Sirvienta X Sirviente - 50
¿Qué demonios había pasado? De un momento a otro, los soldados irrumpieron en la mansión del conde y se llevaron a todos. Al conde, a su familia, a los invitados e incluso a los sirvientes. Sin excepciones.
Ellie, siendo una simple mucama, no tenía forma de entender la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Junto con otras sirvientas, fue empujada a un carruaje sin ventanas que olía a paja vieja y al sudor frío del miedo. El carruaje traqueteaba sin descanso, pero era imposible saber hacia dónde se dirigían. Una joven lavaplatos sollozaba a su lado.
—Buaaa…
—Tranquila, no pasará nada.
la consoló un lacayo, aunque el temblor en su voz lo delataba.
Por mucho que vistieran uniformes impecables y fingieran elegancia junto a sus señores, no dejaban de ser trabajadores contratados. Si incluso los nobles estaban siendo arrastrados con sogas, ellos no tenían ni la menor capacidad para comprender la situación.
Ellie también estaba aterrada. ¿Cuánta gente llega a ver a tantos soldados en toda su vida? Aun así, intentó mantener la calma. ‘No he hecho nada malo, esto se resolverá pronto’, se repetía.
Lo que más le angustiaba era el paradero de Daniel. Había desaparecido en medio del caos y no lo había vuelto a ver. En esa confusión era imposible encontrarlo. Y para colmo, Ian tampoco aparecía por ningún lado. Solo esperaba que estuvieran a salvo. No era momento de preocuparse por otros, pero un mal presentimiento le oprimía el pecho.
—¡Bajen todos!
El carruaje se detuvo en un descampado rodeado de edificios grises y muros altos. Otros carruajes ya estaban allí. Soldados con uniformes azules rodearon a los recién llegados. Parece que a los nobles se los llevaron a otro lugar, pues aquí solo estaban los sirvientes de los Stoner y los escoltas de los invitados.
Un soldado con una linterna verificaba los rostros uno a uno, clasificándolos: hombres, mujeres, adultos, niños. Pronto se formó una larga fila. Ellie esperaba su turno, con el corazón en la boca.
De repente, un oficial con un sombrero llamativo se acercó a la fila. Tras observar detenidamente a los presentes, le hizo una seña a Ellie.
—Tú, la de ahí. Sígueme.
—¿Yo…?
balbuceó ella.
El hombre frunció el ceño con rudeza. Ellie, a punto de llorar, salió de la fila. Por su mente pasaron mil desgracias. Había oído historias de mujeres que sufrían abusos en las prisiones. ¿Acaso le había tocado un tipo con malas intenciones? ¿O la iban a usar como ejemplo para darles una paliza a los demás?
Sin embargo, la realidad volvió a ser distinta a sus temores. El soldado la llevó hacia un edificio enorme, más parecido a un castillo que a una casona. Subieron escaleras oscuras, guiados solo por la pequeña linterna del guardia. Ellie caminaba con cuidado, sintiendo bajo sus pies la suavidad de una alfombra costosa. ¿Qué lugar era este?
Llegaron a una habitación apartada. El hombre abrió la puerta y le indicó con un gesto que entrara.
—Adentro.
La habitación estaba tan oscura como el pasillo. Ellie cruzó el umbral con dudas y, de inmediato, escuchó el estruendo de la puerta cerrándose tras ella. Se quedó en tinieblas totales mientras el sonido de las botas del guardia se alejaba.
Asustada, miró a su alrededor. ¿Era una celda? Pero a medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, vio que el lugar era amplio. Había cortinas gruesas, una cama con dosel y hasta una pequeña mesa de té. Era una habitación demasiado lujosa para un prisionero; parecía más bien un cuarto de invitados.
Estaba agotada, pero no se atrevió a echarse en la cama. Se acurrucó en un rincón desde donde pudiera ver la puerta. El aislamiento alimentaba su pánico. Pasó la noche en vela, esperando que alguien entrara.
En algún momento debió quedarse dormida, porque cuando volvió a abrir los ojos, el sol ya estaba saliendo. La luz del alba se colaba por las rendijas de las cortinas. Al observar mejor la habitación bajo la claridad, confirmó que era exquisita, llena de cuadros y adornos que no envidiarían a los aposentos de la condesa. Pero nada de eso cambiaba el hecho de que estaba encerrada.
Escuchaba pasos ocasionales afuera. Cada vez que ocurría, se encogía más, temiendo que vinieran a llevarla al patíbulo. Pero los pasos siempre pasaban de largo. Después de varias veces, empezó a desear que alguien entrara de una vez. ¿Se habrían olvidado de ella?
