Sirvienta X Sirviente - 54
Ellie levantó la mirada y se encontró de hachazo con los ojos de Daniel, que no le quitaba la vista de encima. Él estaba más serio que nunca; ya no parecía el tipo que siempre la agarraba de punto para sus bromas.
Pero, ¿podía confiar en él de verdad? Ya la había estafado una vez. Ella juraba que eran amigos —bueno, ella era la que insistía con eso— y resultó que todo, desde su nombre hasta su sexo, era una mentira total.
Le daba una rabia y una vergüenza terrible, pero curiosamente, no podía odiarlo. Y sentía que nunca podría. Esa cara de pocos amigos, su forma tosca de hablar… todo seguía siendo tal cual ella lo conocía.
Daniel se dio cuenta de que ella ya estaba casi en el bolsillo, así que decidió darle el último empujoncito. La agarró de las posaderas y la levantó en peso como si nada.
—¿Eh? ¿Qué haces?
Ellie se asustó al sentir que sus pies ya no tocaban el suelo y se aferró a sus hombros. Antes la cargaba como un bulto cualquiera, pero esta vez fue diferente. Daniel la llevó con cuidado y la sentó encima del escritorio.
Ella se quedó muda. Siempre supo que él era fuerte, pero ahora sentía clarito la diferencia de fuerza. ‘Qué sonsa he sido por no darme cuenta antes’, pensó, le dio un bajón por su propia ingenuidad.
El dormitorio estaba ahí nomás, cruzando la puerta, pero Daniel no tenía paciencia para llegar hasta allá. Limpió el escritorio de un manotazo, mandando todas las cosas a un lado, la acomodó sobre la madera lisa.
Él se puso justo en medio de sus piernas, que colgaban en el aire. Ellie lo miró hacia arriba con nerviosismo; se sentía acorralada.
Daniel le puso la mano en la cintura y se inclinó. ‘¿Me va a besar otra vez?’, pensó ella. Después de que la agarraran de bajada tantas veces, ya le estaba agarrando el ritmo a sus intenciones. Podía haberlo empujado si quería.
Pero la verdad es que no quería. En lugar de quitar el cuerpo, se aferró con fuerza a la camisa de Daniel. Cerró los ojos con fuerza, como una niña que espera que le caiga un cocacho.
Daniel se detuvo a un centímetro de su boca.
—¿Tienes miedo?
Su voz sonó dulce. Ellie abrió los ojitos despacio y vio lo que él estaba mirando: sus propias manos aferradas a su ropa, con los nudillos blancos de tanto apretar.
Él soltó sus manos de su camisa con cuidado y le dio las suyas para que las sujetara. Las manos de Ellie temblaban un poquito. Él empezó a masajearle los dedos y volvió a preguntar:
—¿Te asusta que haga esto?
Ellie bajó la cabeza sin responder. Mentiría si dijera que no tenía miedo. El corazón le iba a mil por hora, pero no era un miedo a Daniel en sí.
—N-no, es que yo…
Tartamudeó sin poder terminar la frase. Tenía la cabeza hecha un champú y las palabras no le salían.
Justo en ese momento, las nubes se movieron y un sol fuerte entró por la ventana, dándole de lleno a Daniel en la cara mientras esperaba una respuesta. Al verlo así, bajo la luz, Ellie se quedó sin aliento.
Lo sentía como un extraño. No solo porque vestía como hombre y hablaba con voz gruesa, sino porque se veía diferente. Como alguien peligroso, alguien con quien no deberías meterte así nomás.
Además, hace un rato se había asustado de verdad cuando no sabía que era él. Lo de la ‘ejecución’ le había dado pánico. Pensándolo bien, ¿estaba bien estar aquí viendo si se besaban o no después de todo eso?
Quería preguntarle, pero no quería que la volviera a tratar de tonta. Al final, se lanzó a hablar con dudas:
—… ¿lo vas a hacer?
—¿Qué cosa?
Ellie lo miró de reojo. No es que dudara de él, pero por si las moscas…
—¿Me vas a… mandar a ejecutar?
—¿Eres tonta o te haces?
Ahí estaba el insulto de siempre. Ellie hizo un puchero y se puso a reclamar:
—Es que tú dijiste que no éramos amigos…
—¿Acaso tú haces estas cosas con tus amigos?
Daniel le levantó la falda de un tirón. Ellie reaccionó al toque y se la bajó con las dos manos.
—¡Oye! ¡¿Qué te pasa?!
Él soltó una sonrisita sobrada al ver su defensa tan débil. En lugar de forcejear para desnudarla, le agarró el tobillo fino con una mano.
Le quitó la bota vieja y empezó a masajearle la pantorrilla por encima de la media barata. Ese gesto tan simple hizo que Ellie se muriera de la vergüenza. No podía ni mirarlo a la cara y se puso a jalonear su propio delantal por los nervios.
Daniel subió sus dedos hasta la parte de atrás de la rodilla de Ellie, haciéndole cosquillas en círculos. Luego, le susurró al oído como si fuera un hechizo:
—Dime que no te disgusta.
