Sirvienta X Sirviente - 51
No hubo respuesta. El corazón de Ellie se hizo chiquitito, como una nuez. ¿Qué clase de persona tan aterradora habría ahí adentro?
El soldado se apartó de la puerta con un movimiento seco y marcial. Aunque su intención de que entrara era clara, Ellie no se atrevía a dar el primer paso. Pero tampoco tenía el valor para salir corriendo, así que se quedó ahí mismo, temblando como una hoja.
El hombre hizo un gesto con la barbilla hacia el interior, apurándola para que entre. Por el miedo, sentía las piernas de plomo. Ni siquiera cuando tuvo su primera entrevista para ser empleada del hogar se había puesto tan nerviosa. Era una situación que jamás había vivido. Al borde del llanto, Ellie soltó apurada:
—Es que…….
Pero no le salieron las palabras. No era tonta; sabía que de nada serviría suplicarle a este hombre.
Ellie no tenía opción. No iba a conseguir nada quedándose ahí parada. Más bien, tendría suerte si no terminaba haciendo enojar a un pez gordo y empeoraba las cosas.
Dudando, Ellie empezó a caminar. Tenía la cabeza tan agachada que parecía que se le iba a caer, las manos juntas como si estuviera rezando. Cruzó el umbral mirando solo el piso y, al toque, la puerta se cerró detrás de ella. El clac del cerrojo le hizo sentir un frío en el espinazo.
El cuarto estaba tan silencioso que parecía vacío. Ellie levantó un poquito la mirada para ver qué había alrededor. El cuarto era mucho más lujoso que la habitación donde la habían tenido encerrada.
En cuanto vio la cabeza de un ciervo disecado, sintió un escalofrío en el cuello. El dueño de un cuarto así debía ser alguien con muchísimo, muchísimo poder. Seguro alguien de mucho más rango que el conde. Para alguien tan importante, cortarle el cuello a una simple empleada debe ser la cosa más fácil del mundo.
Por más que movía los ojos de un lado a otro, no veía al dueño por ninguna parte. Juntando un poco de valor, levantó un poco el mentón. La luz del sol entraba a raudales por un ventanal inmenso. Al final de su mirada, se recortaba la silueta de un hombre parado frente a la ventana.
El hombre se dio la vuelta despacio. Ellie, al instante, volvió a bajar la cabeza.
—Ellie Brewer.
La voz de un hombre joven cortó el aire. Le sonaba algo familiar. Sin embargo, en ese momento Ellie no estaba para ponerse a pensar con cabeza fría. El simple hecho de que dijera su nombre hizo que su corazón se pusiera a mil. Se le trabó la lengua y la mente se le quedó en blanco.
El hombre la apuró:
—¿No es ese tu nombre?
—¿Sí, sí……? No, digo, sí.
Ellie respondió cualquier cosa por el apuro. El hombre la regañó con una voz cortante:
—Responde bien.
—Sí, ese es…….
La voz de Ellie vibró como la de una cabrita. Así debía sentirse un conejo frente a una fiera. Hubiera preferido desmayarse de una vez, pero ni eso le salía.
Incluso estando en ese tremendo aprieto, de pronto se puso a preocuparse por los demás. ¿Estarían pasando por lo mismo los otros trabajadores? Bueno, en verdad el resto no le importaba tanto; lo que le angustiaba era su compañera de cuarto, a la que no había podido ver en medio de todo ese alboroto.
Pero el hombre no le dio tiempo para distraerse.
—Levanta la cabeza.
A pesar de esa voz de mando, Ellie no podía levantar la mirada. Sabía que no debía desobedecer la orden de alguien de alcurnia, pero al mismo tiempo sentía que estaba mal mirarlo fijo a la cara. ¿Y si solo buscaba cualquier pretexto para castigarla? La cabeza le daba vueltas por la confusión.
Como ella no se movía, el hombre sentenció con voz fría:
—Eres igual de insolente que tu amo.
Ellie se encogió de hombros. Con ‘su amo’ se debía referir a su patrón, el conde Stoner. Claro que ella nunca había cruzado ni una palabra con él, seguro que el conde ni enterado estaba de que había contratado a una tal Ellie Brewer.
Antes de que pudiera quejarse por la injusticia, el hombre continuó con severidad:
—¿Qué hacías en la casa del conde Stoner?
—Limpieza y…… mandados.
Ellie contestó con la voz bien bajita, toda achicopalada. En realidad, era una pregunta que no necesitaba respuesta, porque ella todavía llevaba puesto ese vestido negro opaco y el delantal manchado.
Parecía alguien muy importante, así que ¿por qué se tomaba la molestia de lidiar con una empleada de cuarta como ella? Lo único que ella sabía era cómo limpiar ventanas para que no queden marcas o cómo sacudir las pelusas de las alfombras.
El hombre, que parecía que iba a seguir con el interrogatorio, se calló un momento. Ellie, sin levantar la cabeza, volvió a mover los ojos de un lado a otro.
Esta vez, en lugar de mirar el cuarto, se fijó en el hombre parado junto a la ventana. Era alto y de contextura delgada, pero por el contraluz no se le veía la cara. Solo le llamó la atención su cabello rubio, que brillaba bajo el sol.
