Sirvienta X Sirviente - 77
En esa habitación, la única que realmente era una blanca paloma era la hermanita menor. Ellie, como quien interroga a un sospechoso, volvió a preguntar:
—¿De qué tanto hablaban los tres?
—De nada
soltó Daniel, bien conchudo, haciéndose el que no sabía nada. Los hermanos Brewer tampoco abrieron la boca.
Si él había ido hasta el cuarto de los hermanos, era obviamente por Ellie. Tenía que explicarles por qué ella andaba con delantal y fingiendo ser la empleada, cuando hace poco él mismo se había jactado de que ella no tendría que volver a hacer trabajos domésticos.
Daniel les resumió lo que pasó en la casa del Duque Stoner, el antiguo trabajo de Ellie, les advirtió que debían tener cuidado con Anderson. Por suerte, los dos hermanos entendieron la situación al toque.
Eso sí, a Ellie no le dijeron nada sobre quién era realmente el viejo. Ella de ninguna manera iba a poder disimular la cara si se enteraba. Los hermanos estuvieron de acuerdo con él. Y como para demostrar que ahora eran del ‘mismo equipo’, Marcus fue el primero en lanzarse:
—No hablamos de nada importante. Solo de cuando a mi hermana la corretearon los pollos del barrio y le pegaron su picoteada.
—¡Marcus, oye!
Ellie abrió los ojos de par en par, indignada. Matthew también se unió a la chacota con una puntería exacta:
—También contamos que la primera ropa que cosiste no tenía hueco para la cabeza.
—Ah, verdad. De tanto que la descociste y la volviste a armar, se encogió tanto que terminó siendo ropa para Amy.
—¡Matthew, tú también……!
Daniel soltó una risita burlona. Ellie estaba roja como un tomate. Nadie más que su propia familia había ventilado todos sus ‘roches’ de chiquita. Sentía que la sangre le hervía por la traición.
—¿Ustedes están estudiando? ¿O porque no van al colegio se la van a pasar de vagos?
Ellie les lanzó su sermón lleno de piconería, pero los dos hermanos se hicieron los locos mirando hacia otro lado. Daniel, que hasta ahora solo miraba, salió en defensa de los chicos:
—Hablando de eso, ¿qué tal le iba a Ellie en los estudios?
Ellie se quedó calladita, pasando saliva. Marcus puso una sonrisa de oreja a oreja.
—Bueno, la cosa es que…….
—¡Ya, corten de una vez! ¡Ya basta, sal de acá!
Sin esperar más, Ellie agarró a Daniel del brazo para sacarlo. Él se levantó sin muchas ganas, haciéndose el de rogar. Matthew se aclaró la garganta:
—O sea que las notas de mi hermana eran……
—¡Aaaah, cállate! ¡Ya, ya, sal de una vez!
Ellie arrastró a Daniel a la fuerza. Él se dejó llevar fingiendo que no quería la cosa, pero les mandó una mirada de agradecimiento a los hermanos.
Tac. La puerta se cerró. Desde el otro lado se escuchaban los gritos de Ellie reclamándoles. La habitación se quedó en silencio, como si acabara de pasar un terremoto.
Marcus miró a Matthew y le preguntó:
—¿Tú qué opinas?
—¿De qué?
—De ellos dos. ¿Crees que esto vaya a funcionar?
El tono de Marcus era más serio que nunca. Matthew también puso cara de preocupación.
Daniel había llegado con un montón de libros, cuadernos, blocks de dibujo y acuarelas, se había pasado un buen rato dándoles explicaciones. Les juró que no estaba tomando a Ellie a la ligera y que, en cuanto se arreglaran las cosas afuera, pondría la relación en orden como debe ser.
Pero antes de eso, había un tema más importante, ¿no? Matthew respondió con voz desganada:
—Bueno, si a mi hermana le gusta…
Ese era el punto: la voluntad de Ellie. Marcus estaba totalmente de acuerdo con su hermano.
Parece que Daniel se sentía un poco culpable por toda esta situación de idas y vueltas, porque les pintó pajaritos en el aire. Les hizo unas propuestas que, a oídos de los hermanos, eran alucinantes.
A Marcus le dijo que lo apoyaría incondicionalmente en lo que quisiera hacer; a Matthew le recomendó ir a la universidad en vez de a una escuela técnica. Y aseguró que Amy no iría a un colegio estatal, sino a una escuela privada de prestigio donde van las hijas de la alta sociedad.
Era una oferta tentadora, no se podía negar. Hasta hace poco su mayor preocupación era qué iban a comer, de pronto se les abrían mil puertas. Pero igual les quedaba un sinsabor.
Marcus siguió hablando, con tono de no estar muy convencido:
—No está bien que nosotros nos metamos, ¿no?
—Obvio.
respondió Matthew como dándole un cocacho verbal. Marcus se rascó la barbilla, pensativo.
Ninguno de los dos quería que Ellie se ‘sacrificara’. Por el solo hecho de ser la mayor, ella ya cargaba con demasiado peso. Ellie era el tipo de persona que daría hasta su futuro por sus hermanos.
Claro, vivir con un hombre rico es mejor que ser una obrera toda la vida, pero si ella no quería, no pensaban presionarla. Además, estar en un lugar que no te corresponde tampoco es nada fácil.
Amy, que había estado escuchando calladita la conversación de sus hermanos mayores, ladeó la cabeza sin entender mucho.
—Hermanito, ¿mi hermana se va a casar?
