Sirvienta X Sirviente - 58
Daniel se quedó parado con las manos atrás, observando a su padre. Descontando los borrosos recuerdos de su infancia, se habrán visto menos de diez veces. Y cada vez que se encontraban, siempre pensaba lo mismo: que la vida no perdona a nadie.
El viejo y cansado león tamborileaba el brazo del sillón con sus manos arrugadas.
—¿Y bien? ¿Qué hay de Arthur?
La pregunta no iba dirigida a Daniel. El Rey nunca le había dirigido la palabra directamente, ni una sola vez.
El hombre que había estado mirando por la ventana se dio la vuelta lentamente. A diferencia de su padre, que envejecía día tras día, su rostro rebosaba vitalidad y suficiencia. Era una comparación trillada, pero le quedaba perfecta la frase de ‘el sol que se pone y el sol que sale’.
James, el príncipe heredero apodado ‘la Cabra Montés’ y el responsable de haber traído a Daniel hasta aquí, tomó la palabra:
—Lo tengo encerrado. Con esa mujer.
—Mmm, entonces se van a poner de acuerdo para declarar lo mismo.
—En realidad, eso es lo que espero. Bueno, si tienen algo de cerebro, se darán cuenta de que los estamos vigilando.
El viejo rey, Edward, se acarició la barbilla, pensativo.
Daniel observaba la escena con una mirada totalmente seca. Ahí estaban su padre biológico, el rey Edward, James, el hijo legítimo de la difunta reina. De lo que hablaban era del destino de la actual reina y de su segundo hijo, Arthur.
Parecía que estuviera viendo una obra de teatro. Pero, para su mala suerte, Daniel tampoco podía bajarse del escenario cuando quisiera. Un hijo reconocido por el rey, pero sin título de príncipe; un bastardo. Ese era el papel que le tocaba interpretar.
James continuó:
—Cuando empiece el juicio contra el conde, no van a aguantar más. Total, esto solo se acaba cuando a uno de los dos le corten la cabeza.
James ni parpadeó al declarar que mataría a su madrastra o a su medio hermano. Edward, que estaba a punto de perder a su esposa o a su hijo, tampoco mostró la menor emoción. Así de amargo es el precio de una traición.
A Daniel tampoco le importaba mucho. Desde el momento en que aceptó aliarse con James, se quedó sin opciones. Bueno, aunque no lo hubiera hecho, hubiera sido igual. Un nuevo rey que le quita el trono a su padre y a su hermano jamás dejaría vivo a un ‘medio hermano’ que pudiera ser un problema después.
James miró a Daniel de reojo. Daniel asintió apenas para demostrar que estaba escuchando atento. James siguió hablando con tono seguro:
—Voy a presentar a Daniel en el tribunal.
Las cejas canosas del viejo rey se agitaron como un dragón molesto. Un juicio. Daniel también se acababa de enterar, pero no hizo ningún gesto. Total, no era un asunto en el que él pudiera meter su cuchara.
Edward preguntó con voz ruda:
—¿Es necesario?
—De todas formas tenemos que hacerlo público. Es mejor para la imagen que él se lleve el crédito desde antes.
—Mmm…
Edward miró a Daniel con total desconfianza. Daniel bajó la mirada con humildad.
El tiempo no solo marchita el cuerpo. En los ojos desteñidos del viejo rey ya no quedaba ni rastro de culpa o lástima por el pasado. Así de frágil y miserable es la conciencia humana.
¿Crédito? Daniel dudaba que ese fuera el objetivo de James. Más bien era una advertencia: ‘Ya tengo al medio príncipe bajo mi mando, así que ni se te ocurra hacerte el vivo’.
Daniel inclinó la cabeza aún más, sumiso. No le importaba. Para qué hablar de dignidad si su sola existencia ya era una vergüenza. Lo único que quería era que todo esto se terminara de una vez, como sea.
A pesar de todo, parece que el Rey todavía no se decidía a sacrificar a su mujer y a su hijo. Edward sacudió la cabeza.
—Lo pensaré más. Por ahora, déjalo ahí.
—Entendido.
James aceptó de palabra, pero se le notaba que no estaba nada satisfecho. Como casi pierde la corona, seguro quería terminar de una vez con sus enemigos.
Se acercó a Daniel.
—Has trabajado duro todo este tiempo.
—Gracias, su alteza.
James hizo un ruidito con la lengua. Daniel soltó una risa burlona por dentro, pero le dio exactamente la respuesta que él quería oír:
—Sí, hermano.
—Así me gusta.
Le dio unas palmaditas en el hombro a Daniel, como dándole ánimos. Daniel pensó que sería más fácil si James lo respetara o lo despreciara de frente, pero él siempre insistía en ese teatro tan obvio. Quería hacerse ver como el príncipe misericordioso que protegía a su hermano ‘de sangre humilde’.
Otro acto había terminado. Era hora de que el peón se retirara. Daniel dio media vuelta y salió de la habitación en silencio.