Ellie lo miró con resentimiento.
‘¿Por qué tiene que ser tan insistente?’
Pero la mirada de Daniel estaba más intensa que nunca. Ella volvió a esquivarle la vista y respondió a regañadientes:
—No es que me disguste… ¡Ay!
Daniel tiró de sus piernas y, de un porrazo, el torso de Ellie se fue hacia atrás. Él aprovechó para pegar su cuerpo al de ella, encajándose justo entre sus muslos. Ellie sintió cómo algo firme y contundente presionaba su zona más suave.
‘¡Ay, Dios mío! ¡¿Ahora qué hago?!’
pensó ella mientras el corazón le repicaba como campana de iglesia. Por puro nervio, se tapó los ojos con las palmas de las manos.
Daniel empezó a despojarse de todo: se quitó el saco y el chaleco y los tiró a un lado. Pero no quedó ahí; siguió con el corbatín, el alfiler, los gemelos y hasta la cadena del reloj. Mandó todos esos adornos por los aires sin importarle nada.
Él mismo soltó una risita burlona. Siempre decía que esas cosas eran puras huachafadas para presumir, pero hoy se había puesto hasta el último accesorio solo para dárselas de gran señor frente a Ellie.
—Mírame.
Aunque él se lo pidió, Ellie no bajó las manos. Eso sí, separó un poquito los dedos para ‘sapear’ por el huequito. Al verlo ahí, solo con la camisa blanca y los tirantes, sintió que parecía un ángel de esos que pintan en las paredes de las iglesias.
Se le secó la boca al toque. Por instinto, se humedeció los labios y Daniel, que estaba al acecho, se inclinó hacia ella. Le fue quitando los dedos de la cara uno por uno. Ese rostro que ella conocía tan bien, pero que ahora se sentía tan distinto, se fue acercando despacio.
Esta vez Ellie no cerró los ojos. No podía dejar de mirarlo; el tipo brillaba, literalmente. El corazón le latía a mil, pero ya no era por el susto de que la hubieran capturado, sino por algo mucho más fuerte.
Era el tercer beso. Esta vez sus labios se juntaron con total naturalidad. Daniel no se desesperó; primero le lamió los labios con suavidad, esperando con paciencia hasta que ella cedió y abrió la boca para dejarlo entrar.
Su lengua entró con cuidado, explorando cada rincón. Ese ritmo pausado, sin apuro pero con firmeza, la puso a temblar. No solo sentía cosquilleos en la boca, sino que el sentimiento se le subía por todo el pecho. El corazón le retumbaba tanto que sentía los ecos en la cabeza.
Entre beso y beso se escuchaba el sonido húmedo de sus labios encontrándose. Daniel intentaba separarse un poquito, pero la falta de aire lo hacía regresar al toque para pegarse de nuevo a ella. Con ese beso tan intenso, a Ellie se le nubló la vista y la cara se le puso roja como si la hubieran metido en agua hirviendo.
Verla así, toda entregada, lo prendió más. La mitad de su cuerpo quería quedarse así toda la noche, pero la otra mitad moría por soltar de una vez todo ese fuego que tenía acumulado.
Cuando él se separó un centímetro, Ellie, por puro instinto, estiró los labios buscándolo otra vez. El subconsciente es traicionero. Daniel pegó su frente a la de ella y ella, avergonzada, se mordió el labio que acababa de estirar.
Él, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no perder el control, le llenó de besitos los párpados y la nariz. Las pestañas de Ellie vibraban como alas de mariposa. Cada reacción de ella lo ponía más ansioso.
—Haaa…
Daniel le subió la falda hasta la cintura, dejando al aire sus muslos entraditos en carne. Ya tenía el permiso, así que no había razón para esperar más. Le apretó la pierna con ganas, disfrutando de su suavidad.
Pero, para su mala suerte, Ellie todavía no estaba tan ‘en las nubes’ como él. Ella miró de reojo hacia la ventana: afuera el sol estaba en todo su esplendor y esto, por donde se mirara, era una oficina. Claro, era mucho mejor que un granero o un establo, pero igual…
—¿De verdad lo vamos a hacer… aquí?
preguntó ella para asegurarse.
Daniel, que ya le estaba metiendo mano por todos lados, la miró con cara de pocos amigos. A él ya no le importaba nada de lo que ella temía. Le daba igual si esta era su oficina temporal o si fuera el mismo cuarto de William Stoner; no se iba a detener por eso.
La verdad es que su plan original no era este. Se había pasado toda la noche despierto arreglando los problemas del día anterior para que ella no tuviera líos. Su idea era explicarle todo mientras tomaban un desayuno de reyes.
De hecho, en la habitación de al lado, la comida especial que mandó preparar se estaba quedando helada. Un banquete que pidió exclusivamente para ella.
Pero ya era muy tarde para echarse atrás. Aunque Ellie se arrepintiera, él ya no podía dar marcha atrás. Daniel inclinó la cabeza y le clavó la mirada.
—Voy a ser tierno contigo. Te juro que no te va a doler.
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