Sirvienta X Sirviente - 72
—¡Eso no me gusta!
Cuando Ellie soltó el grito, Amanda puso cara de pena.
Amanda también quería de todo corazón que a Daniel y a Ellie les fuera bien. Aunque él había soltado una mentira tremenda, debía tener sus razones; no le parecía que Daniel fuera un mal tipo.
Pero lo que no es, no es. Por el bien de Ellie, no podía dejar que se hiciera ilusiones en vano.
—Piénsalo bien nomás. A ti él no te cae mal, ¿cierto? Pero siendo honestas, esperar que te pida la mano… eso ya es pedir mucho.
Ellie se deprimió al instante. No había ni una sola palabra de Amanda que fuera mentira. No sabía si le gustaba Daniel, pero no le caía mal, ya fuera como amigo o como hombre.
Sin embargo, no podía imaginarse para nada una escena de boda. ¿Y si Daniel se arrodillara y le pidiera matrimonio? Imposible que fuera en serio. Seguro sería otra de sus tácticas para tomarle el pelo.
Amanda dijo mientras terminaba de botar el agua sucia:
—Bueno, igual el chico no se va a casar ahorita mismo, así que ¿para qué te haces bolas desde ya?
Habían hablado de puras cosas tristes, pero la verdad es que la situación era para estar emocionada. Puede que el matrimonio sea un salto muy grande, pero un romance no es imposible; después de todo, el amor que supera las clases sociales es el tema de siempre en las novelas, ¿no?
Cuando Amanda volteó la tina de madera para que escurriera el agua, Ronnie corrió rápido a darle una mano. Mientras ella se agachaba de nuevo, él se encargó de levantar el balde que tenía la lejía.
—Yo lo guardo.
—Ponlo boca abajo para que seque bien.
—Ya, ya sé.
Ellie miró a Ronnie con un poco de lástima. Desde que llegó a la casa, el pobre se la pasaba pendiente de cada gesto de Amanda, como si le faltara el aire. Bueno, después de la que se mandó, no le quedaba otra que agachar la cabeza.
Pero, la verdad, no había por qué compadecerlo tanto. Aunque Amanda seguía haciéndose la difícil porque todavía no se le pasaba el enojo, su decisión de casarse con él seguía firme. Por algo habían venido juntos hasta aquí y hasta tenían el plan de juntar plata para abrir un negocio en la capital.
En el fondo, Ellie les tenía envidia. Se ponen anillos que van de acuerdo a sus posibilidades y se imaginan un futuro juntos, por más difícil que sea. Si Daniel estuviera en su misma situación, ¿no estaría ella soñando con lo mismo?
‘No, ni hablar’
Ellie sacudió la cabeza rápido. Si se sentía así de picona era solo porque él no tenía intención de nada serio. Ella no sentía nada por Daniel. Nada de nada… bueno, ¿quizás un poquito?
Mientras Ellie peleaba a muerte con sus propios pensamientos, de pronto se escuchó un estruendo horrible dentro de la casa, como si algo se hubiera hecho trizas. Amanda, que apenas había estirado la espalda, salió disparada por la puerta trasera como un rayo.
—¡Ronnie, pedazo de bruto!
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Daniel, que había llegado al palacio temprano por la mañana, recién pudo ser recibido por el príncipe heredero cuando ya pasaba el mediodía. A pesar de haberlo hecho esperar a propósito, James fingió recibirlo con una frescura total.
—Viniste, hermanito.
Esa forma tan exagerada de llamarlo ‘hermano’ no podía ser más ridícula. Daniel le devolvió el saludo con una sonrisa ligera, cargada de sarcasmo.
Desde que James le mandó esa carta hasta los confines de los territorios lejanos, siempre se había mostrado amable con Daniel. Pero Daniel no era tan sano como para conmoverse con esa actitud de superioridad.
A diferencia del segundo príncipe, que era hijo de la actual reina y tenía un suegro con mucho peso, Daniel era un bastardo sin nadie que le hiciera la tunda, un hijo fuera de matrimonio con una ‘sangre sucia’. Nunca podría ser una amenaza para el heredero. Incluso su padre, más por culpa que por otra cosa, lo reconoció como hijo pero lo mandó bien lejos, a una tierra de la que no se vuelve.
Así que, aunque a James le fastidiara que el bastardo existiera, no tenía ni una sola razón para cuidarse de él. Por eso podía darse el lujo de ser ‘buenito’ con su medio hermano, como quien te hace un favor.
James, sentado en su escritorio, señaló con el mentón el sofá que estaba al otro lado.
—Siéntate y espera un toque.
—Ya.
Apenas Daniel tomó asiento, un sirviente de la corte trajo el té sin hacer ni un ruido. Daniel no soltó ni media palabra hasta que el hombre se retiró. Aunque el asunto ya estaba en la recta final, no podía bajar la guardia; todavía quedaba gente dentro y fuera del palacio que apoyaba a la reina por lo bajo.
Ni bien se cerró la puerta con un clac, Daniel habló:
—¿Ya tienen fecha para el juicio del conde?
—Todavía no. Es que nuestros ‘hermanitos’ están soltando información nueva cada día. Parece que mi madre los crió bien mal.
James sonrió de oreja a oreja. La forma en que dijo ‘madre’ no tenía nada de respeto, era pura burla.
Daniel sintió un poco de lástima por la nueva reina. Así como James no lo consideraba a él un verdadero hermano, tampoco la había aceptado a ella como madre. Y no era el único. Para todo el mundo, cuando decían ‘Reina’, en lo único que pensaban era en la difunta reina anterior.
