Sirvienta X Sirviente - 67
Al día siguiente de ese paseo que pareció un sueño, Daniel se fue de la casa apenas clareaba el día.
Dos mañanas después, Ellie, vestida con una bata de casa bien bonita, bajó las escaleras casi corriendo. Apenas llegó al primer piso, le llegó un olorcito a frito que le abrió el apetito. Entró al comedor casi bailando y saludó con alegría:
—¡Buenos días, señor Carter! ¡Señora Heathcote!
—Buen día, señorita Ellie.
Henry Carter le devolvió el saludo con una sonrisa. Él siempre era así: amable y todo un caballero. Ellie, un poco tímida, se sentó a la mesa.
En un rincón del comedor, el gato, que ya había terminado de comer, se pasaba la patita por la cara para asearse. Era una escena de lo más tranquila, de esas que ya se estaban volviendo parte de su rutina.
La señora Heathcote no tardó nada en traerle el desayuno. Era lo de siempre: pan, huevos y un poco de carne. No era muy diferente a lo que comía cuando trabajaba en casa de los Stoner, pero Ellie estaba más que feliz. Para ella, eso ya era un banquete; además, aquí podía comer todo lo que quería sin que nadie la mirara feo.
Ellie juntó las manos y rezó un ratito antes de empezar. Aunque aquí no tenía patrones que la obligaran a rezar y su fe seguía siendo algo floja, ella cumplía con el gesto. Ya que la estaban tratando como a una señorita de alcurnia, no quería dar una mala impresión.
—¡Buen provecho!
Los tres comían lo mismo en la misma mesa, como si lo hubieran hecho toda la vida. La señora Heathcote le llenaba el vaso de agua y Henry, como quien no quiere la cosa, le acercaba la canasta de pan. Los dos siempre estaban pendientes de ella, quizás por miedo a que se sintiera cohibida por estar de arrimada.
Cada vez que pasaba eso, Ellie sentía un cosquilleo en el pecho. Le hacía acordar a sus papás, que en paz descansen.
—Todo estuvo rico, gracias.
Al terminar, Ellie recogió su plato. Quería hacer algo más, pero era imposible. Cada vez que intentaba lavar aunque sea un plato, los dos pegaban el grito al cielo y no la dejaban, así que no le quedaba de otra.
Se sentía agradecida, claro, pero también un poco incómoda. Desde que se quedó huérfana, Ellie no había descansado ni un solo día. Nadie te regala el pan solo por verte llorar, así que siempre tuvo que ganárselo.
De chiquita ayudaba en la casa de su tía. Cuando creció un poco más, se recurseaba haciendo los quehaceres de los vecinos. Y ya de grande, trabajaba donde la llamaran, hasta que tuvo la suerte de conseguir un puesto como empleada del hogar.
Después de una vida tan movida, ahora no tenía nada que hacer más que estar de vaga. Ellie se tiró en el sofá de la sala y abrió un libro.
Era una novela romántica que le había prestado la señora Heathcote. También había revistas de moda y manuales de etiqueta para damas, pero a Ellie no le llamaban la atención. ¿Para qué iba a aprender esas cosas si pronto tendría que volver a su realidad? No quería llenarse la cabeza de ilusiones tontas.
Como ayer se había quedado medio dormida leyendo, no se acordaba bien de la trama. Estaba retrocediendo las páginas cuando, de pronto, se acordó de lo que Daniel le dijo antes de irse.
‘Tengo altas expectativas’.
¿De qué? Como estaba media zombi por el sueño, no llegó a preguntarle. ¿Será que le traería un regalo? Por más que se carcomiera la cabeza, no había forma de saberlo hasta que él volviera.
Ellie sacudió la cabeza y volvió a concentrarse en el libro. El gato, que la había seguido hasta la sala, se hizo un ovillo a sus pies y se quedó dormido.
Estaba con la panza llena y el día estaba precioso. Por la ventana abierta entraba un airecito tibio bien rico. Con el gato roncando a su lado, a Ellie también se le empezaron a cerrar los ojos. Pestañeaba y leía la misma línea una y otra vez.
Tuc.
El sonido del libro cayendo sobre la alfombra la despertó de golpe.
—¿Eh…?
Se había quedado profunda sin darse cuenta. Miró a su alrededor: el gato ya no estaba y por la ventana se veía que ya era mediodía.
Se frotó los ojos y se levantó, justo cuando su estómago le avisó con un rugido que ya era hora de almorzar. Ellie soltó una risita. No había hecho ni un solo esfuerzo en todo el día, pero el hambre le daba puntualito. ‘De verdad que solo sirves para comer y dormir, Ellie Brewer’, pensó.
Salió al pasillo caminando despacio, como quien no quiere la cosa. Bostezó de par en par y miró a todos lados, pero no se escuchaba ni un alma en la casa.
—¿Señor Carter?
Ellie tocó la puerta de Henry. Nadie respondió. A veces él salía de la casa, así que no le dio importancia y se fue para la cocina.
—¿Señora Heathcote…?
Pero ahí tampoco había nadie. La cocina estaba tan limpia que hasta brillaba, no había ni rastro de que estuvieran preparando la comida. ¿Se habrían ido los dos juntos al mercado? Como ella misma los había acompañado ayer, no le pareció nada del otro mundo.