No podía evitar pensar en Daniel. Si él estuviera aquí, no tendría tanto miedo. Él le diría que no fuera exagerada y la tranquilizaría con su tono indiferente.
El cansancio mental la vencía. Sus párpados pesaban horrores. Justo cuando luchaba por no dormirse de nuevo, la puerta se abrió de par en par. Ellie dio un brinco. En el umbral apareció un soldado diferente, vestido con un uniforme rojo.
—Salga.
dijo él con voz seca.
Había llegado el momento. Ellie se levantó con dificultad.
—Ayyy…
se quejó en un susurro.
Tenía las piernas entumecidas por haber estado acurrucada toda la noche. Se frotó los muslos haciendo una mueca de dolor, mientras miraba de reojo al hombre, tratando de adivinar su destino.
El soldado no la presionó a pesar de que Ellie se movía con torpeza. De hecho, ni siquiera la miraba. Aunque su cuerpo estaba orientado hacia ella, sus ojos permanecían fijos en el vacío, con una frialdad desprovista de cualquier emoción.
Aun así, emanaba una presión abrumadora. Ellie apresuró el paso con sus piernas aún entumecidas. Cada vez que apoyaba el pie, un pinchazo de dolor le recorría la planta, sacándole una pequeña lágrima. En cuanto ella salió al pasillo, el hombre giró sobre sus talones con brusquedad.
—Sígame.
Al igual que anoche, no hubo más explicaciones. Sin embargo, el tono era muy distinto al del soldado anterior. No se podía decir que fuera amable, pero se comportaba con una cortesía impecable y rígida.
Era extraño. Si se hubieran equivocado de persona, ella seguía vistiendo su uniforme de mucama: el vestido negro con delantal blanco. Ellie estaba desconcertada, pero no se atrevió a preguntar. ‘Quizás este soldado simplemente es una persona muy educada’, pensó para sus adentros.
El hombre avanzaba a grandes zancadas sin mirar atrás. Ellie, con los hombros encogidos, lo seguía a paso rápido y corto.
El pasillo era inmenso, decorado con papel tapiz rojo y una hilera interminable de marcos dorados de gran lujo. El cristal de las ventanas era transparente como el agua y cada cortina era una obra de arte. Los jarrones y esculturas colocados estratégicamente eran de una belleza delicada.
Pero en lugar de admirar el lugar, Ellie se sentía cada vez más intimidada. Este interior era mucho más imponente que la mansión del conde. ¿Qué clase de alta personalidad viviría en un sitio así? Tenía una ligera sospecha basada en lo que había escuchado la noche anterior, pero se esforzaba por negarlo.
‘No puede ser’. Ella venía de una familia humilde de campesinos. Eso significaba que, para bien o para mal, no debería tener ningún vínculo con un lugar tan majestuoso. Era mucho más natural pensar que había escuchado mal.
Al final del pasillo aparecieron unas escaleras. El soldado empezó a subir en lugar de bajar. Ellie echó una mirada fugaz hacia atrás antes de volver la vista hacia la empinada subida.
No había nadie más en el camino aparte de ellos dos. ¿A dónde se habrían llevado a los demás? ¿Los habrían separado para que no pudieran ponerse de acuerdo en sus declaraciones? Recordaba haber leído algo así en un libro. Pero ella no tenía ninguna declaración que preparar…
El hombre, que ya había llegado al descanso de la escalera, la observaba en silencio desde arriba.
—¡Ah…!
Ellie, sobresaltada, subió los escalones que le faltaban a toda prisa. Solo entonces él retomó la marcha.
Ella miró hacia abajo a través de la barandilla. ¿Qué pasaría si saltara ahora mismo e intentara escapar? ¿Sería posible burlar a un hombre, encima a un soldado? Imposible. Seguramente solo conseguiría que le inventaran algún cargo falso.
Cruzaron otro pasillo. Para el ritmo de Ellie, los pasos del hombre eran demasiado veloces. Cuando empezó a jadear por la falta de aire, él se dio la vuelta y suavizó un poco la marcha.
Finalmente, el soldado se detuvo frente a una puerta pesada y maciza. Llamó suavemente y de inmediato giró el pomo. Ellie inhaló profundamente al ver cómo la puerta se abría con lentitud. Estaba segura de que uno se sentía exactamente así al estar frente a las puertas del infierno.
El soldado golpeó sus botas con firmeza y anunció hacia el interior de la habitación:
—Aquí está la invitada.
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