Sirvienta X Sirviente - 46
Pero no había forma de inventar una excusa. Jane cerró la boca de golpe y Ellie, con una cara de querer ponerse a llorar en cualquier momento, tampoco pudo decir ni pío.
‘Si me botan ahorita, ¿qué voy a hacer?’, pensó Ellie. Si la despedían así, era obvio que no le darían ni una carta de recomendación. ¿Y qué les diría a sus hermanos? ¿Cómo le daría la cara a su tía?
Se sintió un silencio pesadísimo. A veces, un silencio así da más miedo que la peor de las puteadas. Jane y Ellie se quedaron mirando el piso, sin levantar la cabeza. Finalmente, la señora Wise dictó su sentencia:
—A las dos se les descontará el sueldo por dos semanas. Si no les gusta, pueden irse ahorita mismo.
Para Ellie, que vivía ajustada y necesitaba cada centavo, ese descuento fue como si le cayera un rayo encima. Pero no se atrevió a reclamar; mil veces prefería el descuento que quedarse en la calle.
Apenas salieron de la oficina, Jane fue la primera en saltar, toda indignada:
—¡Ay, no! ¿Eres tonta o qué? ¡Qué rabia, nos van a quitar plata!
—¡Pero si tú fuiste la que me pidió cambiar! ¡Tú dijiste que te hacías responsable!
le gritó Ellie, sin quedarse callada. Al final de cuentas, todo este chongo se había armado por hacerle el favor a ella.
La razón del problema era simple: Ellie, haciéndole caso a Jane, se fue a limpiar la biblioteca, que era el sector que le tocaba a ella. Y ahí estaba Betty. Como Betty ya le tenía el ojo puesto a Ellie desde hacía tiempo, ni loca se iba a hacer la de la vista gorda con el cambiazo.
¿El resultado? El dinero para los útiles nuevos de sus hermanos y para poner algo rico en la mesa se había hecho humo. Ellie tenía motivos de sobra para estar que echaba chispas.
—¿Y ahora qué vas a hacer? ¡Hazte cargo!
—¿Yo por qué? ¡Solo tenías que pedirle perdón a ella y listo! ¿Tanto te costaba hacer eso?
—¡Debiste avisarme antes!
Las dos se pusieron a gritarse, con la vena del cuello hinchada de la cólera. Y como estaban haciendo todo ese escándalo frente a la puerta, obvio que se escuchó adentro. La señora Wise salió volando de la oficina.
—¡Si no quieren ponerse a empacar sus cosas ahorita mismo, más les vale que regresen a sus puestos ya!
—Sí…….
respondieron sumisas.
Ellie subió las escaleras arrastrando los pies hacia el segundo piso. Menos mal no se cruzó con William Stoner, pero la mirada de resentimiento de Lucy hizo que se le revolviera el estómago otra vez.
‘Sí, pues, todo es mi culpa por no haberle dicho que no de frente’, se recriminaba. Trataba de consolarse pensando que al menos no la habían botado, pero mientras más lo pensaba, más le hervía la sangre. ¿Acaso Jane no podía pedirle perdón, aunque sea, después de haberle causado semejante perjuicio?
Ahora que Amanda ya no estaba y que Daniel se había ido por el día, no tenía con quién desahogarse. Ellie se pasó todo el día trabajando, tragándose su propia rabia.
Cuando finalmente regresó al ático, molida y con el ánimo por los suelos, ahí estaba Daniel, que acababa de volver de su salida.
—¡Diana!
Era una mezcla de alegría por verlo y de cólera acumulada. Ellie corrió hacia él casi llorando. Daniel, que estaba sentado en la cama tratando de poner sus ideas en orden, se asustó y se echó hacia atrás.
—¿Qué te pasa? ¿Qué fue?
—Es que no sabes lo que pasó hoy…
Ellie se sentó en el borde de su cama y empezó a soltarlo todo. Como había estado aguantándose todo el día, le contó con lujo de detalles todas las barbaridades que había hecho Jane.
Daniel la escuchó en silencio, sin interrumpirla. Pero cuando ella terminó de hablar, la reacción de él la dejó más decepcionada que antes.
—No es para tanto.
—¿Qué?
Ellie abrió los ojos de par en par. No es que esperara que Daniel fuera corriendo a pegarle a Jane, pero al menos podía haberle dicho algo para consolarla. Él sabía perfectamente lo mucho que ella necesitaba ese dinero.
—Diana, de verdad que tú eres…
Estaba tan indignada que ni siquiera le salían las palabras.
Claro, pensándolo bien, él siempre era así. Una cosa era que no soportara las injusticias y otra muy distinta que se pusiera de tu lado. Podía sentir lástima por ella, pero no había una verdadera amistad de su parte. Ellie se dio cuenta de que ella era la única que creía que eran amigos de verdad; su relación con Daniel no era más que un cariño no correspondido.
Al llegar a esa conclusión, Ellie se levantó de un salto y se fue a su cama.
—Ya, bueno, fue mi culpa. Ya lo sé.
—Lo que quiero decir no es eso, es que…
Daniel abrió la boca para tratar de explicarse, pero no podía decirle la verdad. No podía decirle que, de todos modos, ella ni siquiera llegaría a cobrar esas dos semanas de sueldo con descuento, y que con suerte recibiría el pago de una semana más.
Ellie empezó a hurgar entre su ropa para sacar su pijama.
—No importa, es problema mío… No te metas. Me voy a lavar.