—¿Alexandre?
Ni el gato aparecía; seguro se había ido de cacería. Ellie estaba saliendo de la cocina cuando, de repente, se dio cuenta de que esta era su oportunidad. El momento perfecto para hacer eso que le andaba dando vueltas en la cabeza y que le molestaba tanto.
Ellie volvió a mirar a su alrededor con rapidez. ‘Si lo hago al toque, nadie se va a dar cuenta, ¿no?’, pensó. Y de inmediato, salió disparada por el pasillo.
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El tren entró a la estación soltando un pitazo ensordecedor. La gente que esperaba su turno se echó para atrás de porrazo, asustada por el tremendo ruido.
Chiiií
el tren se detuvo por completo soltando una nube de vapor. Un empleado de la estación se acercó corriendo para ordenar a la muchedumbre y, lo primero que hizo, fue abrir la puerta de la primera clase.
Una pareja de la alta sociedad, muy bien vestida, bajó del tren acompañada de una niña y un niño que parecían de comercial. El empleado les bajó las maletazas y les dio una despedida bien atenta.
—Espero que hayan tenido un viaje placentero.
—Gracias.
Luego bajaron un congresista con sus asesores y un empresario que no soltaba su maletín de cuero.
Al final de todos, un grupo de pasajeros bien particular bajó al andén. Eran cinco en total: dos caballeros con sus mejores ternos, dos jovencitos con ropa sencilla y algo vieja, una niñita cargada por el chico que era alto como un poste.
El empleado, mientras bajaba el equipaje, no sabía ni qué cara poner.
—Este… que tengan un buen día.
El caballero de pelo rubio lo miró de reojo y él mismo agarró sus maletas que estaban más trajinadas que otra cosa. El hombre de pelo negro asintió con la cabeza.
—Iré a buscar una carroza.
Se abrió paso entre la gente y salió disparado de la plataforma. El hombre que se quedó solo a cargo de los chicos arrugó la frente, como quien no sabe en qué lío se ha metido.
—Vamos.
La niña, que estaba muerta de miedo, se aferró al cuello de su hermano mayor. Los chicos también tragaron saliva al ver lo inmenso y caótico que era el terminal. No era la primera vez que subían a un tren, pero nunca habían hecho un viaje tan largo.
Caminaron entre empujones hasta que por fin salieron del andén. Al entrar a la estación misma, se quedaron con la boca abierta. El techo era altísimo, fácil como de varios pisos. Al ver ese domo gigante de vidrio, los chicos no pudieron evitar su asombro.
—¡A la m… mira eso!
—Mira ese reloj, es enorme. ¿De verdad funcionará?
—¡Hermanito, mira el ángel!
La pequeña señaló una estatua en el centro. Era un ángel gigante, mucho más grande que una persona. ¿Cómo habrían hecho para meter algo así ahí dentro?
Los chicos estaban en las nubes, mirando para todos lados. Daniel, que iba adelante con las maletas, tuvo que regresar por ellos.
—Tengan cuidado, hay demasiada gente.
—Ah, ya… claro.
Marcus acomodó mejor a Amy en sus brazos. Matthew también se puso mosca.
En verdad, más que el tamaño de la estación, lo que les sorprendía era la cantidad de gente. Entre los que querían viajar, los que recién llegaban, los cargadores y los vendedores ambulantes, eso era un loquerío total.
Si te perdías en un sitio así, era para no verse nunca más. Marcus le hizo una seña a Matthew y este asintió. Podían perder de vista al señor, pero entre hermanos ni hablar; tenían que estar pegaditos.
Obviamente, Daniel no pensaba dejar a ninguno atrás. ¡Pobre de él si le pasaba algo a uno de los hermanos! Se ganaría el odio de Ellie para siempre. Así que, sin quitarles el ojo de encima, los guió hacia la salida.
El pasadizo en forma de arco era igual de caótico. Entre los que vendían chucherías de recuerdo y los que pedían limosna, el camino era un desastre donde no se podía ni caminar.
Para que no se los llevara la corriente de gente, Daniel le puso la mano en el hombro a Matthew. Al chico se le vio un poco incómodo, pero caballero nomás, no le quedaba otra. Daniel seguía avanzando mientras chequeaba a cada rato a Marcus y Amy por el rabillo del ojo.
A las quinientas lograron salir de la estación y vieron a Ian saludando desde lejos.
—¡Por aquí!
Daniel hizo que los chicos pasaran primero. El cochero que Ian había contratado abrió la puerta de la carroza al toque.
Matthew fue el primero en subir. Daniel estiró las manos para ayudar a cargar a Amy un ratito, pero Marcus, con mirada de pocos amigos, abrazó más fuerte a su hermanita. Daniel solo se encogió de hombros.
—Disculpa.
Marcus subió a la carroza con una cara de pocos amigos. Técnicamente, él había sido el maleducado, pero como tenía que cuidar a sus hermanos, todavía no confiaba del todo en esos dos sujetos. Al menos no hasta que viera a su hermana con sus propios ojos.
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