Sirvienta X Sirviente - 78
Daniel levantó la cabeza de golpe. Luego, sin que nadie tuviera que decir nada, ambos salieron disparados de la habitación.
Bajaron las escaleras a toda velocidad, sin importarles despertar a medio mundo con el estruendo de sus pasos. No fue difícil encontrar el origen del ruido: una luz tenue se filtraba por la rendija de la cocina. Daniel abrió la puerta de par en par.
Ellie, que llevaba un chal sobre el pijama, se dio la vuelta con los ojos como platos. La luz de una vela, casi a punto de apagarse, iluminaba su perfil. Daniel frunció el ceño con fastidio.
—¿Qué estás haciendo?
—Perdón, ¿te desperté? Es que Amy decía que tenía hambre…
Ellie se hizo a un lado, dejando ver una olla de leche sobre el fogón. Henry, que venía pisándole los talones a Daniel, soltó un suspiro de alivio. Con cara de vergüenza, Ellie empezó a apilar los utensilios que se le habían caído; había intentado arreglárselas sola, pero terminó haciendo un desastre.
—¿Quieren… una taza de té?
—Por mi parte estoy bien. Con permiso…
Henry le hizo un gesto a Daniel y este asintió levemente. Los asuntos importantes ya estaban hablados; cualquier otra discusión sobre el futuro podía esperar a que saliera el sol.
En cuanto Henry se fue, se quedaron completamente solos. Daniel jaló una silla de la pequeña mesa y se sentó. Ellie ladeó la cabeza, confundida. ¿Entonces sí va a tomar algo?
No parecía estar de muy buen humor, probablemente por el madrugón forzado. Ellie, sintiéndose un poco cohibida, puso la tetera al lado de la olla.
Daniel se apoyó en la mano, mirando la espalda de Ellie con descaro. Bajo la tela del pijama, podía adivinar su cuerpo con claridad: la curva de sus hombros, la delicadeza de su nuca… Solo habían pasado unos días desde que dejaron de dormir juntos, pero sentía una sed de ella más fuerte que nunca.
En cambio, parecía que Ellie ni siquiera había notado su ausencia. En lugar de sentirse sola, seguro que había dormido a pierna suelta ahora que nadie la molestaba. Al pensar en eso, Daniel soltó una pregunta bastante impulsiva:
—¿Te gusta?
—¿Qué cosa?
Ellie lo miró extrañada. Daniel continuó, hablando como un niño caprichoso:
—Antes odiabas compartir la habitación conmigo.
Ellie lo miró con indignación. Había que decir las cosas claras: ¿quién fue el que intentó echarla al principio diciendo que no quería compartir cuarto?
Además de convertirse en la mucama temporal de la casa, la vida de Ellie había tenido otro cambio: por fin tenía su propia habitación. Daniel le había asignado un cuarto nuevo para ella y su hermana justo al lado del suyo. No fue algo que ella pidiera, sino una decisión repentina de él, pero desde entonces, Daniel no había dejado de estar de mal humor.
Como no sabía si decir que le gustaba o no, Ellie optó por abrir la alacena. Sabía que el juego de té de Daniel estaba por ahí, pero entre la oscuridad y que siempre se encargaba la señora Heathcote, no lo encontraba.
De pronto, sintió a Daniel justo detrás. Él la obligó a darse la vuelta.
—Responde. ¿Estás cómoda? ¿Te gusta estar sola?
—Sí, me encanta. La cama es súper espaciosa.
respondió ella de inmediato, por puro orgullo.
La llama de la vela vaciló y Daniel parpadeó, con la mirada herida. Ellie solo lo había dicho para no dejarse ganar, pero ver que él parecía realmente dolido la hizo sentir como ‘la mala’ de la película. Se dio la vuelta rápidamente y añadió:
—Bueno… en realidad, no he podido dormir bien. Quizás es porque no me acostumbro al cambio de cama… ¡ah!
Sintió unos brazos que la rodeaban con fuerza por la espalda. Ellie intentó zafarse moviendo la cabeza, pero Daniel hundió el rostro en su hombro y murmuró:
—Yo tampoco pude dormir. No dejaba de pensar en ti.
Al escuchar esas palabras tan románticas, el corazón de Ellie empezó a latir a mil por hora. Pero, acto seguido, sintió cómo la mano traviesa de él subía disimuladamente para apretarle el pecho por encima del pijama.
¿Será que no pudo dormir porque no tenía unos pechos que andar manoseando? La duda cruzó su mente, pero la verdad era que ella también se había sentido vacía. Al quedarse sola en la cama, no dejaba de pensar en Daniel, en lo ancho de su pecho y en lo calientes que eran sus manos… justo como ahora.
Como no había nadie mirando, pensó que un beso no estaría mal. Ellie giró la cabeza y estiró un poco los labios, pero justo cuando estaba por rozar la frente de Daniel, la puerta se abrió de par en par otra vez.
—Hermana…
—¡Ah, eh!
Al oír la voz de su hermana pequeña, Ellie empujó a Daniel con todas sus fuerzas. Su codo aterrizó directo en el plexo solar de él con un golpe seco: ¡paf! Daniel se dobló por la mitad soltando un quejido de dolor.
Sin importarle el estado de Daniel, Ellie se puso a mover ollas y tazas como loca para disimular. Incluso empezó a patear los pies de Daniel para empujarlo hacia un rincón donde Amy no pudiera verlo.
—¿Por… por qué saliste? ¡Vuelve al cuarto! Ya te lle-lle-lle-llevo la leche.
