Sirvienta X Sirviente - 75
—¿Ah?
Ellie se quedó quieta por el susto. Daniel, con una cara de pocos amigos, le apartó la mano de un manotazo suave. Como si ella le estuviera robando su chamba, se puso terco a desatar el lazo él mismo. Ellie soltó una risita, no podía creer lo espeso que era.
A él no le importó y, bien satisfecho, terminó de soltar el corsé. Era un corsé nuevo, brillosito, de esos que no se deshilachan por nada; ya no quedaba ni rastro de esa ropa interior vieja que ni le quedaba bien. Daniel tenía el plan de ir cambiando, una por una, todas las cosas de Ellie, aunque sabía que borrarle las costumbres que tenía grabadas le iba a tomar su tiempo.
Ellie se quedó mirando cómo Daniel le quitaba todo, desde el corsé hasta las medias, con una delicadeza que mezclaba cariño y ganas. Era cómodo que él hiciera todo el trabajo, pero le daba un poco de roche; no sabía ni dónde poner las manos.
Ella le jaló un poco la cintura y él se rió bajito.
—¿Estás apurada?
—¡T-tú serás el apurado!
—Sí, tienes razón.
A diferencia de Ellie, que estaba roja como un tomate y gritando, Daniel admitió la verdad sin hacerse paltas.
Él estaba tan seguro de sí mismo que a Ellie le dio más vergüenza todavía. Pero bueno, si los dos la iban a pasar bien, ¿para qué hacerse la difícil? Susurró con una voz bien bajita, como si fuera una hormiguita:
—La verdad… yo también.
Al escucharla, Daniel soltó un suspiro de esos que queman. De verdad que ella lo volvía loco. Estaba tratando de controlarse, pero en ese momento sintió que la cabeza le daba vueltas. Y lo peor era que Ellie ni siquiera lo hacía a propósito.
Daniel jaló el poquito de juicio que le quedaba y, aguantando las ganas, le quitó la truza. Ellie cerró las piernas al toque, avergonzada porque ya estaba mojadita. ‘Menos mal que se lo confesé antes’, pensó, ‘si no, el roche hubiera sido peor’.
Daniel terminó de quitarse el pantalón y el calzoncillo. Al ver que su ‘amigo’ ya estaba bien despierto y apuntando al cielo, Ellie se alivió un poco. Era obvio que él estaba el doble de ganoso que ella.
Ya calatos por completo, se volvieron a abrazar. Ellie pegó su cachete al hombro ancho de él. Daniel siempre estaba bien calientito; ella recién estaba aprendiendo con él lo rico que se siente el calor de otra persona.
Él le chapó un pecho con la mano; tenía tanto que no le alcanzaba la palma. Daniel no dejaba de soltar aire caliente mientras se los masajeaba con ganas. Ellie no entendía por qué, pero a Daniel le encantaban sus pechos; a veces hasta dormido estiraba la mano para buscarlos.
‘¿No se cansa?’, pensó ella, pero justo ahí Daniel le rozó el pezón con la punta del dedo. Ellie se encogió de hombros por el hincón.
—¡Ay…!
Daniel miró hacia abajo y vio el problema. En medio de su pecho rosadito, el pezón estaba bien parado, pero se veía recontra sensible: estaba rojo y hasta se le estaba pelando un poquito la piel de tanto ajetreo.
Ellie puso cara de querer llorar. Daniel le daba tan duro a esa zona que no había día en que no estuviera maltratada. De tanto estar hinchados, hasta sentía que le habían crecido.
Él no tenía excusa, así que, para compensar, empezó a lamerle el pezón con una suavidad increíble. Sentir la lengua mojada en la piel peladita le dio un corrientazo a Ellie. Ella arrugó la cara, pero Daniel siguió dándole una y otra vez.
Poco a poco, el dolor se fue yendo… o mejor dicho, ese dolorcito empezó a prenderle la chispa al placer. El estímulo era arriba, pero ella sentía el cosquilleo por el ombligo. Sin darse cuenta, Ellie empezó a empujar el pecho hacia él, Daniel soltó una sonrisita triunfadora.
Le dio un beso profundo justo donde se juntan los pechos y no se olvidó de la parte de abajo, donde el olorcito de ella era más fuerte. Daniel se llenó los pulmones con el aroma de su piel mientras le iba probando cada rincón del cuerpo.
Cada vez que él la besaba, a Ellie se le subía y bajaba la barriga por la respiración. Daniel chequeaba cada reacción: cuándo se le cortaba el aire o por qué cerraba los ojos. No se le escapaba ni un detalle.
Al principio, él entraba a la loca, solo pensando en saciarse y dejando a Ellie muerta de cansancio. Pero ahora, por puro arrepentimiento (y un poco de maña), quería que ella fuera la que más disfrutara. Quería amarrarla a él, aunque sea por el cuerpo.
Bajó la mano hacia su ‘zona prohibida’. Ellie tenía las piernas bien cerraditas, pero igual se sentía el calor y la humedad que salía de ahí.
Ella ya se imaginaba lo que venía. Como siempre, él se pondría en medio de sus piernas y entraría hasta el fondo. Solo de pensarlo, ya sentía un rastro de electricidad por dentro.
Pero Daniel, en vez de abrirle las piernas, le soltó una propuesta que ella no se esperaba:
—¿Quieres hacerlo tú?
—¿Q-qué…?
Ellie parpadeó confundida. Daniel le acarició el vello púbico y siguió:
—Haz lo que tú quieras. Hazlo a tu manera.
