Sirvienta X Sirviente - 64
Daniel soltó una risita burlona. Pero no era para burlarse de Ellie, sino porque entendía perfectamente por qué estaba tan perdida: toda la carta estaba en un idioma extranjero.
A él también, al principio, le parecía una tontería. ¿Por qué tenían que llamar a los ingredientes de siempre con nombres raros? Ya ni en los mejores restaurantes de la ciudad encontrabas comida tradicional; más bien, ahora tenías que irte a las provincias más alejadas para probar un plato típico de verdad.
Pero bueno, así está la cosa. Cualquier hijo de vecino con un poco de plata se alucina contratando chefs extranjeros para copiar las costumbres de otros países. Hasta en la mansión del conde Stoner la mitad de los cocineros eran de afuera.
Por eso, los empleados terminan aprendiendo a la fuerza cómo se dice ‘vaca’, ‘pollo’ o ‘chancho’ en varios idiomas, pero si no trabajas metido en la cocina, es casi imposible entender qué rayos es tal salsa o cuál técnica de cocción usaron.
—Yo pido por los dos.
—Ya…
respondió Ellie, toda cabizbaja.
Se puso a mirar a su alrededor, desanimada. No era fácil ni siquiera hacerse la que entendía. ‘Mínimo no me van a botar, ¿no?’, pensó preocupada.
Daniel pidió el menú de pasos básico y le sumó un montón de platos extras para que Ellie probara de todo. Ella paraba la oreja con todas sus fuerzas, pero no entendía ni la mitad. ¿De verdad eso eran nombres de comida?
Lo primero en llegar fue el aperitivo con la entrada. Ellie se quedó mirando una concha de ostra en un plato finísimo y ladeó la cabeza.
—¿Mmm?
—¿Nunca has comido ostras?
preguntó Daniel mientras levantaba su copa.
En la capital, las ostras eran recontra comunes. Hasta en la mesa de los empleados del conde Stoner aparecían de vez en cuando. Pero claro, esas eran siempre ostras crudas con su chorrito de limón y nada más. Ellie se quedó analizando esa ostra cocida bañada en salsa de mantequilla, que se veía de lo más curiosa.
—Es la primera vez que veo que las preparan así.
—Pruébala. Si no te gusta, me avisas.
Ellie agarró el tenedor sin hacerse de rogar. Daniel, con la copa en los labios, se quedó chequeando qué cara ponía.
Apenas se metió la ostra entera a la boca, a Ellie se le abrieron los ojos como platos. Se tapó la boca con la mano y susurró:
—Está buenazo…
—Qué bien, pues.
Ellie le puso una mueca por su tono sarcástico, pero apenas probó otro pedazo de esa ostra que se deshacía en la lengua, se le pasó todo el berrinche.
Después de ese ‘engañamuchacho’ que fue la ostra, el siguiente plato, que era pescado, demoró un montón en llegar. El lenguado a la plancha con salsa de crema y champán estaba riquísimo, pero la porción era una miseria para el hambre que ella manejaba.
Al menos, haber servido en las cenas pesadas del conde le sirvió de algo. Ellie se sentó bien derechita, sacando pecho, demostró que sí tenía modales para comer. No sería perfecto, pero ella se sentía recontra satisfecha con su actuación.
‘Con esto, nica se dan cuenta de que no soy una chica de alcurnia’, pensó mientras chismeaba de reojo. Veía a la gente comer con una naturalidad y una confianza que la hacían sentir como si ellos fueran de otro planeta.
A diferencia de Ellie, que estaba en pleno plan de ‘alucine’ y pose, a Daniel le llegaba altamente lo que pensaran los demás. Le ordenó al mozo que no le trajera los platos por tiempos, sino que sacara todo de una vez, menos el postre.
Ellie le susurró bajito, toda asustada:
—¿Se puede hacer eso…?
—¿Y qué tiene?
respondió él encogiéndose de hombros.
