Sirvienta X Sirviente - 70
‘Te lo contaré todo cuando vuelva. Lo otro también’
Quien hizo esa promesa fue Daniel. Sin embargo, Ellie terminó enterándose de la verdad por la persona que menos imaginaba.
Al día siguiente, incluso antes de que pudiera terminar de ponerse al día con sus hermanos, otra visita cayó de sorpresa en la casa de campo. Fue justo cuando Ellie estaba en medio de una ráfaga de sermones contra Marcus por lo impecables que estaban sus libros, como si fueran nuevitos. Ante el alboroto repentino, ella abrió la puerta y asomó la cabeza por el pasillo.
Lo primero que vio fue la espalda de la señora Heathcote. Luego apareció Daniel, que ya estaba vestido para salir. Y finalmente, sus ojos se toparon con un hombre y una mujer jóvenes que acababan de cruzar la entrada. Ellie ladeó la cabeza, confundida. ¿Quiénes son?
Cuando el hombre se hizo a un lado, recién pudo verle la cara a la mujer. En ese instante, Ellie dio un grito de pura sorpresa.
—¿¡Amanda!?
—¡¡Ellieeeeee!!
Era Amanda, la amiga que pensó que no volvería a ver jamás. Ellie salió corriendo por el pasillo. Del mismo modo, Amanda, al reconocerla, se lanzó directo hacia ella.
Ellie abrió los brazos de par en par para recibirla. Amanda, sin dudarlo ni un segundo, se refugió en su regazo.
—¡Te extrañé tanto!
—Yo también…
Al ver a las dos mujeres como si fueran hermanas perdidas que se reencuentran, Daniel soltó un bufido de desdén. Era una escena que ya se esperaba, pero igual ya se estaba arrepintiendo. ¿Para qué habré llamado a Amanda?, pensó.
Un solo abrazo no bastaba para transmitir toda la falta que se habían hecho. Ellie y Amanda se quedaron mirándose con los ojos llorosos, sosteniéndose fuerte de las manos. Amanda, con la voz entrecortada, preguntó:
—¿Has estado bien?
—Sí… pero, ¿cómo así estás acá?
Después de la alegría, llegó la duda lógica. En lugar de responder, Amanda miró de reojo hacia atrás.
—Recibí una carta de Diana…
Daniel torció la cabeza con fastidio. Amanda se mordió los labios. Incluso viéndolo con sus propios ojos, todavía le costaba creerlo. Que la mucama Diana resultara ser un hombre…
Era una reacción que no sorprendía a nadie. Bueno, ya se irá acostumbrando. Daniel dio un paso largo y dijo con tono tosco:
—Que la señora Heathcote te cuente los detalles.
—Ah, sí… o sea, ya, bueno…
Ellie miró a una confundida Amanda con ojos de compasión. Después de todo, ella había pasado por lo mismo hace poquito.
Daniel se subió al segundo piso sin decir más. La señora Heathcote, retomando su papel, dijo con una sonrisa:
—Pasemos a la sala, por favor.
El hombre que estaba parado a su lado, todo palteado, se quitó la gorra y la sostuvo entre las manos. Amanda, que se había olvidado por completo de su acompañante, se apuró en hablar:
—¡Ah! Preséntense. Él es Ronnie, mi prometido.
—¡Ah!
Solo lo había visto una vez en aquella iglesia, así que no se acordaba de su cara. Ronnie, recordando el mismo momento, se rascó la nuca con timidez.
Los tres se sentaron frente a frente en la sala. La señora Heathcote les sirvió té y unos bocaditos. Amanda, mientras masticaba una galleta, volvió a tocar el tema:
—De verdad que me quedé helada. Quién iba a pensar que Diana era hombre…
—A mí me pasó igual.
Ellie asintió con energía. Podría repetirlo cien veces y no sería suficiente. Estaba feliz de verla, pero estaba el doble de feliz de encontrar por fin a alguien que compartiera su asombro.
Sin embargo, la conexión de ideas llegó solo hasta ahí. Amanda, como si fuera una detective, se sobó la barbilla y continuó:
—Aunque yo ya sospechaba que algo andaba medio raro.
—¿Ah sí? Pues yo para nada…
Ellie ladeó la cabeza. ¿En qué sentido?
Amanda solo le lanzó una sonrisa llena de significado en vez de explicarle. Claro, siendo Ellie la protagonista, capaz no se dio cuenta. Pero Amanda sí había sentido un ‘no sé qué’ varias veces.
Uno no duda del género de alguien solo porque sea alto o tenga la voz gruesa. Además, esto es la casa de un conde, no un mercado; se supone que ya los habrán investigado bien. Es más, ni siquiera te dan entrevista si no tienes una carta de recomendación decente.
Amanda tampoco es que dudara de que fuera hombre o mujer. Ella sospechaba de otra cosa. O sea, pensaba que, tal vez, los gustos de Diana eran un poco… diferentes.
Ellie seguía masticando sus galletas con cara de desánimo. Amanda la observaba de reojo, analizando su expresión. Siento que algo va a pasar pronto… o tal vez ya pasó.
Sintiendo que se atoraba, Ellie estiró la mano hacia su taza de té, pero de pronto se puso de pie.
—Oye, pero ¿qué le pasa a este? Invita gente y ni se asoma. Voy a ir a llamarlo.
—¡No, no es necesario!
Amanda detuvo a Ellie al toque. Ellie, sin entender nada, solo parpadeó confundida.
