Sirvienta X Sirviente - 55
Su voz era tan dulce que hasta se sentía calientita. Ellie lo miró de reojo, toda picona. Cuando eran roomates él era un pesado, un frío de miércoles; qué cobarde podía ser. Pero igual, con el corazón ya derretido, no había forma de volverlo a congelar.
Daniel jaló con cuidado la tira del delantal de Ellie. Ella no dijo ni pío, pero levantó un poco los brazos para ayudarlo. Sss…, el lazo se desató y, con él, se abrió también el último cerrojo de su corazón.
Pum
el delantal blanco cayó debajo del escritorio. Cuando él estiró la mano hacia su nuca, Ellie ladeó la cabeza. Los botones se soltaron y el cuello de la prenda quedó flojo. Daniel hizo que ella le rodeara el cuello con los brazos.
—Vas a ver que se siente rico. ¿Ya?
Ellie bajó la mirada. Esto era una tentación del mismo diablo. Seducirla con esa cara de ángel para empujarla al pecado.
Y con su fe tan pobre, no había forma de que rechazara una tentación tan dulce. En cuanto Ellie le rodeó el cuello, Daniel volvió a levantar el torso, el cuerpo de ella también se incorporó a medias.
Él le quitó la ropa con una maña increíble. Para desvestir mujeres —y desvestirse él mismo— ya era un trome. El vestido, el fustán, hasta la enagua ancha; las prendas fueron cayendo al piso una tras otra.
Sus pechos blancos rebalsaban, apretados por el corsé. Daniel soltó un suspiro contenido.
—Uff…
No aguantó más y hundió la cara en el escote generoso. Al sentir ese aliento caliente de porrazo, Ellie se asustó y encogió los hombros. Pero a Daniel le dio igual; estaba ocupado hundiendo la nariz y disfrutando del olorcito dulce de su piel.
Mientras tanto, con una mano iba soltando los cordones del corsé. Tenía las manos apuradas, como un chiquillo abriendo un regalo. Desde ese contacto a medias de la otra vez, no hubo ni un solo día en que no deseara este momento.
Ellie también se acordó de esa vez en el ático. El muy sonso puso de excusa a Amanda para manosearle el pecho. Ahora que lo pensaba, esa vez también la estafó redondito. Era para darme cólera, pero al recordar sus manos, sintió de nuevo ese cosquilleo en la barriga.
En eso, los lazos terminaron de soltarse. Daniel la agarró por la cintura y le quitó la prenda íntima que ya estaba floja hacia abajo. Ahora solo le quedaban puestas las medias delgaditas y un calzoncito corto. A Ellie le dio roche de nuevo y bajó la cabeza.
Por fin, el tesoro que tanto buscaba quedó libre de sellos. Daniel se pegó a sus pechos como un bebito hambriento. Sostuvo con la palma de la mano uno de sus pechos, que era tan grande que ni le cabía en la mano, le dio un mordisco a la carne.
Al sentir el roce de los dientes, Ellie se asustó y soltó un grito.
—¡Ah… hual!
Daniel, en vez de retroceder, se puso a lamer y succionar el lugar donde había mordido. Ellie estaba tan anonadada que ni le salían las palabras. O sea, ni que fuera un perro.
Su piel, que era blanquísima, se llenó rápido de manchitas por las mordidas. Daniel agarró fuerte la carne y se metió el pezón en la boca, rozando la punta con la lengua. La cara de Ellie se puso tan roja como sus pechos.
—Diana… ¡Ay!
De pronto, él le mordió la punta del pecho. Daniel la miró de abajo hacia arriba, con cara de pocos amigos.
—No me llames por ese nombre.
Ellie se quedó calladita. ‘Diana’. Pensaba que era un nombre lindo, como de princesa, pero obviamente no le iba ni un pelo al hombre que tenía al frente.
Daniel no le quitaba la vista de encima. Sus ojos azules le exigían una respuesta. Y mientras tanto, su lengua seguía paseándose despacito por su pecho.
Sintió que la estaban acorralando. Ellie le tapó los ojos con la palma de la mano.
—Es que es… ¡ah…!
Con un sonido de succión, él se metió la punta del pecho a la boca. Chupaba todo, haciendo ruido, sin ninguna vergüenza.
Con ese sonido tan evidente, Ellie ya no sabía dónde meterse del roche. No tenía manos suficientes para taparse también los oídos. Daniel, sin soltarla, le dijo balbuceando:
—Dime mi nombre, Ellie.
Quién sabe por qué, pero cuando ese nombre común salía de su boca, sonaba de lo más elegante. Ahora entendía por qué él quería que lo llamara por su nombre de verdad. Ellie abrió la boca, dudando.
—Da… niel.
A las justas soltó el nombre y su trasero, que estaba colgado al borde del escritorio, fue jalado hacia adentro. La espalda de Ellie volvió a quedar echada sobre la mesa. Daniel, de un solo tironazo, le bajó su última defensa: el calzoncito suelto.
Ellie peló los ojos. Estaba tan choqueada que no le salía ni el grito. Intentó cerrar las piernas al toque, pero fue por las puras porque Daniel ya se había plantado firme entre sus rodillas.
Daniel se bajó los tirantes y se desabrochó la camisa como si quisiera romper los botones. Ellie, olvidándose hasta de que estaba calata, se quedó mirando de arriba abajo su pecho que iba quedando al aire. Daniel soltó una risita burlona y le dijo:
—¿Te gusta lo que ves?
—¡Qué, qué, qué hablas!
—No te quedes mirando nomás, toca.
