Sirvienta X Sirviente - 69
La verdad es que tuvieron mala suerte. Al poco rato de que Daniel y su gente llegaran, regresó Henry Carter, que había salido, también la señora Heathcote, que se había ido a hacer las compras para recibir a las visitas. A los dos les cayó la mirada pesada de Daniel, que andaba con un humor de perros.
Pero bueno, con la llegada de los hermanos, esa casa que siempre paraba en silencio se llenó de vida. Siete personas sentadas a la mesa: los cuatro hermanos Brewer, los Carter (padre e hijo) y la señora Heathcote. El comedor estaba repleto de comida.
La señora Heathcote fue súper linda y cariñosa con los hermanos, tal como lo era con Ellie.
—Coman bastante, que hay de sobra.
—¡Gracias!
—¡Está riquísimo!
Marcus y Matthew ni rezaron, se mandaron de frente a comer con unas ganas que daban gusto. Henry los miraba con una sonrisa, porque eran igualitos a Ellie.
Y la pequeña Amy no se quedaba atrás. Movía sus deditos apurada para meterse la comida a la boca. Ellie no paraba de acariciarle la cabecita; le tenía un cariño especial porque, como perdieron a sus papás cuando ella era muy chiquita, Ellie la había criado prácticamente cargándola en la espalda desde que era una bebé.
Ellie se quedó mirando a sus hermanos varones, sorprendida de lo mucho que habían crecido. Para unos chicos en plena edad del estirón, unos meses hacían una diferencia enorme. Se sentía tan agradecida de verlos sanitos y fuertes…
Estaba feliz de verlos, pero todavía no entendía cómo así habían aparecido en la capital de la nada. Así que les preguntó mientras ellos seguían devorando todo:
—Pero cuéntenme, ¿cómo así llegaron hasta acá?
De pronto, se hizo un silencio total en la mesa. La verdad es que los chicos estaban igual de perdidos que ella. Se miraron entre ellos sin saber qué decir, hasta que Marcus, el mayor, señaló a Ian.
—Nosotros tampoco sabemos bien. Ese señor y…
—Se llama Ian. O dile el señor Carter.
lo corrigió Ellie al toque por malcriado.
—Ya, bueno, ellos dos nos dijeron que nos traerían con nuestra hermana.
Al llegar vieron que Ellie sí estaba ahí, pero los hermanos todavía no confiaban en esos dos hombres. Sobre todo en el rubio, ese que decía ser el novio de Ellie.
Ellie miró a Ian buscando una respuesta, pero él no sabía si soltar la lengua o no. El que había armado todo era Daniel, ¿quién era él para contar los chismes?
—Eh… bueno, yo tampoco estoy muy seguro… ¿Por qué mejor no le pregunta al señor Daniel?
Ahí sí Ellie se quedó callada. Preguntarle a Daniel era más difícil que hablar con Dios.
Mientras sus hermanos esperaban en la sala, Daniel la había cuadrado en el pasillo, gritándole como un loco. Le advirtió que si la volvía a ver con un delantal puesto, le iba a quitar toda la ropa para que no pudiera ponerse nada.
Y no es que ella quisiera trabajar de empleada, solo quería limpiar un poco los cuartos vacíos que estaban llenos de polvo. Todos en la casa tenían algo que hacer menos ella, se sentía mal rascándose la panza. Pero parece que a él eso le reventaba.
Al final, ella terminó haciendo el trabajo, pero se llevó una buena gritoneada. Daniel, después de darle su sermón, se subió al segundo piso diciendo que ni hambre tenía.
Amy sonrió con toda la cara llena de salsa y eso le cambió el ánimo a Ellie. No importaba cuáles eran las intenciones de Daniel, en ese momento lo único que valía era que estaba con sus hermanos.
—De verdad los extrañé un montón.
—Nosotros también.
—Qué bueno ver que estás bien, hermana.
dijeron Marcus y Matthew asintiendo.
Más allá de que no confiaban en Daniel, se notaba que Ellie estaba bien alimentada y bien cuidada.
Después de comer, los hermanos acomodaron sus cosas en el cuarto de invitados. Al final, la limpieza que Ellie hizo sudando la gota gorda sí sirvió de algo.
Pero mientras ordenaba la ropa de la más chiquita, a Ellie se le borró la sonrisa.
—Amy, tus mangas están todas rotas…
—Ujum…
la niña levantó la basta del vestido para mostrarle un hueco donde cabía un dedo.
Ellie se sintió mal y se la agarró con los hermanos:
—¿Y ustedes qué hacían? ¿Cómo no se fijaron en esto?
Los chicos se quedaron mudos, escuchando el sermón de la hermana mayor después de tanto tiempo. Pero Ellie pronto se dio cuenta de que ellos estaban igual: con el pelo todo crecido y la ropa descuidada. Soltó un suspiro de resignación.
Desde que Ellie empezó a trabajar en la mansión del Barón Myers, los hermanos se habían mudado a la casa de su tía. Aunque la tía no los cuidaba tan bien como había prometido, no había de otra, porque alguien tenía que quedarse con Amy mientras los chicos iban a la escuela.
Pero en ese entonces no andaban tan desalineados. Ellie aprovechaba cada día libre para correr a la casa, cortarles el pelo y coserles la ropa. Ella siempre decía que uno tiene que verse bien cuidado para que nadie lo ande ninguneando por ahí.