—No, Amy. No debes decir esas cosas.
Marcus sacudió la cabeza rápido. Amy hizo un puchero, sintiendo que la estaban dejando de lado de nuevo. Matthew, con más calma, continuó:
—Amy, ¿tú quieres que Ellie sea feliz, no?
—Sipi.
—Entonces tenemos que quedarnos calladitos. ¿Podrás hacerlo?
—Ya bueno…….
Amy asintió bajando la mirada, toda desinflada. Aunque su carita decía que no estaba del todo convencida, no pasaría nada malo; ella ama a su hermana más que a nadie en el mundo.
Marcus y Matthew se quedaron mirando la puerta cerrada, como si pudieran ver a través de ella lo que pasaba con Ellie y Daniel. Lo único que los hermanos podían hacer por ella era guardar silencio; dejar que ella tomara una decisión por sí misma, no solo pensando en la familia.
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En la madrugada, cuando ni la luna ni las estrellas se habían ido todavía, un joven mensajero corría por las calles con paso ligero. Aunque todas las casas se parecían y cualquiera se hubiera confundido, el muchacho llegó a su destino sin dudar ni un segundo.
Al llegar a la parte trasera de una casa de ciudad que tenía las luces apagadas, el chico entró de frente al patio posterior. Apenas terminó de tocar la puerta, esta se abrió con un chirrido. Un hombre de mediana edad y cara de pocos amigos lo recibió.
El muchacho sacó de su bolso un sobre y un periódico. El hombre, tras recibir el correo, le entregó una moneda pequeña.
—Buen trabajo.
—Gracias, señor.
El chico chapó la moneda al vuelo y regresó por donde vino, caminando más feliz que nunca.
Henry solo cerró la puerta cuando la silueta del muchacho se perdió en la oscuridad. Tras asegurar todo, revisó primero el periódico bajo la luz tenue de una lámpara.
El papel, impregnado del aire frío de la madrugada, olía fuerte a tinta. Era el diario de hoy, que aún ni se repartía. Un titular enorme, más grande de lo normal, le saltó a la vista:
《¡El protagonista de la usurpación del trono, al banquillo de los acusados!》
Finalmente, el momento había llegado. Luego revisó la correspondencia. Un sello de cera con forma de cabra, de acabado tosco; el remitente era exactamente quien esperaba.
Pero el destinatario final no era él. Henry subió las escaleras en silencio, con el correo en una mano y la lámpara en la otra.
Al llegar frente al dormitorio, sintió movimiento detrás de la pared. No hubo necesidad de tocar. Daniel, en bata de noche, abrió la puerta como si lo estuviera esperando.
—¿Una carta?
—Sí, esto también.
Henry le pasó el sobre y el diario por la rendija de la puerta. Daniel se hizo a un lado para dejarlo entrar. Al entrar a la habitación en penumbras, Henry echó un vistazo a la cama; estaba vacía y se notaba que Daniel se había pasado la noche dando vueltas sin poder pegar el ojo.
Daniel habló como queriendo disimular:
—Llegó más tarde de lo que pensé.
Se sentó en el borde de la mesa de té y abrió el periódico. Ya habían fijado la fecha del juicio para el Conde Stoner y sus cómplices. Pero esa era la única noticia rescatable; solo había indirectas sobre quién estaba detrás de todo, pero no soltaron ningún nombre.
Luego, rompió el sello del sobre. Siempre le mandaban notas cortas, casi como tarjetas de saludo, pero esta vez se habían tomado la molestia de escribir el asunto completo. Parece que ya no tenían nada que ocultar, porque ni siquiera usaron códigos.
A medida que leía la carta, la cara de Daniel se iba poniendo tensa. Al terminar, arrugó el papel y lo dobló con brusquedad, como si hubiera visto algo asqueroso. Henry preguntó con voz nerviosa:
—¿Qué dice?
—Qué desalmado.
Daniel soltó un suspiro y tiró el periódico y la carta sobre la mesa.
El Rey y el Príncipe Heredero contra la Reina y el otro Príncipe. El resultado de la pelea ya se había decidido hace tiempo. Todo este tiempo fue solo para decidir qué hacían con los perdedores.
Ahora solo quedaba salir a la plaza a ver cómo les cortaban la cabeza. En el pecho de Daniel colgarían una medalla gloriosa; una cinta roja manchada con la sangre de alguien.
Pero era muy pronto para ponerse sentimental. Si ni siquiera se había podido sacudir a los vigilantes que lo seguían, ¿a quién iba a compadecer? Daniel preguntó sin ocultar su fastidio:
—¿Y ese tipo?
—No ha hecho ningún movimiento extraño. No ha dado señales de salir, pero no sabemos si tiene algún otro contacto por fuera.
Henry respondió sin trabarse, a pesar de lo cortante de la pregunta. Sabía que estos días Daniel estaba usando todos sus sentidos solo para estar alerta por Anderson.
Por la falta de sueño, Daniel estaba en pésimas condiciones. De por sí, ya le costaba dormir y era muy sensible a cualquier ruidito. Parece que por el tiempo que pasó infiltrado, los síntomas se le habían puesto peor.
Aunque esta vez, la causa era obvia: ese calorcito que estuvo un momento y luego desapareció. Las noches en una cama vacía se le hacían más largas que antes.
Justo cuando Henry iba a decirle que quizás no era necesario ser tan exagerado con la precaución, se escuchó un estruendo, como si algo se hubiera caído, en el piso de abajo.
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