Sirvienta X Sirviente - 42
Lunes, comienza una nueva semana. Desde tempranito, a Ellie le cayeron una noticia buena, una mala y otra todavía peor, así, en fila.
Primero, la noticia buena se la dio la jefa de mucamas:
—Ustedes dos, si tienen algún día que quieran libre, avísenme con tiempo.
—¿Perdón?
—Es una orden de la señora Wise. Son vacaciones pagadas, así que descansen el día que prefieran.
Resulta que, por haber atendido a la condesa la otra vez, les regalaron un día libre. A Ellie se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja. ¡Cobrar sin trabajar! Eso no le había pasado en su vida. Además, pensó que esta vez sí o sí podría salir con Daniel, ya que a él también le habían dado ese descanso extra inesperado.
Por su parte, Daniel estaba tan indiferente como siempre. Le sorprendió un poco, porque pensó que con el lazo que le tiraron la otra vez ya era suficiente recompensa.
En realidad, el día libre era justo lo que él necesitaba ahora. Estaba rompiéndose la cabeza pensando qué mentira inventar para poder salir de la mansión. De hecho, le pareció tanta coincidencia que hasta sospechó si no le habrían pisado el poncho y lo estarían vigilando.
Pero la alegría duró poco. Al toque llegó la mala noticia. En cuanto Ellie recibió el nuevo cronograma, pegó el grito al cielo:
—¡¿Qué es esto…?!
—Ash…
Daniel también soltó un suspiro de esos que salen del alma. Qué mala leche. Bueno, decir que era solo mala suerte era mucho decir. Esta semana, a los dos les tocó limpiar el ‘cuarto de los niños’ otra vez. Y para colmo, solitos los dos, encargados específicamente de los dormitorios.
Normalmente, la limpieza no se organiza así. Lo lógico es que haya más gente para cubrir áreas más grandes. ¿Será que ese viejo verde está tramando algo?, pensaron. Daban ganas de reclamarle a la gobernanta, pero no tenían velas en ese entierro. Ellie y Daniel se pusieron a suspirar uno tras otro, casi compitiendo a ver quién estaba más harto.
Después de limpiar la entrada entre todos, se fueron al comedor. El olorcito a comida ya se sentía, pero hoy ni el desayuno más rico podía consolar a Ellie. Sabía que apenas terminara de comer, tendría que ir a ese lugar horrible.
Sin embargo, todavía faltaba la peor noticia. Mientras caminaba hacia el rincón de siempre, Ellie se plantó en seco. Daniel, que venía detrás, también se detuvo.
—¿Qué pasa?
—No veo a Amanda por ningún lado…
Ellie empezó a mirar por todos lados con ojos de búho. Ahora que lo pensaba, tampoco la había visto en el salón hace un rato.
Daniel soltó una risita burlona; no podía creer que recién se diera cuenta. La pasó de largo y se sentó primero. Ellie se quedó ahí parada, toda angustiada.
—¿Se habrá quedado dormida? ¿Voy a despertarla?
—¿Crees que todos son como tú? Siéntate ya.
Daniel le jaló la silla de al lado. Tenía una cara de que sabía perfectamente lo que pasaba. Ellie, con cara de querer llorar, se sentó a las justas.
Daniel buscó algo dentro de su delantal. Sacó un papelito doblado: una carta dirigida a los dos. La habían pasado por debajo de su puerta al amanecer.
Ellie agarró la carta con desconfianza. En cuanto desdobló el papel arrugado y leyó la primera línea, los ojos se le abrieron como platos. Leyó y releyó esa frase cortita, pero por más que la miraba, el contenido no cambiaba.
El comedor empezó a llenarse de gente. Daniel miró a su alrededor y le susurró:
—Guárdala rápido. Si alguien la ve, nos metemos en un problemón.
Y tenía razón; lo que decía ahí era para meterse en líos. Ellie no tuvo de otra que meterse el papel en el bolsillo, pero sentía que las letras seguían flotando frente a sus ojos.
La que escribió la carta era Amanda. Después de haber estado juntos hasta ayer, se había largado dejando solo ese papelito. Se había ido con el hombre con el que se estaba besando apasionadamente.
Amanda, como había dicho antes, trató de negociar su renuncia con la señora Wise. Pero la cosa no fue fácil. Como faltaba gente y no habían contratado a nadie nuevo después de Ellie, la gobernanta no le dio permiso y se puso a darle sermones para que se quedara.
Desde el punto de vista de la jefa, no le quedaba de otra. Con una visita importante a la vuelta de la esquina, tenía que retenerla como fuera, aunque fuera a gritos.
Normalmente, una mucama necesita una carta de recomendación para irse a otro lado, si no, nadie la contrata. Pero a Amanda ya le valía eso; su prometido le había jurado que nunca más tendría que trabajar sirviendo en casa ajena.
Así que Amanda aplicó la vieja confiable: se escapó a media noche. Una fuga por amor en toda regla.
—Qué envidia….