—Mmm…
Amy, frotándose los ojos con sueño, se dio la vuelta.
Ellie preparó la bandeja a toda velocidad. El té para Daniel ya no existía en su mapa mental.
Daniel, mientras tanto, se quedó mirando la coronilla de Ellie, tratando de recuperar el aliento. Se hizo una promesa solemne: la próxima vez que viera a James, le besaría hasta los pies si hacía falta con tal de terminar con todo este lío rápido y volver a tener a Ellie para él solo.
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Que haya cambiado de patrón no significa que una deba descuidar su actitud en el trabajo. Es más, si ahora recibes un sueldo mucho más alto que antes, tienes que demostrar que lo vales. Y eso era exactamente lo que las dos mucamas de la townhouse tenían pensado hacer.
Sin embargo, a medida que pasaban los días, esa resolución inicial se fue desvaneciendo. Nadie les llamaba la atención si holgazaneaban un poco y, para empezar, tampoco es que hubiera mucho que hacer.
Ellie y Amanda aprovechaban cualquier descuido para quedarse en el salón tomando té y chismeando. La señora Heathcote, lejos de regañarlas, hasta les servía dulces de lo más empalagosos.
Hoy era uno de esos días. Ellie, limpiándose las migas de galleta de la comisura de los labios, preguntó:
—Entonces, ¿qué dice Ronnie?
—Mmm… lo está pensando
respondió Amanda con evasivas.
Ellie hizo un puchero. Amanda llevaba varios días sin soltar prenda de lo que realmente sentía.
Hace poco llegó una carta de los padres de Ronnie desde su pueblo. Resulta que, para sorpresa de todos, Ronnie no había estafado a nadie ni había sido estafado. El comerciante que se había largado sin pagar las deudas regresó por su cuenta; dijo que se había demorado por fuerza mayor y pagó todo lo que debía, incluso con intereses.
A Amanda se le abría de nuevo un mundo de posibilidades. Podía volver a su pueblo, reabrir la tienda que tuvo que cerrar por falta de mercadería y empezar una vida de casada de lo más dulce.
Era una buena noticia, claro, pero a Ellie le daba pena. Recién se habían reencontrado y ya existía la posibilidad de separarse de nuevo. Como si le leyera el pensamiento, Amanda añadió rápido:
—No voy a volver de inmediato. Sinceramente, me parece que ese chico no tiene madera para los negocios.
A Ellie se le iluminaron los ojos. Para que no se le escapara una sonrisa de oreja a oreja, se mordió los labios; no quería parecer una egoísta que solo piensa en sí misma. Aun así, metió su cuchara:
—Claro, piénsalo bien. En ningún otro lado te van a pagar tanto como aquí.
—Eso es verdad. ¡A veces ya ni sé si soy una mucama o una dama de alcurnia!
bromeó Amanda sacudiendo el dulce que tenía en la mano.
Las dos estallaron en risas. Comer, beber, reír y no hacer casi nada… ¿de verdad estaba bien cobrar por eso?
Pero ni Ellie ni Amanda eran tan descaradas como sus palabras daban a entender. Con la conciencia un poco pesada, no tardaron en levantarse para ponerse a hacer algo. Cuando Ellie salía del salón recogiendo los platos vacíos, se topó con Daniel, que justo bajaba las escaleras.
—¿A dónde vas?
Ellie abrió los ojos como platos, mirando alternadamente a Daniel y a Ian. Ambos estaban vestidos de punta en blanco, como si fueran a un baile de gala.
Daniel, en lugar de responder, echó un vistazo a su alrededor. Amanda, que venía saliendo detrás de Ellie, captó la señal de inmediato y le quitó la bandeja de las manos. Ian también se adelantó en silencio hacia la entrada.
Solo cuando se quedaron solos en el pasillo, Daniel respondió:
—A hacer el papel de payaso.
Como siempre, con sus palabras poco amigables. Ellie frunció el ceño. Daniel se pasó la mano por el cabello, que llevaba peinado hacia atrás de forma impecable, continuó:
—¿Cómo me veo?
Ellie volvió a quedarse en el aire, sin entender a qué venía la pregunta. Daniel hizo un gesto con la barbilla, presionando por una respuesta.
¿De verdad le estaba pidiendo que calificara su apariencia? Ni siquiera cuando se vistió de hombre por primera vez le había preguntado algo así. Su expresión era extraña, como si estuviera esperando un cumplido. Ellie no tuvo otra que escanearlo de arriba abajo: el abrigo bien planchado, los zapatos relucientes… Bueno, se veía bastante elegante, las cosas como son. Pero qué infantil andar preguntando eso.
—Te ves… bien.
soltó ella a regañadientes.
—¿Ah, sí?
replicó Daniel al instante.
Ellie asintió con torpeza. ¿Y todavía lo confirma?
Parece que de verdad quería el cumplido, porque Daniel esbozó una sonrisa de satisfacción y se puso el sombrero.
—Con eso basta. Ya me voy.
Se dio la vuelta con energía, pero justo antes de cruzar la puerta principal, volvió a mirar hacia atrás y le dedicó otra sonrisa de suficiencia. Ellie, en lugar de devolverle la sonrisa, solo ladeó la cabeza una y otra vez, confundida.
¡Bam! La puerta se cerró y al poco rato se escuchó el rodar de los carruajes. Ellie se quedó mirando la puerta cerrada y murmuró:
—¿Qué le pasa…?
Sintió que las mejillas le ardían un poquito sin querer. Sacudió la cabeza para espabilarse y se fue directo a la cocina.
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