Amanda aprovechó para darle una mirada de arriba abajo a Ellie, chequeando cómo estaba vestida. El hecho de que estuviera ahí en la casa con tanta confianza, encima tan bien arreglada como si fuera una muñeca, le confirmó que sus sospechas no estaban erradas.
‘Entonces, ¿cómo debería tratarla de ahora en adelante? ¿Todavía podré hablarle como amiga?’, pensó Amanda. Mientras analizaba la reacción de Ellie, volvió a hablar con cuidado:
—O sea, sí, vine porque recibí la carta… pero no he venido de visita.
Ellie seguía sin captar a dónde quería llegar Amanda y no dejaba de ladear la cabeza. Amanda le hizo señas para que se sentara de nuevo. Luego, tras echar una mirada rápida a la sala para asegurarse de que nadie escuchaba, bajó la voz y soltó:
—Voy a trabajar acá.
—¿Qué?
—Me preguntaron si necesitaba chamba. Y como pagan bien, ni lo pensé y me vine volando.
Amanda puso una sonrisa de satisfacción. Recordó la carta que le llegó junto a un periódico pasado. Al ver un nombre desconocido en el sobre, la había abierto con intriga.
Lo que decía la carta la dejó fría. Ya de por sí lo que pasó en su antiguo trabajo era de no creer, pero lo de la verdadera identidad de Diana ya era el colmo. Aunque bueno, ahora lo que tenía al frente le parecía muchísimo más emocionante.
Ellie miraba a Amanda y a Ronnie con cara de pérdida. ¿Acaso no se suponía que ella ya no iba a trabajar más como mucama?
—Pero tú dijiste que te ibas a casar y a vivir en tu pueblo… ¿no?
—Eso mismo digo yo.
respondió Amanda con sarcasmo.
Le lanzó una mirada fulminante a su prometido. Ronnie, como si le hubieran metido un para de patadas en el trasero, se levantó de un salto.
—Yo… yo mejor me voy a dar una vuelta por la casa, ¿ya?
—Como quieras.
le soltó Amanda de mala gana.
A Ellie le dio hasta vergüenza ajena, pero el pobre Ronnie no se atrevió a decir ni pío y se retiró todo palteado.
Apenas se cerró la puerta, Ellie le preguntó al toque:
—¿Qué pasó? ¿Hubo algún problema?
Amanda soltó un suspiro de esos que parecen que se te va la vida. Y, como si hubiera estado aguantándose las ganas de rajar, empezó con las quejas:
—¡Ay, Ellie! Cuando me floreó para que me casara con él, me dijo que a su negocio le iba de maravilla. ¡Y ahora resulta que está en la quiebra porque nadie le paga lo que le deben!
—Asu…
Ellie se tapó la boca. Ya sea que le hubiera mentido para que aceptara el matrimonio o que al pobre lo hubieran estafado por ser un primerizo en los negocios, eran cosas que pasaban siempre. En el pueblo, la mitad de las señoras decían que sus maridos las habían engañado para casarse con ellas.
Amanda suspiró profundo otra vez. Al final, era su culpa por haber sido tan sana y creerle. Pero es que en ese momento lo único que quería era dejar de sacarse el ancho trabajando.
—Por eso, estaba pensando seriamente en regresar donde la señora Wise a pedirle perdón de rodillas, hasta que me llegó la carta. Me dijeron que podía venir con mi novio, así que dije: ‘Ya pues, de acá soy’.
Era una situación fácil de entender. Como se había escapado de noche sin pedir su carta de recomendación, le iba a ser casi imposible conseguir otra chamba.
De pronto, Ellie se preocupó por su propio futuro. Ni a balas le iban a dar una recomendación en la casa Stoner, así que se preguntó si Daniel también se encargaría de eso.
Al ver la cara de preocupación de Ellie, Amanda entornó los ojos. ‘A ver, vamos a tantear el terreno’, pensó.
—¿Y tú? No parece que estés trabajando acá…
—Este… bueno…
Ellie balbuceó sin saber qué decir. ¿Qué se supone que debía responder? ¿Qué estaba viviendo ahí de arrimada?
Ante la respuesta dudosa de Ellie, Amanda lanzó la bomba de frente:
—¿Ya tienen algo ustedes dos? ¿Están en un ‘afán’?
—¡¿Q-qué estás diciendo?!
Ellie saltó de su sitio ante el comentario. ‘Ajá, acá hay algo’, pensó Amanda. Tras haber atrapado a su presa con un solo tiro, bebió su té con total naturalidad.
—Sinceramente, ustedes dos siempre fueron medio raros.
—¿Raros por qué? Yo no veo nada de malo. Es que… han pasado tantas cosas, ¿no? Dicen que afuera está todo movido y es difícil conseguir trabajo… así que solo me estoy quedando un tiempo…
Ellie empezó a hablar un montón de cosas sin sentido, toda nerviosa. ‘Explicación no pedida, acusación manifiesta’. Amanda solo asintió sin darle mucha importancia.
—Ya pues, yaaa… te creo.
Hasta Ellie se dio cuenta de que seguir metiendo excusas no servía de nada. Así que murmuró desanimada:
—La verdad es que ni yo misma sé qué está pasando…
Así como Ellie entendió la historia de Amanda, Amanda también comprendía su situación. Honestamente, ella también estaría en shock.
—Te entiendo perfectamente. Si ya era una sorpresa que fuera hombre, imagínate enterarte de que encima es de la realeza.
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