Trabajar para otros era pesado, pero trabajar para su familia no le costaba nada. Aunque terminara muerta después de lavar hasta las sábanas, regresaba a la mansión del Barón con el corazón contento.
Ellie se miró la basta de la falda. Era ropa nueva, limpia y bonita. Le dolió el corazón al pensar que ella era la única que había estado viviendo cómoda mientras sus hermanos no.
—Perdónenme, es culpa de la hermana….
—No, nosotros tenemos la culpa.
—Por estar en la escuela no nos fijamos en nada.
Al oírlo, Ellie levantó la cabeza de golpe. No lo había pensado hasta ese momento.
—¿Y qué pasó con su escuela?
—Ya no podemos ir, pues.
respondió Marcus encogiéndose de hombros.
A él, que no era muy amigo de los libros, no le molestaba tanto tener una excusa para dejar los estudios. Hasta pensaba que quedarse en la capital para buscar chamba no era mala idea. Pero para Ellie era otra historia. Ella se había matado trabajando día y noche solo para que ellos pudieran estudiar aunque sea un poco más.
—¿Estás loco? ¡Ni hablar!
—Acá también debe haber escuelas.
dijo Matthew con calma mientras ordenaba sus libros.
Marcus lo miró con una cara de pocos amigos, pero gracias a eso Ellie se tranquilizó un poco. ‘Es verdad’, pensó, ‘las escuelas de la capital deben ser mucho mejores que las de Newcheston’. Aunque seguro la pensión le saldría un ojo de la cara.
Ya que estaban aquí, no quería mandarlos de vuelta al campo. Tendría que buscarse otro trabajo como sea para que todos pudieran vivir juntos en la capital. Se levantó de un salto.
—Voy a mi cuarto un ratito. Separen lo que esté para lavar y lo que necesite costura.
—Ya, pero ¿dónde queda tu cuarto?
—¿Eh? ¿Ah…?
La pregunta de Marcus la agarró fría y no supo qué decir. Sus hermanos la miraron con sospecha, así que ella soltó lo primero que se le vino a la mente:
—¡En el segundo piso! ¡Está arriba!
—Mmm…
—¡Bueno, ya vuelvo!
Ellie salió disparada del cuarto. El corazón le latía a mil por hora. ‘Espero que estos chiquillos no hayan sospechado nada raro’, pensó.
Ella también se moría por tener su propio cuarto. Soltó un suspiro mientras subía las escaleras, pero no entró de frente; se quedó un buen rato frente a la puerta, dudando. No se oía ni un alma adentro, así que pegó la oreja a la madera para ver si Daniel estaba durmiendo. Nada.
Abrió la puerta despacito y asomó solo la cabeza. Daniel, que estaba echado en la cama todavía con su ropa de salir, habló sin siquiera voltear a mirarla.
—¿Qué quieres?
—¿Estás… durmiendo?
—No.
Ellie entró arrastrando los pies. Recién ahí Daniel se incorporó, todo despeinado. Ella se quedó ahí parada, como un poste, leyéndole la cara hasta que él habló primero.
—¿Qué pasa ahora?
—Escúchame… mis hermanos… ¿por qué los trajiste?
Daniel se revolvió el pelo, fastidiado. Obvio que lo había hecho porque quería verla feliz, pero de su boca salió algo totalmente distinto:
—¿Acaso no parabas diciendo que tenías que irte a cada rato por culpa de tus hermanos?
—Bueno, sí.
—Ya los traje, así que ya está. Deja de fregar.
Lo dijo como si no fuera la gran cosa y se volvió a echar. Ellie sintió algo raro en el pecho; aunque se hiciera el rudo, estaba claro que los había traído por ella.
Pero eso no resolvía todo. Se acercó a la cama y siguió insistiendo:
—Pero Marcus y Matthew tienen que ir a la escuela…
—Yo me encargo de averiguar.
respondió Daniel sin muchas ganas.
Ellie parpadeó sorprendida. ‘¿Ya está? ¿Tan fácil se solucionó?’, pensó. Pero todavía le faltaba pedirle algo más. Se sentó apenas en el borde de la cama y continuó:
—Y… otra cosa…
—¿Ahora qué?
—¿Puedo dormir hoy con mis hermanos?
Daniel la miró fijamente sin decir nada. Siempre que podía, ella le ponía peros para no dormir en la misma cama, así que obviamente no le hizo ni un poquito de gracia. Él se estaba controlando porque la veía cansada, ¿y ahora le salía con esto?
Ellie juntó las manos como si estuviera rezando y puso su mejor cara de perrito faldero, tratando de verse lo más desesperada posible. Daniel se volteó bruscamente, dándole la espalda, gruñó:
—… Solo por hoy.
—¡Gracias!
Apenas consiguió lo que quería, Ellie salió del cuarto como un rayo. ¡Pum!, cerró la puerta.
Daniel soltó un largo suspiro. Se había tomado toda la molestia de traer a los hermanos solo para verla sonreír, pero ahora estaba renegando. En vez de darle un beso de agradecimiento, ella lo mandó al desvío al toque.
Jaló la sábana con rabia y se tapó hasta la cabeza.
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