Sirvienta X Sirviente - 59
Daniel volteó la cara de un porrazo. Los empleados, que recibieron esa mirada de pocos amigos en primera fila, empezaron a tartamudear excusas todos nerviosos.
—Nosotros le dijimos que descanse, pero…
—Es que… no sabíamos cómo atenderla exactamente…
Daniel soltó un suspiro cargado de furia. Ya se imaginaba cómo venía la mano. Al final de cuentas, él también era como un arrimado en ese lugar. Y encima, trae a una mujer sin dar ni media explicación. Los empleados del palacio no tenían ni idea de si debían tratar a Ellie como una señora o como a la chica de la limpieza.
Pero dejando de lado a los empleados, lo que no entendía era qué diablos pasaba por la cabeza de Ellie Brewer. Daniel se despeinó con frustración y les hizo un gesto a los trabajadores.
—Lárguense.
Los empleados salieron disparados como si estuvieran esperando que les abrieran la jaula. Ellie los miró con una envidia… ella también estaba muerta de miedo, ¿no la podían llevar con ellos?
Finalmente, se quedaron solos. Daniel habló con una voz que cortaba:
—Ellie Brewer.
—¿Síii…?
contestó ella, toda achicopalada y arrastrando la voz.
Daniel dio una mirada circular a la habitación, que de tan grande se sentía vacía.
—¿Acaso yo te he dicho que te pongas a limpiar?
Él más o menos sospechaba por dónde iba la cosa. Ella no está acostumbrada a que le regalen nada, así que seguro pensó: ‘tengo que ganarme el pan’, o algo así. Pero la respuesta de Ellie lo dejó más frío que un helado.
—¿Qué… acaso ya no trabajo aquí?
—¿Qué cosa?
—O sea… ¿como la empleada del señor Daniel?
Ellie había sacado sus propias conclusiones según lo que veía. Empezando por el trato: si todos lo llamaban así, ella también tenía que hacerlo. Casa elegante, comida de primera, ropa fina y un montón de gente a su servicio… era obvio que su ‘roommate’, aunque no fuera noble, era un millonario de esos bien parados. Y si él le estaba haciendo un favor, lo más lógico era que le estuviera dando un mejor puesto: más sueldo y menos chamba pesada.
Claro, los dos habían compartido una ‘amistad’ bastante íntima —de hombre a mujer— la noche anterior, pero una cosa no tenía nada que ver con la otra. Así como no consideró los acosos del barón Myers o de William Stoner como un favor, Ellie decidió no mezclar las cosas con Daniel.
Ante semejante despiste, Daniel soltó una risa sarcástica.
—¿Y quién dice que te voy a contratar?
A Ellie se le prendió la cara de la vergüenza. Siendo honestos, ella nunca había sido la empleada del mes. Si en la casa del conde ya le decían que no daba la talla, los empleados de aquí se notaban muchísimo más preparados.
Daniel dio un paso hacia ella. Ellie, por puro instinto, retrocedió uno. Él volvió a acortar la distancia de inmediato. La sombra de Daniel la cubrió por completo. Él soltó una sonrisa maliciosa.
—¿De verdad quieres trabajar aquí?
—Sí… claro.
Ellie dudó un segundo pero asintió. No sabía mucho, pero tenía claro que no podía volver donde el conde Stoner. Así que tenía que chambear donde sea para mandarle la mensualidad a sus hermanos.
Daniel, que ya estaba de malas, se jaló el corbatín con brusquedad. Ellie, asustada, balbuceó:
—Ya no quiero seguir con esto…
—¿Con qué? ¿Acaso he dicho que voy a hacer algo?
Haciéndose el loco con toda la concha del mundo, Daniel tiró el corbatín lejos. Acto seguido, se empezó a desabotonar el saco, el chaleco y la camisa.
Ante ese ‘striptise’ de la nada, Ellie no sabía ni qué hacer. Esto era igualito a lo de ayer. No iba a negar que fue un momento alucinante, más de lo que imaginó, pero con los problemas de dinero que tenía, no podía pasarse la vida en cosas mundanas todos los días.
Cuando él se soltó los tirantes y los tiró al suelo, Ellie no aguantó más y soltó el grito:
—¡¿Por qué te calateas así de pronto?!
—Me voy a bañar. Atiéndeme. ¿No dices que eres empleada?
Ante la respuesta tan fresca de Daniel, Ellie trompeó los labios. Que un hombre pida que una empleada lo atienda en el baño, en vez de un mayordomo, es algo que ni el nuevo rico más ignorante haría. Es una huachafada total.
Pero a Daniel le importaba un pepino su reputación. Total, por más que se esfuerce, para el mundo seguía siendo un bastardo. Así que siguió con su descaro:
—¿Qué pasa? ¿Tienes algún problema? Tú dijiste que querías trabajar aquí. Entonces, ¿no soy yo tu patrón?
Ellie le clavó una mirada de odio. Este hablaba como si fuera el dueño y señor de… ah, verdad, sí lo era. Y uno bien espeso y mandón, por cierto. Ella, con una cara de ‘me llegas al chompo’, estiró la mano.