Esa mujer se había pasado la vida sin ser reconocida del todo, viviendo siempre a la sombra de la primera esposa. Daniel entendía por qué ella se había mandado con esos sueños tan ambiciosos. Si no lograba convertirse en la madre del rey, su existencia se borraría por completo antes de que pasara siquiera una generación.
Y la existencia de Daniel seguro la ponía de peor humor. Un hijo bastardo es la prueba viviente de que la confianza del rey —y mucho menos su amor— nunca fueron para ella.
En fin, nada de esto era novedad. Si la cosa no avanzaba, no entendía para qué lo habían hecho venir. Daniel dijo con la educación justa:
—No sé en qué podría ayudarlo yo.
—Ah, claro, no era mi intención fregar tus vacaciones.
James miró de reojo la puerta que daba a la habitación contigua. En ese momento, la puerta que estaba bien cerrada se abrió solita.
Un hombre de contextura gruesa cruzó el umbral. Daniel frunció el ceño; no esperaba que hubiera alguien más ahí. Para colmo, el que apareció era alguien que conocía muy bien.
Anderson, el viejo portero de la casa de los Stoner, caminó hacia el sofá.
—Buenas tardes.
—Ya se conocen, ¿no?
preguntó James con toda la concha del mundo.
Daniel lo miró con los ojos entrecerrados y gesto de pocos amigos. Ya sospechaba que ese viejo no era un cualquiera, pero resultó ser un soplón del príncipe heredero.
—No es una cara que me dé mucho gusto ver.
—No te pongas así. Él es un buen colaborador.
‘Habrá que ver’
Para el conde Stoner, este viejo era un traidor con todas las letras. No creía que Anderson hubiera sido un espía desde el arranque; lo más seguro es que el príncipe lo convenció en el camino para que se pasara a su bando.
Por lo general, el puesto de portero se le encarga a un viejo que ha servido a la familia por años y al que es difícil botar. Es una forma de premiar su lealtad, además de que, por ley, las llaves de la entrada solo se le confían a la persona más leal. Que al conde lo hubiera traicionado hasta alguien así, ya dejaba claro que su situación estaba hasta el perno.
Más allá de que a Daniel no le pasaban los traidores, había algo más que le reventaba. ¿Qué tanta información valiosa podía sacarle a un viejo que solo se dedicaba a abrir y cerrar el portón? Lo más lógico era que lo hubieran captado con el único fin de vigilarlo a él.
Daniel, sin ocultar su fastidio, cortó el tema:
—Creo que con los saludos ya es suficiente…
—Ah, claro. Pero no los reuní solo para que se saluden. Me contaron que todavía estás en un alojamiento temporal, ¿no?
—Sí.
Era una situación fregada; todavía no podía moverse libremente. Solo sería un hombre libre de verdad cuando se aclararan todos los testimonios, se castigara a los implicados y él recibiera oficialmente su apellido y su título.
Conseguir una casa decente y contratar personal solo sería posible después de eso. James, por supuesto, aprovechó ese punto débil.
—Debes estar pasando muchas incomodidades. No es fácil conseguir gente de confianza así nomás.
James soltó eso como quien no quiere la cosa, al toque Anderson se inclinó servicialmente.
—Ya sea como portero o para cualquier trabajo pesado, haré lo que usted mande.
Daniel apretó los puños por lo bajo. Estaba clarísimo por qué el príncipe heredero quería pegarle a ese viejo.
James había sido muy vivo al elegir a Daniel como pieza para sacar de carrera a sus rivales. Hace más de diez años, cuando el Rey reconoció al bastardo, solo hizo público su nombre y su existencia. Como nadie conocía su cara, podía moverse con libertad, como no tenía contactos ni poder, James no tenía que preocuparse de quién estaba detrás de él.
Además, aunque Daniel no fuera una amenaza ahorita, no dejaba de ser una ‘mala hierba’ que James tendría que arrancar algún día. Como no podía matarlo sin el permiso del Rey, lo más seguro era tenerlo bien vigilado bajo su control.
Daniel, que se moría por regresar, había cumplido fielmente cada orden del príncipe. Ya estaba confirmado que el conde Stoner estaba metido en el ajo. Primero mandó a Ian a infiltrarse, pero como no consiguieron los resultados esperados, el mismo Daniel tuvo que meterse a la boca del lobo.
Ni siquiera le dio roche ponerse peluca y hacer trabajos de limpieza con tal de cumplir. ¿Y después de todo eso todavía sentía que necesitaba vigilarlo? ¿Hasta cuándo?
Pero el pobre no tenía otra opción. Solo le quedaba agachar la cabeza.
—… Gracias por su preocupación.
James sonrió de oreja a oreja al ver que Daniel se rendía. Daniel, que se sintió agotado de un momento a otro, se levantó para irse. James, en vez de detenerlo, soltó un último dato:
—Su Majestad está en el jardín posterior.
—Iré a verlo antes de irme.
Apenas Daniel salió del despacho, Anderson le pisó los talones. Ian, que lo esperaba afuera, se quedó con cara de ‘qué fue’ al reencontrarse con ese viejo de la nada.
Daniel no tenía la paciencia como para ponerse amable con alguien que lo iba a estar vigilando. Sin ocultar su hostilidad, ordenó:
—Lévatelo en el carruaje. Ya que dice que va a hacer lo que yo mande, ponlo a limpiar el abono de los caballos.
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