Apenas cerró la puerta, soltó un suspiro. Mil veces mejor estaba cuando usaba peluca y limpiaba cenizas de carbón. En ese entonces, aunque no fuera ‘un caballero’, al menos se sentía un ser humano.
Qué agotador. Daniel caminaba lento hacia su alojamiento temporal. ¿Quién podría llamar ‘bendición’ a un lujo que no te corresponde? Cada paso en este lugar era como caminar por el filo de una navaja; una situación recontra inestable.
Al cruzar los pasillos, se topaba de vez en cuando con los empleados de la corte. Todos, apenas lo veían, bajaban la mirada y se quitaban del camino al toque. Daniel también hacía como que no los veía. Entendía perfectamente su palta.
Un hijo del rey que no es príncipe, un adulto que no tiene ni un triste título de caballero… ¿Cómo diablos se supone que deben tratarlo? Ni él mismo sabía la respuesta.
Por eso, hasta ahora lo trataban como a un extraño, llamándolo simplemente ‘Señor Daniel’, sin apellido. De pronto, se acordó de la Ellie de ayer.
—¡Ah, ya! ¡Señor Daniel!
Objetivamente, ella se había manejado bien. O sea, para ser una empleada que se topa con un invitado desconocido. Pero, hablando en serio, a él no le cuadró ni un poco. ¿Desde cuándo ella ponía parches así? Un día se cree su amiga y, apenas lo ve con otra ropa, ya le está marcando su distancia.
Pero el mal humor no le duró mucho. Como era de esperarse, los recuerdos de la noche anterior invadieron su cabeza.
Ellie, que terminó muerta del cansancio, se quedó mofletada hasta bien entrada la tarde. Al atardecer, Daniel, que ya no aguantaba más la espera, la sacudió para despertarla. Como sabe que para ella comer es la gloria, no podía dejar que se saltara otra comida. Y tal cual, Ellie, aunque parpadeaba toda somnolienta, recibía feliz todo lo que él le daba en la boca.
—Está rico……
decía ella, con la cara toda hinchada como masa de pan.
Incluso así, se las ingenió para terminarlo todo. Con el plato limpio, Ellie se volvió a quedar dormida sentada en la silla, cabeceando.
—Duerme en la cama.
le dijo él mientras la cargaba para echarla de nuevo. Su plan era dejarla descansar tranquila, pero ya sabemos que en la vida las cosas nunca salen como uno quiere.
En la profundidad de la noche, cuando ni la luna se asomaba, Ellie le suplicó con los ojos llorosos:
—¡Hic!… Ya, de verdad, ya para…
—Un poquito más…
Y, por supuesto, Daniel no cumplió su promesa. Tampoco es que sintiera mucho remordimiento; después de todo, siempre ha sido un experto para mentir.
Claro, un poquito de culpa sí tenía. Ellie todavía no procesaba dónde estaba ni cómo había terminado ahí. Y todo por su culpa, porque él no podía verla sin perder los papeles y lanzarse encima. No era el momento para estar en esas, pero ahora que sentía que ya no tenía que aguantarse, no tenía forma de controlarse. Ya lo pasado, pasado, pero de ahora en adelante —o al menos por hoy— se prometió llevar la fiesta en paz.
Además, los planes de Daniel no eran solo ‘hacer de las suyas’. Aunque por lo bajo la gente lo señalara por su origen humilde, aprovecharse un poco del dinero y el poder no era tan difícil.
Ellie era de las que se ponía feliz hasta con un pastel de carne o un ganchito para el pelo que alguien iba a botar. Hacerla feliz a ella era mucho más fácil que limpiar una chimenea llena de hollín. Comida rica, ropa linda… esas tonterías se las podía dar cuando quisiera.
Daniel apuró el paso. Pensó en llamar a alguien hoy mismo para comprarle cosas. Ya se imaginaba la sonrisa de Ellie de pura oreja a oreja.
Pero su confianza no duró nada. Apenas abrió la puerta del cuarto, se encontró con la Ellie de siempre: con ese vestido negro medio opaco y un delantal todo huachafo puesto encima.
—¡Señor… Dani… el!
Ellie, con un plumero en la mano, le agitó el brazo. Daniel, por un segundo, no podía creer lo que veía. Hasta pensó que, de alguna forma, se había regresado a la casa del conde Stoner.
Pero no era ni un sueño ni un viaje astral. Los empleados de bajo rango que debían atenderlo no sabían dónde meterse de la vergüenza. Daniel, tratando de procesar la realidad, se acercó a Ellie a grandes zancadas.
—¿Qué estás haciendo?
Por su tono de voz tan afilado, Ellie escondió el cuello como una tortuga. Quizás era por la ropa, pero se le veía más alta que antes. Y con él mirándola así de serio, sin una gota de risa, ella se terminó de achicopalar.
Ellie apretó el plumero con fuerza y lo miró de abajo hacia arriba.
—¿Limpiando…?
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