Sirvienta X Sirviente - 71
—¿Ah?
—O sea, él dice que no, pero sea hijo fuera del matrimonio o lo que sea, si es hijo del Rey, es de la realeza, ¿sí o no?
Amanda se encogió de hombros. Ya de por sí era para caerse de espaldas si resultaba ser el hijo de algún noble de bajo rango al final de la lista, pero ¿el hijo del mismo Rey? Eso ya parecía un cuento de hadas. Es más, que alguien con un título tan pesado se ponga una peluca para trabajar de mucama… ni en los cuentos se pasan tanto.
A Amanda le entró una preocupación seria de pronto. Como no sabía nada, lo había tratado como se le daba la gana todo ese tiempo; exagerando un poco, sentía que casi tendría que pagar con su vida para limpiar tanta falta de respeto. Aunque bueno, viendo que la había mandado a llamar hasta acá, capaz a él ni le importaba.
Pero Ellie ni bola le dio al drama de Amanda. Preguntó con una voz toda boba:
—¿Hijo… del Rey? ¿Quién?
—¿No sabías? ¿Que Dian… que Daniel tiene sangre real?
Ellie, con la cara desencajada, sacudió la cabeza de un lado a otro. Al ver su reacción, la que se terminó palteando más fue Amanda. ¿Acaso no han estado juntos todo este tiempo?, pensó.
Ellie parpadeó varias veces. No podía procesar lo que acababa de escuchar. O sus oídos o su cerebro, uno de los dos se había malogrado de todas maneras. De la nada, empezó a darse golpes en la cabeza, ¡paf, paf!, bien fuerte.
De pronto, como un flash, empezaron a venirle los recuerdos de antes de llegar a este lugar. Los soldados y empleados que se portaban recontra respetuosos con él… y la imagen del palacio real alejándose a lo lejos.
Todas las piezas del rompecabezas que estaban regadas por ahí, por fin encajaron perfectamente. Ellie no podía ni articular palabra, solo soltaba suspiros de puro asombro.
—Es… esteee… o sea, yo…
Sintiendo que se le iba la conciencia, se desplomó ahí mismo en el sofá. Amanda solo hizo un ruidito con la lengua, ‘tst tst’, viéndola con lástima.
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Si eres un noble con una mansión, obviamente tienes un montón de gente a tu servicio. Pero incluso en las familias de clase media, se contrata a una o dos empleadas. Y si la situación está bien ajustada, se contrata al menos a una para que se encargue de todos los quehaceres de la casa.
Amanda fue contratada precisamente así, como una ‘todoterreno’, para hacer de todo un poco. Al menos por ahora, ella es la única empleada de la casa.
Una mañana, mientras Daniel estaba fuera, Ellie salió caleta al patio trasero. Bajo un cielo despejado y un sol radiante, el olor fresco a jabón le acariciaba la nariz. Amanda, que estaba dándole duro al lavado de las sábanas, le dijo:
—Sujétame esto un toque, porfa.
—Ya.
Ellie se apuró en ayudarla a sostener la sábana.
Lo curioso es que Daniel ya había firmado un contrato formal con Amanda, pero a Ellie no le había propuesto nada. Es más, le había advertido bien clarito que ni se le ocurriera ponerse un delantal.
Igual, Ellie ayudaba a escondidas. Con tantos hermanos a su cargo, sentía que tenía que ganarse el pan de alguna forma; o bueno, podía pasar como que ayudaba a su amiga. Eso sí, por miedo a las consecuencias, no se ponía el delantal ni de vainas.
Amanda, retorciendo con fuerza la sábana mojada para escurrirla, siguió con la plática:
—Y ya, cuéntame, ¿qué te dijo el tipo?
—¿Qué de qué?
Ellie parpadeó sin entender la pregunta. Amanda, desesperada por su lentitud, la presionó:
—Digo, antes de quitarte el corsé… ¿no te dijo que le gustabas o algo así?
—Ah…
Al darse cuenta de que era la continuación del chisme de ayer, Ellie desvió la mirada.
En estos últimos días, Ellie le había contado todo a Amanda. En parte porque no aguantó la insistencia de su amiga, en parte porque se sentía mal ocultándole cosas.
Bueno, en realidad era imposible ocultarlo si era obvio que compartía habitación con Daniel. Sus hermanos, por ser chiquitos e inocentes, no se daban cuenta, pero Amanda no era tonta.
Además, Ellie necesitaba alguien con quien desahogarse. Amanda no es que tuviera uff, cuánta experiencia en el amor, pero de hecho sabía más que ella. Por algo se dio cuenta al toque de que algo había pasado entre los dos.
Ellie se puso a recordar paso a paso. ¿Qué fue lo que dijo Daniel ese día? Estaba tan confundida en ese momento que no se acordaba bien. Después de pensar un buen rato, por fin rescató una frase:
—… Dijo que era por mi culpa.
Ante esa frase que no sonaba para nada a una declaración, Amanda soltó un suspiro de decepción. ‘Que es por tu culpa’… qué palabra tan cobarde para salir de la boca de un hombre. Sacudiendo la pesada sábana para estirarla, sentenció:
—Ya fuiste, amiga. Ya fue.
—¿Tú crees?
preguntó Ellie con voz insegura.
