Sirvienta X Sirviente - 66
El carruaje los dejó en un centro de recreación inmenso armado a la orilla del río. Aquí también cobraban entrada. Ellie puso una cara de pocos amigos al ver a Daniel comprando los tickets. Si le hubiera avisado antes, ella habría elegido solo uno o dos lugares; no entendía por qué andaba desperdiciando la plata así como así.
Pero, siendo realistas, si sumabas el precio de todas las entradas de hoy, no llegaban ni al costo del almuerzo que se metieron. Y eso que estuvo buenazo. Así que Ellie decidió aprovechar que hoy tenía un amigo con plata y disfrutar del momento.
Daniel guardó el sencillo en su bolsillo y revisó el letrero de la boletería. El programa de la tarde estaba escrito con letras grandes. Como se habían apurado, todavía tenían tiempo de sobra. Él regresó donde Ellie con una cara de lo más normal.
—Entremos.
—¡Ya!
Ellie caminó con ganas. Ese parque a la orilla del río era el lugar soñado por ella y su hermano. Cada vez que un primo suyo, que solo una vez había ido a la capital, se lo contaba para dárselas de importante, ella se moría de la envidia.
Pasaron por un sendero lleno de estatuas bonitas y lo primero que vieron fue el muelle de los botes. Había caballeros en terno con las mangas remangadas remando con fuerza, mientras las damas con sus sombrillas soltaban carcajadas.
Daniel, con un tono de voz que delataba que no le convencía mucho la idea, le preguntó:
—¿Quieres subir?
—No.
Ellie movió la cabeza con firmeza. Y no es que lo estuviera cuidando a él, sino que, siendo honesta, no le veía la gracia. Para ella, más divertido sería tirarse al agua de un clavado.
Caminando por la orilla, se toparon con un escenario al aire libre. Parece que a veces hacían teatro o magia, pero hoy había concierto. Debajo de la tarima, la gente estaba en pleno baile al ritmo de la orquesta.
Ellie miró a Daniel de reojo. Si se le ocurría sacarla a bailar, estaba frita. Ella solo sabía bailar esos bailes de las fiestas del pueblo donde se agarran de las manos y dan vueltas como locos. Por suerte, Daniel tampoco parecía muy interesado en la pista de baile.
Tampoco es que las estatuas finas de la fuente gigante la deslumbraran. Después de haber visto tantas cosas en un solo día, ya nada le sorprendía mucho. Y, sobre todo, ya le estaban empezando a doler los pies. Sus pasos, lógicamente, se hicieron cada vez más lentos.
Justo en ese momento, llegaron a donde Daniel quería. Era una ladera de pasto con vista directa al río. Varias personas que iban con el mismo plan ya se habían acomodado por ahí. Él, con toda naturalidad, la guió.
—¿Descansamos un toque?
—Sí, porfa.
Ellie asintió feliz de la vida. Daniel miró a su alrededor. Hubiera sido bueno traer una manta o algo como los demás, pero no se le ocurrió ese detalle. Así que se quitó el saco y lo puso sobre el pasto.
—Siéntate encima.
—¡Oye, se va a ensuciar!
Ellie reclamó fuerte y al toque recogió el saco para sacudirlo. Daniel soltó una risita burlona.
—No te voy a mandar a lavarlo a ti.
—Es que… se nota que es ropa fina…
Ellie, toda palteada, se puso a murmurar y estiró el labio, picona. Supuso que una dama de verdad ni se preocuparía por si la ropa se ensucia o no.
Volvió a poner el saco en el suelo y se sentó con cuidadito. Daniel, por su parte, se sentó de porrazo en el pasto.
—Debí prepararme mejor antes de venir.
—A mí me gusta así.
Ellie sonrió de lado. Qué importaba si se sentaba en el pasto o en plena tierra. Ellie Brewer, la chica del campo, por fin estaba en el famoso parque.
Se quedó mirando el río con el mentón apoyado en las rodillas. Daniel hizo lo mismo. No decían ni media palabra, pero se sentía una paz increíble. Como si se conocieran de toda la vida.
En eso, empezó a caer el sol. Un barco turístico pasaba río arriba y el agua, teñida de rojo, brillaba con cada ondita. Ellie murmuró maravillada:
—Qué lindo…
Apenas se ocultó el sol, todo se puso oscuro al toque. Los trabajadores empezaron a correr de un lado a otro prendiendo los postes de luz. Ellie, que no dejaba de ver el río, volteó a verlo.
—¿Aquí termina el paseo de hoy?
—Mmm…
Daniel se llevó la mano al pecho para sacar su reloj, pero se acordó de que lo había dejado en el saco que Ellie estaba usando de asiento.
Como ningún caballero que se respete se pondría a hurgar en la prenda donde una dama está sentada, volteó a buscar la torre del reloj, pero en ese instante se escuchó el retumbar de unos tambores a lo lejos.
Ellie ladeó la cabeza, curiosa.
—¿Habrá alguna función?
Como para confirmar su sospecha, sonó una trompeta con fuerza. Daniel señaló hacia la orilla.
—Mira allá.
Una banda de músicos, bien uniformados de rojo y azul, venía desfilando por el camino del río. A la cabeza iba el que dirigía con su bastón, seguido por los músicos con sus instrumentos marchando al mismo ritmo. La gente, que había estado esperando todo el rato, empezó a silbar y a aplaudir con ganas.