Ellie salió del cuarto pisando fuerte, haciendo notar que estaba asada. Daniel se quedó ahí sentado, con cara de tonto, sin saber qué hacer.
Soltó un suspiro. Ya no había vuelta atrás. Pensó que, por más molesta que estuviera, no le duraría mucho; después de todo, siempre era así.
Y tal como él sospechaba, Ellie nunca llegó a recibir ese segundo sueldo con descuento.
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A diferencia de lo que pensaba Daniel, a Ellie no se le pasó el berrinche tan rápido. El sábado, después de recibir su sobre de pago —que de verdad estaba bien flaco—, se puso todavía más especial.
Cada vez que se cruzaba con la mirada de Daniel, soltaba un ‘¡ja!’ y le volteaba la cara. Pero, al ver que seguía cuidando su sitio al lado de él como si fuera oro, estaba claro que más que estar asada de verdad, lo que quería era que él se diera cuenta de que le había dolido el gesto.
Justo ahora pasaba lo mismo. Estaban cenando tarde y Daniel pasó la mitad de su carne al plato de Ellie.
Ella estuvo a punto de soltar una sonrisita, pero en cuanto cruzó mirada con él, ¡pum!, otro ‘¡ja!’ y le quitó la vista. Eso sí, pinchó la carne con el tenedor con fuerza y se la metió a la boca. La carne no tenía la culpa de nada, pues.
Daniel soltó una risita, incrédulo. En ese momento, Angela entró corriendo al comedor.
—¡Tengo un chisme buenazo!
—¿Qué cosa?
respondió una de las chicas que estaba cerca de la puerta, sin darle mucha bola.
Nadie esperaba gran cosa, porque Angela era de las que armaba un escándalo hasta por un gato techero. Pero esta vez era distinto. Angela gritó tan fuerte que hasta el último rincón del comedor se enteró:
—¡Va a haber una fiesta la próxima semana!
A todas se les abrieron los ojos como platos. Hasta el lavaplatos, que andaba de aquí para allá con las fuentes, se quedó tieso del asombro. Los lacayos se pararon de un salto y rodearon a Angela.
—¿La próxima semana? ¿Ya ya?
—No te creo… ¿Así de la nada?
—¿Quién te ha dicho? ¿Estás segura?
Daba igual si eran flojos o no, el asombro era justificado. Una fiesta de gala no se organiza así de porrazo; mínimo se planea con un mes de anticipación para que los invitados puedan separar su agenda.
Angela, herida en su orgullo porque dudaban de su primicia, se cruzó de brazos y dijo toda digna:
—Oye, se lo escuché clarito a la señora Wise hablando con el jefe de cocina. Es fijo.
El comedor se volvió un loquerío. Los lacayos empezaron a murmurar entre ellos.
—Asu.
—Esto va a ser un caos.
—Jeffrey, ¿me puedes dar una retocada al pelo antes de eso?
Las empleadas de limpieza también soltaron un suspiro colectivo. Para ellas no era ninguna buena noticia. ¿Quiénes creen que se iban a sacar el ancho trapeando pisos y adornando paredes hasta el cansancio?
Ellie miró a Daniel, toda confundida.
—¿Una fiesta? ¿De esas donde toman y bailan?
Daniel asintió en silencio. Una fiesta, ¿eh? Él esperaba algo más caleta, una reunión pequeña, pero parece que pensaban tirar la casa por la ventana. Y eso que ni sospechaban que ya tenían la soga al cuello.
En medio de todo el alboroto, la señora Wise entró al comedor. Los que estaban amontonados chismeando se dispararon a sus sitios y el lugar se quedó mudo, como si les hubieran tirado un balde de agua fría.
Todos clavaron la nariz en sus platos haciéndose los locos. Pero a la ama de llaves no la engañaban con actuaciones tan baratas. Con una cara de pocos amigos, soltó:
—Angela, después vas a mi oficina.
—Sí……
respondió ella toda cabizbaja.
Era obvio que le iba a caer su tatequieto por andar de oreja y chismosa. Angela se retiró bien achicada.
La ama de llaves se enderezó, se puso bien rígida y, dejando de lado la cena de los demás, captó la atención de todos.
—Como ya se habrán enterado, el próximo viernes vendrán invitados.
Se escucharon lamentos por todos lados. Querían creer que era un error de Angela, pero si la jefa lo confirmaba, era verdad. Eso significaba que, entre los preparativos y la limpieza después del tono, iban a terminar muertos.
Al ver el descontento, la señora Wise continuó:
—No se me pongan nerviosos. Son todos familiares del patrón y no pasan de treinta personas. Tómenlo como un banquete un poco más grande de lo normal, nada más.
—Ya, pues…
respondieron algunos de mala gana.
Pero quejarse no servía de nada. En cuanto la señora Wise se fue, el comedor volvió a ser un avispero.
—¡Ay, me voy a volver loca!
—¿Viernes? ¿Y qué va a pasar con mi día libre?
—Lo van a cancelar, fijo.
—¡No, qué abuso!
Ellie seguía sin entender bien la magnitud del asunto, solo parpadeaba. Pensaba que una fiesta en una mansión así de grande debía ser algo alucinante, de película. Se imaginaba que solo en flores llegaría un carruaje lleno.
En medio de todo ese ruido, Daniel e Ian se cruzaron una mirada en silencio. El próximo viernes. Por fin llegaba el momento de la verdad.
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