Sirvienta X Sirviente - 56
Ellie tenía la cara hecha un mar de dudas y los labios le temblaban. Daniel, sin soltarla, movió los dedos que tenían prisionera su intimidad y le preguntó:
—¿Te duele?
Ellie negó con la cabeza frenéticamente. Sentía que, si abría la boca, se le escaparía un grito en el acto. ‘Esto es una locura, ¿en qué momento terminamos así?’, pensaba mientras el corazón le iba a mil.
Daniel empezó a rozar lentamente los pliegues de su sexo. Con cada pasada de sus dedos, la humedad iba aumentando, volviéndose más resbaladiza. Hasta en la punta del miembro de él empezaron a asomar unas gotitas de deseo.
De pronto, la yema de su dedo rozó ese punto exacto donde todo se une. Era la primera vez que alguien más tocaba ese botón de placer que ella, muy de vez en cuando, exploraba a solas. Ellie no pudo contenerse y un gemido se le escapó entre los labios.
—¡Ahhh……!
Se tapó la boca rápido con la mano que tenía libre, sintiendo que la cara le ardía de la vergüenza.
Daniel la miró fijo, con el rostro de ella encendido en rojo, soltó un suspiro pesado, como si estuviera tratando de no perder los papeles del todo. Pero sus manos decían otra cosa: se volvieron más atrevidas y empezaron a juguetear con ese centro de placer, obligándola a soltar cualquier candado que tuviera en los labios.
Ellie seguía negando con la cabeza, con las rodillas temblando y los dedos de los pies encogidos por la sensación. Era raro: la tocaba allá abajo, pero sentía un apretón fuerte justo en el ombligo.
Sentía que perdía el control de su propio cuerpo. No aguantó más y volvió a hablar:
—¡Mmm, ahí no, para……!
Pero era obvio que él no le iba a hacer caso. Daniel empezó a mover los dedos más rápido sobre su clítoris, que ya estaba bien firme. Ellie arqueó la espalda, sacando la barriga hacia adelante, su pecho saltó a la vista.
Daniel no tenía manos libres, así que se inclinó y la tomó con la boca. Al recibir estímulos por arriba y por abajo al mismo tiempo, los gemidos de Ellie salieron como una catarata.
—¡Ah, Dios… mmm!
Se le borró el casete. No podía ni cerrar la boca porque la mandíbula le temblaba. Empezó a mover la cadera desesperada, soltando sonidos agudos por la nariz.
Él se entretenía succionando su pecho con ganas. Ellie le agarró el cabello por detrás; no se atrevía a jalárselo, pero se lo revolvió todo mientras él seguía ahí, pegado, sin intención de soltarla.
Daniel también apretaba con fuerza. Ellie se aferraba a él como si fuera su único salvavidas. Casi le arranca el miembro de tanto apretar, pero a él no le importaba; al contrario, sentía un corrientazo por toda la espalda de pura anticipación. Se moría por saber cómo se sentiría estar dentro de ella.
Los dedos de Daniel bajaron un poco más, dejando el centro de placer para explorar la entrada. Lo que antes era solo un poco de humedad ahora era un río de deseo. Daniel apartó el vello húmedo y empezó a recorrer esa zona tan sensible.
Sus dedos resbalaban fácil, yendo desde arriba hasta abajo una y otra vez. Ellie, con las piernas que ya no le daban más, gritó apurada:
—¡Me… me voy a hacer p-pis! ¡Tengo que ir al baño!
Daniel levantó la mirada. Ellie estaba totalmente entregada: con lágrimas en los ojos y roja desde las orejas hasta el cuello.
Ningún hombre en su sano juicio se detendría al verla así. Daniel, sin dejar de besarla, le respondió:
—Hazlo encima mío.
Ellie abrió los ojos como platos, horrorizada. Reaccionó y empezó a darle manotazos en la espalda desnuda.
—¡Suéltame, déjame!
Le dio con todas sus fuerzas, pero él ni se inmutó. Puso sus dedos sobre su clítoris y empezó a vibrar rápido.
Esa sensación fue como un rayo que la atravesó por completo. Ellie empezó a sacudirse como un pez fuera del agua. Daniel la miró convulsionar de placer y no paró hasta que un gemido largo y profundo salió de la boca de ella.
—¡Ahhh, ah… mmm!
Sintió una explosión y el líquido brotó con fuerza. Esa sensación de querer ir al baño desapareció al instante. Las lágrimas que tenía atrapadas terminaron de rodar por sus mejillas.
Sentía el cuerpo pesado, no podía mover ni un dedo. Daniel la miró ahí, toda relajada y entregada, recién entonces retiró la mano.
Se miró la palma húmeda y se la acercó a la cara. No olía a nada raro. Sacó la lengua y la probó. Tenía un sabor especial. No le dio asco para nada; al contrario.
Ellie, viendo lo que él hacía, murmuró totalmente en shock:
—Estás loco…….
Daniel soltó una risita burlona. Quizás tenía razón, pero no se arrepentía de nada. Sabía que, si hubiera tratado de ser un caballero, esta oportunidad habría tardado una eternidad en llegar.
Ellie intentaba recuperar el aire, todavía temblando. De pronto pensó en las criadas del palacio: ‘¡Qué fuertes son!’, pensó. Ella ya estaba molida, eso que las otras se iban de juerga toda la noche y al día siguiente estaban como si nada.
Daniel aprovechó que ella tenía las piernas abiertas para explorar un poco más. En medio de toda esa zona encendida en rojo, vio por fin la entrada al paraíso que tanto buscaba.
