Sirvienta X Sirviente - 73
Ian se quedó mirando a Daniel, pensando que era una broma, pero la cara de su señor no podía ser más seria. Entendiendo la jugada al toque, Ian le hizo un gesto con la cabeza a Anderson.
—Vamos.
El viejo lo siguió sin chistar. Como buen tipo que cambia de patrón como quien se cambia de polo, su capacidad de adaptación era impresionante. Daniel se quedó mirando con desprecio cómo se alejaban y luego dio media vuelta.
Caminó por el palacio, que era innecesariamente inmenso, en dirección al jardín posterior. No podía entender a la gente que se jugaba la vida con tal de ser dueña de este lugar. Al final, no eran más que payasos con ropa fina o presos encerrados en una cárcel de lujo.
Al llegar al jardín, vio al Rey rodeado de su gente. Un sirviente, que fue el primero en notar su presencia, le pasó la voz a Edward.
El Rey se alejó del grupo y empezó a caminar lentamente hacia el jardín de los laberintos. Daniel lo siguió, manteniendo una distancia prudente, como un perro que sigue a su dueño.
En el centro del laberinto, los cercos eran más altos que una persona. Recién ahí, Edward rompió el silencio.
—¿Y James?
—Vengo de estar con él.
El viejo rey se dio la vuelta despacio. Daniel bajó la mirada para evitar el contacto visual. Edward se quedó observándolo fijamente.
Para él, Daniel era un estorbo que no podía recoger, pero que tampoco se atrevía a botar. Diana Dawson también había sido una mujer así. Edward siempre pensó que debía cortar con ella, pero nunca tuvo la fuerza para hacerlo.
En medio de eso, ella fue la que desapareció primero. Se fue sin decir ni adiós. Lo siguiente que supo fue la noticia de su muerte y la existencia de un bastardo del que no tenía idea. No podía culparla; si él se hubiera enterado antes, jamás habría permitido que ese niño naciera.
¿Habrá sido una venganza de esa amante que ocultó su identidad? Daniel se parecía a ella de una forma increíble. Por eso, cada vez que Edward lo veía, no podía evitar recordar su propio pecado.
El hombre, que el tiempo y la culpa habían dejado seco como un tronco viejo, habló:
—¿Te falta algo? ¿Estás cómodo?
Daniel lo miró con extrañeza. Era la primera vez que escuchaba algo parecido a una preocupación de padre, aunque fuera mínima.
Pero ya no era ese niño hambriento de afecto. Bajó la mirada de nuevo y respondió con calma:
—No, todo bien. Agradezco su generosidad.
Parece que no era la respuesta que el Rey esperaba, porque Edward volvió a quedarse callado.
Un viento frío sopló a través del laberinto. Era un aire cargado de humedad. Daniel sintió, una vez más, que realmente estaba de vuelta en su tierra.
Edward le dio la espalda otra vez.
—Haz que… no me arrepienta.
Daniel escuchó clarito lo que su padre no se atrevió a decir: ‘Haz que no me arrepienta de haberte dejado con vida’.
Ya pasó la edad de andar llorando por la frialdad de su padre. Al contrario, hasta se lo agradecía. Así no perdía el tiempo haciéndose falsas ilusiones.
El viento que se colaba por el laberinto se sentía ahora filudo como una navaja. Daniel murmuró bajito, dejando que el sonido se perdiera en el aire:
—No se preocupe, Su Majestad. No tendrá motivo.
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Como si la casa no estuviera ya lo suficientemente llena, ahora se sumaba un arrimado más. Daniel, de pie en la entrada, les resumió la situación a Henry y a la señora Heathcote.
Los dos se pusieron alerta al toque. El príncipe heredero no les habría encajado a un hombre así por así; seguro buscaba sacarle algún trapito sucio para luego cambiar de parecer.
A Daniel, la verdad, le importaba un pepino lo que tramara James. No tenía nada que ocultar… bueno, quizá solo una cosa.
Ellie, que siempre era su mayor dolor de cabeza, vio a Anderson y abrió los ojos como platos.
—¿Señor Anderson?
—¡Ah! ¡Eh…! ¿Ellie…?
—¡Ay, señor!
Amanda, con su canasta de ropa sucia bajo el brazo, también se metió al grupo. Ninguna de las dos esperaba esto, pero Anderson tampoco se imaginó que se cruzaría con dos empleadas de la casa Stoner aquí.
—Pero… ¿qué hacen ustedes por acá?
—¡Yo trabajo aquí!
soltó Amanda bien orgullosa.
—Bueno, yo… no estoy muy segura.
balbuceó Ellie, perdiendo el hilo.
A diferencia de Amanda, que estaba contratada formalmente, Ellie no sabía ni bajo qué título estaba ahí. ¿Sería de verdad como decía Amanda, que su papel era el de la ‘otra’, la mantenida?
Ellie buscó la mirada de Daniel esperando una respuesta, pero él, como de costumbre, le dio la espalda sin decir ni picha. Ella se quedó masticando el aire hasta que se acordó de sus hermanos.
—¡Ah! Mis hermanitos también están acá, ¿quiere conocerlos?
