Sirvienta X Sirviente - 65
¿Qué pasa?, pensó Ellie ladeando la cabeza. Daniel, que ya se había volteado, le hizo una seña. Ella, sin entender ni papa, se acercó a él toda timidona.
—¿Hay… algún problema?
—¿No, por qué?
Daniel puso una cara de ‘yo no fui’. Mientras tanto, el guardia soltó la tranca y abrió el portón de fierro de par en par. Y de yapa, les lanzó un saludo bien amable:
—¡Que tengan un excelente día!
Daniel asintió con la cabeza y entró al parque. El portón, que se había abierto como dándoles la bienvenida, se cerró de golpe tras ellos. La gente que hacía su cola afuera los miraba con una envidia… Se notaba a leguas que era un trato especial, de esos que no le dan a cualquiera.
Daniel hizo una mueca con los labios, medio burlón. Ese ‘poder prestado’ resultó ser más útil de lo que pensaba. Le daba risa que, cuando era espía, no podía usarlo así por así, ahora lo usaba para estas cosas.
Ellie miraba de reojo la cara fresca de Daniel y paraba la bemba. ¿Quién será este tipo en verdad?, se preguntaba. Cuanto más tiempo pasaba con él, más sentía que era un misterio total.
Caminaron por un sendero bien cuidadito del jardín hasta que llegaron a un lago inmenso. Había un desvío: a la izquierda o a la derecha. Daniel chequeó el letrero y se mandó por la izquierda, hacia el zoológico.
Al final, los animales siempre jalan más el ojo que las plantas. El zoológico, lleno de jaulas de fierro, estaba recontra apretado de gente, mucho más que afuera. Sobre todo frente a los animales salvajes, ahí era el chongo. Un niñito jalaba a su mamá de la mano:
—¡Mamá, mira, un tigre!
—¡Oh, verdad, no miento!
¿Un tigre? Ellie volteó al toque. Había escuchado el nombre, pero era un animal tan místico que ni en dibujos lo había visto bien.
Tal cual dijo el chiquillo, ahí estaba el tigre. Era una bestia del tamaño de un buey, con rayas negras y marrones. El animal, que era como una casa de grande, caminaba de un lado a otro en esa jaulita.
Con esos ojos que brillaban y esos colmillos… Ellie, por puro instinto, se prendió del brazo de Daniel. Él soltó una risita:
—¿Tienes miedo?
—¡A-ah, no, para nada!
se picó ella, pero al toque se arrepintió. Se abrazó más fuerte a su brazo, no fuera a ser que Daniel se soltara y la dejara sola.
Todas las jaulas de las fieras eran iguales: un león con una melena brava, un oso que era un ropero y otros animales que parecían que te podían almorzar de un solo bocado. Todos encerraditos en espacios bien chicos.
A Ellie, más que curiosidad, le daba una ansiedad de aquellas; ni se acercaba a las rejas. Pensaba que en cualquier momento rompían todo y salían disparados. Caminaba rápido, mirando para todos lados.
Daniel le preguntó, bien desganado:
—¿No es la gran cosa, no?
—Mmm, sí…
asintió ella bajito.
Le daba miedo, olía feo y, la verdad, ver animales encerrados no era tan bacán como pensaba. Las jaulas estaban cochinas y chiquitas. Pensó que hasta los chanchos de los concursos vivían mejor.
Miró a Daniel para ver su reacción, pero él seguía con su cara de palo de siempre. Parecía que Daniel no era de los que disfrutaba su tiempo libre; ni los animales más raros le movían un pelo.
Y es que Daniel no podía ver el zoológico con buenos ojos. Si uno supiera todo lo que hicieron para llenar este lugar, cualquiera pensaría igual. ¿Era buena suerte terminar como un espectáculo en lugar de acabar como una alfombra cara? Quién sabe.
Cuando salieron de la zona de fieras, a Ellie se le calmó un poco el bobo. Los animales más chicos, como los monos, no daban tanta cosa verlos. Otros, menos peligrosos, estaban en corrales en vez de jaulas techadas.
La estrella del momento era la jirafa. Sabía que tenía el cuello largo, pero no pensó que fuera tan alta. Ellie echó la cabeza para atrás, asombrada:
—¡Guao! Se parece al dinosaurio que vimos hace un rato.
—Esta tampoco debe ser muy rica que digamos.
soltó Daniel, recién ahí Ellie se mató de risa.
Al ladito estaba el elefante, que le había cedido el protagonismo a la jirafa. Un tipo que quería ser pintor tenía su caballete ahí y estaba bosquejando. Era un dibujo con pasteles sobre un papel rugoso. Ellie lo miró de reojo y le susurró a Daniel:
—Dibuja bien, ¿no?
—Nada que ver.
respondió él, bien cortante.
Ellie le puso mala cara, pero él no cambió de opinión. No es que fuera mala leche, es que, siendo objetivos, el pintor tenía un nivel para vender postales en la calle y nada más.
