Sirvienta X Sirviente - 68
Con la entrada de Daniel e Ian, el interior del carruaje quedó completamente lleno. En cuanto se cerró la puerta, el cochero condujo con destreza para alejarse de la caótica estación. Amy, que hasta ahora solo se había subido a carretas de carga, se movía inquieta en su asiento por la emoción.
—¡Waaa…!
—Amy, quédate quieta, es peligroso.
Marcus la acomodó sobre su regazo para que pudiera mirar por la ventana con comodidad. Matthew, mientras tanto, observaba a Daniel e Ian, sentados frente a ellos, con ojos inquisitivos y significativos.
A pesar de haber compartido un largo viaje, la guardia de los muchachos aún no bajaba. Eran el polo opuesto de la despistada Ellie Brewer. O tal vez, precisamente por eso, los hermanos eran tan precavidos: temían que su ingenua hermana mayor hubiera sido engañada por algún granuja.
Marcus fue el primero en romper el silencio.
—Oiga, señor.
—Hermano mayor.
Matthew resopló ante la respuesta.
La llegada de estos invitados inesperados a la casa de los hermanos —o mejor dicho, a la casa de su tía— ocurrió apenas ayer. Dos caballeros elegantemente vestidos aparecieron frente a la puerta en el carruaje más caro de New Chesterton.
El hombre rubio les mostró una carta escrita por su hermana y dijo que venía a hacer un recado. Sin embargo, los hermanos no pudieron creerlo del todo. En las cartas de Ellie no había ni una línea que mencionara algo así y, sobre todo, la relación que el hombre afirmaba tener con ella era simplemente increíble.
—Sí, bueno… ¿Pero de verdad es el novio de mi hermana?
Era una pregunta que ya habían repetido varias veces. Aun así, Daniel respondió con naturalidad, sin mostrar molestia.
—Así es.
Pero las expresiones de Marcus y Matthew se volvieron aún más extrañas. Miraban a Daniel como si fuera un enfermo mental, y él casi suelta una carcajada. Parecía que, para ellos, ningún hombre en su sano juicio saldría con su hermana.
Esta vez, Matthew preguntó con voz cortante:
—Usted es noble, ¿verdad?
—No, por ahora
respondió Daniel con sinceridad.
Quería entablar una buena relación con los hermanos de Ellie, aunque parecía que el primer paso estaba siendo difícil.
Cuando fue a buscarla a casa de sus parientes, Daniel rebosaba confianza. Ni siquiera le avisó a Ellie porque quería darle una sorpresa. Pensaba que, al llevarse a sus hermanos, recompensaría adecuadamente a los parientes que los habían cuidado en su nombre. Pero en el momento en que vio la habitación donde se hospedaban los hermanos, cambió de parecer.
‘Hola, ¿tú eres Marcus?’.
Un chico flaco y alto como un tallo de judía asintió. A esa edad es normal no ganar peso por mucho que se coma, pero el estado de la habitación contaba otra historia. Era un cuarto ridículamente pequeño para tres hermanos. Los pocos muebles que tenían eran viejos y miserables. Era obvio que el dinero que Ellie enviaba no era mucho, pero para Daniel estaba claro que ni siquiera ese poco se usaba por completo en los niños.
Si la familia de la tía hubiera estado en la misma situación, lo habría entendido. Si se hubieran esforzado dentro de su pobreza, Daniel no solo les habría dado el dinero que traía, sino que se habría quitado hasta el reloj para entregárselo. Sin embargo, los hijos de esa casa no parecían ricos, pero tampoco necesitados. La diferencia era abismal a simple vista. No había duda de a dónde se iba el dinero de Ellie.
Daniel decidió que no le daría ni una moneda a esa mujer. Entonces, ella cambió su discurso. De querer deshacerse de ‘las bocas extra’ lo antes posible, pasó a fingir ser una tía protectora.
‘¿Cómo voy a confiar en ustedes para entregarles a los niños?’.
Por supuesto, no tomó mucho tiempo convencerla. Daniel aclaró la situación con ‘buenas palabras’. Fue muy caballeroso, especialmente si se comparaba con lo que le hizo al Barón antes de ir allí. La tía se volvió muy cooperativa e incluso empacó las maletas de sus sobrinos ella misma. Se veía pálida y enferma, pero Daniel supuso que sería algún achaque.
Daniel continuó hablando con los astutos hermanos:
—A decir verdad, su hermana todavía no sabe que ustedes vienen.
Marcus soltó un suspiro de asombro. Matthew frunció el ceño, incrédulo. Pero había algo más que Daniel no había mencionado.
—Y tampoco sabe todavía que está saliendo conmigo.
Ambos hermanos pusieron una cara de absoluto desconcierto. Parecía que no comprendían lo que acababan de escuchar. Incluso Ian lo miró con asombro; como Daniel decía con tanta seguridad que eran pareja, pensó que ya estaba hablado.
Daniel se encogió de hombros. El orden no importaba mucho, ya que el resultado final sería el mismo. Con toda la desfachatez del mundo, añadió:
—No es que quiera que sea un secreto. De todos modos, aunque se lo digan, ella no les creerá.
