Sirvienta X Sirviente - 53
A Ellie se le puso la cara roja como un tomate. Esta reacción era mucho más clara que cuando recién se habían besado; recién le estaba cayendo el veinte de que ese había sido su primer beso.
Un beso con Diana… no, ¡un beso con Daniel! Sentía que la cabeza le iba a estallar en cualquier momento. Ellie, temblando de pies a cabeza, gritó:
—¡E-esto no vale! ¡Es nulo!
Daniel frunció el ceño. Después de aguantarse tanto tiempo para dar el primer paso, ¿ahora le salía con que ‘no valía’?
Frente a ella tenía a un tipo que era un ‘pintonazo’ (muy guapo), pero para ella seguía siendo su roommate y su amiga. Ellie, echando chispas, siguió reclamando:
—¡Los besos entre amigos no cuentan así!
Daniel soltó una risita burlona. ¿Todavía seguía con su ‘chongo’ de la amistad? ¿Qué amigos ni qué ocho cuartos? Si ser amigos significaba no poder dormir por tener fantasías con ella cada noche, o ponerse ‘ganoso’ cada vez que se le escapaba un poquito del pecho, entonces él nunca había tenido una amiga en su vida.
Daniel le respondió con total indiferencia:
—Yo no soy tu amigo.
A Ellie casi se le salen los ojos de su sitio. Si se iba a estar sorprendiendo por cada cosa que él dijera, el corazón no le iba a aguantar el resto del día.
Daniel, con una sonrisa de medio lado, la agarró de la cintura y la pegó a él. Sus cuerpos quedaron pegaditos, sin dejar ni un espacio.
Ellie no sabía ni dónde meterse. A través de la ropa, sentía ese cuerpo duro que no dejaba dudas: era el cuerpo de un hombre. Más bien, le parecía increíble no haberse dado cuenta antes. Nunca habían estado tan cerca, pero igual.
Incluso sintió que algo le hincaba en el bajo vientre… ¿sería lo que ella estaba pensando? Con la cara encendida, tartamudeó:
—¿P-por qué hace esto… señor?
De pronto, ella puso una distancia enorme con ese trato formal. Pero Daniel pensó que, en realidad, era mejor así; por lo menos ya no lo estaba viendo como a ‘su roommate Diana’.
Él no dijo nada y se quedó mirándola. Tal como pensaba, la coronilla de Ellie no llegaba ni a su barbilla. ‘Tanto que come y no ha crecido nada’, pensó.
Se veía tan inofensiva con sus ojitos redondos y sus mejillas suavecitas. Pero lo que más lo tentaba eran esos labios rojizos y chiquitos. Ellie, asustada por el silencio, empezó a morderse el labio como si fuera a llorar.
Daniel estiró la mano y le tocó los labios con la yema del dedo. Eran tan suaves y calientitos como se los había imaginado. Hasta sentir su respiración entrecortada le daba gusto. Empezó a mover el dedo con malicia.
—Sigue portándote como siempre.
En cuanto terminó de hablar, Ellie le tiró un manotazo para apartar su mano. Si podía seguir siendo la misma de antes, entonces ya no tenía miedo.
—¡Ya pues! ¡Dime por qué haces esto!
—¡Por tu culpa!
le soltó Daniel de hachazo. Él también se sentía ‘picado’ (indignado). Ella lo volvía loco todas las noches sin falta.
Siempre lo ponía de cabeza con sus palabras y sus ocurrencias. Sabía que ella no lo hacía a propósito, pero eso era lo peor de todo.
Incluso ahora; él pensó que ella lo reconocería al toque y se pondría feliz, pero ella ni le quería mirar a los ojos. Y cuando él quiso fastidiarla un poco, ella va y se pone a preocuparse por él. Por ser tan ‘pavita’ (ingenua) es que se mete con tipos como él.
Daniel le agarró la mandíbula y volvió a inclinar la cabeza. Esta vez, se lanzó al ataque y le estampó un beso con todo.
—¡Mmm…!
Ellie abrió los ojos como platos. Este beso no tenía nada que ver con el jueguito de antes. Él le devoraba los labios y le metía la lengua sin pedir permiso.
Era un beso de verdad, sin dudas. Ellie lo sintió en el alma: si dejaba que esto pasara, ya no habría vuelta atrás. Cerró los ojos con fuerza y apretó los labios, poniendo tensas hasta las mejillas.
Pero Daniel no tenía apuro. Se quedó esperando. ¿Cuánto iba a aguantar? Tal como esperaba, a los pocos segundos Ellie abrió un poquito los ojos y, sin querer, aflojó los labios.
Se notaba clarito que estaba dudando. Daniel no perdió el tiempo y le metió la lengua hasta el fondo.
—¡Ah… mm!
Ella intentó cerrar la boca de nuevo, pero ya era tarde. La lengua de él ya estaba adentro, explorando todo, chocando con sus dientes hasta encontrar la suya. Sus lenguas se enredaron en un vaivén húmedo. Daniel frotaba su lengua contra la de Ellie, que estaba tiesa como un palo.
Como se había aguantado tanto tiempo, Daniel le saboreó los labios con una intensidad total. Su lengua recorrió cada rincón, desde el paladar hasta debajo de la lengua.
Era un beso tan apasionado que nadie en su sano juicio diría que era de ‘amiguitos’. Ellie, que nunca había sentido algo así, sintió que el mundo le daba vueltas. Se olvidó hasta de respirar y se quedó sin aire en un toque.
Recién cuando ella se puso roja como un ají y parecía que se iba a desmayar, Daniel se separó lentamente.