A diferencia de Ellie que no sabía dónde estaba parada, Amanda era fría y directa:
—No es que ‘crea’, es la verdad. Los nobles son de esos que te dicen ‘te quiero’, ‘te amo’ y te florean todo lo que quieren, ¡pero a la hora de la boda te salen con que no se pueden casar contigo! Así son esos tipos.
—Eso sí…
—Pero si encima de eso, ni siquiera fue caleta sino que te echó la culpa en tu cara, entonces ya no hay nada más que ver.
Amanda sacudió la ropa con tanta fuerza como si los trapos fueran el cuerpo de Daniel. Y no es que solo los nobles fueran así. Por lo general, los hombres son capaces de decir cualquier cosa con tal de quitarle los calzones a una mujer.
La cara de Ellie se llenó de nubarrones. No es que ella estuviera soñando con casarse con él; desde el principio, Daniel le propuso que simplemente saciaran su curiosidad o sus ganas. Por eso, Ellie aceptó sin darle muchas vueltas al asunto.
Si eso hubiera quedado en cosa de una sola noche, Ellie no tendría por qué hacerse ilusiones ni problemas. Habría sido un choque y fuga, nada más. Pero un día se volvió dos, luego diez, así hasta hoy. Era imposible que no le entrara la curiosidad por saber qué tenía Daniel en la cabeza.
Y de eso, de las intenciones caletas de los hombres nobles, Amanda sabía muchísimo más que Ellie.
—Al final, esos tipos viven como reyes porque nacieron en cuna de oro. Por eso, ellos creen que es lo más normal del mundo divertirse con una, pero a la hora de la boda, se casan con la mujer que sus papás elijan.
Amanda levantó con todas sus fuerzas la sábana empapada. Ellie la ayudó al toque para colgarla en el cordel. Mientras lo hacía, su cabeza era un laberinto.
¿Qué sentirá Daniel de verdad? A diferencia de Amanda, que lo daba por hecho, Ellie no lo veía como un tipo tan sinvergüenza. O sea, de esos que solo te usan y luego se lavan las manos.
Hubo un tiempo en que sí lo sintió así. Pero luego estuvieron los fuegos artificiales, el hecho de traer a sus hermanos a la capital… Si solo quisiera usar su cuerpo, ¿no sería demasiado favor todo lo que ha hecho?
Amanda agarró el sacudidor y empezó a darle golpes a la sábana mojada: ¡paf, paf! Hay que estirarla bien para que no se seque toda arrugada. Al terminar, volteó y vio a Ellie perdida en sus pensamientos. Con cuidado, volvió a hablarle:
—Oye, Ellie… no estarás pensando en ir a reclamarle, ¿no? En plan: ‘¿qué somos?’ o algo así.
—¿Y por qué no podría?
preguntó Ellie con los ojos como platos.
No es que pensara hacerlo ya mismo, pero lo lógico sería aclararlo con él, ¿no? Pero Amanda saltó como si Ellie hubiera dicho una locura.
—¡¿Estás loca?!
—¿Por qué…?
—Mira, el tipo se ha traído hasta a tus hermanos. Eso significa que, si tú te haces la de la vista gorda, él les va a dar casa y comida a todos ellos. ¡¿Para qué vas a malograr eso?!
A diferencia de Amanda, que tenía un contrato, Ellie estaba en esa casa básicamente de arrimada. Y sus hermanos también. Pero Daniel les daba de comer gratis, les compraba ropa nueva, cosas para la casa y hasta les estaba buscando colegio.
Como Amanda y Ellie eran clase trabajadora, no tenían ni idea de qué tan importante era el hijo de un rey (o bueno, un hijo fuera del matrimonio). Seguro era más que un noble o por ahí iban. Lo que estaba claro es que plata no le faltaba.
Amanda miró de reojo a su alrededor. A lo lejos se veía a Ronnie podando unos arbustos. Bajó la voz y soltó lo siguiente:
—No me gusta decir esto, pero… mejor es ser la ‘otra’ de un noble que vivir matándose cosiendo para un hombre pobre.
—¿La ‘otra’?
Ellie abrió los ojos de par en par. Había escuchado la palabra ‘querida’ o ‘mantenida’, pero no terminaba de procesarlo.
Amanda volvió a chequear que Ronnie no estuviera escuchando. Los hombres a veces son medio mensos y entienden todo mal. Luego, añadió como dándole un sermón:
—Ya pues, tú sabes. La que no es la esposa, la que el señor tiene aparte.
A Ellie se le cayó la quijada. Justo había leído algo así en una revista que le prestó la señora Heathcote: una sección donde una esposa pedía consejos porque su marido se iba con otras apenas nació su hijo.
Pero Amanda no hablaba por lo que leía, sino por lo que veía. Que un noble tuviera una querida no era nada del otro mundo. Su anterior patrón paraba de cama en cama con varias mujeres que no eran su esposa. Y de la patrona se decía que también tenía su ‘chibolo’ aparte.
Incluso la existencia de Daniel era prueba de eso. Si era un hijo ilegítimo del Rey, significaba que su mamá había sido la amante de turno.
De pronto, Ellie se imaginó a Daniel siendo el esposo de alguien más. Obviamente, ese ‘alguien’ sería una dama de la alta sociedad, elegante y fina. Y cuando intentó ponerse ella misma al otro lado de esa imagen, la escena le pareció un horror.
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