Sirvienta X Sirviente - 76
Ellie cerró los ojos con fuerza y sacudió la cabeza de lado a lado. No era una simple pelea por orgullo. En ese momento, sus sentidos estaban tan a flor de piel que no podía controlarlos. Estaba segura de que, si Daniel apenas la tocaba con la punta de los dedos, ella terminaría por explotar.
Daniel se quedó callado, tranquilo. Como él mismo lo había sugerido primero, no estaba en posición de quejarse. Ellie se apoyó en el pecho de él y levantó la cadera ligeramente. El miembro penetró un poco más profundo, empujando los pliegues de sus paredes internas.
Ellie admitió para sus adentros que, a estas alturas, se había pasado de ambiciosa.
‘Mejor le hubiera dicho a Daniel que él hiciera algo’
No se sentía capaz de dejar que todo entrara por su propia cuenta.
Sin embargo, ya era muy tarde para retroceder. El cuerpo de Ellie la traicionó de inmediato. Sus muslos, que apenas aguantaban, perdieron la fuerza de repente. Ellie se dejó caer sobre la parte baja de Daniel, como si se sentara de un porrazo.
—¡Hic……!
Un gemido extraño escapó de su boca cuando sus partes íntimas chocaron por completo. Daniel reaccionó rápido sujetándola por la cintura para sostenerla. Pero él también sintió el mismo estímulo intenso; se mordió el labio inferior con tanta fuerza que casi le brota sangre.
Ambos se quedaron sin aliento, jadeando al aire, incapaces de decir nada por un buen rato. Aunque no hablaban, parecía que a través de esa unión compartían todo: sensaciones, calor corporal y hasta el estado de ánimo.
Daniel se acomodó un poco y la abrazó mejor. En ese instante, Ellie, que parecía haberse desvanecido, levantó el torso de golpe.
—Quieto, quédate quieto. Jumm…… Yo lo voy a hacer.
Con los ojos llenos de lágrimas, seguía terca hasta el final. Por el lado de Daniel, él no tenía nada que rechazar. Solo con ver cómo cambiaba su expresión a cada segundo, sentía una presión fuerte no solo en la cintura, sino hasta en el corazón.
—Te voy a agarrar las manos.
Daniel estiró ambas manos y Ellie lo miró con desconfianza. Después de todo lo que había pasado con él, no era como para confiarle todo así de fácil.
Tras dudarlo un poco, le tomó las manos con cuidado. Pensó que, si lo tenía sujetado, al menos así él no intentaría ninguna otra cosa.
Ellie apretó fuerte las manos de Daniel y volvió a levantar la cadera lentamente. El miembro, bañado en flujo, salía despacio de su cuerpo. La sensación de su interior siendo arrastrado hacia afuera se sentía más viva que nunca.
Ella mantuvo la espalda recta, aguantando ese placer que le erizaba la piel. Sentía con una claridad desesperante cómo su entrada, que había sido forzada a abrirse, volvía a estrecharse. Las lágrimas que se habían acumulado empezaron a resbalar poco a poco por el borde de sus ojos.
—¡Huuunng……!
Al ser tan lento, era un martirio. La sensación del roce contra las paredes vaginales era demasiado nítida. Era como si cada vello, cada pliegue, hubiera desarrollado sus propios receptores sensoriales.
‘¿No será mejor hacerlo rápido, como cuando Daniel me embiste?’
Ellie cerró los ojos con fuerza y bajó el cuerpo de un solo golpe, como sentándose de porrazo otra vez.
—¡Ahht……!
Pero eso fue, sinceramente, una idea tonta. Por el impacto que golpeó hasta sus entrañas, Ellie arqueó la espalda y soltó un grito de placer. Sus manos, que sujetaban las de él, se apretaron con todas sus fuerzas.
Había sido demasiado lento y, luego, demasiado rápido. Daniel, que había pasado por una tortura que no era tortura, soltó un largo suspiro. Pero más que él, Ellie era la que estaba hecha un desastre.