Ya no había vuelta atrás. Aunque lo mataran, no se iba a detener ahora. Levantó el cuerpo de Ellie para que se colgara de sus hombros y le hizo enroscar sus piernas, todavía débiles, alrededor de su cintura.
—Si te duele, méteme uña o golpéame.
Obviamente, no tenía la menor intención de soltarla. Lo decía solo para que ella sintiera que tenía un escape y así aguantara un poco más. Ellie lo miró con los ojos empañados y, sin sospechar ni un poquito de sus intenciones calientes, asintió con confianza.
Daniel cuadró su centro justo en la entrada. Se quedó ahí, rozando la punta contra la abertura, tratando de calmar la emoción que lo hacía temblar. Había esperado tanto este momento que los nervios le jugaban en contra. Quería que fuera una primera vez inolvidable, tanto para ella como para él.
Empujó apenas la cabeza dentro de ella. Ante esa sensación extraña de algo invadiéndola, Ellie apretó los dedos con fuerza sobre la espalda de Daniel.
—¡Hic……!
Él, para calmarla, empezó a llenarle las mejillas de besos cortitos: chu, chu, chu. Ellie lo miró con reproche y estiró el labio haciendo un puchero. Él no se aguantó y también le dio besitos en esos labios engreídos y en sus ojos que lo miraban de reojo.
Ellie terminó frotando su mejilla contra el hombro de él porque los besos le daban cosquillas. Daniel aprovechó el momento y empujó la cadera un poco más. Sintió cómo su interior se abría paso y las rodillas le volvieron a temblar. Ella enroscó los tobillos con más fuerza detrás de él para aguantar el corrientazo.
Daniel estaba que no podía más; la presión era mucho más fuerte de lo que imaginó. Sentía cómo esa carne suave y caliente envolvía su miembro. Sabía que, si se descuidaba un segundo, iba a quedar como el hombre más tonto del mundo terminando antes de tiempo.
Le susurró al oído con la voz bien ronca:
—Ahhh…… vamos, suéltate un poquito, relájate.
‘¿Cómo diablos hago eso?’
Pero como nadie le iba a dar la respuesta, Ellie soltó un suspiro corto e intentó aflojar el cuerpo.
Funcionó, pero no como ella esperaba. Al relajarse, ese pilar de carne aprovechó para abrirse paso por el túnel que ahora cedía. Sintió que se quedaba sin aire, como si sus órganos se estuvieran moviendo de lugar.
—¡Mmm……!
Inconscientemente, empezó a buscar su espalda con las manos. Se le vino a la mente esa imagen familiar de él caminando siempre delante de ella, guiándola. Eso le dio una paz repentina. Sabía que él jamás le haría daño.
Como si leyera sus pensamientos, Daniel empezó a acariciarle la espalda con su mano grande. Su toque suave y su calorcito terminaron de derretir no solo el cuerpo, sino también el corazón de Ellie.
Él empezó a moverse con toques cortos. Retrocedía un poquito y luego se hundía con más ganas. Sentía cómo la dureza de él estiraba cada rincón de sus paredes internas. Era un dolor sordo, una sensación de estar demasiado llena, pero que se aguantaba.
Pronto, el dolor desapareció y dio paso a algo totalmente nuevo. Era como si descubriera partes de su cuerpo que ni sabía que existían. El placer la dejó media mareada y empezó a temblar soltando aire entrecortado.
Finalmente, sus cuerpos quedaron pegados por completo. Daniel soltó un suspiro caliente sobre el hombro de ella.
—Fuuuu…….
En el fondo, él siempre tuvo esa duda. Pensaba que quizás estaba obsesionado solo por estar encerrado con ella, que cuando llegara el momento de la verdad, la magia se perdería.
Pero qué equivocado estaba. El interior de Ellie era más estrecho y caliente de lo que soñó. Sentía cómo sus paredes húmedas se contraían y lo abrazaban sin parar. Estaba tan extasiado que sentía que se iba a desmayar de placer.
De pronto, dio un estocada fuerte, bien al fondo. Al sentir que él entraba hasta la raíz, Ellie echó la espalda hacia atrás involuntariamente.
—¡Ahhh, ahhh……!
Daniel le sostuvo la nuca rápido para que no se golpeara. Las manos de Ellie buscaban desesperadas un apoyo sobre la mesa lisa.
Él le atrapó las dos manos, entrelazó sus dedos con los de ella y volvió a empujar con fuerza. La mesa pesada se sacudió con un ruido seco. Daniel se moría por darle con todo y perderse en ella, pero hacía un esfuerzo sobrehumano por no portarse como un animal.
Ellie movía la cabeza de un lado a otro, soltando gemidos agudos que le salían por la nariz.
—¡Ah, mmm……!
Daniel hundió la nariz en su cuello, frotando su mejilla contra la clavícula de ella mientras su parte baja no dejaba de restregarse contra la suya.
—Ellie…….
Ella abrió los ojos grandotes y lo miró. Vio a ese hombre aguantando el placer con el ceño fruncido, dándolo todo por ella. Su corazón dio un vuelco, pero esta vez por una razón muy distinta al sexo.
Daniel retomó el ritmo. Se hundía profundo, clavando en ella todos esos deseos que tenía guardados bajo siete llaves. Cada vez que ese pilar la atravesaba con fuerza, el jugo del deseo salpicaba y empapaba todo.
Con cada empujón fuerte, la cadera de Ellie saltaba. Sentía los impactos retumbando en su vientre bajo, pero ya no había dolor. Al contrario, la sensación de estar llena y el placer tan intenso la tenían volando en otro planeta.
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