Sirvienta X Sirviente - 44
Al verla sollozar en silencio, Daniel no pudo decir ni una sola palabra. Entre él mismo y los demás, había demasiados infelices mal de la cabeza. Soltando un suspiro, le tendió la mano a Ellie.
—Levántate.
Ellie logró ponerse de pie a las justas, apoyándose en él. No había forma de que dejara de llorar. Por más que él le hubiera dicho cosas pesadas antes, Daniel se había enfrentado a William por ella. Quizás por eso sentía que su mano era como un soporte firme, algo en qué apoyarse. Era un sentimiento que no experimentaba desde que sus padres fallecieron. Ellie volvió a moquear mientras las lágrimas se le escapaban otra vez.
Daniel miró a su alrededor y agarró un trapo. Con eso, se puso a fregar con fuerza la silla donde William había estado sentado hasta hace un momento. Solo cuando quedó satisfecho con la limpieza, hizo que Ellie se sentara en el sofá.
—Quédate ahí sentada. Yo me encargo.
—No, ya estoy bien.
Daniel la miró pensando qué iba a estar bien si hablaba con la voz toda tupida por el llanto. Ellie intentó levantarse, pero él, terco, la obligó a sentarse de nuevo.
—¡Que te quedes tranquila! El que no está bien soy yo.
Esta vez agarró la escoba que se le había caído a Ellie. Sin darle tiempo a que lo detuviera, empezó a barrer el piso al toque.
Ellie se quedó mirando de reojo el perfil de Daniel. Ella siempre había estado sola. Por más que tuviera amigos, al final siempre tenía que salir adelante por su cuenta. Pero, por primera vez, sentía que no estaba sola.
Antes, cuando le pasaban estas cosas, terminaba llorando y rindiéndose. En parte porque ya se había ido a las manos, pero también porque le daba pavor que la situación se repitiera. Sin embargo, esta vez sintió ganas de aguantar como sea. Así tuviera que agarrar a escobazos a ese jovencito malcriado que no sabe respetar.
Sentía una confianza ciega de que, si volvía a hacer algo así, teniendo a un roommate tan firme como Daniel a su lado, de alguna forma se las arreglarían.
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Al final, no hizo falta que Ellie se loquerara y agarrara la escoba. Al día siguiente, la señora Wise repartió a todos el nuevo horario que habían armado.
No es que sacaran a Ellie de la limpieza del ‘cuarto de niños’, pero la cosa cambió: ahora, como se hacía antes, varias personas se encargarían de ese cuarto y de los de alrededor al mismo tiempo.
Ellie, toda confundida, le susurró a Daniel:
—¿Por si acaso… hablaste con la señora Wise?
—¿De qué?
—De lo de ayer…
Ellie balbuceó mientras movía los dedos, nerviosa. Total, los dos sabían bien lo que había pasado, pero a ella le daba roche volver a tocar el tema.
Daniel lo negó al toque:
—No.
—¿Entonces por qué…?
Ellie ladeó la cabeza mirando su nuevo horario. Daniel, sin mirarla a los ojos, se metió su papelito al bolsillo de un porrazo.
No le había mentido. Es que él no fue a buscar a la ama de llaves, sino a la jefa de las empleadas. Y no fue a pedirle por favor ni a llorarle; fue a armar un chongo de los mil demonios. La dejó a Sara tan helada que no sabía ni dónde estaba parada.
Obviamente, Sara tampoco quería que el problema creciera. Al final, ellos solo eran empleados; si salían a contar algo afuera, nadie les iba a dar bola, pero de hecho que la patrona se iba a enterar y les iba a caer su tanda. Así que se puso de acuerdo con la ama de llaves y reacomodaron las tareas. Todo para no ignorar el ‘pedido’ del caprichoso del jovencito, pero sin dejar a Ellie sola.
Daniel respondió como si no le importara:
—Qué bien pues, ya está.
Pero Ellie no estaba tranquila. De hecho, con más gente mirando, ese tipo se cuidaría más. Pero no sentía que todo fuera perfecto, porque con los cambios, a Daniel lo habían mandado a otra zona.
Quizás por lo de ayer, el solo hecho de separarse de él la ponía ansiosa. Pero Daniel, fiel a su estilo, no parecía para nada apenado.
—Nos vemos luego.
—Ya…
Después de despedirse de Daniel, Ellie se fue al segundo piso con las otras empleadas. Ellas iban cargando un montón de cosas de limpieza en ambas manos y chismeando entre ellas.
—Oye, ¿y por qué habrán cambiado el horario de la nada?
—Ni idea. Pero yo antes me encargaba de las chimeneas, así que esto me conviene más.
—Eso sí. A mí me tocaba limpiar los baños esta semana, qué asco.
Las empleadas soltaron una carcajada. Ellie, por su parte, sentía que tenía que andar con cuidado. Tenía pavor de que empezaran a correr chismes entre la servidumbre; que digan que ella lo provocó o que le inventen cualquier cuento.
Incluso sin eso, Ellie no podía meterse en la conversación. Ya llevaba un buen tiempo ahí, pero las chicas seguían sin darle confianza. Ahora que hasta Amanda se había ido, si Daniel no estaba, ella se sentía totalmente desplazada.
La empleada que iba adelante tocó la puerta del dormitorio: toc, toc. Abrió un poquito, miró y se dio la vuelta sonriendo.
—¡No está!