El hombre se movió. Ellie bajó la vista al toque. De la boca del hombre salió otra vez esa palabra aterradora que había oído ayer:
—¿Sabías que el conde estaba planeando una traición?
—¡N-no! Yo solo soy…… solo soy una empleada.
Ellie se defendió de inmediato. ‘Solo una empleada’. Eso significaba que era alguien tan común y reemplazable como las piedras del jardín. ¿Qué iba a saber ella? Ellie, como todos los demás, se pasaba el día limpiando cenizas de carbón y trapeando el piso.
Pero parece que eso no bastaba para probar su inocencia. El hombre afirmó con una voz que daba miedo:
—Trabajar para un traidor ya te hace culpable.
—No es que…… trabajara para él exactamente…….
Ellie dejó la frase en el aire. Ella trabajaba para sí misma y para sus hermanos menores. Trabajaba por la plata, no es que le tuviera una lealtad tremenda. Aunque, claro, cuando recibía su sobre con la paga semanal, sí se sentía agradecida.
El hombre desordenó unos papeles sobre el escritorio como si no fuera la gran cosa. El corazón de Ellie empezó a latir tan fuerte que sentía que se le iba a salir del pecho. ¿Estaría escrita ahí su sentencia? Algo como: ‘Limpió la oficina del traidor’ o ‘Le encendió la chimenea al traidor’.
Una hoja salió volando y cayó debajo del escritorio. Ellie abrió los ojos de par en par y se quedó mirando el papel fijamente. Mientras ella trataba de descifrar letras que claramente no alcanzaba a ver, el hombre le dijo con total indiferencia:
—El conde será ejecutado pronto. También su esposa y su hijo.
Al oír la palabra ‘ejecutado’, el corazón de Ellie, que estaba a mil, se detuvo en seco. Nunca había visto algo así en persona, pero había leído las noticias en el periódico. Decían que en una plaza les cortaban el cuello así, de un tajo.
En su pueblo, lo más grave que podía pasar era un robo. Si alguien se emborrachaba y armaba chongo, todos se juntaban para darle su buena tunda y botarlo del pueblo. Y aun así, si después de un tiempo el tipo asomaba la cara de nuevo, se hacían los locos y lo dejaban estar.
Ellie se imaginó tres cabezas rodando por la plaza. No sabía mucho de los condes, pero el hijo, William, sí que era un tipo pesado que se lo buscaba… aunque, pensándolo bien, quizá no era para tanto.
Entonces, el hombre añadió con frialdad unas cuantas cabezas más a la imagen que ella tenía en la cabeza.
—Y también, todos los que trabajaron para la familia Stoner.
De pronto, un montón de cabezas empezaron a caer en su imaginación. La cabeza de cabello castaño de Ellie también rodó por el suelo de piedra. Con cara de espanto, ella alcanzó a tartamudear:
—E-eso es un poco demasiado…….
El hombre volvió a quedarse callado. Ellie puso a trabajar a mil su cabeza (que todavía estaba en su sitio). Como no tenía estudios ni a nadie poderoso que le diera el espaldarazo, no tenía idea de cómo salir de este embrollo.
Pero no podía dejar que se la llevaran al matadero sin decir ni pío. ¿Qué pasaría si le sucedía algo? El futuro de sus hermanitos, que aún eran niños, se volvería una total incertidumbre.
Lo único que Ellie podía esperar era que este gran señor, cuyo nombre ni sabía, se diera cuenta de que Ellie Brewer era un ser tan insignificante que ni valía la pena matarla.
Agachó la cabeza todavía más. Vio su delantal blanco, todo arrugado. Ellie lo apretó con fuerza y dijo:
—Pero si yo solo soy una empleada…….
—Eso no me importa.
La respuesta fue tan seca y cortante que Ellie se quedó muda. ¿Así de simple se iba a acabar su vida? Los ojos se le llenaron de lágrimas al instante. Se mordió los labios con fuerza para no soltar el llanto.
Pero el tipo era un frío de alma, de esos que no tienen sangre en la cara. Le asestó el golpe final con voz gélida:
—¿Tienes algo que decir antes de terminar?
Seguro se refería a sus últimas palabras. A su edad, con toda la vida por delante, ¿quién iba a andar pensando en testamentos? Ellie, con un nudo en la garganta, empezó a decir:
—A mis hermanos…….
Lo primero que se le vino a la mente fueron Marcus, Matthew y Amy. Las caritas de sus adorados hermanos. En este mundo tan cruel, donde te cortan el cuello solo por limpiar una casa ajena, ¿podrían esos niños salir adelante solos?
‘Perdónenme por no cuidarlos hasta el final’. Pero no había palabras que pudieran transmitir lo que sentía. Es más, quizá solo les causaría más dolor.
‘Mejor desaparezco sin hacer ruido’. Así pensarían que simplemente fue una irresponsable y se escapó. Al final, no pudo decir nada y solo negó con la cabeza.
—No, no es nada…….
No tenía más arrepentimientos. Solo le rogó a Dios que su tía tuviera algo de piedad. Al menos hasta que Marcus fuera mayor de edad.
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