—Ah, yaaaa. ¿Lo ayudo, mi señor?
—Olvídalo, no sirves para esto.
Ante la respuesta sobrada de Daniel, Ellie lo miró con ojos de pocos amigos. Un rato le decía una cosa y al toque otra, ¡ya no sabía qué diablos quería!
Ellie miraba de un lado a otro, toda desubicada. Solo ese cuarto era más grande que la casa donde nació. Y encima con baño propio y hasta despacho. ¡Vivir en semejante caserón y ponerse así de tacaño para darle una chamba de empleada!
Daniel, que ya se había quitado hasta la camisa, estiró la mano hacia ella. En lo que el lazo del delantal se desataba, Ellie se puso seria y le gritó:
—¡¿Y a mí por qué me calateas?!
—Porque soy tu jefe y me da la gana.
soltó Daniel con toda la frescura.
Él jaló con fuerza el tirante del delantal hasta romperlo. Por dentro, ya estaba pensando en meterle tijera y hacerlo trizas; no iba a permitir que se pusiera esa cochinada nunca más.
Luego, puso sus dedos en los botones del vestido de Ellie. Antes de que ella pudiera reaccionar, ya le había zafado la ropa en un abrir y cerrar de ojos. Tal cual como ayer por la tarde y anoche; el mismo ritmo.
Pero Ellie ya no estaba para quedarse como una tonta después de todo lo que había pasado. Empezó a respirar fuerte, como toro bravo.
—¡O-oye, tú…!
—Si tienes algo que decir, suéltalo. Soy todo oídos y te perdono.
dijo él mientras la cargaba de un porrazo.
Se la puso al hombro como si nada y le quitó el fustán como quien pela una cebolla. Ellie, al verse otra vez a punto de ser ‘devorada’, empezó a patalear con todo. Ya le quedó clarísimo que eso de contratarla como empleada era puro floro.
—¡Mentiroso!
—Recién te das cuenta, ¿no?
Para su mala suerte, Daniel tenía razón. Ya era demasiado tarde para reclamar que la habían estafado.
—¡Maldito! ¡Qué malo eres!
Ellie le agarraba a puñetazos la espalda, pero a Daniel ni cosquillas le hacía. Él seguía caminando firme hacia el baño con ella a cuestas. Ya que estaban en esas, pensó en bañarse con ella, algo que se quedó con las ganas de hacer antes.
Ellie se quedaba corta con lo que se imaginaba. Daniel resultó ser mucho más bandido y sinvergüenza de lo que ella podía procesar. El tipo, sin que se le moviera un pelo, le hacía cada cosa…
—¡Aaah!
El grito de Ellie retumbó en todo el baño, pero nadie iba a venir a rescatarla.
A mediodía, el cuarto estaba en un silencio total. Ellie, vestida solo con una camisita delgada, caminaba de un lado a otro cerca de la puerta. El gato negro le seguía los pasos.
Pegó la oreja a la puerta de madera pesada y llegó a escuchar unas voces, pero por más que se esforzaba, no entendía ni papa de la conversación.
Ya había pasado una semana desde la fiesta, pero Ellie no había asomado ni la nariz fuera del cuarto. No es que Daniel la tuviera bajo llave, pero como él le quitó toda su ropa y ella no sabía ni dónde estaba parada, no le quedaba otra que quedarse ahí.
Era prácticamente un secuestro, aunque, la verdad, Ellie se veía más recuperada que nunca: tenía la piel clarita y hasta se había puesto un poco ‘papa’ (subida de peso). Normal, pues, si ya no tenía que romperse el lomo trabajando y se la pasaba comiendo puras cosas ricas y durmiendo como reina. ¡Pero igual! Ella estaba recontra picona.
El gato negro se le frotaba en la pierna. Ellie, con voz de víctima total, le dijo:
—Alexandre, tú también estás aburrido, ¿no?
Pero al gato le llegaba al pincho; como ahora comía trozos de carne de primera en vez de sobras, él estaba feliz de la vida.
Daniel se la pasaba fuera casi todo el día, pero nunca le decía a dónde iba ni qué hacía. Cuando ella se puso a llorar por el gato que se había quedado solo en la otra casa, él simplemente fue, lo trajo y se lo tiró en el cuarto. Eso fue todo.
Así que no tenía idea de cuándo se iba a acabar este encierro. A las quinientas consiguió papel y les escribió a sus hermanos, pero como no sabía qué estaba pasando, no pudo decirles mucho, solo que el envío de plata se iba a demorar por unos ‘asuntos’.
Para mandar esa carta, tenía que salir sí o sí. Pero por más que le rogaba a Daniel, él siempre le decía: ‘espera nomás’.
En medio de eso, llegó la primera visita. Un tal señor Carter. Ellie no sabía quién era, pero era su oportunidad para averiguar algo del mundo exterior.
Y detrás de la puerta, Daniel estaba conversando seriamente con su viejo amigo.
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