Sirvienta X Sirviente - 48
Por fin amaneció el día del banquete. Durante todo este tiempo, las empleadas habían barrido, trapeado y sacado brillo a cada rincón donde un invitado pudiera poner un pie o la mirada.
En un día tan movido como hoy, cambiarse de uniforme era un lujo. Se pusieron su ‘ropa de batalla’ —el vestido negro con el delantal blanco bien almidonado— y se juntaron en el hall de empleados desde la madrugada. Todas estaban con una cara de sueño que no podían con ella, pero sus ojos estaban bien alertas. Hoy no se perdonaba ni el más mínimo error.
Frente a las empleadas, que estaban más tiesas que un poste por los nervios, apareció la señora Wise. No por las puras era la ama de llaves; aunque se había rajado trabajando con todas, no se le notaba ni una pizca de cansancio.
Con una postura más firme que nunca, la señora Wise tomó la palabra:
—Han hecho un gran trabajo estos días.
Como si lo hubieran estado aguantando, se escucharon suspiros de alivio por todos lados. De verdad que terminar los preparativos en una semana fue una hazaña. Eran días de puro sufrimiento que nadie quería repetir.
Daniel, con su cara de siempre, miraba hacia la nada. Esta era la última mañana que empezaba en este lugar. Comparado con todo el tiempo que llevaba infiltrado, estos últimos días no habían sido nada. Si algo le fastidiaba, era que el tiempo no pasara más rápido.
Ahora que llegaba el día D, sentía un poquito de nervios. Si todo salía según el plan, esta misma noche podría quitarse todo el cansancio de encima con una buena taza de té.
Pero todavía era muy pronto para que las empleadas se quejaran o para que Daniel celebrara. El banquete ni siquiera había empezado. La señora Wise siguió hablando:
—Solo un esfuerzo más por hoy. Me han dicho que todos tendrán libre el fin de semana.
Las chicas empezaron a murmurar emocionadas. Ya tenían el bono asegurado, si encima les daban descanso, era un premio redondo. Además, mañana era el día de pago, el que todas esperaban con ansias.
Ellie también estaba ilusionada, con los ojos que le brillaban. ‘Si mañana descanso, qué me importa si hoy me rompo el lomo trabajando. Voy a darle con todo para asegurar mi bono’, pensó.
Daniel la miró con preocupación al verla tan motivada. De nada le servía sacarse el ancho, porque al final ni iba a oler la plata del bono.
Pero Ellie no tenía ni la más mínima idea de lo que él pensaba. Apenas salió del hall, cerró los puños con fuerza, bien pilas.
—¡Vamos con todo!
—Ya, bájale un cambio.
—¿No escuchaste? ¡Mañana descansamos! ¡Voy a trabajar el doble de duro!
Daniel soltó un suspiro. Él ya le había advertido, así que ya no era su responsabilidad.
Ellie estaba tan decidida a gastar hasta su última energía que andaba al vuelo desde temprano. Ni se quejó cuando almorzó un pan con carne a la volada. Al contrario, comía de forma casi agresiva porque decía que tenía mucho que hacer. Lo único que Daniel pudo hacer fue pasarle un poco de su propia comida.
Y empezó el ajetreo de verdad. Pusieron una alfombra roja desde la entrada hasta el salón, unos expertos vinieron de afuera para decorar todo con flores. Las empleadas no paraban de correr por toda la mansión.
—¡Ayúdame aquí!
—Mira, el borde tiene arrugas. Llévalo abajo para que lo planchen otra vez.
—¡No, eso no! Tráeme los candelabros que limpiamos ayer.
Gritos por todos lados, encima los músicos que habían llegado temprano estaban afinando sus instrumentos. Con tanto ruido, Ellie sentía que la cabeza le iba a explotar. Trabajaba y trabajaba como si estuviera en trance.
—¡Ellie! Anda abajo y trae más bandejas.
—Diles que suban los individuales también.
—¡Ya voy!
Para colmo, a ella le llovían los mandados. Tenía que ir y venir de la cocina al salón el doble de veces que las demás. De tanto subir y bajar escaleras, sentía que las piernas se le doblaban. Así es el derecho de piso de las nuevas, pues.
Todavía faltaba un montón para que termine el día y ya estaba muerta. Ellie iba caminando con la cabeza gacha hacia el pabellón anexo cuando alguien gritó fuerte:
—¡Cuidado, abran paso!
Ellie se pegó a la pared al toque. Unos mozos pasaron cargando cajas de madera llenas de licores que ella no había visto en su vida. De repente, una sola de esas botellas costaba más que todo su sueldo de un año.
‘Dijeron que era un banquete chico… si esto es chico, no me imagino cómo será uno grande’, pensó. Mientras seguía caminando toda bajoneada, vio a Daniel unos metros más allá.
En medio de todo ese chongueo, él estaba ahí, como si nada de ese caos tuviera que ver con él, mirando muy concentrado por la ventana. Ellie se acercó a él rapidito.
—¿Diana?