Daniel la miró de reojo. Que Ellie envidiara a Amanda por escaparse con un hombre era algo que no cuadraba con ella. ¿Acaso a Ellie no le interesaban solo sus hermanos, la plata y la comida?
Pero Ellie no es que estuviera muriéndose de ganas de fugarse con alguien. Lo que sentía era la pena de perder a su amiga. Ayer mismo se había prometido pasarla bien con ella el tiempo que quedara, y que se fuera así de golpe le dolió en el alma.
A Ellie se le bajaron los ánimos por completo.
—Pero qué pena… justo cuando nos habíamos hecho amigas…….
—Dijo que iba a escribir, ¿no? Espérala nomás.
Tal como dijo Daniel, la carta decía eso. Amanda pedía perdón por no despedirse y prometía escribir apenas llegara a su pueblo.
Pero para Ellie, esas palabras no significaban mucho.
—¿De verdad pasará eso?
Que se escribieran cartas era posible, sí. Pero no estaba nada segura de que algún día volvieran a verse las caras.
Aunque pasaran los años, la situación de Ellie no iba a cambiar demasiado. Seguiría dependiendo de alguna mansión, ya fuera esta u otra, vendiendo su esfuerzo para sobrevivir. Si tenía mucha suerte, quizá llegaría a ser jefa de mucamas. Y de casarse, ni hablemos; ni siquiera sabía si algún día tendría tiempo para enamorarse.
Para ese entonces, Amanda seguramente ya tendría al menos un par de hijos y estaría viviendo su vida como esposa y madre. Con la distancia física y lo ocupada que estaría cada una en sus rollos, ¿realmente podrían hacerse un tiempo? No lo veía claro.
Siendo sinceros, a Daniel le venía bien que Amanda ya no estuviera. Total, pronto todos se irían de ahí; ¿qué importaba que ella se hubiera adelantado un poco? Y siendo aún más honestos, le aliviaba no tener que seguir compitiendo de forma tan infantil por la atención de Ellie.
Empujó el plato hacia ella.
—No pienses tanto en eso ahora. Come.
—Ya…….
Ellie levantó el tenedor sin muchas ganas. El poco apetito que le quedaba se le había esfumado. Daniel arqueó una ceja; verla así no era nada normal en ella.
Pero bueno, dejar comida es un pecado, pensó ella. Para poder trabajar, necesitaba tener la panza llena. Así que, inventándose mil excusas, Ellie terminó limpiando el plato como siempre. Con el estómago lleno, el ánimo le mejoró un poquito.
Pero la alegría no duró nada. Cargando las sábanas nuevas y los útiles de limpieza, se dirigieron al dormitorio de William. Ellie caminaba arrastrando los pies, como si le pesaran una tonelada.
Daniel también iba con la cara seria, mirando solo al frente. Si el hecho de que a ellos dos les tocara limpiar ahí era realmente un plan del viejo verde, era obvio que el tipo no iba a dejarles el cuarto libre.
Al llegar a la puerta, las mucamas encargadas de la chimenea justo iban saliendo.
—Ah, Diana.
Daniel, en vez de saludar, hizo un gesto discreto con los ojos hacia el interior del cuarto. La mucama, que era bien pilas, asintió con la cabeza. ‘Sí, ahí está metido. Basura de tipo’, pareció decir.
Si pudiera, Daniel daría media vuelta y se largaría, pero todavía tenía asuntos pendientes en la casa Stoner. Además, dejar a Ellie ahí sola sería como lanzarla directo a las fauces de una hiena. Daniel dio el paso de mala gana y Ellie lo siguió con cautela.
William, que estaba recostado en un sillón, agitó la mano como si los estuviera esperando.
—Hola, Ellie.
Ella, en vez de responder, agachó la cabeza. Vio los pies del hombre metidos en unas pantuflas. Al menos, y menos mal, hoy no estaba calato; llevaba puesta una bata de noche.
—Diana sigue siendo igual de tiesa, ¿no?
soltó William con una sonrisita burlona.
De verdad que era un tipo con el que no daban ganas ni de cruzarse. Daniel pensó que, para dejar ese cuarto limpio, lo primero que tendrían que sacar es a esa basura gigante.
—Volveremos más tarde.
—No, no. No se preocupen por mí, sigan con lo suyo.
William estiró las piernas y las puso sobre la mesa. Lo que había ahí no era una taza de té, sino una copa de alcohol junto a una botella que ya iba por un tercio. Chupar solo desde temprano… en cierto sentido, el tipo era ‘impresionante’.
Visto lo visto, lo mejor era terminar rápido. De por sí, acabar con la limpieza del dormitorio entre los dos antes del mediodía ya requería moverse a toda máquina.
Mientras Ellie descorría las cortinas y abría las ventanas, Daniel quitaba las sábanas usadas y ponía las limpias. Solo había una razón por la que él se encargaba primero de la cama: no quería que Ellie tocara nada ahí, sabiendo las cochinadas que ese tipo podría haber hecho entre esas sábanas.
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