Sirvienta X Sirviente - 61
El carruaje, en vez de salir hacia las afueras, se metió por las calles culebreras del centro. Llegaron a su destino tan rápido que Ellie se quedó pensando si de verdad había sido necesario tomar un carruaje.
Se detuvieron frente a una townhouse en plena ciudad. Era un edificio viejo que, se mirara por donde se mirara, no tenía nada de mansión; estaba pegadito a las casas vecinas y solo tenía un patiecito delantero en vez de un jardín. Un hombre que ya estaba afuera esperando les abrió la puerta.
—Bienvenido.
Un señor de mediana edad saludó con mucha elegancia. A diferencia de Daniel, que andaba de lo más fresco, Ellie se sentía toda cohibida con tanta cortesía y no dejaba de sobarle la cola al gato. Pensó que sería el mayordomo, pero para serlo, su ropa se veía demasiado fina.
Daniel bajó del carruaje de un salto y entró a la casa sin dudarlo. Ellie, abrazando fuerte a su gato, lo siguió con cuidado. Pasaron por el patio donde la mala hierba crecía por aquí y por allá, entraron por la puerta principal.
Por dentro, la casa estaba limpiecita, aunque se notaba que los años no habían pasado en vano. Había varios cuartos, pero no se sentía a nadie más. ¿Será que no hay personal?, se preguntó Ellie mientras miraba a todos lados. En eso, el gato se le escapó de los brazos de un brinco.
—¡Ay, Alec…!
—Yo me encargo.
Ante las palabras tan formales del hombre, Ellie encogió los hombros. El gato, ignorando a esos humanos que andaban con tanto tiento, se puso a caminar por el pasillo con toda la autoridad del mundo. Mientras tanto, Daniel ya estaba subiendo las escaleras.
Ellie se quedó ahí parada, mirando de reojo al gato y luego la nuca de Daniel. Como él no decía ni miau, no le quedó otra que seguirlo como un perrito. Daniel solo llevaba un maletín chiquito; Ellie, ni eso.
Daniel abrió la primera puerta del segundo piso. Era el cuarto principal, el del dueño, pero tampoco tenía nada de lujoso. No había ni alfombra en el piso y los muebles eran sencillos, como puestos solo para cumplir.
Él entró primero y Ellie, tras dudar un poco, entró arrastrando los pies.
—¿Esta es… tu casa?
—¿Te decepcionó?
Daniel se dio media vuelta para preguntarle. Ellie negó con la cabeza al toque. Más bien, sintió un alivio inmenso. Si por un milagro —un milagro de esos de terror— Daniel hubiera vivido en ese palacio real, ella se habría desmayado ahí mismo.
Daniel hizo una mueca con los labios, medio de costado. Por primera vez, sintió una pizca de pena. Si de verdad hubiera sido un príncipe, habría podido convertir a Ellie en una princesa. Aunque, pensándolo bien, con tanto metiche en el palacio, hubiera estado difícil.
Dejó el maletín cerca de la ventana y dijo:
—Es prestada por un tiempo. Ya iré buscando una casa con calma.
—Ya veo…
Ellie asintió aunque no entendía mucho. Total, ¿cuándo le explicaba él las cosas claras? Lo que más le importaba era qué iba a ser de ella. Si Daniel iba a vivir acá, ¿en qué quedaba ella?
—Entonces, ¿yo también me quedo aquí…?
preguntó ella con timidez.
—¿Y si no, dónde?
respondió Daniel, como si fuera lo más obvio del mundo.
Ellie movió los ojos de un lado a otro. En el palacio era imposible, pero quizá acá sí querían contratar a alguien como ella. De hecho, hasta este cuarto se notaba que necesitaba un par de arreglos por todos lados.
Sin darle más bola, Daniel se tiró a la cama. De pronto le vino todo el cansancio encima. En el palacio habrá estado cómodo, pero su cabeza no descansaba nada. Por hoy, lo mínimo era relajarse.
Ellie caminaba por el cuarto toda incómoda. Solo había un juego de mesa para el té, un ropero y la cama. Obviamente, una sola cama.
—¿Y mi cuarto?
Daniel no dijo nada. Solo se le quedó mirando con unos ojos misteriosos, de esos que no sabes qué significan. Ellie, pensando ‘no me digas que…’, volvió a preguntar:
—¿No hay?
—Es cuarto compartido.
¡Ni hablar! Apenas Daniel soltó eso, Ellie abrió la puerta de un porrazo para salir corriendo, casi se choca con el hombre que justo iba a tocar. Él tuvo que acomodar la bandeja que traía en las manos.
—¡Upa!
—Per… perdón…
Ellie estaba que se moría de la vergüenza. Pero el hombre, en vez de amargarse, le lanzó una sonrisa.
—He preparado unos bocaditos.
—Yo lo hago.
Ellie estiró la mano de una. La contrataran como empleada o no, sentía que eso le tocaba a ella. Pero el hombre, muy caballero pero firme, no dejó que lo ayudara.
—No se preocupe. Siéntese, por favor.
