Sirvienta X Sirviente - 47
En plena noche, el primer piso de la mansión seguía con las luces prendidas. Llevaban días así: todos los empleados de la casa se sacaban el ancho, ahorrando hasta el tiempo de comer y dormir para preparar el banquete. Ya solo faltaban dos días. Tenían que terminar de encerar el piso esta misma noche para que secara bien y poder meter los muebles mañana.
Ayer nomás se quedaron hasta las quinientas desarmando las lámparas de cristal para limpiar cada adorno y volverlas a armar. Las empleadas estaban muertas, pero seguían trabajando calladitas, bien concentradas. Ellie también estaba en las últimas, moviendo las manos por puro instinto, como si fuera un robot.
Como el evento se armó de la nada, les prometieron un buen bono a todos. Era una plata suficiente como para que nadie se quejara. Y a Ellie, ese bono le caía como del cielo; para otros era plata extra, pero para ella era la oportunidad perfecta para recuperar lo que le habían descontado del sueldo. Pero su cuerpo ya no daba más.
Sacarle brillo a ese piso de madera era un verdadero suplicio. Había que poner cera en un trapito, frotar el suelo y luego usar una escobilla dura para que entre bien en las ranuras. Y de ahí, ir retrocediendo como un cangrejo para repetir lo mismo una y otra vez.
De su boca salían quejidos sin querer, sus rodillas, que ya estaban pidiendo chepa, gritaban de dolor. Se le cerraban los ojos. Ellie parpadeó un par de veces y miró hacia atrás.
Daniel, que había hecho el mismo trabajo pesado todo el día, se veía como si nada, ni una señal de cansancio. Cuando cruzaron miradas, él le dijo solo con los labios:
—¿Qué?
—Nada.
Ellie sacudió la cabeza y siguió dándole al piso. ‘¿Acaso este no se cansa? Seguro se hace el fuerte. O de repente yo soy muy engreída’, pensó.
Terminaron de encerar cuando ya era más de la medianoche. Ahora tenían que cerrar los ojos un ratito para, en la mañana, volver a frotar la cera que no había absorbido. Apenas pararon, todos empezaron a soltar sus quejas, como si el tiempo hubiera vuelto a correr.
—¡Ay, qué sueño!
—Yo me quiero quedar a dormir aquí nomás.
—Yo también. Estoy muerto, de verdad.
Las chicas se estiraban la espalda y se sobaban los hombros después de horas de estar dobladas. Ellie también soltó un ‘¡ayayay!’ al estirar las rodillas. Tenía las piernas tan entumecidas que ni sentía que tenían fuerza.
En el trabajo pesado no había corona para nadie. Sarah, que también se había rajado trabajando, puso orden:
—Ya, todas arriba. Mañana hay un montón que hacer.
—Ya, bueno…
respondieron todas con cara de pocos amigos mientras tiraban los trapos usados en el balde de madera. Dejaron la cera y las escobillas por ahí tiradas en un rincón y se fueron yendo del salón una por una.
En estos casos, siempre le toca la limpieza a los nuevos. Ellie se puso a recoger todo lo que las demás habían tirado al suelo. Daniel también la ayudó a juntar los trapos sucios.
Ellie no paraba de bostezar. ‘Igual mañana lo vamos a usar, ¿no será suficiente con esto?’, pensó mientras soltaba un bostezo de esos que te abren la mandíbula, pero en ese momento sus rodillas, que estaban que temblaban, no aguantaron más y se le doblaron.
—¡¿Eeeh?!
Justo cuando pensaba que se iba a ir de cara al suelo, Daniel apareció al toque y la chapó del brazo.
—Ten más cuidado, oye.
—¡Me salvaste!
Ellie, aunque estaba toda doblada como un títere con los hilos rotos, soltó una risita. Al final, por más que pararan peleando como perro y gato, el único que siempre la cuidaba era su roommate.
Después de cerrar bien las ventanas, salieron al hall, pero ya no quedaba ni el rastro de las otras chicas. Ellie se paró frente a la escalera caminando como un pajarito herido. Hoy la escalera se veía más alta que nunca. Se quedó mirando los escalones con la mirada perdida.
Daniel, que ya iba subiendo a grandes zancadas, se detuvo y la miró extrañado. Ellie se armó de valor y dio un paso, pero al toque se agarró del pasamanos y se apoyó ahí. Sus piernas temblaban como gelatina; no había forma de que pudiera subir.
Casi prefería subir gateando. Miró a Daniel, que seguía ahí parado esperándola, le dijo:
—Sube tú primero. Yo voy despacito.
—¿Qué te pasa?
—No puedo caminar…
Casi al borde del llanto, Ellie se agachó y se sentó ahí mismo. Tenía unas ganas locas de quedarse a dormir en ese sitio. ‘Total, en la mañana alguien me pateará para despertarme’, pensó.
Daniel soltó un suspiro. Luego, escuchó sus pasos acercándose. Él bajó los escalones que ya había subido y la jaló del brazo para levantarla.
—Ya, levántate.
Seguro la va a ayudar a caminar, pensó ella. Por más que quisiera, no podía quedarse a dormir ahí en el suelo. Ellie hizo un esfuerzo y estiró las piernas.
Y en ese segundo, sus pies quedaron volando. Daniel la cargó de un solo tiro y se la puso al hombro como si fuera un saco de papas.
