Sirvienta X Sirviente - 74
Daniel levantó la mirada. Tenía una cara de pocos amigos, como diciendo ‘¿qué te pasa, de qué hablas?’. Ellie, sintiéndose un poco palteada, hizo como que abrazaba al aire y daba palmaditas.
—D-digo que, si estás pasando por algo difícil, yo te abrazo. ¿Acaso no sabes qué es consolar a alguien?
Daniel no dijo ni miau. Se quedó pensando si realmente necesitaba consuelo. No lo sabía. Nunca en su vida se había apoyado en alguien para soltar sus penas. Tenía un vacío tan profundo adentro que ni siquiera se le había ocurrido buscar un poco de calor humano.
Al verlo ahí, como si se le hubiera escapado el alma, Ellie ladeó la cabeza. Pensó que de repente no le dolía el corazón, sino el cuerpo.
Daniel, que se había quedado mirando a la nada, de pronto la chapó por la cintura con fuerza.
—Ya pues, consuélame.
—¡E-espera…!
La que dio el primer paso fue la que más se asustó y se puso tiesa. A Daniel no le importó y pegó su cara al pecho de Ellie, que era suave. Respiró hondo ese olorcito a limpio y a sol que ella tenía, sintió que ese nudo que tenía en el pecho se calmaba.
Ellie lo miraba toda confundida. De verdad que este tipo era un misterio. Después de dudarlo un ratito, empezó a darle palmaditas suaves en la espalda.
Daniel se puso a pensar otra vez en su situación. Una tierra extraña donde hasta el cielo y el aire se sentían ajenos. Creció ahí, rogando por volver algún día. Nadie lo esperaba, pero igual sentía una nostalgia que no lo dejaba tranquilo. Con los años, ese deseo se volvió frustración y, al final, pura resignación.
Aunque estaba exiliado, no le faltaba la plata. Al contrario, vivía rodeado de lujos. Los que venían de su país rajaban de él a sus espaldas, pero nadie se atrevía a señalarlo de frente.
Pero bajo esa ‘protección’, que no era más que vigilancia, no podía hacer ni michi. Solo le dejaban aprender lo básico; nada de estudios serios ni entrenamiento de verdad. Lo trataban como a un animalito fino: bien alimentado, pero encerrado.
Cuando ya había tirado la toalla pensando que moriría ahí, apareció la oportunidad: el llamado de su medio hermano, al que ni conocía. Para sobrevivir y volver, Daniel se volvió su sirviente fiel. Demostró que no tenía ambiciones ni orgullo.
Todavía le falta mucho para ser libre de verdad, pero no se arrepiente de haber vuelto. Ahora tiene un motivo nuevo para vivir, un objetivo.
De la nada, Daniel se tiró hacia atrás llevándose a Ellie con él. Ella terminó encima suyo, pataleando en el aire.
—¡Oye, qué te pasa!
—Dijiste que me ibas a consolar.
Con toda la concha del mundo, Daniel giró y, en un dos por tres, cambió las posiciones y quedó encima de ella. En sus ojos ya no había rastro de esa soledad de hace un rato.
Ahora lo único que se veía era ese deseo intenso de siempre. Obviamente, a Ellie se le pasó la lástima al toque. Ella lo miró con furia, pero Daniel puso cara de perrito abandonado.
—Ellie, hoy día he tenido un día bien pesado.
—¡Mentiroso!
Ellie le lanzó una mirada de desprecio. Ni un tonto caería en ese floro tan barato. La verdad es que él, estuviera triste o alegre, siempre buscaba la oportunidad para ‘atacar’.
Daniel empezó a darle besitos en los cachetes, que ella tenía inflados del huraño.
—Esta vez es verdad. Ya pues, consuélame rápido.
Ante ese drama tan fingido, Ellie hizo un puchero. Pero igual no lo botó. Esa soledad que llegó a ver en él por un segundo era demasiado real, sentía que quería taparla de alguna forma.
Por otro lado, sentía que otra vez estaba cayendo como una tonta. Pero bueno, ya qué importaba. Siendo sincera, no le disgustaba lo que pasaba con Daniel.
De la boca para afuera decía que era un pesado o que se cansaba, pero si algún día él dejara de buscarla, no se pondría feliz. Al contrario, le dolería en el alma.
Pero había algo que no la dejaba tranquila. Esa palabra que dijo Amanda, ‘amante’, se le había quedado clavada como una espina. ¿De verdad Daniel solo la quería para eso?
A pesar de que le aconsejaron que no preguntara, Ellie soltó un poquito:
—Oye…….
Daniel, que ya estaba afanado tratando de sacarle la falda, se detuvo en seco. Ellie amagó con decir algo, pero al final negó con la cabeza.
—No, nada.
No tenía por qué adelantarse. Como dijo Amanda, Daniel no se iba a casar mañana. No tenía que ponerse a marcar territorio todavía.
Además, ni ella misma sabía qué sentía. No sabía si se había enviciado con ‘el asunto’ por ser su primera vez, o si realmente Daniel le gusta… o sea, que no le cae mal.
¿Y Daniel? ¿Qué sentirá él de verdad? Ellie lo miró fijamente, tratando de descifrarlo. Daniel, al verle esa cara tan rara, frunció el ceño.
—¿Qué pasa? ¿Qué tienes?