Ellie se quedó ida, con la mirada perdida. Ni siquiera se dio cuenta de que tenía los labios brillando por la saliva. Daniel, aguantándose las ganas de lanzarse encima otra vez, se pasó la lengua por sus propios labios.
—¿Este beso tampoco vale?
Recién ahí el alma le volvió al cuerpo a Ellie. Sus ojos recuperaron el brillo y, de inmediato, se le llenaron de lágrimas.
Como ella no era de las que lloraba por cualquier cosa, verla así hizo que Daniel frunciera el ceño.
—¿Qué pasa? ¿Tanto te dolió que te diera asco?
—¡No es eso…!
Ellie le metió un puñetazo en el pecho a Daniel con todas sus fuerzas, pero con tan mala suerte que sus dedos chocaron contra el alfiler de su corbata. Se llevó la mano a la boca, que le latía del dolor.
—Ay… me duele…
—Eres bien tonta, ¿no?
Daniel la miró con esa cara de ‘no tienes remedio’ que ponía siempre. Ante el reproche, Ellie lo miró con resentimiento, pero él le tomó la manito y le dio un beso en el dedo meñique, como si le estuviera poniendo cremita en la herida.
Esa imagen, digna de un cuadro, volvió a dejar a Ellie medio embobada. Pero no era momento de quedarse mirando; ella no entendía nada. ¿Por qué se portaba así de pronto?
—De verdad… ¿por qué haces esto?
—Porque te la pasabas provocándome todo el tiempo sin darte cuenta.
respondió él mientras volvía a pegarse a ella.
Esta vez ya no había duda alguna. Ellie sintió clarito cómo algo bien marcado en la entrepierna de Daniel le hincaba el bajo vientre.
Sentía que la cabeza le iba a reventar. Desde ayer hasta ahora, en una sola noche, había vivido más cosas que en toda su vida: una fiesta elegante, militares desconocidos y, para rematar, descubrir que su primera ‘amiga’ y roommate era un hombre.
Y ella, como una sonsa, le había contado todos sus secretos sin saber quién era realmente. La vergüenza le cayó encima como un baldazo de agua fría; tenía ganas de que se la tragara la tierra.
Pero Daniel, por si fuera poco, le hizo recordar otro detalle vergonzoso:
—Encima, te la pasabas calateándote (desnudándote) frente a mí como si nada.
—¡Yo no me desnudaba ‘como si nada’!
gritó ella, saltando como un resorte.
—Como digas.
respondió él con indiferencia, dejándola como una loca otra vez.
Daniel bajó la mirada. Sus ojos azules ardían con un fuego silencioso, clavados directamente en el pecho de Ellie. Aunque ella estaba bien tapada con varias capas de ropa y el delantal, sentía como si la estuviera desnudando con los ojos. Por instinto, se tapó el pecho con los brazos.
Pero ese intento de defensa solo sirvió para prenderlo más. Daniel estiró su mano grande y le agarró un pecho con fuerza, apretándolo desde abajo.
—¡Ah…!
A Ellie se le escapó un grito y se encogió de hombros por la fuerza del agarre. Daniel aflojó un poquito, pero no la soltó. Al contrario, empezó a masajearla suavemente mientras soltaba un suspiro de satisfacción.
—Haaa…
Tenía los ojos un poco enrojecidos. Era una expresión nueva para ella, una mirada llena de deseo que no dejaba lugar a dudas: el tipo estaba bien excitado.
Ellie estaba tan en shock que ni siquiera pudo detenerlo. Pero cuando sintió los dedos de él rozando, por encima de la tela, ese punto sensible que no se veía, ya no pudo quedarse callada.
—¡Oye! ¡Espera…!
Daniel levantó la barbilla con arrogancia, mirándola como diciendo: ‘Habla pues, ¿qué me vas a decir?’. Pero Ellie se quedó como un pez, abriendo y cerrando la boca sin soltar ni muna.
¿Qué le iba a decir? ¿Qué no le gustaba? La verdad es que no le disgustaba. ¿Qué se detuviera? Bueno, tampoco es que estuviera prohibido… solo que todo estaba yendo demasiado rápido.
Ni ella misma sabía qué quería. Estaba desconcertada, pero no se sentía mal ni ofendida por lo que estaba pasando.
Daniel decidió cambiar de táctica. Por más que se hubiera pasado noches en vela por su culpa, no era un salvaje como para forzar a una mujer que no quería. Pero tampoco la iba a dejar ir tan fácil. Así que, en lugar de presionar, le puso una trampa dulce para despertar su curiosidad:
—¿Qué tiene de malo? Si tú también tenías ganas de probar estas cosas.
Ellie no pudo negarlo. ¿Cómo no iba a tener ganas? Lo que pasa es que nunca tenía tiempo y no había encontrado a nadie que la atrajera tanto, pero curiosidad le sobraba.
Cada vez que veía a sus compañeras quejándose de cansancio pero escapándose a medianoche para un choque y fuga, o cuando veía a las parejas saliendo del granero con paja en la espalda, siempre se preguntaba: ‘¿Qué tan rico se sentirá como para arriesgarse a que los ampayen (descubran)?’.
La propuesta era tentadora, pero no podía decirle que sí así de fácil. No quedaba bien aceptar al toque como si lo estuviera esperando, ¿no? Ellie se quedó mirando a todos lados, sin saber qué hacer.
—¿Qué pasa?
preguntó Daniel, como rogándole.
—¿O es que no quieres hacerlo conmigo?
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