Dominada por la amabilidad del señor, Ellie se sentó calladita en la silla de la mesa de té. Obviamente, su plan de fuga fracasó. Se mordió el labio y miró de reojo a Daniel con ganas de ahorcarlo. Si por lo menos hubiera dos camas, la cosa sería distinta.
El hombre sirvió el té con una destreza increíble. No se inmutó al ver a los dos metidos en el mismo cuarto; actuaba como si ya supiera cómo venía la mano. Inclinó la cabeza y dijo:
—Que descansen.
Ellie se quedó mirando la espalda del caballero mientras se iba. ‘Es buena gente’, pensó. Y no lo decía por los dulces, sino porque la trataba con respeto a pesar de que era obvio que ella no era ninguna señorita de alcurnia.
En cuanto se cerró la puerta, Ellie preguntó:
—¿Y él quién es?
—Mi padre.
Ellie abrió los ojos de par en par, muerta del susto. ¿O sea que el papá del tipo le acababa de traer el té mientras el hijo estaba ahí tirado en la cama como un vago? Daniel añadió de lo más fresco:
—La misma persona.
Ellie arrugó toda la cara. ‘Pucha, qué mal habla este tipo’, pensó. Hizo un puchero y siguió con lo suyo:
—¿Y ahora me vas a tener encerrada aquí también?
—Que yo sepa, nunca te he encerrado.
Ellie empezó a mirar por todo el cuarto, volteando la cabeza de un lado a otro. Buscaba algo, no sé, una escoba o cualquier cosa que sirviera para darle su merecido a Daniel.
Como si le leyera el pensamiento, Daniel soltó una risita burlona.
—Puedes caminar por toda la casa si quieres, no hay problema. Pero no te conviene salir sola a la calle; la cosa está bien fea afuera ahorita.
—¿Por qué…?
preguntó Ellie, dándose un saltito por el susto.
Daniel se encogió de hombros como si no fuera la gran cosa.
—Ya sabes, por ‘ese’ asunto.
Ellie soltó un suspiro largo, un ‘fuaaa’ de pura impotencia. Todavía no podía creerlo. ¿El conde Stoner metido en un plan de traición contra la corona?
Eso de que iban a ejecutar hasta a los empleados había sido una broma de mal gusto de Daniel. Pero lo que pasó esa noche en la mansión no fue mentira.
Durante la última semana, varias empleadas habían entrado y salido del cuarto donde estaba Ellie. Solo le traían la comida o le cambiaban las sábanas, pero no le daban conversación. Eso sí, cuando Ellie preguntaba algo haciéndose la que ya sabía, ellas soltaban la lengua.
‘¿El conde sigue en la cárcel?’, preguntaba ella así como quien no quiere la cosa.
Juntando los chismes que recolectó, era fijazo que al conde lo estaban investigando por traición. Lo malo era que Ellie seguía sin descubrir lo más importante: quién diablos —o qué tipo de tipo— era Daniel.
De pronto, se acordó de sus compañeras de trabajo. Su último recuerdo era verlas a todas desperdigadas subiéndose a los carruajes. ¿Estarán bien?
—¿Y los demás…? ¿Qué pasó con ellos?
—¿Quiénes?
—Las otras chicas, las empleadas.
Al decirlo en voz alta, se sintió un poco tonta. Cuando pensó que su vida corría peligro, en la única que pensó fue en su compañera de cuarto. Recién ahora que estaba tranquila se ponía a preguntar por el resto.
Pero igual, le quedaba ese ‘clavo’ en el pecho si no preguntaba. Al final, ellas solo se dedicaban a limpiar; ni por acá les pasaba lo de la traición.
A Daniel, obviamente, le importaba un comino si estaban vivas o muertas. Respondió con desgano:
—A algunas todavía las están interrogando. El resto ya se fue a su pueblo.
—¿Y yo cuándo…?
Ellie se hizo una pequeña ilusión. Si ya había gente que se había regresado a su tierra, ¿significa que ella también podría andar libre pronto?
Ella solo tenía una meta: conseguir chamba rápido, ya fuera en la capital o en su pueblo. Necesitaba ganar plata urgente para darle de comer a sus hermanos menores.
Daniel la barrió con la mirada de arriba abajo y le soltó:
—A ti todavía te estoy investigando yo.
Ellie puso una cara de pocos amigos, bien amarga. ¿Qué rayos tenía que investigarle él?
Se le notaba a leguas que el tipo tenía sus segundas intenciones, pura mañosería. Ellie no lo entendía: antes se ponía hecho un basilisco si la veía sin ropa, pero ahora se moría de ganas por encuerarla a la menor oportunidad.
Daniel se puso de costado en la cama, apoyando la cabeza en su brazo. Ellie se puso a la defensiva al toque, por si se le ocurría lanzarse. Y tenía razón de estar así; durante toda esa semana, el tipo se había portado como un completo loco.
Lo más increíble era que a él no le molestaba que ella se pusiera así. Al contrario, parecía que le encantaba decir cosas para que ella le agarrara más asco.
En fin, estaba demasiado cansado para seguir diciendo sandeces. Se frotó los ojos, que ya le pesaban, terminó de decir:
—Espera un poco nomás. Esto se va a solucionar pronto.
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