—Te he dicho que nada.
Ellie miró para otro lado, toda creída. Daniel no entendía ni michi de lo que le pasaba por la cabeza a esta mujer.
Tratando de adivinar qué pensaba, Daniel le agarró los cachetes con las dos manos. Empezó a amasárselos como si fueran masa de pan y Ellie le puso los ojos en blanco, toda asada.
—¡Oye, suéltame…! ¡Mmm!
Daniel le plantó un beso de frente. Su lengua invadió su boca sin pedir permiso. Ellie abrió los ojos de par en par y empezó a manotear al aire, pero Daniel no retrocedió ni un milímetro; el tipo es terco como él solo.
Al final, como siempre, Ellie tiró la toalla. En cuanto ella se relajó, Daniel hizo una mueca con los labios como si estuviera aguantándose la risa y empezó a besarla con más ganas. Ellie, con un poco de timidez, empezó a enredar su lengua con la de él, siguiéndole el juego.
Ese aire caliente que él soltaba le hacía cosquillas en los labios y sentía cómo el cuerpo se le iba calentando desde adentro. A Ellie, de todas las cosas que hacía con Daniel, lo que más le gustaba era besarlo. Sentía como si se hubiera tragado una pluma: una sensación de cosquilleo en el pecho, con el corazón martilleando a mil por la emoción y la expectativa.
Daniel, jugando, le pasó la punta de la lengua por el paladar. Ellie, para fregar, le dio un mordisquito. Daniel arrugó la cara haciendo un drama total, pero ni loco pensaba soltarle los labios.
Ellie se rió bajito y le acarició la nuca. Conforme más ‘practicaban’, esa plancha y la torpeza de las primeras veces habían desaparecido, dejando paso a una sensación de confianza y calidez. Eso sí, la pasión y los nervios seguían siendo los mismos del primer día.
Daniel puso sus manos en el lazo de la cintura de Ellie. Ella arqueó un poco la espalda para darle espacio. En cuanto desató el nudo, él empezó a quitarle la ropa sin perder tiempo. Toda esa ropa linda que él mismo le había comprado para llenar su armario, frente a él, no eran más que simples envolturas de regalo.
En un santiamén, Ellie se quedó en ropa interior y, toda palteada, empezó a retorcerse de la vergüenza. Daniel soltó un suspiro de esos que queman.
—Espérate un ratito.
Se quitó el saco y lo tiró al piso, cerca de la cama. Luego empezó a desatarse el corbatín y el chaleco. Estaba tan apurado que hasta se le trababan los dedos.
Al verlo así, Ellie estiró la mano y empezó a ayudarlo con los botones de la camisa. Estaba subiendo uno por uno cuando, de pronto, se cruzó con la mirada de Daniel.
Sus ojos azules brillaban de una forma peligrosa. ‘Ya la malogré’, pensó ella. Ellie quiso quitar la mano al toque, pero ya fue; Daniel la chapó con fuerza y empezó a llenarla de besos por todos lados: en los ojos, en la nariz, en toda la cara.
—¡No, oye, es-pe-ra…!
Sentía que la había atropellado un perro grande… no, mejor dicho, un lobo. Con esa tormenta de besos, Ellie ni podía abrir los ojos. Y con todo el peso de Daniel encima, sentía que se quedaba sin aire.
‘Por dárselas de comedida, miren cómo terminé’, pensó mientras le metía sus buenos puñetazos en la espalda.
—¡Me… me asfixias!
A las quinientas, Daniel se separó un poco, soltando todo su aliento caliente sobre la frente de ella. Ellie lo miró con cara de huraña. De verdad que no entendía cuál era el ‘botón’ que hacía que este tipo se volviera loco de la nada.
Daniel recuperó un poco el juicio, se sacó la camisa de un tirón y la mandó al desvío. ‘Esa camisa de seda se va a arruinar así’, pensó Ellie, con su alma de empleada, mientras se quedaba chequeándole el cuerpo.
Tenía un torso fibroso, puro músculo y nada de grasa. Se veía recontra bien esa forma que hacían sus músculos debajo de su pecho ancho. A ella le encantaba tocar ese cuerpo tan duro, tan distinto al suyo. La hacía sentir segura, como si estuviera protegida.
Estaría bueno que subiera un poco de peso, pero viendo cómo come Daniel, está difícil. A diferencia de ella, que se zampa cualquier cosa que no la mate, Daniel es bien especial para la comida. No es que se queje como un chiquillo, pero se nota clarito cuando algo no le gusta.
‘Con lo poco que come, no sé cómo ha crecido tanto’, pensó. Un momento… ¿Daniel siempre fue así de alto? Ellie lo escaneó de pies a cabeza. No sabía si era idea suya, pero le parecía que había crecido como diez centímetros desde que estaban en la casa del Conde. ¿Acaso sigue en el estirón?
Ellie estaba con la cabeza a mil sacando sus cuentas. Para Daniel, ella se veía tan tierna como una ardillita apurada escondiendo sus nueces, pero estar calatos y que la otra persona esté pensando en otra cosa no es buena señal.
—¿Qué pasa?
—¿Eh? ¡Nada!
Ellie, asustada, se hizo la loca y puso sus manos sobre su corsé. En cuanto intentó aflojar el lazo, Daniel la frenó de una.
—No lo hagas tú.
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