría y, apenas pusieron un pie abajo, el olor rancio a moho les golpeó la nariz.
El guardia de turno puso cara de extrañeza al ver aparecer a visitantes inesperados. El oficial que los guiaba se adelantó para explicarle la situación, mirando de reojo a Daniel constantemente, temiendo arruinarle el humor.
‘He conseguido ayudantes bastante convenientes’, pensó Daniel con una sonrisa satisfecha. Ian le susurró por lo bajo:
—¿Qué piensa hacer ahora?
—Nada en particular.
Daniel se hizo el desentendido, lo que hizo que Ian frunciera el ceño. En un día tan crucial como hoy, ¿qué demonios estaba tramando? Fuera lo que fuera, estaba seguro de que no eran órdenes del Príncipe Heredero.
El guardia de la prisión se acercó con rostro serio. Daniel mantuvo su actitud de arrogancia absoluta.
—Quiero ver a William Stoner.
Ian puso cara de ‘¡Ay, no!’, pero el guardia pareció aliviarse un poco. De todos los sospechosos, ver un momento a uno que apenas era un cómplice secundario no parecía ser un gran problema.
—Sí, por aquí.
Gracias a su segundo ayudante, Daniel entró fácilmente a la zona de celdas. Ian soltó un suspiro profundo y lo siguió de cerca.
En la penumbra del sótano, las siluetas humanas se movían tras las rejas que bordeaban las paredes. La mayoría eran los que habían sido capturados esa misma noche en el banquete; otros habían sido arrestados después, tras las declaraciones. Daniel escudriñó sus rostros con mirada gélida.
Todos vestían ropas elegantes, pero llevaban grilletes en las muñecas y los tobillos. Por lo general, no se encadena a los nobles, ni siquiera si cometen un asesinato. Sin embargo, los presos políticos que conspiran contra la corona son la excepción.
Daniel no sentía ni rastro de lástima ni de simpatía por ellos. Solo le parecían patéticos. Arriesgar sus vidas y las de sus familias en un plan junto a un idiota como William Stoner…
El guardia finalmente se detuvo.
—Es aquí.
Daniel echó un vistazo al interior de la celda. El estado de William Stoner era mucho peor que el de los demás: cabello revuelto, camisa rota y, además de las esposas, tenía los tobillos atados a la pata de una silla. Se veía que había cumplido su palabra de no cooperar durante los interrogatorios, este era el final que se merecía.
William entrecerró los ojos para enfocar a los visitantes. Daniel soltó con frialdad:
—Te ves de maravilla.
—Tú… tú eres…
Los ojos de William se abrieron de par en par. Frunció el ceño, como si no pudiera creer lo que veía, al reconocer a Ian parado detrás de Daniel, apretó los dientes con rabia.
Daniel soltó una risita seca. Parece que William no era tan estúpido como pensaba, ya que captó la situación de inmediato.
Daniel retrocedió un paso de los barrotes. Señaló la cerradura con la barbilla mientras miraba al guardia dubitativo. El hombre sacó las llaves con torpeza. Clanc. El pesado portón de hierro se abrió.
El guardia no parecía muy seguro de si estaba haciendo lo correcto. Daniel lo miró y le preguntó con una suavidad engañosa:
—¿Nos podrías dejar a solas un momento?
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