Sirvienta X Sirviente - 45
Las otras empleadas que habían estado limpiando el otro sector rodeaban a Daniel y piaban como pajaritos.
—¿Y? ¿Cómo fue?
—¡Ay, ya pues! Cuéntanos de una vez.
La chica que se había sentado en el sitio de Daniel —donde siempre se sentaba Ellie— no dejaba de jalarle la manga de la camisa.
‘¿De qué estarán hablando?’, pensó Ellie mientras paraba la oreja y se acercaba a la mesa con timidez. Daniel, que no se había dado cuenta de que ella estaba ahí, respondió con total desgano:
—Ya les dije que no es para tanto. Es igualita a tu habitación.
Fue una respuesta de lo más cortante. Pero, para sorpresa de Ellie, las chicas no se quejaron; al contrario, soltaron una carcajada.
—¡Qué mentiroso! No te creo nada.
—Ay, Diana, de verdad que te pasas.
dijo una, riéndose mientras le daba palmaditas en el hombro a Daniel.
Él solo frunció un poco el ceño, pero no la detuvo.
A Ellie, por alguna razón, no le hizo ninguna gracia. ‘¿Por qué se alucinan tan amigas?’, pensó. No es que le dieran celos las atenciones que ellas le daban; después de todo, Daniel nunca había sido precisamente cariñoso con ella, y aun así le gustaba.
Lo que le reventaba era que él las tratara a ellas de la misma forma que la trataba a ella. Sin aguantarse más, Ellie caminó hacia la mesa y le tocó el hombro a la empleada.
—Ey.
—¿Sí?
—Este es mi sitio.
Ellie señaló la mesa con cara de pocos amigos. Normalmente ella nunca se portaba así, porque siempre intentaba llevarse bien con todo el mundo.
La chica miró a Daniel con cara de desconcierto. En el comedor no había asientos reservados para nadie.
Daniel, en vez de meterse, solo se encogió de hombros. No dijo si Ellie tenía razón o no. La empleada hizo un gesto de fastidio, miró a ambos y finalmente se levantó.
—Ya, Diana. Ahí hablamos luego.
El ambiente bonito que había se fue al tacho. Las demás chicas se dispersaron con cara de ‘qué roche’, y la que había perdido el asiento fulminó a Ellie con la mirada antes de irse.
Ellie soltó un ‘¡ja!’ por lo bajo y se sentó. Dijeran lo que dijeran, Daniel era su roommate. Y aunque ser roommates no fuera la gran cosa, definitivamente era un vínculo más fuerte que ser un simple colega.
Solo cuando se quedaron solos, Daniel soltó la respuesta que se había guardado:
—No sé para qué insisten. No hay nada que contar.
Se le notaba aburrido, pero Ellie, en vez de sentirse victoriosa, se sintió derrotada. Le dio la impresión de que, para él, ella también era solo una colega pesada más.
—Se te veía bien divertido.
soltó ella con tono amargo.
—¿A mí?
preguntó Daniel, como si no pudiera creerlo.
A decir verdad, no es que él se viera muy feliz, pero las otras chicas definitivamente sí lo estaban.
‘¿Qué historia les habrá contado para que se rían tanto?’, pensó Ellie mientras jugueteaba con los cubiertos de la cena y soltaba la pregunta para tantear terreno:
—¿De qué hablaban?
—Tonterías.
Otra vez una respuesta sin ganas. Igual que con las otras. O quizás… hasta le pareció que con las otras había sido más amable; por algo se estaban riendo tanto.
Picada, Ellie le disparó:
—Bueno, si no me quieres contar, no me cuentes pues.
Daniel la miró extrañado. La notaba especialmente irritable hoy, como si algo le hubiera pasado arriba con los jefes.
Pero le pareció ridículo reclamarle, porque él siempre era el primero en tratarla de forma tosca. Daniel carraspeó y finalmente soltó:
—Solo me preguntaban cómo es el vestidor de la condesa.
—Ah.
Eso tenía más sentido. Como ese lugar solo lo limpian las damas de compañía, era normal que las empleadas de limpieza tuvieran curiosidad.
Pero, ¿en serio esperaban que Daniel les diera detalles? A él no le importaría ni aunque le enseñaran el joyero de la condesa; se notaba que las demás no lo conocían tan bien como ella. Ellie decidió darse por satisfecha con eso: al final de cuentas, ella seguía siendo la amiga más cercana.
Cuando empezaron a servir la comida, el comedor se quedó en silencio. Era esa hora del almuerzo formal que a veces se sentía un poco asfixiante. Daniel habló bajito, para que solo Ellie lo escuchara:
—El jueves descanso.
Ellie paró la oreja de inmediato.
‘¿Acaso me está invitando a salir? ¿Por fin vamos a ir juntos a la ciudad?’
pensó ilusionada.
Pero Daniel mató sus esperanzas con lo siguiente que dijo:
—Tú pídete otro día.
—Ya… está bien…
Fue un sueño de opio. Ellie, decepcionada, empezó a aplastar un pedazo de papa sancochada una y otra vez. Ya, que no quisiera pasear con ella era una cosa, ¿pero pedirle que ni siquiera salieran el mismo día? Eso ya era el colmo.
