Sirvienta X Sirviente - 62
Ellie asintió con la cabeza, toda cabizbaja. No tenía idea de cuál era el problema ni de cómo se iba a solucionar; para ella todo era un gran signo de interrogación.
Pero, por otro lado, entendía por qué Daniel no le soltaba toda la sopa. La gente de abajo sabe que lo más inteligente es hacerse el ciego, sordo y mudo. Meterse en cosas de grandes y saber demasiado solo sirve para ponerse en peligro.
Y la verdad es que la razón por la que Daniel no decía mucho era exactamente la que Ellie sospechaba. La situación todavía no se terminaba de arreglar y existía la posibilidad de que las cosas no salieran tan fácil como él quería. En un plan así, si ella escuchaba cosas a medias, se podía terminar metiendo en un lío peor.
Pero había otro motivo: Daniel le tenía miedo a la reacción de Ellie. Ella, que amaba y cuidaba tanto a su familia, ¿con qué ojos lo vería a él si supiera quién es realmente? Como quien deja para mañana un castigo que sabe que se merece, él seguía postergando esa verdad que algún día tendría que decirle.
Daniel estiró el brazo con el que se apoyaba y le hizo un espacio.
—Ven aquí.
Ellie lo miró de reojo, recontra desconfiada. ‘Este cree que soy sonsa’, pensó, ‘seguro cree que voy a caer otra vez’.
Daniel hizo una mueca con los labios. No podía quejarse de que ella dudara, porque la verdad es que su historial no lo ayudaba para nada. Palmeó el colchón acolchado un par de veces.
—No te voy a comer. Solo cerremos los ojos un rato, que estoy muerto de sueño.
No sabía si eran ideas suyas, pero Daniel se veía realmente agotado mientras decía eso.
Ellie, que es de corazón blando, terminó cediendo y se subió a la cama con cuidado. Apenas se sentó a su lado, Daniel la jaló de la cintura y la echó junto a él, abrazándola fuerte.
Él cerró los ojos sin soltarla. Sentir el calor de Ellie lo hacía sentir vivo. Era un alivio estar así, al mismo tiempo, le daba fuerzas para jurarse a sí mismo que, pase lo que pase, iba a sobrevivir.
Pero mientras Daniel se ponía así de intenso, Ellie solo podía pensar en sus hermanitos. Se quedó mirando el techo fijamente y soltó:
—Oye, mis hermanos…
—Yo me encargo de eso.
Daniel la cortó en seco. Ellie volteó a mirarlo, sorprendida.
—¿Ah?
Pero él no dijo ni una palabra más. Parece que lo de estar cansado no era floro, porque ya tenía los ojos bien cerrados y respiraba pausado, como quien ya entró en un sueño profundo.
Ellie puso la boca de costado. ‘¿Cómo que él se encarga? ¿Qué piensa hacer?’, se preguntó. Ella solo quería pedirle que la dejara enviarles una carta; aunque no pudiera mandarles plata todavía, al menos para que supieran que estaba bien.
Sin embargo, aunque le daba cólera, en el fondo confiaba en su palabra. Sentía que, si Daniel lo decía, de alguna forma lo iba a cumplir.
Se quedó mirando un buen rato la cara de Daniel mientras dormía. ‘Incluso con los ojos cerrados se ve boni… digo, se ve bien simpático’.
Le resultaba curioso verlo así, tan vulnerable. Ni cuando compartían el ático, ni en todos estos días en que habían estado pegados en la misma cama, lo había visto dormir de verdad.
Sin esas miradas feroces ni el ceño fruncido, su cara parecía la de un chico que no rompe ni un plato. Ellie se quedó un buen rato contemplándolo, hasta que, sin darse cuenta, ella también se quedó recontra dormida.
* * *
Una nueva vida empezó en la townhouse. Como solo había tres hombres, Ellie pensó que, le pagaran o no, ella tendría que hacerse cargo de los quehaceres de la casa.
Pero, otra vez, las cosas no salieron como ella esperaba. Una mujer muy elegante, con un porte de dama de alta sociedad, le preguntó:
—Señorita Ellie, ¿le gusta la comida?
—¡Sí, sí!
respondió Ellie con un entusiasmo que se le escapó sin querer.
Henry Carter, el señor que la había recibido cuando llegó, estaba sentado frente a ella y le lanzó una sonrisa. Ellie, de la pura vergüenza, se metió el tenedor a la boca para ocultar su reacción.
En total eran cinco personas sentadas a la mesa, como si fueran una familia. Daniel e Ian, que de por sí eran un misterio andante, eran harina de otro costal; pero Ellie tampoco sabía casi nada de los otros dos.
Recién ayer se había enterado de que Henry e Ian eran padre e hijo.
‘O sea que ustedes dos son como hermanos, ¿no?’, les había dicho.
En ese momento, Daniel e Ian se pusieron serios al mismo tiempo. Se lanzaron una mirada rarísima, indescifrable. Decir que eran como hermanos no tenía nada de malo, pero al parecer a ninguno de los dos le hizo ni pizca de gracia.
Y luego estaba la otra persona, la última en unirse: la señora Heathcote, que era todo un misterio. Sabía mucho de las cosas de la casa, pero no parecía para nada una empleada. Por su carácter dulce y lo educada que era, más bien parecía una profesora o una monjita.
Ellie movió los ojos de reojo para mirar el perfil de Daniel. Lo que más le sorprendía era que él recibiera las atenciones de toda esa gente como si fuera lo más normal del mundo. Daniel sintió que lo miraba y preguntó de forma cortante:
—¿Ya terminaste?