Justo cuando los niños iban a exigir una explicación, el carruaje se detuvo. Unos toques en la puerta anunciaron la llegada. Los hermanos suspiraron alternadamente y se prepararon para bajar. No tenía sentido seguir interrogando a un extraño cuando estaban a punto de ver a su hermana.
Daniel bajó primero, seguido de Ian y Matthew. Daniel volvió a extender sus brazos hacia Amy. Tal vez porque su sinceridad finalmente caló, esta vez Marcus le confió a la pequeña por un momento.
Los tres hermanos se quedaron parados en fila, mirando hacia arriba a la imponente casa de la ciudad. Estaban a punto de encontrarse con la hermana a la que tanto habían extrañado, pero la preocupación ganaba a la expectativa. ¿Qué diablos ha estado haciendo todo este tiempo?
Mientras Ian bajaba el equipaje y pagaba el carruaje, Daniel abrió la puerta principal y entró al patio.
—Entren.
Los niños lo siguieron con timidez, arrastrando los pies hacia el vestíbulo. A diferencia de sus hermanos, que seguían en guardia, la pequeña Amy estaba encantada, soltando grititos de emoción.
La casa estaba en silencio, como si no hubiera nadie. A Daniel no le dio importancia y gritó hacia el piso de arriba:
—¡Ellie! ¿Estás arriba?
No hubo respuesta. Tal vez está durmiendo la siesta. Daniel se giró hacia los hermanos, que esperaban tiesos.
—Quédense aquí un momento.
Subió las escaleras de dos en dos. Sin embargo, tras abrir la puerta del dormitorio, bajó de inmediato. La habitación estaba impecablemente ordenada, pero no había rastro de Ellie.
Daniel empezó a abrir las puertas del comedor y de la sala de estar una por una. Normalmente, ella solía holgazanear por allí durante el día.
—Ellie Brewer.
Pero Ellie no aparecía por ninguna parte. Un escalofrío recorrió la espalda de Daniel. Había estado fuera tres días; si algo hubiera pasado en ese tiempo, no habría tenido forma de saberlo.
¿El Corzo y el Ave? No, ellos no tienen margen para esto. Tampoco creo que Edward o James se interesen tanto en mis asuntos… Entonces, ¿quién…?
—¡Ellie! ¡¿Dónde estás?!
gritó Daniel, abriendo frenéticamente todas las puertas del primer piso.
La mayoría eran habitaciones vacías sin dueño. Como aún no estaba en posición de contratar servicio, las había dejado cerradas y sin limpiar.
Click.
Una puerta estaba trabada: era la habitación de la señora Heathcote. ¿Será que no la investigué lo suficiente? Por un momento, a Daniel se le pasaron por la cabeza mil escenarios terribles.
Justo cuando estaba a punto de derribar la puerta sacudiendo el pomo con violencia, Ian entró por fin a la casa.
—¿Qué pasa…?
Daniel giró la cabeza bruscamente hacia el vestíbulo. Iba a gritarle que trajera las llaves cuando, de repente, sintió una tenue presencia en la dirección opuesta.
Corrió por el pasillo como un rayo. Tenía la mente en blanco, incapaz de pensar en nada más que en encontrarla. Abrió de par en par la puerta sospechosa.
—¡Ellie!
—¿Eh…? ¿Cuándo llegaste?
Ellie parpadeó al ver la expresión aterradora de Daniel. Al confirmar que estaba a salvo, a él se le escapó todo el aire del cuerpo y se apoyó contra el marco de la puerta, exhausto.
Sin embargo, en cuanto escaneó el aspecto de Ellie, sus ojos volvieron a encenderse con furia. ¿Qué demonios estaba haciendo?
Al oír la voz de su hermana, los niños corrieron hacia la puerta.
—¿Hermanita?
—¡Ellie!
—¿Eh…? ¿Co-cómo…?
Ellie ladeó la cabeza, incapaz de creer lo que veía. Había soñado tantas veces con sus hermanos que pensó que finalmente estaba teniendo alucinaciones.
Por mucho que intentaran hacerse los maduros, no dejaban de ser niños. Los ojos de los hermanos se llenaron de lágrimas. Amy pataleó mientras sus hermanos mayores la sostenían de las manos.
—¡Hermana! ¡Hermanita!
Daniel frunció el ceño profundamente y sacudió la cabeza. Su plan de impresionar a los hermanos de Ellie acababa de fracasar estrepitosamente.
Encima del precioso vestido que él le había comprado, Ellie llevaba puesto ese maldito y detestable delantal. No parecía para nada una mujer que vivía rodeada de lujos en una buena casa. Con el cubo de agua a un lado y el trapo húmedo en la mano, su aspecto no era más que el de una sirvienta con ropa un poco mejor de lo habitual.
Sin ser consciente de la frustración de Daniel, Ellie finalmente asimiló la realidad y corrió hacia la puerta desbordada de emoción.
—¡Marcus! ¡Matthew! ¡Amy…!
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