Sirvienta X Sirviente - 41
Hasta ahora, Amy nunca había estrenado ropa. Ellie siempre elegía las mejores prendas que conseguía en la mansión del barón Myers, las cortaba y las arreglaba para que la niña pudiera usarlas.
Marcus y Matthew estaban en las mismas, y para ser francos, la situación de la mayoría de los chicos del pueblo no era muy distinta. Pero Ellie quería que, al menos por ser mujer, Amy tuviera algo nuevo por una vez. Después de todo, ella también recordaba haber soñado de niña con tener un lindo vestido de princesa.
Al ver a Ellie tan de capa caída, Daniel le soltó una solución bien práctica:
—Vende el gancho para el pelo.
—¿Qué?
—El que te di la otra vez. Véndelo y usa esa plata.
Para él, era un objeto sin importancia que ni siquiera podía considerarse un regalo de verdad. No sabía cuánto valdría, pero estaba seguro de que ayudaría más a parar la olla en esa casa que guardado en un cajón.
Pero Ellie se puso seria y le respondió bien cortante:
—Ni hablar.
—¿Por qué no?
—Eso no lo vendo por nada del mundo.
Dicho esto, Ellie subió las escaleras haciendo retumbar sus pasos. ¡Qué se creía este para decirle que vendiera eso!
Ese gancho de perlas que Daniel le dio era su mayor tesoro. Hoy mismo, aprovechando que se había puesto un vestido bonito, pensó en usarlo, pero le dio pena y prefirió guardarlo. Mientras no se estuviera muriendo de hambre, no pensaba vender el regalo de un amigo.
Daniel soltó una risita burlona al verla tan indignada. ‘Algún día ni vas a querer mirar esas baratijas’, pensó.
Sin embargo, cuando iba a dar el siguiente paso, se detuvo y volteó con una mirada extraña. El pasillo, que hace un momento era puro chongo, ahora estaba sumergido en un silencio total.
No era solo el segundo piso. Toda la mansión parecía hundida bajo el agua, en una calma absoluta. Era normal por ser tarde en la noche, pero ese silencio tan pesado se sentía como el presagio de un huracán.
Ellie, extrañada, se detuvo a mirarlo.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Daniel siguió subiendo. No podía dejar que un simple presentimiento lo pusiera nervioso.
Pero no se equivocaba. Ian finalmente había logrado resultados. Hasta que empezó a clarear el alba, una pequeña luz no dejó de ir y venir entre la habitación más aislada del anexo y el ático.
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El domingo, los sirvientes de la casa Stoner fueron a la iglesia como de costumbre. Esta vez, Ellie caminaba con el paso más ligero que nunca.
Hoy por la tarde le daban tiempo libre. No era suficiente para salir de paseo, pero sí para descansar a pierna suelta. Por eso, se juró a sí misma que no se quedaría dormida y que rezaría con toda la devoción del mundo. Pero claro, como suele pasar, una cosa es lo que se piensa y otra lo que sucede.
Pasó decenas de minutos cabeceando, incapaz de aguantar el peso de su cabeza y de sus párpados, hasta que de pronto, como si hubiera recibido una revelación divina, abrió los ojos de golpe.
—¡Agh…!
A Ellie se le escapó un grito y se tapó la boca al toque. Por suerte, a su alrededor solo había otros trabajadores que estaban igual de fritos que ella, cabeceando de lo lindo.
Ellie soltó un suspiro de alivio. Fue entonces cuando se dio cuenta de que los asientos a sus lados estaban vacíos. Ni Amanda, que se sentaba a su izquierda, ni Daniel, que estaba a su derecha, aparecían por ningún lado.
¿Se habrán movido de sitio y me han dejado aquí sola? Ellie empezó a estirar el cuello buscando a sus amigos, pero por más que miró por todos los rincones, no los vio por ninguna parte.
Frunció el ceño intrigada. ¿Habrán ido al baño? A cualquiera se lo creía, pero le costaba imaginar a Daniel, con lo estirado que es, haciendo sus necesidades en cualquier rincón de un callejón. Ese pretencioso no haría algo así ni loco.
Incluso cuando el sacerdote terminó su sermón, ninguno de los dos regresó. Los cantos empezaron a retumbar en la capilla. Ellie ya estaba aburrida y quedarse ahí sola la ponía más inquieta, así que se levantó despacito y salió de la iglesia caminando de espaldas.
Como faltaba un rato para la siguiente misa, la entrada todavía estaba despejada. Ellie rodeó el edificio y se fue hacia el cementerio de atrás. Como en la iglesia no había baños, la mayoría de la gente solía resolver sus urgencias por esa zona.
Y efectivamente, entre los árboles, divisó a Amanda. Pero no estaba sola.