Ellie no sabía qué decir, se quedó con la boca abierta. Daniel la abrazó, giraron en la cama y, en un movimiento rápido, la sentó encima de sus muslos.
—Yo me voy a quedar quietecito, tú haz lo que se te antoje.
Ahí estaba Ellie, montada encima de él, con los ojos dando vueltas. Sentía clarito al ‘amigo’ de Daniel latiendo justo debajo de ella. O sea, tenía que metérselo y moverse… y él quería que ella hiciera todo el trabajo.
Más allá de la vergüenza, a Ellie le picaba la curiosidad. Recién estaba descubriendo lo que era el deseo y, aunque no tenía la valentía para pedirlo, no pensaba decirle que no a la oferta.
Como siempre la llevaban de encuentro, esta vez Ellie quería tomar las riendas del asunto, aunque sea por una vez. Empezó a retroceder la cadera despacito y Daniel, al verla, soltó una sonrisita de costado, bien pícaro.
Al ver al ‘amigo’ de Daniel ahí, bien parado y firme, Ellie tragó saliva. Se preguntaba si realmente iba a poder con el paquete. Miró a Daniel de reojo, como pidiéndole una señal o un ‘ayudadita’.
Él no movió ni un dedo, solo se quedó mirándola como diciendo: ‘Ya pues, a ver qué haces’. Ellie se armó de valor, agarró al ‘pequeño’ Daniel con cuidado y, toda cortada, le dijo:
—Oye… si te duele, me avisas, ¿ya?
Daniel soltó un bufido de risa por la preocupación de Ellie. Ella le lanzó una mirada fulminante. ‘¿De qué se ríe este?’, pensó, ‘por cuidadosa no me va a pasar nada, ¡capaz se lo doblo por payaso!’.
Empezó a masajearlo de abajo hacia arriba. Era una columna de carne tan maciza que ni le alcanzaba la mano para rodearlo bien. Siempre le parecía un milagro: ¿cómo diablos entraba todo eso dentro de ella?
Cuando le pasó el pulgar por la cabecita, Daniel arrugó un ojo. ‘Parece que le gusta’, pensó Ellie. Al principio no distinguía nada, pero ahora ya le iba agarrando el hilo a sus gestos; ya sabía cuándo estaba cómodo y cuándo sentía el verdadero placer.
Pero igual no lo entendía. ¿Por qué Daniel quería hacer ‘estas cosas’ con ella? Si ella no sabía nada del mundo, no tenía ningún talento especial… La verdad es que Ellie nunca se había sentido alguien importante.
Daniel pareció leerle el pensamiento porque levantó una ceja. Ella sintió que la estaba apurando y le soltó su chiquita:
—Dijiste que lo hiciera a mi manera, ¿no?
—Yo no he dicho ni pío.
Daniel levantó las manos como diciendo ‘soy inocente’. Ellie hizo un puchero. Esa poquita confianza que había logrado juntar se le estaba yendo al piso, pero se volvió a poner fuerte. ‘Tú puedes, Ellie Brewer’, se dijo a sí misma.
Se puso de rodillas y levantó un poco la colita. Sintió el airecito frío ahí abajo y recién se dio cuenta de que estaba bien mojadita. ‘Qué bandida soy’, pensó.
Si lo pensaba bien, ella misma se entendía menos que a Daniel. Por más que quisiera negarlo, no podía: le encantaba estar así con él. Quizás era porque él fue el primero, pero no podía imaginarse haciendo esto con nadie más.
Acomodó la punta del miembro de Daniel justo en la entrada. Solo con el roce, sintió que ‘ahí abajo’ todo se le empezaba a mover solo. Se le hizo agua la boca y, sin darse cuenta, se relamió los labios.
Agarró fuerte la base y empezó a sentarse despacito. Sintió cómo se iba abriendo paso y tuvo que hacer fuerza con la barriga.
—Uff…
Daniel soltó un suspiro largo, como quien toma aire antes de tirarse a la piscina, no le quitó los ojos de encima. Estaba hipnotizado viéndola esforzarse, con todo el cuerpo teñido de un color rosadito por la excitación.
Ella sentía que la mirada de él quemaba. Era una mirada de fuego, como si quisiera consumirla completita. Ellie intentó retorcerse para escapar de esa intensidad.
—No me… no me mires así, ¡ahhh!
—Estás hermosa.
Ellie lo miró sin poder creérlo. ¿Acaso él sabía decir esas cosas? Bueno, creía haberlo escuchado antes, pero como siempre estaba en otro planeta cuando lo hacían, recién le prestaba atención.
Seguro era el floro típico de esos momentos, pero el corazón de Ellie se puso a saltar como loco. Obvio que se sentía bien que te digan hermosa en vez de fea, más si el que lo decía era Daniel.
Hizo un esfuerzo más y bajó otro poco la cadera. Sentir que ese fierro la atravesaba le daba un escalofrío fuerte. El cuerpo le temblaba por la tensión y empezó a soltar unos quejidos bajitos.
El problema era que las piernas ya no le respondían. Le empezaron a dar calambres en las rodillas. Tenía todas las ganas del mundo, pero el cuerpo no le hacía caso. Ellie se quedó ahí, a mitad de camino: no podía terminar de sentarse, pero tampoco podía subir. Estaba atrapada.
Daniel también estaba sufriendo con ese ritmo tan lento, estaba que se moría. Con la voz bien ronca, le preguntó:
—¿Quieres que te ayude?
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