Terminaron de ver los animales y bordearon el lago hacia el jardín botánico. Unos pájaros nadaban tranquilos por ahí. El botánico era como un invernadero gigante y, como era de esperarse, no había mucha gente.
Ella pensó que vería puras flores bonitas, pero la realidad era otra. Había árboles exóticos que casi tocaban el techo. Al mover una hoja grandaza, vio unos frutos raros que colgaban por montones.
El aire estaba pesado y olía a tierra mojada. Daniel se quitó el saco y se lo puso en el brazo. También se soltó un poco el corbatín para estar más fresco.
Debe ser porque estaba bien alimentada, pero Ellie andaba con todas las pilas, olfateando y recorriendo esos caminos que parecían un laberinto. De pronto, al doblar una esquina, soltó un grito sin querer.
—¡Ah!
Ellie se tapó la boca y retrocedió de un salto. Daniel, que venía atrás todo relajado, corrió hacia ella preocupado.
—¿Qué pasó?
—¡Shhh, silencio!
Ellie le tocó los labios a Daniel para que se callara al toque. Él le sujetó la mano y frunció el ceño.
—Pero dime qué hay, pues.
Daniel asomó la cabeza y vio lo mismo que ella: entre los arbustos, una pareja estaba bien pegada, dándose besos de esos melosos. Daniel soltó un bufido, porque para tanto chongo que hizo ella, la escena le pareció lo más aburrido del mundo.
—Ah, era eso nomás.
Ante la reacción tan desganada de Daniel, Ellie paró la bemba. ¿Acaso no es normal asustarse al ver a gente chapando de la nada? Ella todavía no tenía cancha en esas cosas; después de todo, solo había dado un par de besos en su vida.
De pronto, Ellie se quedó mirando los labios de Daniel. Eran los únicos que ella había probado. ‘Pero para él, yo no habré sido la primera’, pensó, de un momento a otro se le bajó el ánimo.
Daniel, que se dio cuenta de que lo estaba chequeando, soltó:
—¿Qué? ¿Tú también quieres?
—No.
Ellie puso cara seria y se mandó a caminar a pasos largos. Daniel soltó una risita burlona y la siguió. Ellie ignoró que lo tenía atrás y siguió de frente nomás, sintiendo que la cara le hervía de la vergüenza.
Caminando entre la vegetación, salieron por el lado opuesto al que entraron. Sin decirse nada, ambos enfilaron hacia la entrada del parque. El sol de la tarde les caía parejito sobre la cabeza.
La entrada, que antes estaba reventando de gente, ahora estaba bien tranquila. Como ya no había clientes, los vendedores también se habían esfumado. Encontraron su carroza al toque y se subieron. Daniel volvió a chequear su reloj.
—Me dijeron que no es temporada de circo, así que mejor nos vamos directo al parque de diversiones.
‘¿Circo?’
pensó Ellie parpadeando. De pronto, se acordó de la charla que tuvo con sus hermanos antes de venir a la capital. Museos, galerías, el zoológico, el botánico… y también el circo y el parque de diversiones. Eran todos los lugares con los que ella y sus hermanos soñaban para un día libre.
Se acordó de cómo pasaban las hojas de los periódicos viejos con sus hermanos, señalando a dónde querían ir. Ella les prometió ir a cada lugar y contarles todo en sus cartas. Al final, en todo el tiempo que trabajó en la casa del Conde, no pudo conocer ni uno solo.
Ellie, sospechando algo, le preguntó:
—Escúchame… ¿acaso estamos recorriendo todo esto… por mí?
—¿Y por quién más va a ser?
respondió Daniel frunciendo el ceño.
A Ellie se le cayó la mandíbula. No se esperaba esa respuesta. ‘Si es así, me hubieras avisado antes, pues’, pensó. ¿Quién iba a imaginar que la estaba paseando por su bien, si andaba con esa cara de palo todo el camino?
Aunque, pensándolo bien, ella también fue un poco lenta. Salieron de casa en la mañana y recién se daba cuenta cuando ya casi acababa la tarde.
Obviamente, Daniel tenía una cara de ‘no puedo creer que recién te des cuenta’. Ellie empezó a juguetear con sus dedos y soltó:
—Gra… gracias. Es la primera vez que voy a todos estos lugares.
Daniel también se dio cuenta de que sus formas no habían sido las mejores. Él pensó que ella iba a estar saltando de un pie de alegría desde el principio. Claro, Ellie no tenía ni la más mínima idea de que él le había leído sus cartas a escondidas.
Él evitó mirarla y dijo, todo huraño:
—Si estás cansada… nos volvemos nomás.
—¡No, quiero ir! Al parque de diversiones.
respondió Ellie con fuerza, agitando las manos.
A Daniel se le movió la comisura de los labios, quería sonreír, pero se hizo el loco y se quedó mirando por la ventana como si no le importara.
—Como quieras.
Ellie apretó los puños con ganas. Si hubiera sabido que este día era para ella, se hubiera divertido más. ‘Bueno, desde ahorita voy a disfrutar a lo grande’, se prometió a sí misma.
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