Sirvienta X Sirviente - 57
Recién en ese momento, Ellie entendió por qué sus compañeras sacrificaban sus pocas horas de sueño para escaparse del ático. Al principio parece difícil, pero una vez que conoces esa sensación, es imposible mantener la compostura.
‘Dios mío, qué rico se siente’
Como si pudiera leerle el pensamiento, Daniel soltó:
—Ah… qué rico.
Daniel la miró fijo a los ojos. Ellie, como hechizada, no podía dejar de mirarlo. Los ojos azules de él se veían más profundos que nunca.
Entre el sudor en la frente y la respiración agitada, estaba claro que ambos estaban en la misma sintonía. Ella se armó de valor y soltó lo que sentía:
—A mí también me gus… ¡ahhh!
Esa fue la señal. Él volvió a embestir con fuerza. ¡Pam, pam!, le daba sin piedad, golpeando su interior con una potencia que la dejó sin aliento. Ellie no podía hacer más que sollozar y sacudirse a su ritmo.
El sonido de la carne chocando, el roce de la piel húmeda, los gemidos de ella y el jadeo ronco de Daniel… todo ese ambiente cargado de deseo llenó por completo la habitación silenciosa.
—Mmm, sí, ¡ahhh…!
Daniel jadeaba como un animal, moviéndose en un trance total. No podía pensar en nada más que en ese placer. Quería quedarse así para siempre. Si alguien se atrevía a interrumpirlo ahora, juraba que le rompería la cara a golpes.
Pero, a pesar de sus ganas, su cuerpo llegó al límite. Mordió sus labios intentando aguantar el clímax, pero ya era imposible.
En el último segundo, se retiró rápido. Al salir de golpe, la golpeó con fuerza en la entrepierna y, acto seguido, el líquido blanco brotó con fuerza, salpicando todo su vientre bajo.
—Ah… mmm…
Ellie seguía jadeando, con el eco del placer todavía recorriendo su cuerpo. Seguía sin entender cómo habían llegado a esto, pero ya no le importaba; se sentía tan relajada, en cuerpo y alma, que no tenía fuerzas para pensar.
Daniel, sin siquiera recuperar el aire, estiró la mano.
—Te voy a limpiar.
Lo primero que agarró fue su propia camisa que había tirado por ahí. Sin que le importara que fuera una prenda de seda carísima, la usó para limpiar el rastro de su entrega. De pronto le dio risa: ¿ahora también tendría que enterrar su camisa debajo de un árbol?
Ellie solo parpadeaba, con el cuerpo pesado como el plomo. Ni siquiera se dio cuenta de que lo que usaban para limpiarla era una seda fina que una criada normal no vería ni en mil años.
Daniel contempló el cuerpo de Ellie, ahora limpio. Ella, que siempre fue suave, ahora parecía una masa dócil después de haber sido bien trabajada. Y estaba llena de sus marcas.
No pudo contenerse y la abrazó de nuevo. Empezó a besarle los ojos, las mejillas, el cuello y hasta la parte de arriba del pecho. Ellie, con las pocas fuerzas que le quedaban, intentó empujarlo.
—Me da cosquillas…….
Pero él no se iba a quitar. Al contrario, hundió los labios debajo de sus pechos y en sus axilas. Aspiró su aroma profundamente y recorrió cada curva con la lengua. Ellie se sentía como un caramelo humano.
Daniel le apretó los pechos y empezó a jugar con sus pezones con la boca. De nuevo, sintió que su parte baja despertaba con fuerza.
Lo que empezó como un mimo después del sexo se estaba convirtiendo otra vez en un juego previo bien caliente. Ellie se dio cuenta al toque por cómo se le aceleró la respiración a él. Trató de frenarlo con manos débiles.
—Ya… basta por hoy…….
Pero Daniel no quería parar. Por él, se quedaría así hasta que se ocultara el sol, o mejor, hasta que saliera el sol de mañana.
—Una vez más…….
Ellie negó con la cabeza. ‘No puedo, de verdad que no puedo’. Pero las palabras no le salían. Había pasado la noche anterior en vela, muerta de nervios, ahora había gastado hasta su última gota de energía. Ya estaba en su límite.
Sintió el roce suave del cabello de él contra su piel. Estaba tan agotada que solo podía parpadear lentamente. Su corazón estaba feliz y derretido, pero su cuerpo estaba frito. Sus párpados se cerraron solos pidiendo un descanso urgente.
—¿Qué pasa? ¿Te dormiste……?
La voz de Daniel se escuchaba cada vez más lejos. Ellie asintió… o al menos eso creyó ella.
En un segundo, cayó en un sueño profundo y pesado.
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Diana Dawson
Ella era una mujer de una belleza deslumbrante. Con una voz tan hermosa como su físico, alguna vez brilló como cantante de ópera en los teatros más grandes de la capital.