—¡Bacán! Hay que hacerlo rápido.
Entraron en mancha a la habitación. Ellie soltó un suspiro de alivio y entró también.
Apenas vio el sillón y la mesita, se le vino a la mente todito lo de ayer. El sentimiento regresó al toque: sentía náuseas y las palmas de las manos le empezaron a sudar. Ellie se restregó las manos mojadas contra su delantal con fuerza.
Como eran varias, terminaron volando. La limpieza era la especialidad de las housemaids. Bien coordinadas, abrieron las ventanas y sacudieron el polvo de las alfombras. Ellie también agarró su plumero y se puso las pilas sacudiendo los marcos de las fotos y los adornos.
Terminaron rápido ese cuarto y pasaron al siguiente. Por suerte, William tampoco estaba ahí. Pasaron a otro, a otro, nada. Por fin, el último cuarto. Tampoco estaba. Recién ahí Ellie se relajó por completo.
Limpieza terminada. En cuanto acabaron de ordenar, Ellie fue la primera en salir. Tenía apuro porque sabía que si iba al comedor se encontraría con Daniel. Hasta el hambre, que se le había quitado ayer, le regresó de golpe.
Pero cantó victoria antes de tiempo. Apenas abrió la puerta para salir, Ellie se dio de cara con el tipo que menos quería ver en el mundo. William le sonrió de oreja a oreja y le habló:
—Ellie.
A Ellie se le fue la sangre a los talones. ¿Cómo pudo estar tan confiada antes de salir de la zona de ese enfermo? Sintió una urgencia desesperada por salir corriendo de ahí.
Las empleadas que venían detrás de ella lo vieron y soltaron un ‘¡ay!’, todas admiradas.
—¡Ah, joven William!
William estaba bien cambiado, con ropa de salir, como si acabara de llegar de algún lado. Se acomodó el cuello de la camisa todo creído y siguió hablando.
—Hola, Lucy. Sigues tan linda como siempre.
—Ay, joven, ¿por qué es así?
—Es la verdad.
La chica, Lucy, se puso toda roja y empezó a contonearse, media avergonzada.
«Es mi oportunidad para fugarme», pensó Ellie, se hizo a un lado rapidito. A William no le importó ella y se puso a hablarle a otra de frente.
—Ah, Kate. ¿Cómo has estado? Siento que no nos vemos hace un siglo.
—¿Ah sí? ¿Me extrañó?
—Obvio que sí.
—Yo también a usted.
Ella también le siguió la corriente con una sonrisa bien fresca. Las otras empleadas no se quedaron atrás y cada una metió su cuchara para no ser menos.
—Niñito, ¿y por qué a mí no me saluda?
—¡Sí pues, qué pesado! ¡Me voy a resentir!
—No, no digan eso, mis reinas. A todas las he extrañado por igual.
Rodeado de todas las chicas, William volvió a mirar a Ellie. «Mira lo que soy, ¿viste?», decía su mirada de sobrado.
Obviamente, Ellie no tenía ni la más mínima intención de caerle bien. Ese ambiente tan ‘amiguero’ le daba asco y la ponía mal. Todas sabían perfectamente qué clase de tipo era él.
William, interpretando a su antojo la cara de pocos amigos de Ellie, soltó una sonrisa de medio lado.
—Bueno, nos vemos luego, chicas.
—Ya, joven.
—¡No se olvide!
Las empleadas respondieron casi a coro. William, como si fuera el príncipe de un cuento, entró al cuarto moviendo la mano todo victorioso.
Tac. En cuanto se cerró la puerta, Kate se sacudió los hombros y dijo con una voz bien fría:
—Qué pesado, de verdad. Estoy muerta.
—¿Qué le pasa? Qué tipo tan insufrible, en serio.
—Ya ni me digas. Es un dolor de cabeza tener que seguirle la corriente.
—Ya fue, vamos. Tengo un hambre.
Lucy estaba en las mismas. Esa actitud tímida de hace un rato desapareció por completo y hasta soltó un par de lisuras por lo bajo. Ya no quedaba ni rastro de la sonrisa en ninguna de ellas.
Ellie las miró con una mezcla de respeto y asombro. Eso de estar insultándolo por dentro mientras le sonreían de lo más normal… ‘increíble’ les quedaba chico. Ella sentía que jamás podría hacer algo así.
Lucy, que iba adelante quejándose, volteó a mirar a Ellie de reojo.
—Tú, ten cuidado.
—¿Ah?
—Ten cuidado con ese imbécil. Esta vez parece que te ha puesto el ojo a ti.
Está claro que, cuando el ‘niñito de mamá’ no está presente, para todas pasa a ser un ‘imbécil’ o un ‘estúpido’.
Pero a Ellie lo que más le sorprendió fue que Lucy se preocupara por ella. Asintió de inmediato.
—Ah… gracias.
Lucy ni la miró, dio media vuelta y se fue como si no hubiera escuchado el agradecimiento. Era obvio que Ellie no le caía del todo bien.
‘¿Será que igual no quiere que me pase nada malo con ese tipo?’
pensó Ellie, sin entender bien qué pasaba por su cabeza. Sea como sea, por primera vez sintió que las empleadas de la casa Stoner eran de su mismo bando.
Al entrar al comedor, vio a Daniel. Ellie levantó la mano para saludarlo toda feliz, pero se quedó congelada a mitad del gesto. Daniel no estaba solo como siempre.
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