Ahí Ellie se relajó un poco. ‘Bueno, si estamos juntos, no creo que me boten solo a mí’, pensó.
En estos sitios caros, a veces les importa más la clase que la plata, pero lo que más pesa es el apellido. El metre, que pensaba que Daniel era un ‘invitado VIP del Príncipe Heredero’, no dijo ni pío y empezó a traer los platos uno tras otro.
Carne de res con hierbas, estofado de cordero bien espeso, codornices asadas enteras y hasta faisán al jugo. En un toque, la mesa se llenó de carne. Esa cena tan elegante y fina se transformó en el banquete de un nuevo rico con un hambre voraz. A Ellie se le cayó la mandíbula.
—¿Es… esto nos lo vamos a comer los dos solitos?
—Come lo que quieras. Lo que no te guste, déjalo nomás.
Daniel, a propósito, mandó los modales al desvío y empezó a comer lo que se le antojaba. Ellie, siguiendo su ejemplo, se soltó las trenzas y empezó a disfrutar.
—¡Oye, esto está rico, prueba! ¡Asu, esto también…!
El único ‘problema’ era que para Ellie no existía plato feo. Empezó a dejar los platos limpios en un dos por tres. Daniel sonrió de costado. Definitivamente, Ellie Brewer se ponía más viva que nunca cuando había comida de por medio. Valió la pena todo el esfuerzo que hizo para reservar en ese sitio.
Cuando ya no quedaba casi nada, Daniel llamó de nuevo al mozo. En cuanto Ellie vio que le daban la carta otra vez, se puso pálida.
—Ya no me entra ni un alfiler.
—¿Ni el postre?
preguntó Daniel levantando una ceja.
Lo dijo como quien sabe que eso es imposible. Y efectivamente, la voluntad de hierro de Ellie se fue al tacho en un segundo.
—Euuuh…
Se había olvidado por completo del postre. Ellie se sobó la panza, que estaba a punto de explotar, entró en un dilema existencial. La verdad es que ya estaba al límite; entre tanta comida y el corsé que se había ajustado a la fuerza, ya le costaba hasta respirar.
¡Pero es que si los platos de fondo estaban tan buenos, imagínate cómo serían los postres! Era una oportunidad de oro que no podía desperdiciar; nica en lo que le quedaba de vida volvería a pisar un restaurante así de caro.
Daniel ni siquiera esperó a que ella respondiera y pidió los postres de una vez. Ellie se hizo la loca, como quien no quiere la cosa, aceptó. ‘Bueno, probaré un poquito de cada uno’, pensó, ‘total, no es mi plata’.
Pero cuando trajeron los postres, casi le da un soponcio. Daniel de verdad que no conocía el término medio: empezaron a llegar a la mesa dulces de todo tipo y frutas fresquitas en cantidades industriales.
Mientras ella estaba ahí con la boca abierta, él se limitaba a tomar sorbos de su té de lo más tranquilo. Ellie le reclamó indignada:
—¿Estás loco? ¡Cómo nos vamos a comer todo esto!
—Come lo que quieras y lo que no, déjalo..
respondió él como si nada.
A Ellie casi se le sale la bilis con su respuesta. Una cosa es dejar un poquito, pero esto ya era un exceso; la gente común y corriente no veía este tipo de manjares ni en sueños. Sus hermanos, por ejemplo…
De pronto, las caras de sus hermanitos se le vinieron a la mente clarito. El rostro de Ellie se ensombreció al toque. Sentía que no estaba bien estarse dando la gran vida ella sola, mientras ni siquiera sabía si ellos tenían algo para llevarse a la boca.
Daniel, que era más mosca que nadie, se dio cuenta al instante de que ella se había puesto triste. De repente, el té le supo amarguísimo. Para ocultar su incomodidad, soltó de forma cortante:
—Come bien y llénate, que todavía tenemos que caminar más.
