Sirvienta X Sirviente - 63
El carruaje avanzó bordeando un muro bajo y fue frenando poco a poco. Tras el muro, más allá de un pasto verdecito, se asomaba un edificio imponente y grandazo que parecía entre una iglesia y un castillo. El cochero se detuvo justo frente a un portón que estaba abierto de par en par.
—Bueno, nos vemos más tarde.
Ellie, que bajó del carruaje casi por inercia, se quedó mirando el lugar toda asombrada. En medio de un jardín inmenso había una pileta enorme. Varias señoras elegantes con sus sombrillas conversaban en grupitos, muertas de risa, los caballeros tenían en la mano unos papelitos que parecían tickets.
No tenía ni la menor idea de qué lugar era ese. Ellie le jaló la manga a Daniel.
—¿Dónde estamos?
—En el museo.
Daniel respondió cortante y se fue directo a la boletería. Ellie, que no quería quedarse ahí parada solita como una tonta, lo siguió a paso apurado.
Él compró las entradas y le entregó una. Ellie se quedó mirando ese pedazo de papel amarillento; efectivamente, decía ‘Museo’. Pero, ¿por qué aquí?
—¿Y para qué venimos al museo…?
—Me dijeron que está bien hecho, así que vamos a chichear un rato.
¿En serio habían venido solo por el paseo? Ellie miró la entrada con cara de duda. Siempre había querido conocer uno, pero nunca imaginó que sería hoy.
Como ya iba a ser la hora de apertura, la gente empezó a hacer una cola larga. Como la entrada era barata, se veía a varios obreros con sus esposas e hijos. Daniel, en vez de hacer la cola, se quedó parado en la sombrita frente a la boletería. Ellie se quedó ahí también, mirando a la gente pasar.
Poco después, la cola avanzó y abrieron las puertas. La gente que andaba dispersa se amontonó para entrar de una vez. Daniel y Ellie esperaron a que el ambiente se despejara un poco para recién entrar con calma.
Apenas pasaron por un pasillo lleno de cuadros, se toparon con un modelo gigante de un mamut.
—¡¡Asu!!
Ellie soltó un grito y casi se le sale el corazón del susto. Daniel hizo un esfuerzo sobrehumano para no matarse de risa. Cuando ella se dio cuenta de que era solo un muñeco, se puso roja como un tomate. Se puso a darle vueltas al modelo y preguntó:
—¿Eso también es un elefante?
—Bueno, es algo así como su primo.
respondió Daniel, leyendo la placa informativa. Ellie no paraba de decir ‘¡guau!’ al ver los colmillos y el pelo tan reales que tenía.
Siguieron caminando y pasaron el modelo gigante. Era el nuevo Museo de Historia Natural que acababan de inaugurar. A Ellie le preocupaba que fuera aburrido, pero para su suerte, el lugar estaba tan bien puesto como decían los anuncios que Daniel había visto.
Claro, lo ideal hubiera sido ir a un museo Real o Nacional, de esos que tienen de todo, pero por ahí para metida mucha gente importante. Gente de peso que, quién sabe, podría reconocerlo más adelante.
Igual, este sitio era más que suficiente para despertar la curiosidad de Ellie. Andaba de aquí para allá como una niña, emocionada entre los objetos de exhibición. Animales disecados que nunca había visto en su vida, fósiles… no podía quitarles la vista de encima.
Daniel, por su parte, se quedó observando con atención unas muestras de minerales en una vitrina de vidrio. Para el espectáculo, la paleontología era perfecta, pero la geología también había avanzado un montón. Recién ahora se daba cuenta de que antes solo recibía información vieja que llegaba tarde a las zonas más alejadas.
Es gracioso, pero hasta en la ciencia hay modas. Y los auspiciadores, si ven algo que no da plata o que no les va a dar fama en los periódicos, no sueltan ni un sol.
Después de caminar un buen rato, llegaron a un salón amplísimo. Había una reconstrucción de un esqueleto de dinosaurio, muchísimo más grande que el mamut. Ellie se quedó mirando hacia arriba, con el cuello estirado, viendo la cabeza del bicho que casi tocaba el techo.
—Mmm…
Daniel, que venía detrás, se puso a su lado.
—¿Te gusta este modelo?
—No, para nada. Tiene pinta de que sabe feo.
Ellie negó con la cabeza. Como solo quedaban los huesos no estaba muy segura, pero con ese cuello tan largo, le pareció que no debía tener mucha carne.
Daniel sonrió de costado. ‘Típico de Ellie Brewer’, pensó, ‘siempre pensando en la comida’.
Después de caminar todo lo que habían avanzado, regresaron al punto de inicio. Ellie miró al mamut, que ya le parecía hasta conocido, preguntó:
—¿Ya se acabó?
—Hay otras salas, pero por hoy está bien. Tenemos que ir a otro lado.
Daniel se dirigió a la salida a grandes zancadas. ‘¿Si está tan apurado, para qué vinimos acá?’, pensó Ellie mientras lo seguía a paso de pollerita.
Cuando salieron, ya había mucha más gente. Como siempre pasa donde hay bulto, había vendedores de dulces y cocheros esperando clientes.
Ellie empezó a buscar con la mirada el carruaje en el que vinieron, pero Daniel le jaló la manga.
—Vamos a ir caminando.
Ellie se mordió los labios, media palteada. Se sintió un poco mal por haber actuado como una ‘niña bien’ que solo anda en carruaje, solo porque últimamente la habían estado tratando de lo más lindo.