A Ellie se le abrieron los ojos de par en par; nunca en su vida había visto algo así. No se parecía en nada a la música de los banquetes ni a la de las fiestas patronales de New Chesterton. Era un sonido fuerte, alegre, que le hacía retumbar el corazón. De pura emoción, Ellie empezó a mover la cabeza de un lado a otro al ritmo de la música.
Mientras ella estaba embobada con la melodía, tres lanchas empezaron a bajar por el río. De pronto, ¡pum!, un estallido fuertazo hizo que Ellie se pegara un susto y encogiera los hombros.
—¡Guauu…….!
Desde unas lanzaderas en los botes, empezaron a tirar fuegos artificiales con un estruendo total. Las bolas de fuego subían hasta lo más alto del cielo y reventaban en mil pedazos con un sonido seco, desparramándose por todos lados.
Desde los otros botes también empezaron a disparar. Esas cosas que parecían cañones no paraban de lanzar chispas. La gente, en una sola voz, soltó un grito de emoción. Ellie murmuró conmovida:
—Así que así era la cosa…
Los fuegos rojos y amarillos pintando el cielo mientras la banda tocaba de fondo… era, de lejos, lo más hermoso que había visto en toda su vida.
Ellie echó la cabeza cada vez más atrás para no perderse nada de lo que pasaba arriba. Daniel, que no le quitaba el ojo de encima, la agarró de la nuca y la jaló hacia atrás.
—¡E-e-eh…!
Ellie pataleó como conejo en trampa, pero no pudo contra la fuerza de él y terminó cayendo sentada —y luego echada— de porrazo en el pasto.
—¡Oye, qué te pasa!
Antes de que pudiera quejarse más, Daniel se echó a su lado, espalda contra el pasto. Ellie lo miró desconcertada, pero él solo se quedó mirando fijo al cielo con los brazos como almohada. Una nueva explosión de luz le iluminó la cara por un segundo antes de desvanecerse.
Ellie se acomodó. ¡Pum, pum!, los fuegos artificiales brillaban sobre el cielo negro. La verdad es que, echada así, sentía que si estiraba la mano podía tocarlos. Estaba mucho mejor.
De las lanzaderas tiznadas de negro salió otro estallido gigante. Las chispas blancas caían por todos lados como si fueran una pileta de luz. Ellie, hipnotizada, estiró la mano hacia el vacío.
—Vaya… parecen estrellas.
Hacía una eternidad que no se fijaba en las estrellas. En su pueblo, bastaba con mirar arriba cualquier noche para ver el rimerío de estrellas. Pero en la capital, entre el humo de las chimeneas y de las fábricas que paraban creciendo, era bien difícil ver alguna a simple vista.
Daniel también se puso a recordar. Todavía tenía grabada en la mente la imagen del cielo de las colonias, donde hasta la Vía Láctea se veía clarita. Quizás porque lo habían botado de ahí, pero cuando miraba ese cielo, sentía más nostalgia que admiración.
Ese regreso que tanto había esperado no resultó ser tan emocionante como pensaba. El mundo había cambiado demasiado y el único lugar que seguía igual que en sus recuerdos era la tumba de Diana Dawson. Aun así, no sentía que volver hubiera sido en vano.
Daniel volteó la cara para mirar a Ellie de perfil. En sus ojos, que todavía brillaban por la emoción de los fuegos, se notaba una nostalgia que no se podía ocultar.
Las luces que habían pintado la ciudad empezaron a apagarse de a pocos. Él se incorporó y soltó:
—Mañana… me voy a ausentar de la casa por un tiempo.
—¿Ah?
Ellie se sentó de un salto, toda confundida. Daniel siguió hablando mientras miraba el humo que quedaba en el cielo negro.
—Tengo algo que hacer con Ian. Va a tomar unos días, así que no andes saliendo sola y cualquier cosa que necesites, avísale a Henry.
—Ya, está bien.
Ellie aceptó de buena gana. Se sentía agradecida de que, con lo ocupado que paraba, se hubiera hecho un tiempo para pasearla por todos lados. Pero, obvio, le picaba la curiosidad: ¿qué cosa sería tan importante como para irse varios días?
—¿Y a dónde te vas?
Daniel la miró de reojo. Por la cara que puso, Ellie sintió que había preguntado algo que no debía y se rascó la nuca, un poco palteada.
—No, o sea, solo decía…
—Te cuento cuando vuelva. Eso y otras cosas más.
Dicho esto, Daniel se levantó. Se sacudió un poco el pasto de la ropa y le tendió la mano.
Ellie parpadeó sorprendida por la respuesta. Al menos no pensaba ocultarle las cosas para siempre, y eso ya era bastante. Se moría por preguntarle qué tanto le iba a contar, pero se aguantó las ganas. Le tomó la mano y Daniel la ayudó a levantarse con fuerza.
La banda, que todo el rato había tocado temas movidos, empezó una melodía lenta como para despedirse. El último fuego artificial que lanzaron dejó una cola larga como si fuera una estrella fugaz antes de caer. Fue una noche hermosa que no iba a olvidar en mucho tiempo.
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