Sirvienta X Sirviente - 49
Para Ellie, eran un montón de platos de los que no sabía ni el nombre. Pero se veían tan provocativos que se le hacía agua la boca de solo mirarlos. Por lo general, la comida que sobra después de un banquete es para la gente de la cocina, pero con tanta comida, pensó que los demás también tendrían el chance de probar algo rico.
Ellie agarró un plato pesado. El olor a cordero asado estaba tan bueno que no dejaba de pasar saliva. Se relamió los labios y chequeó a su alrededor de reojo; si Daniel la ampayaba mirando la comida con esas ganas, seguro se burlaría de ella otra vez.
Pero hasta que llegó a la casa principal, Daniel no asomaba por ningún lado. Ahora que lo pensaba, no se lo había cruzado para nada en todo el rato. Ellie seguía ojeando por todos lados. ‘¿Se habrá ido a manguerear a alguna parte?’, pensó.
Asomó la cabeza por el pasillo de servicio. A diferencia del laberinto de gente que había adentro, el frente del salón de recepciones estaba bien tranquilo. Encabezados por los Condes Stoner, empezaron a aparecer caballeros y damas bien entacuchados, caminando en parejas. Ellie escondió la cabeza al toque para que no la vieran.
La música hermosa de la orquesta retumbaba hasta el pasillo, los invitados entraban al salón caminando por la alfombra que las mucamas habían estirado con tanto esmero. Una vez que entró el último invitado, las puertas se cerraron por completo.
Al final, parecía que a nadie más que a Ellie le importaba que Daniel no estuviera. La verdad es que con tanta gente era imposible ponerse a contar quién estaba y quién no. Si no veías a alguien, simplemente asumías que estaba trabajando en algún rincón y ya.
Desde que entran los invitados, las mucamas ya no pueden poner un pie en el salón. Toda la comida, el trago y los platos limpios que habían traído pasaron a manos de los lacayos, que hoy andaban más elegantes que nunca.
—¿Eso es todo?
—No, todavía falta que traigan más.
—Pásame eso para acá.
El plato que trajo Ellie también terminó en manos de un lacayo y se fue para adentro del salón. Le dio un poco de pena; hasta hace un ratito todos andaban correteando ahí, ahora ni siquiera podían entrar.
Al menos, las mucamas tuvieron un ratito de descanso. Cansadas de tanto esfuerzo, algunas se apoyaron contra la pared y otras se acurrucaron en el suelo para recuperar fuerzas. Betty, apoyada toda chueca contra la pared, empezó a quejarse:
—Unos se matan haciendo todo y otros se llevan los aplausos. En momentos así, de verdad que se me quitan las ganas de todo.
—¡Shhh!
Su amiga miró de reojo a Sarah. Betty se encogió de hombros y le respondió:
—¿Qué tiene? Si estamos entre nosotros.
Sarah tampoco dijo nada. Al final, eso de ser la jefa de mucamas solo servía entre los empleados; para los del salón, ella estaba en la misma situación de no poder entrar.
Ellie, acurrucada en el suelo, apoyó la barbilla en sus rodillas. Nunca se había puesto a pensar como Betty, total, los lacayos también estaban haciendo su chamba. Pero sí le daba un poquito de curiosidad no poder ver la fiesta; en la casa del barón Myers nunca habían tenido tantos invitados.
Cada vez que un lacayo entraba o salía, se colaba el sonido de los instrumentos y las risas. Era como si hubiera otro mundo ahí mismo, separado solo por una pared. Ellie, de pura curiosa, intentó mirar por la rendija de la puerta, pero lo único que llegó a ver fue el resplandor de las luces.
Un lacayo que andaba hurgando en las cajas de licor dijo:
—¿Esto es todo lo que hay de champán? Alguien tiene que bajar a traer más.
Las mucamas que estaban cerca se hicieron las locas al toque, como si se hubieran puesto de acuerdo. Ellie, que andaba distraída, terminó cruzando mirada con el lacayo. Él agitó la botella que tenía en la mano como apurándola.
—Parece que falta champán.
—Eh… ¡ya! Yo voy.
Ellie dio media vuelta apurada. Después de caminar un trecho, miró hacia atrás y vio que nadie la seguía. Tampoco es que esperara que los demás fueran solidarios con ella; solo le hubiera gustado que su roommate apareciera de la nada para ayudarla.
Mientras cruzaba el pasillo del ala lateral, escuchó el relincho fuerte de un caballo. ‘¿Se habrá asustado el caballo de algún invitado por el ruido?’, pensó Ellie sin darle mucha importancia mientras bajaba las escaleras.
Llegó al sótano, rodeado de muros gruesos de piedra. El aire estaba tan frío que hasta se sentía medio tétrico. Al fondo, cerca de la bodega de licores, un lacayo sentado en una silla plegable la vio primero.
—Hola, Ellie. Hoy nos estamos viendo a cada rato, ¿no?
—Eh… hola.
Ellie saludó toda nerviosa. ‘¿Lo habré visto antes?’, se preguntó. Como no le prestaba atención a nadie, no estaba segura. A decir verdad, quitando a Ian, ni siquiera podía distinguir bien las caras de los otros lacayos.
