Sirvienta X Sirviente - 43
A diferencia de lo que temían, William no cometió ninguna estupidez de frente. Claro, eso no significaba que se estuviera portando como un caballero. El tipo estaba hundido en el respaldo de su silla, dándole al trago mientras se recreaba la vista con el perfil de Ellie.
Era una mirada que, de solo verla, te ponía la piel de gallina. Pero por más asquerosa que fuera, Ellie no podía mandarlo al diablo; después de todo, era el hijo del patrón. Ella solo atinaba a encoger los hombros y mover los brazos con una torpeza evidente. Daniel, por su parte, no se cansaba de protestar a su manera: clavándole una mirada asesina a William que decía más que mil palabras.
El borracho, llenando de nuevo su copa, soltó la lengua:
—¿Quieres un traguito, Ellie?
—Ah, no… no, señor…
—Qué pena, es un licor de los buenos.
Daniel lo miraba con un desprecio total. ‘Mira este conchudo, haciendo su finta’, pensaba.
Ellie barría el piso con desesperación, tratando de alejarse de William. Daniel, fingiendo que limpiaba el polvo, merodeaba cerca del escritorio. La información de la invitación sospechosa que encontraron antes ya estaba en manos de ‘La Cabra’. Aunque no le habían dado los resultados del análisis, estaba claro que era un dato potente.
De pronto, una carta doblada y sellada le llamó la atención. El sello le resultaba familiar: era el mismo escudo de la invitación anterior.
Daniel chequeó a William de reojo. El tipo seguía embobado con Ellie; se había levantado y caminaba cerca de ella sin motivo alguno.
—Ellie, ¿tienes enamorado en tu pueblo?
—No, señor…
—¿De verdad? Pero si eres una monada.
A Ellie se le encendieron las mejillas. William, que no tenía ni un pelo de inteligente para distinguir la timidez de la vergüenza, soltó una carcajada ruidosa al verla roja.
A Daniel se le frunció el ceño. Tenía unas ganas locas de meterse, pero primero era el deber. Vigilando los movimientos de William, movió los dedos con mucha maña. Como William era un descuidado de porquería, el sello se abrió al toque.
Mismo escudo, misma letra, pero el contenido era otra cosa. No era una invitación corta, sino una carta. Daniel leyó a la velocidad del rayo. Parecía una nota común preguntando cómo iba todo, pero había detalles muy locos: hablaba de un clima que no cuadraba con la realidad y mencionaba un lugar que no tenía pies ni cabeza. Definitivamente, había un mensaje cifrado ahí.
No tenía tiempo para grabárselo palabra por palabra como la otra vez, así que se metió en la cabeza la mayor cantidad de frases posible. Era lo mejor que podía hacer. Al toque, volvió a sellar la carta.
Pero al levantar la mirada, se topó con una escena que le revolvió las tripas. Vio la espalda de Ellie, tiesa y apretando la escoba con todas sus fuerzas, el brazo de William que ya se estaba colando por su cintura.
Sus pies se movieron antes que su cabeza. En ese momento, el código secreto, la misión y las amenazas de ‘La Cabra’ se le fueron al tacho. Daniel se acercó con paso firme y le apretó la muñeca a William con una fuerza brutal.
—Ya estuvo bueno, jovencito.
—¿Qué?
William, molesto porque le habían cortado el vacilón, lo miró con ojos de fuego. Ellie levantó la mirada con los ojos llorosos; sin saber que Daniel la había dejado sola un momento —o que incluso la había usado como carnada—, lo miró como si hubiera visto a su salvador.
Daniel apretó más fuerte. William puso una mueca de dolor al sentir una presión que no parecía venir de una simple empleada doméstica.
—¡Ay! ¡Suéltame!
Ante el grito, Daniel lo soltó y Ellie aprovechó para salir corriendo a un costado. Daniel tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para calmarse. Por él, le habría roto la mano ahí mismo, pero no podía echar a perder la misión. Si descubrían quién era, todos estarían fritos, incluso Ellie.
Conteniendo el impulso, Daniel le soltó la mano a William con un movimiento brusco. El tipo lo miró con odio, pero Daniel habló con una calma fría:
—La señora está muy preocupada por usted.
William, que parecía listo para saltarle al cuello a Daniel, se quedó helado. ¿Cómo una empleada iba a saber qué pensaba su madre? Era una amenaza directa: ‘O te calmas, o se lo cuento a la patrona’.
Daniel no sabía si eso iba a funcionar, pero conociendo a Adelaide Stoner, que siempre le reclamaba al marido por sus andanzas con otras mujeres, no creía que dejara pasar las malcriadeces del hijo. Por más que William ya tuviera mala fama, la madre no querría más escándalos en la casa.
