Sirvienta X Sirviente - 60
—¿Lo trajiste?
—Sí.
Ian Carter —el lacayo de la familia Stoner, o mejor dicho, el fiel seguidor de Daniel Dawson (para ser exactos, el hijo de su antiguo hombre de confianza)— puso la caja de cartón sobre la mesa.
Daniel abrió la tapa apenas un poco para revisar. Ropa de mujer y zapatos. No es que estuviera saltando de alegría con la elección, pero para la urgencia, no estaba nada mal.
Ian miraba a Daniel como si no lo conociera. Como habían crecido juntos como hermanos desde antes de tener uso de razón, pensaba que lo sabía todo sobre él. Pero últimamente, Daniel no dejaba de sorprenderlo con facetas nuevas. Especialmente en todo lo que tuviera que ver con ‘esa’ mujer.
Daniel volvió a tomar su taza de té. En un principio, su plan era quedarse un buen tiempo ahí tras terminar la misión. Al final, estar en el palacio real era lo mejor para estar al tanto de todo, además de que podía tomar té de primera a cualquier hora.
Pero no podía tener a Ellie encerrada ahí para siempre. Hasta ahora las cosas habían salido bien, pero no era bueno llamar la atención sin necesidad. Se terminó el té de un solo porrazo, agarró la caja de cartón y se levantó.
—Voy a alistar todo, espérame aquí.
—Ya.
Daniel caminó a grandes zancadas hacia la habitación conectada. En el preciso momento en que giró la manija y abrió la puerta de golpe, la madera sólida le dio de alma a Ellie en toda la cara.
—¡Ay, mi nariz!
Ella se agarró la nariz al toque. Daniel, que no se imaginaba ni por asomo que ella estaría parada ahí, puso una cara de ‘no puede ser’. Ellie, con los ojos llorosos, se sobaba la zona afectada.
A Daniel se le dio un vuelco el corazón del susto, pero se hizo el loco y le revisó la cara como si no le importara. A pesar de que ella hacía un drama total, su nariz no tenía ni un rasguño ni estaba roja. Él le dijo con desdén:
—Tranquila, no se ha salido, ahí sigue en su sitio.
Ni una disculpa, ni por cortesía. Ellie le lanzó una mirada de odio, renegando por dentro. Pero en vez de mandarle un puñete para cobrársela, se tragó su rabia. Hoy, como sea, lo iba a convencer para que la dejara salir.
Sin saber si él se daba cuenta de sus intenciones o no, Daniel tiró la caja sobre el sofá sin mucho cuidado. La tapa, que estaba mal puesta, se abrió sola. Él señaló con la barbilla la tela que asomaba.
—Póntelo.
—¿Qué es esto?
Ellie estiró la mano y jaló la tela. Salió un vestido amarillo suave con estampados de enredaderas. Ella abrió los ojos de par en par y terminó de abrir la caja. Esta vez aparecieron unos zapatos de paseo que combinaban perfectamente.
Daniel se sentó de costado en el brazo del sofá.
—Ropa.
—Eso ya lo sé.
Aunque no podía quitarle la vista de encima a la ropa tan bonita, Ellie se hizo la interesante y le lanzó una indirecta.
En la cama, Daniel es cariñoso pero espeso. Y fuera de la cama… bueno, la verdad es que no ha cambiado casi nada. Ella no quiere pelear, pero él se la pasa provocándola.
Su frío ‘roommate’ continuó:
—Te lo tienes que poner para poder salir. Si prefieres quedarte metida en el cuarto, por mí normal.
A Ellie se le iluminaron los ojos. ¿Salir? ¿Afuera?
Era la oportunidad que tanto esperaba y llegó cuando menos lo imaginaba. Pero si demostraba demasiada alegría, capaz este pesado cambiaba de opinión. Así que se hizo la que no le importaba mucho y se puso a revisar las mangas.
—Ay, ¿cómo se pondrá esto…?
Daniel soltó una risita burlona al ver que se le notaba a leguas la intención. El gato, al ver la tela flameando, saltó por los aires intentando atraparla. Daniel lo frenó al toque.
—No, Shasha.
—Alexandre.
corrigió Ellie de inmediato, pero él, como siempre, ni le hizo caso.
Si ella era terca, lo de Daniel ya era otro nivel. Con cara de pocos amigos, Ellie empezó a alistarse para salir.
En la caja solo venían las cosas de ‘encima’: el vestido, los zapatos, las medias y los guantes. Ellie sacó el corsé y los pololos que tenía guardados. A Daniel no le gustaba nadita que usara esa ropa interior vieja, pero por el momento no había otra opción.
Una trabajadora no tiene a nadie que le ajuste los cordones del corsé. Ellie intentó pasar la cinta como siempre lo hacía sola, pero Daniel se lo quitó de las manos. Con mucha maña, él mismo le jaló la cinta y le hizo el nudo.
Las señoras del pueblo siempre decían: ‘Nunca te metas con un hombre que sepa quitarle bien la ropa interior a una mujer’
¿Eso significaba que tampoco debía meterse con uno que supiera ponerla? Bueno, no es que ella y Daniel tuvieran algo, ni que fueran a tenerlo, pero igual.
Ponerse ropa nueva no te cambia la cara por arte de magia. Ellie seguía viéndose un poco desarreglada después de haber estado encerrada tanto tiempo. Daniel la llevó frente al espejo.