—¡No!
Ellie negó con la cabeza al toque y siguió dándole al tenedor. Daniel soltó un soplido de desdén. Se levantó primero y le dijo:
—Apúrate. Tenemos que ir a un sitio.
—¿A dónde? ¿A la calle? ¿Yo también voy?
Ellie disparó las preguntas con la boca llena. Daniel arrugó el ceño con ganas.
—Si no quieres, no vayas.
Él se dio la vuelta para irse, pero Ellie tragó la comida como pudo y le chapó la ropa al vuelo.
—¡No! ¡Espera, voy contigo!
—Ya, ya, pero termina de comer bien.
Por pasar la comida tan rápido, sentía que se atracaba. Ellie empezó a golpearse el pecho para que bajara el bocado y la señora Heathcote le sirvió agua al instante. Daniel la miraba con una cara de ‘pobrecita, qué tonta es’.
Apenas terminó de comer —más rápido que nunca—, Ellie salió disparada al segundo piso. No le importaba a dónde iban; lo único que tenía en la cabeza era que por fin saldría a la calle. Solo de pensarlo ya estaba con todas las pilas.
Sacó su maleta y la abrió. Eran las cosas que había dejado en el ático de la mansión del conde. Pensó que las había perdido para siempre, pero Ian se las había traído.
Ellie sacó su ropa de salir y se la puso encima para ver cómo le quedaba. Era su vestido favorito, pero por alguna razón, ahora le parecía poca cosa. Sus ojos se desviaron rapidito hacia el ropero que ocupaba una esquina del cuarto.
Antes de traerle su maleta, Daniel se había encargado de llenar el ropero con ropa nuevecita. Ellie miraba su ropa vieja en una mano y la nueva del ropero en la otra. De hecho, antes sentía que su ropa estaba bien, pero ahora, comparándola con la otra, no había punto de comparación.
Si uno miraba bien su vestido de salir de siempre, ya tenía los bordes desgastados y el color se le había ido en varias partes. En cambio, la ropa nueva brillaba y la tentaba con ese acabado tan fino. ‘Seguro que si salgo toda andrajosa, a Daniel le va a dar roche’, pensó para autoconvencerse. Al final, soltó su ropa vieja y sacó uno de los vestidos nuevos para ponérselo.
Se puso el abrigo y, por último, se guardó la carta en el pecho. Apenas terminó de alistarse, la puerta se abrió de porrazo, sin siquiera tocar.
—¿Ya estás?
—Sí.
Ellie chapó su carterita al toque. Al levantar la mirada, vio a Daniel ya listo para salir. Con su abrigo y su sombrero, se veía como un caballero de los que no tienen ni un solo defecto.
Daniel la chequeó de arriba abajo como si estuviera pasando revista. Ella soltó un ‘ejem’ para disimular y se acomodó el sombrero. Aunque siempre hacían lo mismo cuando vivían en el ático, ahora se sentía media achicada, pensando que de repente a él le daría vergüenza que los vieran juntos.
Pero Daniel no tenía esa intención para nada; solo le preocupaba que ella estuviera cómoda porque iban a tener que caminar bastante.
—¿Tus zapatos… te quedan cómodos?
—Sí.
Ellie dio unos golpecitos con la punta del zapato contra el piso para lucirlos. Eran nuevos también, comprados por él. Daniel, al confirmar que todo estaba bien, se dio la vuelta.
—Ya, vamos entonces.
Bajaron juntos al primer piso y por la ventana se veía el carruaje que ya los esperaba en la puerta. Para Ellie, eso de andar en carruaje cada vez que salía era algo a lo que todavía no se acostumbraba. Estiró el cuello para curiosear por la ventana; no era un carruaje tan lujoso como el de antes, pero se veía fino y bien macizo.
La señora Heathcote se acercó a Ellie. Ella disimuló al toque, como si no hubiera estado pegada a la ventana chismeando. La señora le acomodó bien el abrigo para que no pasara frío.
—Vayan con cuidado.
—Sí, gracias.
Ellie se puso media rojiza y se retorció un poquito de la timidez. Salieron de la casa con toda esa despedida. El cochero abrió la puerta y Daniel le estiró la mano con mucha elegancia para ayudarla a subir. Con tantas atenciones, Ellie se sentía como una verdadera damisela de alta sociedad. El corazón le latía a mil.
El carruaje se puso en marcha de inmediato; parece que el cochero ya sabía a dónde ir. Ellie miraba por la ventana a cada rato.
—Oye… ¿de casualidad podremos pasar por el correo?
—¿Vas a mandar la carta?
Ella asintió. Daniel le estiró la mano sin hacerse de rogar.
—Dámela nomás, yo me encargo.
—Es que todavía no le pongo el sello…
—Yo lo soluciono, no te preocupes.
Ellie le entregó la carta con algo de duda. Daniel la guardó bien en el bolsillo interior de su abrigo. Ella, todavía un poco inquieta, le recalcó:
—Tienes que mandarla rápido, ¿ya…?
—Ya, ya sé.
Recién ahí Ellie se quedó tranquila y se puso a mirar por la ventana. El carruaje corría por calles que ella no conocía; bueno, en verdad casi todo en la capital era nuevo para ella.
Pasaron por una zona comercial donde las tiendas estaban pegaditas unas a otras, luego salieron hacia una zona más tranquila en las afueras. El camino se iba haciendo más ancho y, de vez en cuando, aparecían unas mansiones enormes con unos jardines increíbles. ‘¿A dónde me estará llevando?’, se preguntaba Ellie, estirando el cuello para no perderse nada del paisaje.
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