Daniel se quitó la camisa, la tiró por ahí y puso la manito de Ellie sobre su pecho desnudo. A ella casi se le salen los ojos de su sitio. Pero en vez de quitar la mano asustada, sin darse cuenta, empezó a tocarle todo el pecho ancho.
Su pecho era grandazo y totalmente distinto al de ella. Bueno, eso era obvio, pero también era diferente al cuerpo de Marcus o de Matthew. Era un pecho duro, lleno de músculos bien formados. Ellie, como hipnotizada, le pasó la mano por las costillas y los abdominales.
Daniel soltó un suspiro pesado y se puso las manos en la cintura del pantalón. Ellie, sin darse cuenta de lo que se venía, seguía usando las dos manos para masajearle los brazos.
En el momento en que él se bajó la bragueta, Ellie dio un salto y se quedó sin aire.
—¡Asu…!
—Ufff…
Daniel por fin liberó su miembro de los pantalones apretados y le dio una pasada suave con la mano. Al ver ese tremendo ‘asunto’ que ni siquiera cabía en una sola mano, Ellie se quedó con la boca abierta, como un pez fuera del agua.
Eso no le iba para nada a su cara de niño bonito. No solo por el tamaño, sino porque la forma era totalmente distinta a lo que ella se imaginaba. Estaba todo colorado por la sangre y con las venas bien marcadas; lo único que pudo pensar fue: ‘Qué feo se ve eso’.
Ellie miraba la cara de Daniel y luego su miembro, una y otra vez. Pensaba que si se metía eso en la barriga, se iba a morir de todas maneras. Aunque ella misma había bañado a sus hermanos menores cuando eran chiquitos, era la primera vez que un aparato masculino le parecía un arma blanca.
—Oye, escucha…
—¿Qué pasa?
Daniel respondió con voz algo tosca, de pura vergüenza. A diferencia de él, que se había quedado medio loco apenas la vio calata, Ellie no parecía estar disfrutando mucho del panorama.
Dicho y hecho. Ellie soltó lo que pensaba con una cara de preocupación total:
—¿Y si… y si mejor lo pensamos de nuevo desde el principio?
—¿A quién quieres matar de un infarto?
Ante la respuesta de Daniel, Ellie se quedó calladita y pasó saliva. Es verdad que ella había aceptado —o bueno, algo así—, pero eso fue antes de ver al monstruo que él tenía entre las piernas.
Daniel soltó un suspiro corto y agarró la mano de Ellie. Despacito, llevó la mano de ella hacia su entrepierna y la puso encima de su miembro. Al sentir el tacto suave de la palma de ella, soltó un suspiro profundo sin querer.
—Ah…
—¡Ay, no!
Al contrario de él, Ellie pegó un grito del susto. Daniel frunció un ojo y se quejó:
—¿Tan feo te parece?
—No, o sea… lo que pasa es que… bueno…
Hasta ella misma se daba cuenta de que estaba siendo un poco maleducada. Pero no le salía decirle que no era feo. Es que de verdad le daba impresión.
Como respondiendo a su tacto, el miembro dentro de su mano dio un pequeño latido. Ellie peló los ojos. Estaba caliente y duro. Se sentía raro. Además, vio que solo con ese roce, la respiración de Daniel se ponía más pesada.
Cuando vio que la cara de Ellie cambiaba, Daniel empezó a mover la mano de ella suavemente. Naturalmente, la palma de Ellie empezó a frotar todo ese ‘fierro’. Él murmuró como si le estuviera rogando:
—Quiérelo un poquito, pues.
Ellie puso una cara de ‘ya qué me queda’. Sentía como si estuviera agarrando un bagre con las manos limpias, ¿cómo se supone que iba a ‘quererlo’? Pero bueno, ya no le daba tanto asco como cuando recién lo sacó. Así que soltó un poco la muñeca y dejó que Daniel hiciera lo suyo.
Él movía la mano despacito. Aunque el contacto era lento y simple, sentía que el corazón le iba a estallar. Cada vez que sus dedos delgados lo rozaban, se le ponían tiesos todos los músculos del cuerpo. Tenía que soltar puros suspiros para no dejar salir gemidos vergonzosos.
Ellie miró de reojo la cara de Daniel. Solo con que ella lo tuviera agarrado y lo moviera, la expresión de él cambiaba a cada rato. Sus párpados fruncidos se iban poniendo rojos y, como si se le secara la boca, sacaba un poquito la lengua para mojarse el labio de abajo.
Aunque no había forma de que ese asunto que tenía en la mano le pareciera bonito, Daniel, con el pecho agitado por la excitación, sí se veía bien tierno. Quizás por eso, ella también empezó a sentir un cosquilleo ahí abajo. Sin darse cuenta, empezó a mover la colita sobre la mesa.
Daniel también se dio cuenta de la cara de Ellie. Estaba con la boca bien cerrada, haciéndose la difícil, pero en sus ojos se notaba que tenía las mismas ganas que él. Así que bajó la mano hacia donde ella tenía las piernas abiertas.
—¡Ah…!
Por el contacto repentino, a Ellie se le escapó un grito. Daniel, en vez de meterse de frente, agarró con toda la mano el monte de Venus cubierto de vello ralo.
Ellie apretó fuerte los muslos. Ella también tenía agarrado el cuerpo de Daniel, pero que él le tocara su zona íntima le daba el doble de roche. Quiso quitar la mano que tenía en la verga de él, pero no pudo porque Daniel la tenía bien sujeta.
Daniel empezó a frotar el dedo medio entre los pliegues de carne. Buscaba la entrada escondida, tocando la piel interna con cuidado. Un poquito de humedad empezó a mojarle los dedos. Al sentir que ella también se estaba excitando, a Daniel se le escapó una sonrisa de lado.
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