—Siéntate.
Él empezó a peinarle el cabello que estaba todo alborotado. Parece que se había estado alimentando bien estos días, porque su pelo, que antes estaba seco, ahora tenía un brillo bien bonito.
Daniel le peinó el cabello con cuidado y se lo trenzó en dos partes. Curiosamente, cuando ella era la mucama de su mismo cuarto, nunca había hecho algo así por ella. Ellie lo miraba por el espejo y, de pura vergüenza, se puso a jugar con la punta de su trenza.
Cuando terminó la transformación, se miró de nuevo al espejo. El corazón le latía a mil al ver el cambio. No sabía mucho de telas, pero este vestido se veía mucho mejor que el que le prestó Sophie… es más, se veía incluso mejor que los de Adelaide Stoner.
Daniel se arrodilló ante ella y le puso los zapatos. Ellie, por alguna razón, se sentía cada vez más rara; era como si se hubiera convertido en la princesa de un cuento de hadas.
Para terminar, se puso unos delicados guantes de encaje. Ellie movía los dedos con torpeza, sintiendo una textura extraña. Daniel tomó su mano y la hizo apoyarse en su brazo.
—Vamos.
—¿A dónde?
—Ya lo verás cuando lleguemos.
Dijo que iban a salir, pero primero la llevó a la habitación de al lado. En el momento en que se encontró cara a cara con la visita de Daniel, a Ellie se le desencajó la mandíbula.
—¡Asu!
—Buenos días.
A pesar del saludo tan natural del hombre, Ellie se quedó balbuceando, sin poder decir ni media palabra. El tipo que tenía enfrente era, sin duda alguna, Ian, el lacayo que ella conocía.
Bueno, si Daniel no era un simple mayordomo, era lógico que su ‘pareja’, Ian, tampoco fuera un lacayo cualquiera.
‘Un momento, ¿entonces su relación secreta también era una farsa? ¿O será algo… prohibido?’
Ellie miraba a Daniel y a Ian alternadamente, totalmente confundida.
Daniel frunció el ceño, fastidiado. Podía adivinar perfectamente las locuras que ella estaba imaginando.
—¿Qué pasa?
—¿Eh? ¡Nada! ¿Yo qué?
Ellie se hizo la loca al toque. Si algo había aprendido en esta última semana era que provocar a Daniel por las puras era meterse en problemas; el tipo no la dejaba dormir ni un segundo cuando se amargaba.
No era momento para seguir discutiendo. Daniel le preguntó a Ian:
—¿Y el coche?
—Ya está esperando.
Ellie paró la oreja.
‘O sea que Daniel es el jefe’
Esa era la única información que pudo sacar de esa corta conversación.
Lo del coche no le pareció la gran cosa. Si había llegado hasta aquí en uno, supuso que se iría en algo parecido. Hasta ahí llegaba su imaginación.
Pero lo que la esperaba en el patio trasero era un carruaje tan lujoso que ni de vainas se veía uno así por la calle. Tenía ventanas y ruedas enormes, el techo estaba lleno de adornos; era exactamente el tipo de carruaje en el que llegaban las visitas de los condes. A Ellie se le escapó un grito de asombro.
—¡Wow!
Ante su reacción tan sincera, Ian sonrió mientras le abría la puerta. Había valido la pena el esfuerzo de alquilar uno especialmente elegante por órdenes de Daniel.
Daniel, como todo un caballero, le extendió la mano. Pero Ellie ni lo miró y se subió sola al carruaje de un salto.
Él chasqueó la lengua y subió detrás de ella con cara de pocos amigos. Ellie estaba demasiado ocupada revisando cada rincón del interior. De pronto, la puerta se volvió a abrir. Al ver al gato en brazos de Ian, Ellie gritó angustiada:
—¡Alexandre, perdóname!
Daniel recibió al gato y se lo puso a Ellie en el regazo. El pobre animal, que casi se queda solo por segunda vez, movía la cola de un lado a otro, claramente ofendido.
La puerta se cerró y el carruaje empezó a avanzar. Ellie estaba alucinando, como si fuera la primera vez que se subía a uno.
—Qué hermoso es esto…
No podía evitarlo. Normalmente, solo las señoritas de alta alcurnia viajaban así. Alguna vez soñó con ponerse ropa bonita, pero nunca se imaginó sentada en el asiento principal de un carruaje, no en el de los ayudantes. Se sentía como Cenicienta en su carroza de calabaza.
El carruaje fue acelerando. Ella miraba por la ventana con ojos de asombro. De pronto, al voltear la cabeza, pudo ver la fachada completa del edificio donde había estado metida. A Ellie se le salió un grito que no tuvo nada de elegante.
—¡Ay, Dios mío!
Un jardín inmenso y una mansión tan grande que no se llegaba a ver el final de un solo vistazo. Lo que tenía frente a sus ojos era la imagen del Palacio Real, esa que solo había visto en las ilustraciones de los periódicos.
Como entró a mitad de la noche y por la parte de atrás, nunca se lo imaginó. Ellie no podía dejar de sacudir la cabeza, con los ojos como platos. No podía creer que hubiera estado viviendo ahí todo este tiempo.
Miró a Daniel de reojo, llena de dudas. ¿Quién diablos era este tipo? Estaba segura de que no era un simple sirviente del palacio; como mínimo, debía ser un caballero. Y la verdad, prefería no imaginar nada más allá de eso.
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