El siguiente destino no estaba lejos. Solo a una cuadra, frente a otro edificio alto, Daniel se detuvo.
Este no tenía jardín, pero igual había una ventanilla donde vendían tickets. Ellie estiró el cuello para tratar de leer el letrero.
—¿Y aquí qué cosa es…?
—Al museo de arte.
Ellie metió la cabeza de la nada frente a Daniel, que estaba comprando las entradas.
—¿Por qué? ¿Vas a comprar un cuadro?
—Si ves uno que te guste, avísame. No pierdo nada preguntando el precio.
respondió Daniel encogiéndose de hombros mientras le daba su ticket.
Ellie no sabía si lo decía en serio o le estaba tomando el pelo. Hizo un mohín y le arrebató la entrada.
Era un museo pequeño que habían abierto aprovechando el bulto de gente que iba al de Historia Natural. No había ni cola, es más, casi no se veía a nadie entrando o saliendo. Pasaron de frente, sin esperar nada.
Daniel se puso a mirar los cuadros con calma. Como lo habían inaugurado al guerrazo, no había obras maestras de pintores famosos; lo que sobraba eran cuadros de artistas nuevos que no tenían ni quién los auspicie.
Para Ellie, obviamente, todo era recontra difícil de entender. Se quedó mirando un retrato de alguien con la cara roja y el pelo verde, ladeando la cabeza. ‘¿Será hombre o mujer? ¿O de repente es un rabanito?’, pensó.
Daniel, que le había sacado ventaja, regresó hacia ella.
—¿Qué tal?
Ellie puso una cara de pocos amigos. La verdad, no entendía ni michi, pero se preguntó si debería inventar algo que suene inteligente. Pero claro, a Daniel no lo iba a engañar con un floro tan barato. Así que soltó lo que sentía nomás:
—La verdad… no entiendo nada.
—Ya, vámonos entonces.
—¿Tan rápido?
Ellie puso cara de loca. No habían pasado ni quince minutos desde que entraron. Daniel la miró más extrañado todavía.
—¿O quieres quedarte hasta el final?
—No, es que me da pena la plata de la entrada…
—Ya fue, a mí también me aburre. Vamos.
Daniel salió primero hacia la salida y Ellie lo siguió arrastrando los pies. Todavía no pasaba ni medio día desde que salieron de la casa y ya se sentía un poco cansada.
Miró de reojo a su alrededor y vio a una señora mirando un cuadro con una pose toda elegante. ‘¿Para qué me trae a mí, que no sé distinguir lo fino de lo huachafo?’, se preguntó. No le encontraba el sentido.
Al salir, el carruaje ya los estaba esperando. Esta vez Ellie subió con más cancha, aceptando la mano de Daniel para que la ayude a subir.
Pensó que por fin regresaban a la casa, pero el carruaje, en vez de pegar la vuelta, se fue por otro lado. Ellie chismeó por la ventana y preguntó:
—¿No vamos para la casa?
—Pensaba almorzar primero. Pero si no tienes hambre, podemos ir al siguiente sitio.
—¡No, no! ¡Quiero comer!
¡Comida! A Ellie se le iluminó la cara.
Daniel se rió y chequeó su reloj de bolsillo. Iban a llegar un poco antes de la hora de la reserva, pero no creía que hubiera problema.
El carruaje corrió hacia el centro, cruzó un puente y avanzó bordeando el río. A lo lejos se veían barcos de carga yendo hacia el mar, más cerquita, varios botecitos cruzando de un lado a otro.
Ellie hizo fuerza para bajar la ventana y Daniel le dio una mano. El aire fresco del río entró de porrazo al carruaje.
—¡Asu!
gritó Ellie, agarrando su sombrero que casi sale volando. Daniel estiró la mano y le acomodó el lazo debajo de la barbilla para que no se le caiga.
Ellie lo miró de reojo y, cuando cruzaron miradas, ella la quitó al toque. No sabía si era por la emoción de estar afuera, pero el corazón le empezó a saltar en el pecho.
Llegaron al restaurante que Daniel había reservado. Era uno de esos sitios pitucos que hasta seleccionan a sus clientes. Ellie vio a unas señoras sentadas cerca de la ventana y se achicó por completo. Por más que tuviera ropa nueva, nica iba a poder imitar la elegancia de esas mujeres.
Pero el nombre del ‘príncipe heredero’ funcionaba en todos lados. El metre, con su corbata michi, salió personalmente a recibirlos.
—Por aquí, por favor.
Tal como Daniel le había pedido, el hombre los llevó a una mesa al fondo, que tenía un biombo para que nadie los viera. Mientras cruzaban el salón, Ellie caminó con el cuello bien estirado y toda tiesa. ‘Si me ven media insegura, seguro me van a ningunear’, pensó.
Apenas se sentaron, Daniel señaló la carta que estaba sobre la mesa.
—Pide lo que quieras.
—¡Ya!
Ellie abrió la carta con toda la confianza del mundo. Estaba decidida a pedir de todo; total, de hecho iba a ser carísimo, pero ni loca iba a pagar ella.
Pero no pasaron ni tres líneas y su confianza se derritió como hielo al sol. Daniel también abrió su carta. Ellie miró a todos lados y susurró bajito:
—Daniel, oye…
—Dime, pide lo que sea, no te preocupes.
Daniel seguía concentrado en la carta. Ellie se puso a punto de llorar.
—No, no es eso…
Recién ahí él levantó la mirada. Ellie, con una voz tan bajita que parecía que se quería esconder bajo la mesa, murmuró:
—Es que… no entiendo qué dice aquí…..
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