—¿Estás bien?
Ellie asintió con cara de querer llorar. La verdad es que no estaba bien. Sentía el vientre adolorido, como si le hubieran dado un puñetazo por dentro.
Pero no era solo sufrimiento. A pesar de que le costaba, un líquido transparente brotaba de sus piernas, empapando por completo la entrepierna de Daniel.
Parecía que sus ganas iban por un lado, pero su cuerpo simplemente no le seguía el ritmo. Daniel soltó una risita y preguntó:
—Nunca has montado a caballo, ¿verdad?
Ellie estiró el labio inferior, haciendo un puchero. Era cierto que nunca había montado a caballo. Pero eso no significaba que él fuera uno, ¿o sí?
Sea como sea, ya se estaba acostumbrando a estar así. Ellie empezó a mover la parte inferior de su cuerpo adelante y atrás, sin mucha prisa. Al rozarse, sintió un estímulo eléctrico en el clítoris.
Armándose de valor, movió la cadera un par de veces más de forma superficial. El miembro salía un poco y volvía a esconderse con facilidad.
Pero, como era de esperarse, no duró mucho. Al final, Ellie se desplomó sin fuerzas sobre el pecho de Daniel, como una hoja cayendo de un árbol. Daniel se rio y la abrazó.
—Lo hiciste bien.
Le dio unas palmaditas en la espalda como quien consuela a una niña. Bueno, la verdad es que aguantó más de lo que él esperaba.
Ellie apoyó la mejilla en el pecho ancho de Daniel mientras recuperaba el aliento. En algún momento, su cuerpo se había quedado empapado de sudor. El cuerpo de Daniel también estaba mucho más caliente que antes. Aunque él ponía cara de que no pasaba nada, ella podía sentir sus latidos acelerados y potentes.
Ellie giró la cabeza y levantó la vista hacia su rostro. Daniel, que la miraba fijamente a los ojos, dijo de pronto:
—Qué linda eres.
Ellie abrió los ojos de par en par, espantada. No podía creer si había escuchado bien. Dudó incluso de si el hombre que tenía enfrente era realmente Daniel.
Como si hoy lo hubiera poseído algún espíritu extraño, Daniel incluso le dedicó una sonrisa con los ojos y añadió una frase más:
—Estás hermosa.
A Ellie se le desencajó la mandíbula. No por escucharlo dos veces se iba a acostumbrar. Sintió que la cara le hervía. Se quedó con la boca abierta como un pez, sin saber qué decir, hasta que terminó tapándole la boca a Daniel con la palma de la mano.
—¡Ugh!
Ella se estremeció como si hubiera visto a un fantasma. A Daniel no le importó en absoluto su reacción; sacó la lengua y lamió el centro de la palma de su mano, justo en la parte cóncava.
Ellie sacudió la cabeza de un lado a otro.
‘Retiro lo dicho, no es lindo. Prefiero que me diga cosas pesadas’
Esto le daba tanta vergüenza que no lo podía soportar.
Daniel le apartó la mano y la ayudó a sentarse de nuevo.
—¿Ya descansaste?
—Sí…
Gracias a esos cumplidos que él soltaba así por así, ella se había calmado un poco. Sin embargo, no se dio cuenta de lo que Daniel planeaba. ¿Acaso iban a seguir como siempre?
Él mostró una sonrisa maliciosa, muy distinta a la de hace un momento.
—Entonces, ahora toca correr.
—¿Qué……?
Daniel sujetó con firmeza la cadera de Ellie. Y, al mismo tiempo, impulsó su cintura con fuerza. La colita de Ellie se elevó por el aire antes de volver a clavarse contra él, como si la estacasen.
—¡Ahg……!
—Hoy vas a montar de verdad. Aprovecha al ‘caballo’.
—¡Espera, desp…… despacio!