Hablando de eso, ‘¿lo he visto a Ian hoy?’. Tampoco se acordaba. Daniel e Ian andaban desaparecidos. ‘¡No me digas que esos dos están juntos! ¡¿Qué estarán tramando?!’.
El lacayo que estaba de guardia en el almacén se veía aburrido porque no dejaba de darle conversación.
—¿Cómo va todo arriba? ¿Falta mucho para que acabe?
—No sé bien. Dicen que falta champán…
—Uf, entonces falta un montón todavía.
Se rascó la cabeza y tocó la puerta cerrada: toc, toc. La puerta se abrió de porrazo y asomó Robin, otro lacayo.
—¿Qué pasa?
—Dicen que falta champán.
—¿Otra vez? Espera.
Robin volvió a salir con una caja de madera llena de botellas. Al ver a Ellie ahí parada, se sorprendió.
—¿Estás sola?
—Sí…
Ellie asintió con dudas. ‘¿Podré subir esto yo sola?’, pensó. La verdad, no se tenía mucha fe. El lacayo chasqueó la lengua como diciendo ‘ya me lo imaginaba’. Ellie sintió que la cara le quemaba de la vergüenza; de seguro todos se acordaban de su bronca con Betty.
Robin se echó la pesada caja al hombro y le dijo:
—Yo te la subo. Vamos.
—Ah, ya.
Robin se adelantó con paso firme hacia las escaleras. Si seguían así, no había tenido sentido que Ellie bajara. Ella, apurada, estiró las manos.
—No, no te preocupes. Yo la cargo.
—Si esto se llega a caer, nos botan a los dos, ¿sabías?
Robin lo dijo en tono de broma, pero la verdad es que la cosa era seria. Aunque no los botaran, era fijo que les caía su buen descuento en el sueldo. Y esta vez, por un buen tiempo.
A pesar del peso, el tipo subía las escaleras al toque. En el pasillo oscuro y con las gradas húmedas, Ellie pisó mal y se resbaló. Robin, reaccionando rápido, la sujetó del brazo.
—Ten cuidado, por acá siempre está resbaloso.
—Ay, gracias.
Ante su agradecimiento, Robin soltó una sonrisa tímida. Ellie volvió a entender por qué tantas empleadas terminaban enamorándose de los lacayos. En una vida tan pesada donde nadie te da una mano, que alguien te trate con esa caballerosidad después de una jornada agotadora, pucha, cualquiera se deja envolver.
Pero Ellie no se iba a dejar llevar por una atención tan simple. Ella no necesitaba a ningún hombre. ¡Para eso tenía a su roommate que siempre salía al frente por ella! Al pensar en eso, en vez de animarse, se puso más triste; total, parecía que su amiga la había dejado de lado para irse con un tipo.
Mientras caminaban hacia la casa principal, Robin la miraba de reojo a cada rato. Cuando ya casi llegaban al salón, él se armó de valor y soltó:
—Oye, quería decirte…
Ellie levantó la mirada. Justo cuando Robin iba a hablar, un grito agudo retumbó a lo lejos.
—¡¡¡Aaaaaaaaah!!!
—¿Qué fue eso?
Robin y Ellie corrieron hacia el salón sin pensarlo. Vieron a los empleados amontonados sin saber qué hacer y a Sarah tirada en el suelo. Y frente a ella, quien la miraba desde arriba, era un soldado con la espada desenvainada. De pronto, un montón de soldados con sables en la cintura y fusiles al hombro entraron en mancha. El sonido seco de sus botas militares contra el suelo hacía que a cualquiera se le encogieran los hombros por el miedo.
Un lacayo ayudó a Sarah a levantarse rápido. Ella, aun con esos hombres armados al frente, les habló con voz firme:
—No pueden hacer esto. Voy a llamar al mayordomo para que hablen con…
Pero sus gritos no sirvieron de nada. El soldado que iba a la cabeza ordenó con frialdad:
—Sáquenlos a todos.
—¡Sí, señor!
Los soldados empujaron a los empleados que intentaban estorbar y abrieron las puertas del salón a la fuerza. El alboroto no era solo en el pasillo de servicio; otros soldados habían entrado por la puerta principal y ya estaban invadiendo el salón por el otro lado.
Lo que siguió fue un caos total. La música se cortó en seco y solo se oían gritos y alaridos. Los hombres intentaban esconder a sus mujeres detrás de ellos, pero a los militares no les importó nada: agarraron a los nobles y los empezaron a amarrar.
Conde Stoner, rojo de la furia, levantó la voz:
—¡¿Cómo se atreven?! ¡¿Saben acaso dónde están?!
El hombre que parecía el jefe se quedó mirando las caras de los empleados un momento. Ellie, al cruzar mirada con él, se asustó y se encogió. Él le susurró algo al soldado que tenía al lado y caminó hacia el centro del salón.
Levantó su espada en alto. La hoja afilada brillaba de forma peligrosa. Al reconocer el arma —y darse cuenta de quién había enviado al ejército—, Conde Stoner se quedó con la mirada perdida, totalmente derrotado. El hombre gritó con una voz que retumbó en toda la mansión:
—¡Llévense a todos los traidores! ¡Es una orden de Su Majestad el Rey!
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