—¡¡Aaaah!!
Ellie, asustada, empezó a patalear. Daniel casi se va de avance con el movimiento, así que le dio un envión para acomodarla bien sobre su hombro y siguió subiendo.
—No te muevas, que es peligroso.
—¡Ya, bájame!
—Dijiste que no podías caminar. ¿Tienes otra idea mejor?
Ellie se quedó calladita. Era mejor esto que subir las escaleras gateando, pero… ¿estaba bien que él hiciera esto? No parecía el mismo Daniel que siempre ponía cara de asco cuando ella se le acercaba.
A Daniel se le notaba que sabía lo que ella estaba pensando, pero no le importaba ni michi. Total, ya no le quedaba mucho tiempo viviendo así, así que no tenía por qué andar cuidando las apariencias frente a los demás.
Ellie dijo toda timorata:
—Debo pesar un montón…
—Si ya lo sabes, quédate quieta nomás.
‘Ni por mentira me dice que soy flaquita’, pensó ella. Pero bueno, a caballo regalado no se le mira el diente, menos si te están cargando. Ellie se relajó y se dejó llevar como un trapo viejo.
Daniel subía las escaleras como si nada, cargándola al hombro. Normalmente, él podría cargar a dos Ellies sin despeinarse, pero por el protector que llevaba en la rodilla, le costaba un poquito mantener el equilibrio.
‘Ay, qué cómodo’, pensó Ellie. Mientras sus brazos colgaban y se balanceaban, se le ocurrió hincarle la espalda a Daniel con el dedo. Estaba dura como una piedra. Luego se tocó su propia espalda pasando el brazo por detrás. ‘Qué diferencia, de verdad. ¿Será que sus huesos son de otro material?’.
Ellie empezó a manosearle la espalda otra vez. Justo cuando pasaban por el descanso para seguir subiendo, él le soltó una advertencia con voz ronca:
—No hagas cosas de las que te vas a arrepentir, oye.
‘Qué tacaño, de verdad’. Ellie sacó la mano, toda picona.
Daniel llegó al último piso de un solo tirón, sin siquiera agitarse. A Ellie le empezó a parecer divertido y comenzó a mover los pies de pura emoción.
De pronto, entendió por qué las empleadas siempre andaban buscando novio dentro de la mansión. Es que tener a alguien así de fuerte te da una seguridad… alguien que te cuide la comida y que, si te duelen las tabas (piernas), te cargue.
Claro que ese alguien no iba a ser otra empleada. Ellie se empezó a reír solita de sus propias tonterías. Daniel miró de reojo los pies de Ellie que no paraban de moverse. Hace un rato se estaba haciendo la muerta y ahora estaba ahí, muerta de risa. Qué espesa era, de verdad.
Le daban unas ganas locas de darle un buen nalgazo, pero se aguantó. No quería terminar portándose como un patán otra vez.
En vez de eso, apenas entró al ático, tiró a Ellie sobre la cama como si fuera un bulto.
—¡Ay!
Ellie soltó un grito al sentir el porrazo contra el colchón. El agradecimiento se le esfumó en un segundo. Miró a Daniel bien asada (molesta), él le devolvió una mirada de ‘ya, pues, ¿qué vas a hacer?’.
—¿Qué?
—Gracias, pues.
soltó Ellie, toda resentida pero cumpliendo con lo que debía decir.
Al ver que sus palabras no cuadraban para nada con su cara de pocos amigos, Daniel soltó una risita. Era la misma sonrisa de siempre, pero a Ellie le dio un hincón raro en el pecho. Esa sensación extraña de querer sonreírle de vuelta sin darse cuenta.
Además, le dio una vergüenza tremenda y no quería que él se diera cuenta de nada. Así que, sin cambiarse ni nada, se tapó toda en la cama.
—Ya me voy a dormir.
—¿Sin lavarte?
—¡Por un día no pasa nada!
‘¿Desde cuándo te importa lo que hago?’
Pum, pum, pum.
Su corazón estaba que corría una maratón. Y todo era por culpa de Daniel. Por andar haciendo cosas que no suele hacer, ella terminó imaginándose cosas que no son y sintiéndose toda rara.
Daniel soltó un bufido, como diciendo ‘qué cochina’.
—Cámbiate de ropa, al menos.
—¡Aaaay, tengo sueñooo!
Ellie se hizo la loca y se tapó hasta la cabeza con la colcha. Daniel soltó un suspiro de ‘ya qué queda contigo’ y salió del cuarto calladito.
El cuarto se quedó en silencio, por eso el ruido de su corazón se escuchaba más fuerte todavía. ‘¿Habré comido algo malo?’. Pero como cenó como un camionero, no sabía qué cosa le habría caído mal. ‘O de repente es que he trabajado tanto que ya me enfermé’.
Ellie cerró los ojos bien fuerte. Estaba convencida de que era solo por el cansancio y que, cuando despertara, todo iba a estar normal. Se engañó a sí misma así, haciendo un esfuerzo.
Pensó que con el corazón latiéndole así de fuerte no iba a poder dormir, pero su cuerpo estaba tan molido que no le hizo caso a sus sentimientos. Antes de que pudiera pensar en otra cosa, el sueño se la llevó de encuentro.
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