Pero casi nadie recordaba sus días de gloria. Para sus vecinos en los barrios bajos, no era más que una prostituta enferma a la que ya nadie visitaba. Todos daban por hecho que el padre de la niña que arrastraba consigo era simplemente uno de sus tantos clientes.
En la memoria de Daniel, su madre era una mujer hermosa pero marchita, que luchaba día a día contra la enfermedad en una casa que se caía a pedazos. Apenas podía recordarla de otra forma que no fuera apoyada en una cama llena de polvo, sacudida por una tos seca.
El día que todo cambió, el viento soplaba con una fuerza inusual. Diana, cada vez más pálida, le entregó una carta a Daniel.
—Lleva esto a la mercería.
Daniel, que aún no sabía leer, ni siquiera sabía a quién iba dirigida. Pero como no era la primera vez que hacía ese mandado, corrió hacia la tienda de la calle principal sin sospechar nada.
Él ya sabía cómo funcionaba: después de entregar esas cartas, su madre recibía algo de dinero para sobrevivir un tiempo más. Con eso llenarían la despensa vacía y, tal vez, podrían llamar a un médico.
Pero ese día fue distinto. Cuando regresó a casa, Diana Dawson ya no se movía.
—¿Mamá?
Por más que le sacudió los hombros y le frotó las manos huesudas, ella no despertó. Daniel corrió de vuelta por donde vino, llorando a gritos, hasta que los dueños de la mercería, los señores Jones, salieron alarmados.
Su madre había muerto. Eso era lo único que el pequeño Daniel lograba procesar.
El señor Jones, con la última carta de la madre en la mano, se fue a algún lugar, mientras su esposa se llevaba al niño a su casa. Daniel pasó esos días encerrado en una habitación, sin decir palabra. Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen inerte de su madre.
En el funeral de Diana, un carruaje negro se detuvo frente al cementerio. El señor Jones le puso una mano en el hombro y Daniel, como si hubiera estado esperando ese momento, subió al carruaje sin protestar. Pensó que lo llevaban a un orfanato.
El carruaje rodó sin descanso. El cochero no era de muchas palabras; a veces se detenía para darle pan y agua, pero nunca le decía quién era ni a dónde iban.
Cuando volvió a despertar, estaba en una ciudad desconocida, frente a una mansión imponente. Allí conoció a una dama elegante, cubierta de joyas, que lo miró con asco, como si fuera algo sucio que se le pegó al zapato.
—Parece que sí lo encontraron.
Antes de que Daniel pudiera preguntar qué significaba eso, lo sacaron de la habitación. Unas mujeres lo llevaron al baño y lo lavaron con agua caliente. El agua olía delicioso, pero él se sentía como un animal de granja al que preparan para la venta.
Solo cuando estuvo limpio y con ropa nueva, le permitieron verlo a él. Un hombre que vestía las mejores telas, pero que tenía el rostro contraído por una amargura profunda.
Daniel lo supo al instante: ‘Él es mi padre. El noble que abandonó a mi madre’.
El hombre se quedó en silencio un largo rato tras hacerlo pasar. Finalmente, con voz lenta, preguntó:
—¿Tu nombre?
—Daniel… Dawson.
El hombre volvió a cerrar la boca. No preguntó por el paradero de la madre; evitaba mirarlo, como si tenerlo en frente le causara una molestia insoportable. Daniel no pudo aguantarse:
—¿Es usted mi padre?
El hombre se frotó la cara con cansancio y hundió el rostro entre las manos. Con una voz ronca y entrecortada, como quien confiesa un pecado, respondió:
—…Sí.
—Mamá, ella…
Daniel quería gritarle. Quería preguntarle qué había estado haciendo todo ese tiempo, viviendo en esa casa de lujo mientras su madre moría en la miseria.
Pero no pudo. Incluso siendo un niño, sentía que algo no cuadraba. Su madre nunca pareció extrañar a un amante perdido; al contrario, vivía como alguien que se oculta, temiendo que alguien la encontrara.
Mucho dinero a cambio de una carta… y aun así, ella nunca buscó una casa mejor ni un médico prestigioso.
El hombre levantó una mano mientras se sostenía la cabeza. Un tipo joven que había estado como una estatua junto a la puerta se acercó y sacó a Daniel de la habitación.
Ese primer encuentro fue cortísimo. Y pasaría mucho más tiempo antes de que volviera a ver a su progenitor.
—Desde ahora, yo me encargaré de usted.
Fue recién en la cubierta de un barco enorme, con un destino incierto, cuando Daniel descubrió quién era realmente su padre. Ahí entendió por qué su madre tuvo que vivir escondida y por qué él tenía que ser enviado lejos una vez más.
Daniel se quedó mirando la inmensidad del océano. ¿Volvería algún día a esa tierra? En ese momento, el niño no tenía la respuesta.
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