—Ya…
Ellie agarró el tenedor sin muchas ganas; ya se le habían quitado las ansias de dulce. Pero como no quería despreciar el gesto, hizo un esfuerzo y probó apenas unos bocados, aunque sentía que estaba masticando arena.
Cuando salieron del restaurante, el cochero, que estaba medio cabeceando de sueño, saltó de su asiento al toque. No era necesario, pero igual les abrió la puerta con mucha amabilidad. Ellie, mientras subía al carruaje, preguntó:
—¿Y ahora a dónde vamos?
—Toca ir al zoológico.
respondió Daniel, como si ya lo tuviera todo planeado.
Ellie de verdad no lo entendía. Ni que estuvieran de turistas por unos días o se fueran a ir de la capital mañana mismo; ¿por qué tanta apurada por ver todo de un porrazo?
Pero no importaba lo que ella pensara, el carruaje arrancó con fuerza hacia su destino. El sitio que Daniel había elegido era el parque más grande de la capital. Antes era el coto de caza de la realeza, pero ahora era el point para ver animales raros y plantas exóticas.
Como era un sitio recontra conocido, el bulto de gente era impresionante. Desde mucho antes de llegar a la entrada, ya se veía un montón de carruajes y gente por todos lados. Ellie miraba por la ventana con un poco de miedo, pensando que en cualquier momento iban a chocar.
—¿No será mejor ir caminando?
—Tienes razón.
Daniel dio unos toquecitos en la ventana pequeña del carruaje. El cochero miró hacia atrás y fue frenando a los caballos poco a poco.
Antes de que el carruaje parara por completo, Daniel abrió la puerta de un tirón. El caballo del carruaje que venía atrás se asustó y soltó un relincho fuerte.
—¡Epa, epa! ¡Tranquilo!
El otro cochero tuvo que calmar al animal. Daniel pidió disculpas con un gesto de la cabeza y le estiró la mano a Ellie para que bajara. Ella puso su mano sobre la de él con cuidado.
Apenas pisaron la vereda, sintieron toda la vibra del lugar. Familias que habían planeado su salida con tiempo, parejas bien arregladitas en plena cita… era exactamente esa vida de la capital que Ellie siempre había soñado ver.
Pero no todos estaban ahí para pasear. Como había tanta gente, los comerciantes estaban al acecho. Los puestos ambulantes y las carretas hacían que las calles, de por sí llenas, fueran un caos total.
Los vendedores gritaban a todo pulmón para ofrecer sus carretas llenas de caramelos de colores, melcochas y frutas. También había niñas vendiendo flores que se metían entre la gente como si nada.
Daniel jaló a Ellie, que se había quedado mirando todo distraída.
—Camina rápido, no dejes que te sigan.
—¡Ya voy!
Recordó que la última vez casi le encajan unas flores a la fuerza. Ellie se enganchó del brazo de Daniel de inmediato. Él se la quedó mirando un momento y luego empezó a caminar.
Frente a una boletería chiquita de ladrillos rojos había una cola que no tenía fin. Era obvio que iban a tener que esperar un siglo. Pero Daniel, en vez de ponerse al final de la cola, se fue directo a la entrada. Ellie pensó que de repente ya tenía los tickets comprados y no le dio importancia.
En la puerta también había bastante gente. Debajo de un letrero grandazo, un hombre vestido de guardia controlaba la entrada por una reja que solo estaba abierta a la mitad, pidiendo los boletos uno por uno. Cuando estaban cerca, Daniel soltó suavemente a Ellie.
—Espérame un ratito acá.
—Ya.
Ellie se quedó ahí parada, mirándolo por la espalda. Vio que Daniel se acercó al guardia, le dijo algo y luego sacó algo para enseñárselo. En ese microsegundo, el hombre, que antes estaba con una cara de aburrido total, abrió los ojos como platos y se puso firme como un soldado.
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