Daniel volteó a verla. Tenía una mirada algo sombría que a ella le pareció extraña. Ellie ladeó la cabeza, confundida.
—¿Qué haces aquí?
—Nada
respondió él como si nada y se dio la vuelta.
‘Aquí hay algo raro’, pensó ella. Estiró el cuello para ver qué era lo que él estaba mirando, pero lo único que vio fue al viejito que cuidaba la puerta, que hoy se había puesto su mejor ropa. No había nada más que llamara la atención.
‘Bueno, seguro estaba volado un ratito por el cansancio’. Como ella misma andaba de aquí para allá sin descanso, no le pareció nada del otro mundo. Ellie, fiel a su estilo, dejó pasar la duda como si nada.
Daniel se puso adelante y le dijo:
—¿Vas para la cocina?
—Sí, por las bandejas y… ¿qué más era?
—Igual tenemos que subir todo. Vamos.
Los dos cruzaron juntos al pabellón anexo. En la cocina, el movimiento estaba a forro. Para sacar la comida calientita justo a tiempo, todo el personal estaba sudando la gota gorda desde la madrugada.
—¡Te he dicho que no uses esa hornilla!
—¡Ah, ya, jefe!
—¡¿Quién puso esta olla acá?!
—¡Perdón, perdón!
El jefe de cocina no paraba de gritar, los cocineros y ayudantes corrían de un lado a otro siguiendo sus órdenes. El aire estaba pesadísimo por el vapor que salía de las ollas con agua hirviendo.
‘En ningún lado se descansa, ¿no?’, pensó Ellie asintiendo mientras miraba a su alrededor. En una mesa grande, unos jovencitos sacaban brillo a los cubiertos con trapos limpios. Las chicas encargadas de los platos secaban copas y platos ya lavados con tanto esmero que no quedaba ni una sola mancha de agua; todo quedaba popey (impecable).
El único que se daba la gran vida era el gato de la ventana. El gato negro bostezaba moviendo la cola de un lado a otro. De pronto, una de las chicas de cocina, que siempre paraba riéndose, golpeó la mesa con fuerza.
—¡Ya, llévense esto rápido!
Las empleadas, que andaban dispersas, se pusieron en fila para recibir la carga. Platos, copas y cubiertos listos para los invitados empezaron a desfilar hacia el salón de banquetes. Ellie también agarró un cerro de bandejas y se unió a la procesión.
Adelaide Stoner, vestida con un traje espectacular, bajó un ratito para ver cómo iba todo. Ellie ya no sentía ni un poquito de envidia por las asistentes personales de la señora; ya había aprendido que, aunque no se ensuciaran tanto, ellas también tenían sus propios rollos y sufrimientos.
La orquesta, que ya había terminado de afinar, empezó el ensayo general. Una música dulce, muy diferente al ruido de hace un rato, comenzó a llenar el ambiente. Ellie se puso a tararear mientras colocaba los individuales en cada mesa.
Una de las chicas, que estaba acomodando un mantel que se veía chueco, le hizo una seña:
—Oye, ayúdame aquí un toque.
—¡Ya!
Ellie fue corriendo para ayudarla a dejar la mesa perfecta. No es que de normal trabajaran mal, pero hoy todo tenía que estar de la patada (en este contexto: excelente/perfecto). Si la jefa veía algo fuera de su sitio, el bono se iba a ir a la porra.
Apenas pudo respirar un segundo y miró a su alrededor, se dio cuenta de que Daniel otra vez se había hecho humo. ‘Si subimos juntos, ¿a dónde se habrá ido ahora?’, pensó. Pero bueno, con tanto chongueo, era normal perder a alguien de vista.
Tenía que bajar otra vez para traer más cosas. Al salir del salón, escuchó a lo lejos el sonido de cascos de caballos. Ellie se acercó volando a la ventana. Bajo el cielo que ya se estaba poniendo rojizo, vio cómo las carrozas lujosas entraban una tras otra por el portón principal.
Una empleada pasó por su lado hablando solita:
—Ya están llegando los invitados.
Al escuchar eso, Ellie, que estaba ahí distraída mirando por la ventana, reaccionó de golpe. No era momento para estar de ociosa.
Ella y todas las demás bajaron corriendo a la cocina. Como ya no quedaba casi tiempo, la cocina se había vuelto una zona de guerra. El olorcito a comida rica te abría el apetito, pero no había tiempo ni para oler.
—¡Lleva esto!
—¡Esto también!
La comida lista no paraba de salir. Las empleadas agarraban los platazos con las dos manos y se movían rápido hacia la casa principal.
Asure: Lectores en general, esta novela está en la versión inglés, pero: 2 capítulos de la versión inglés hacen 1 capítulo de la versión original. Actualmente están 60 capítulos libres (equivalentes hasta el capítulo 30 de la novela original). Su versión premium está hasta el capítulo 100 (Hasta el capítulo 50 de la novela original). Ya vamos 48 capítulos, vamos avanzando, espero su apoyo acompañándome en mi blog.
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