El grito de Ellie fue devorado de inmediato por sus propios gemidos. Daniel embistió una y otra vez con tanta fuerza que hacía que la cama temblara. El cuerpo de Ellie se sacudía sin parar, como un pequeño bote a la deriva en medio de una tormenta en el mar.
El precio por no haber reconocido a un caballo loco y haberse subido sin miedo fue alto. Tal como Daniel prometió, ella no pudo bajarse del cuerpo de esa bestia enfurecida en toda la tarde.
Ellie usaba la escoba para limpiar el polvo de las piedras de la entrada. Chis-chas, chis-chas. Ver las piedras limpias le daba una sensación de frescura hasta en el pecho. Amanda la miraba con extrañeza al verla con esa cara de satisfacción.
—Estás con todas las pilas, ¿no?
—¡Claro que sí!
respondió Ellie con energía.
Definitivamente, uno necesita sentirse productivo. Después de haber estado tanto tiempo de vaga, ponerse el delantal y agarrar la escoba la hacía sentir llena de vida otra vez.
Por algún cambio de humor repentino, Daniel le había propuesto trabajar como empleada doméstica. Y encima, ofreciéndole un sueldo que era diez veces más de lo normal.
‘¿Estás loco? ¡Ni hablar!’.
Obviamente, Ellie se asustó y lo rechazó al toque. ¿Diez veces más? ¿Qué tanto pensaba hacerla trabajar?
Después de regatear un poco, acordaron que recibiría lo mismo que Amanda. Daniel la miró como si fuera una tonta por insistir en ganar menos, pero puso una condición:
‘Es un contrato temporal’.
Seguro quería decir que la botaría si algo no le gustaba. Ellie le lanzó una mirada de pocos amigos, pero como ahora él era oficialmente su patrón, no dijo nada más.
Había una razón clara por la que Ellie no podía aceptar ni un sol más que Amanda. ¿Acaso se podía considerar eso como un pago justo por su trabajo? Ella no era la mujer de Daniel. Por eso, no tenía por qué recibir más dinero de lo que trabajaba.
Aunque quería mantener su orgullo, en el fondo no se sentía del todo limpia. Ya había recibido muchos regalos y, además, sus hermanos estaban viviendo a costa de él. En realidad, eran sus hermanos los que más trabajo generaban en la casa. Comían un montón y dejaban cerros de ropa sucia.
Al final, Ellie sentía que le pagaban por cuidar a su propia familia. Y aunque Daniel se los había traído a la fuerza, ella no quería mandarlos de vuelta a la casa de su tía, así que no le quedaba otra.
En fin, lo único que podía hacer por ahora era trabajar duro para no ser una carga para los demás. Con la canasta vacía bajo el brazo, Ellie abrió la puerta de la habitación con fuerza.
—¡Chicos, la ropa sucia……!
Su grito se quedó a medias. Lo primero que vio fue a la persona que no debería estar ahí a esa hora. Por un momento dudó si se había equivocado de cuarto, pero al ver a sus hermanos confirmó que estaba en el lugar correcto.
Le preguntó a Daniel, que estaba muy cómodo sentado en el sillón:
—¿Qué haces aquí?
—¿Haciendo vida social?
Daniel se encogió de hombros.
Ellie miró hacia otro lado. Marcus, que estaba echado de costado apoyado en su brazo, se volteó rápido para evitarle la mirada. Matthew, sentado en el borde de la ventana, no la miraba y se hacía el loco acariciando al gato una y otra vez.
Parecía que los había ampayado planeando algo. Ellie los miraba uno por uno buscando al culpable, cuando Amy, que estaba sentada en el escritorio moviendo sus manitos, corrió hacia ella.
—¡Hermana, mira esto!
Sin querer, Ellie agarró lo que Amy le extendía. Era un dibujo pintado con acuarelas de colores. Preguntó extrañada:
—¿De dónde sacaste las pinturas?
Amy señaló a Daniel con su dedito. Ellie, con cuidado, le bajó el dedo a la niña. Daniel solo hizo una mueca de lado, medio sonriendo.
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