De pronto, se fijó en el grupo de la mesa de enfrente. Eran las mismas chicas de antes. Le dio un arranque de cólera y soltó sin pensar:
—¿Vas a salir con ellas?
—¿Qué? ¿Con quiénes?
preguntó Daniel sin entender nada.
Ellie apretó el tenedor con fuerza y lo encaró:
—Te pregunto si me estás dejando de lado porque ya quedaste con alguna de ellas para salir.
—¿Qué hablas? Tengo que hacer unos trámites solo.
—Ah, ya. Entonces no importa.
Ellie volteó la cara, toda digna. Daniel la miró frunciendo el ceño. ‘¿Qué le habrá caído mal?’, se preguntó.
Pero lo raro era que Ellie ni siquiera estaba comiendo con ganas. Ella, que amaba todas las comidas y que adoraba especialmente el almuerzo formal, hoy apenas estaba picoteando el plato.
Daniel, rompiendo sus propias reglas, trató de tantear cómo estaba ella:
—¿Estás molesta conmigo?
—¿No? ¿Por qué habría de estarlo?
respondió Ellie abriendo grandes los ojos y saltando como un resorte.
Daniel se apoyó en su mano, mirándola de costado. ‘Sí, está molesta’, concluyó.
Si las cosas fueran distintas, Daniel la habría llevado con él. No es que pudiera llevarla a los lugares bonitos que ella mencionaba en sus cartas, pero al menos pensaba invitarle algo de comer.
Sin embargo, esta vez no podía, ni tenía sentido hacerlo. Estaba claro que este sería el último día libre de ‘Diana’.
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El ser humano no puede vivir solo, definitivamente. Pasara lo que pasara, Ellie sintió el vacío de su roommate desde que empezó el día en la mansión.
Mientras desayunaba sola en un rincón apartado, Jane se le acercó.
—Oye, Ellie.
—¿Sí?
Por un momento, Ellie se ilusionó. ¿Será que la veían tan solita que por fin la iban a invitar a unirse al grupo aunque sea por un día? Pero no era más que un sueño de opio.
—¿No me podrías cambiar tu horario de hoy?
—¿Cómo que…?
—Que cambiemos mi cronograma por el tuyo, solo por hoy.
Jane soltó eso mientras le ponía su hoja de actividades en la cara. Cambiar toda la rutina así por así, sin permiso de nadie… ¿en serio se podía hacer eso?
Obvio que no. Si se pudiera, hace tiempo que todo el mundo le habría encajado las tareas más feas a los demás. Y encima, qué raro que se lo pidiera justo el día que Daniel no estaba.
Ellie preguntó, sin mucha seguridad:
—¿Podemos hacer eso así no más, por nuestra cuenta?
—Si nos chapan, yo me encargo. Entonces, ¿ya o no?
Jane se cruzó de brazos y se paró apoyada en una sola pierna. Su tono no era el de alguien que pide un favor, sino el de alguien que manda. Estaba tan segura de sí misma que Ellie, por un segundo, llegó a pensar que era su obligación aceptar.
Le daba mala espina, pero si le decía que no de frente, le preocupaba que después se la agarraran con ella. De mala gana, Ellie estiró la mano.
—A ver, déjame ver.
Jane le entregó el papel sin problemas. Para sorpresa de Ellie, el horario no estaba lleno de las tareas más odiadas. Al contrario, hasta le convenía porque así se libraba de ir al ‘cuarto de los niños’.
Aun así, no le convencía la idea. Como Ellie seguía dudando, Jane la apuró:
—Es que quiero trabajar con Lucy. Ya pues, cámbiame el turno.
—Ah… ya, está bien…
Sin poder aguantar más la presión, Ellie sacó su hoja del bolsillo y se la dio. Lucy, que estaba escondida detrás de Jane, celebró en silencio. Ellie no sabía que eran tan amigas, ¿se habrían vuelto inseparables hace poco?
Jane le arrebató el papel y dijo, toda triunfante:
—Si haces bien tu chamba, nadie se va a dar cuenta. Suerte, ah.
Ellie seguía con el ‘run-rún’ en la cabeza, pero viendo lo segura que estaba Jane, pensó que quizás era algo que se hacía a veces. ‘Bueno, ella dijo que si pasaba algo se hacía responsable, así que supongo que todo bien’, pensó.
Pero la verdad es que fue demasiado ingenua. Antes de que terminara el turno de la mañana, mandaron a llamar a Jane y a Ellie a la oficina.
La señora Wise les habló con una voz que helaba la sangre:
—¿Tienen alguna excusa para esto?
—No……
respondieron las dos al mismo tiempo.
Cada una tenía su propia versión de la historia y sus reclamos, pero ninguna era tan tonta como para ponerse a darle detalles a la ama de llaves.
La señora Wise volvió a mirar las dos hojas arrugadas y continuó:
—¿Acaso pensaron que, como nos falta gente, no las iba a despedir por ningún motivo?
En cuanto escuchó la palabra ‘despedir’, Ellie se puso pálida, se quedó sin una gota de sangre en la cara.
Jane estaba un poquito mejor que Ellie, pero perder el trabajo de la noche a la mañana también era un problemón para ella. Así que se apresuró a hablar:
—No es eso, lo que pasa es que……
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