—¡Verdad! Y también está mi novio.
—Oigan, yo… esto…
Anderson no sabía dónde meterse con tanto parloteo. Su chamba era vigilar y reportar todo lo que pasara en esa casa, Daniel, que era el objetivo principal, lo sabía perfectamente. Recibir una bienvenida tan cálida lo dejó totalmente descolocado.
Henry, que no tenía ninguna intención de ayudar al viejo pero tampoco quería que el ambiente siguiera así de raro, se aclaró la garganta: ¡ejem!. El anciano reaccionó al toque y agitó las manos.
—Ya, ya… luego, luego los veo.
—Está bien…
Anderson siguió apurado a Henry, que iba abriendo paso. Ellie, que seguía creyendo que el viejo era un pan de Dios, puso una cara de decepción que se notaba a leguas.
Para ella, él era la persona que le hacía el favor de enviar las cartas a sus hermanos, así que obviamente era ‘buena gente’. A pesar de que su propia roommate ya le había metido el cuento una vez, la pobre no aprendía y seguía confiando en todo el mundo.
Daniel soltó un bufido, pensando que esa lógica tan simple era de lo más tonta, subió las escaleras a grandes zancadas. Ellie, que se había quedado mirando la nuca del viejo, reaccionó y corrió tras Daniel.
—Dani, ¡ay…!
De pronto, sintió un tirón en la falda que la detuvo en seco. Se dio la vuelta y vio a Amanda sujetando la tela con fuerza, con una mirada que daba miedo.
—Tú… ¿no irás a…?
Amanda apretó los labios y le hizo una señal con los ojos de arriba abajo.
No hizo falta que dijera más; Ellie entendió clarito. ¿Iba a ir corriendo tras él para exigirle que le explique de una vez qué rayos eran ellos dos?
Obviamente tenía pensado hacerlo en algún momento, pero hoy no era el día. Primero había cosas más urgentes que atender. Ellie sacudió la cabeza al toque.
—No es eso.
—¿Segura? Piénsalo bien, ah.
—Ya te dije que sí.
Ellie asintió esta vez con ganas. Amanda, aunque todavía no le creía mucho, le soltó la falda a regañadientes. Ellie subió las escaleras disparada.
El pasillo estaba vacío; parecía que Daniel ya se había metido a su cuarto. Ellie abrió la puerta de par en par y soltó de frente:
—¡Oye, Daniel! Quiero ir al mercado con mis hermanos y…
Pero no pudo terminar la frase. Lo que vio fue a Daniel sentado en el borde de la cama, todavía con la misma ropa, con la mirada perdida.
Se le veía con los hombros caídos y una expresión sombría. Bueno, no es que parara con una sonrisa siempre, pero hoy se le veía bajoneado de verdad, como si estuviera cargando el mundo en sus espaldas.
Ellie ladeó la cabeza y le preguntó:
—¿Pasa algo?
—No.
Daniel volteó la cara rápido para no cruzar miradas. La luz del atardecer que entraba por la ventana le sombreaba el perfil. Por más que intentaba disimular, esa tristeza en sus ojos no se podía ocultar así nomás.
Ellie se quedó mirándolo en silencio. Aunque hoy se había arreglado más, Daniel siempre vestía ropa fina y zapatos caros. Pero no era solo lo que llevaba puesto; por el tamaño de la casa que decía haber alquilado, era obvio que tenía un montón de plata. Sin embargo, no se le veía para nada como un hombre feliz.
Se le veía solo. Ellie se acordó de lo que Amanda le contó sobre su pasado: el hijo bastardo del Rey. De hecho no debió crecer en un ambiente normal, fijo que llevarse bien con sus medios hermanos era casi imposible.
Quizás, para ser feliz, no se necesita tanto dinero ni un título importante. Ella se acercó a Daniel poco a poco.
—Oye…
Abrió la boca, pero no sabía qué decirle. No creía que él soltara prenda si le preguntaba qué le pasaba, aunque se lo dijera, ¿qué podría hacer ella?
Daniel soltó un suspiro hondo, como para tomar aire, dijo con voz firme:
—¿Qué me ibas a decir? Habla tú primero.
—Ah, que si podía ir al mercado con mis hermanos…
Ellie volvió a perder el hilo de la voz. Recién caía en cuenta de que ni siquiera le había dado las gracias por traer a sus hermanos; es que había estado tan pendiente de ellos todo el tiempo.
Daniel frunció el ceño.
—No salgan solos. Vayan conmigo o… mejor con Ian.
Cambió de opinión a mitad de camino. Ahora que había un par de ojos más vigilando, tenía que andar con más cuidado. James ya debía saber de la existencia de Ellie, pero no era bueno que ella pareciera alguien demasiado especial para él.
Aunque le puso condiciones, el permiso llegó más fácil de lo esperado. Ellie asintió contenta al instante.
—Ya, está bien.
Daniel se le quedó mirando, como preguntando si quería algo más. Ellie hizo el ademán de irse, pero se detuvo y se paró derechito frente a él. Al final, no pudo con su genio.
—¿Quieres que te dé un abrazo?
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