William, echando humo, miró a Ellie. Ella se cubría el pecho con ambos brazos, temblando como una hoja. Era obvio que la chica no quería saber nada con él. Daniel siguió hablando con voz pausada, escondiendo la rabia que lo quemaba por dentro:
—Parece que hay mucho polvo aquí, ¿por qué no sale a caminar un rato?
Era una invitación a dejar las cosas ahí, como si no hubiera pasado nada. Claro que Daniel no lo decía de corazón; por dentro, ya estaba planeando cómo clavársela algún día.
William agarró la botella de licor. A Ellie se le paró el corazón. Pensó que el tipo iba a usar la botella para romperle la cabeza a Daniel.
Afortunadamente, William no tenía ganas de armar un escándalo. ¿Para qué aguantarse los sermones de su madre solo por haber acosado a una simple empleada? Total, mientras ella siguiera trabajando en esa casa, oportunidades no le iban a faltar.
—Tienes razón. Iré a comer algo, así que terminen rápido con esto.
Castigar a esa empleada igualada era algo que podía esperar. William caminó hacia la puerta, pero no se fue sin ser un chismoso y un cínico hasta el final.
—Bueno, Ellie. Nos vemos luego.
Le guiñó un ojo y Ellie bajó la cabeza al toque para no verlo. Se moría de ganas de gritarle que era un asqueroso, pero le dolía en el alma saber que su situación no se lo permitía.
En cuanto se escuchó el clac de la puerta, a Ellie se le fue la fuerza de las piernas y se desplomó ahí mismo. El aire que había estado aguantando y las lágrimas salieron de golpe. Con la voz entrecortada, susurró:
—Gracias…
Si Daniel no se hubiera metido, ¿qué habría pasado? Lo más probable —bueno, lo más seguro— es que ese tipo le hubiera hecho algo peor. Ella no habría podido defenderse por el miedo a perder la chamba.
Pero Daniel, en vez de consolarla al verla así de mal, le soltó una frase bien fría:
—¿Y tú por qué te quedas ahí sin hacer nada?
—¿Eh?
Ellie lo miró desde el suelo, hecha un ovillo. Esas lágrimas transparentes que corrían por su cara solo hacían que Daniel se asara más.
—¿Por qué te dejas manosear por un estúpido como ese?
Daniel sabía perfectamente, en el fondo, lo mucho que ella necesitaba ese trabajo. Sabía que no era el momento de cuadrar a Ellie, que era la víctima. Lo lógico era consolarla y darle ánimos.
Pero no podía. Tenía la sangre hirviendo. No estaba molesto solo con el asqueroso de William, ni solo con Ellie por no haberlo mandado a volar; estaba molesto consigo mismo por haber permitido que la situación llegara a ese punto.
Ellie, recordando el momento y todavía temblando, respondió:
—Es que… ¿y si me botan?
—¡Tss!
—En el lugar donde trabajaba antes pasó algo parecido… y me echaron…
Ellie escondió la cara entre sus rodillas. La verdadera razón por la que había dejado a sus hermanos para venir hasta la capital, tan lejos de casa, era precisamente por un incidente como este.
Su antiguo patrón, el barón Myers, siempre que podía se la quedaba mirando con unos ojos mañosos, recorriéndole todo el cuerpo. Ella se quejó con la ama de llaves, una señora mayor que llevaba años en la casa, pero no sirvió de nada. Al contrario, la mujer defendía al barón diciendo que ‘no era común encontrar un patrón tan bueno’.
Le daba mala espina, pero en ese entonces no tenía opción. Además, el tipo todavía no le había puesto la mano encima. Pero el problema estalló cuando la baronesa se fue de la casa para visitar a su hija que estaba por dar a luz.
Ellie, que no sabía nada de estas cosas, se asustó tanto que soltó un puñetazo que le dio justo en la nariz al barón. No importó quién tuvo la culpa; le pegó al patrón y ese mismo día la pusieron de patitas en la calle.
Pasó varios días llorando en su casa. Pero cuando se enteró de que la baronesa había vuelto, Ellie fue a buscar al barón Myers hecha una fiera.
—Búsqueme un trabajo nuevo ¿Y yo por qué tendría que hacer eso?
—¡Si no lo hace, le contaré todo a su esposa! ¡Le diré que usted intentó… intentó abusar de mí!
—¿Qué? ¡¿Cuándo he hecho yo eso?!
El barón Myers casi se cae de espaldas, jurando que jamás tuvo esa intención. Pero Ellie no tenía por qué creerle, estaba segura de que la baronesa tampoco le creería a su marido.
Al final, como Ellie era bien terca y no dejaba de buscarlo, el barón tiró la toalla. Él mismo le escribió una carta de recomendación y le buscó una casa donde pudiera trabajar. Para él, era mejor que Ellie se fuera del pueblo para que no abriera la boca.
Ellie pensó que, gracias a eso, había hecho buenos amigos y ganaba un buen sueldo, pero ahora le pasaba lo mismo otra vez. Al final, no pudo más y rompió en llanto.
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