—¡Ay…!
Ellie contuvo el aire del susto. Un hombre desconocido tenía a Amanda agarrada por la cintura, y ella le rodeaba el cuello con los brazos sin pensarlo dos veces.
Estaban pegaditos como si fueran uno solo, mirándose con una pasión que echaba chispas. Cuando vio que sus labios estaban a punto de juntarse, a Ellie se le subieron los colores a la cara y dio media vuelta en un santiamén.
Así que su prometido ha venido a verla hasta aquí. Seguro que se extrañaban un montón. ¡Pero besarse en la iglesia! El corazón le latía a mil, como si fuera ella la que estaba ahí.
Ellie se tocó el labio inferior con curiosidad. Besarse con alguien a quien amas… ¿qué se sentirá? Seguro que era algo muy distinto a los besos que les daba a sus hermanos menores.
Al volver a la calle principal, esta vez vio a Daniel parado al otro lado de la pista. Él tampoco estaba solo.
—Ah, ya veo.
Daniel estaba conversando con Ian. Vaya, vaya. Con que todos se escaparon de la oración para encontrarse con hombres como unos gatitos traviesos, pensó Ellie.
En lugar de cruzar, se quedó mirándolos de lejos. Comparados con la pasión de Amanda y su novio, estos dos eran bien aburridos. Ni besos apasionados ni nada; estaban ahí parados a una distancia prudente, solo intercambiando palabras. Más que amantes, parecían una pareja que lleva casada 40 años. ¿Cuánto tiempo llevarán juntos? Le daba curiosidad, pero sabía que si preguntaba, Daniel no le soltaría ni media palabra.
Mientras los miraba, sintió un vacío extraño en el pecho. Siempre decía de boca para afuera que les tenía envidia, pero nunca había sentido la necesidad real de estar con alguien. Sin embargo, en ese momento, se sintió verdaderamente sola, como si necesitara a alguien a su lado. Quizás era porque llevaba demasiado tiempo lejos de sus queridos hermanos.
Ian fue el primero en verla. Le hizo una seña y Daniel también volteó. En cuanto la vio, él arrugó el entrecejo, como si hubiera visto algo desagradable. Ellie, ofendida, hizo un puchero.
—¡Ash!
Se volteó indignada, pero seguía mirando a Daniel de reojo.
Él le susurró algo a Ian y luego le hizo señas a ella para que se acercara. Ellie dejó de hacerse la importante, soltó los brazos que tenía cruzados y cruzó la calle trotando.
—¿Qué hacen, qué hacen ustedes dos?
—Nada.
respondió Daniel de forma cortante.
Ellie soltó una risita y le dio un codazo juguetón en las costillas. Míralo, qué rápido se avergüenza.
—¿Están en una cita? Aquí pasa mucha gente, ¡deberían irse allá atrás para que se den aunque sea un besito!
Ante ese comentario, Daniel se llevó la mano a la frente con desesperación. Ian no pudo aguantar más y soltó una carcajada. Daniel no podía cuadrar a Ian frente a Ellie, así que simplemente agitó la mano para que se fuera. Ian, muy caballero, asintió con la cabeza.
—Entonces, nos vemos luego.
Él cruzó la calle a paso rápido y volvió a entrar a la iglesia. Ellie se quedó mirando su espalda con un poco de pena.
—¿Acaso interrumpí algo?
—Sí.
respondió Daniel al toque mientras se daba media vuelta.
Ellie, picada por su respuesta, lanzó un puñetazo al aire. De verdad que es un pesado.
Cuando él volvió a mirarla, ella escondió el puño detrás de su espalda rápidamente. Daniel ya estaba acostumbrado a sus locuras, así que simplemente dijo:
—Creo que ya es tarde para volver a entrar, ¿esperamos aquí afuera?
—Ya, bueno.
Apenas cruzaron la calle, Amanda apareció por la esquina. Venía caminando de la mano con su novio, con una sonrisa de oreja a oreja, pero en cuanto vio a Ellie y Daniel, se pegó un susto y soltó la mano del hombre de inmediato.
Daniel soltó una risita burlona y Ellie aprovechó para molestarla.
—¡Amanda! ¡Te vimos todito!
—¿Qué…? ¿Qué cosa? ¡Ay, no sé de qué hablas! ¡Ya, caminen rápido!
—¡Ya, ya entendí! ¡Nos vemos luego!
Amanda empezó a darle golpecitos en el hombro a su novio por la vergüenza. El pobre hombre, empujado por el ímpetu de ella, cruzó la calle casi huyendo y por poco lo atropella un carruaje. Amanda, con la cara roja, empezó a zapatear de la angustia.
—¡Ten cuidado, oye!
A pesar de que casi se muere, el hombre sonreía radiante y agitaba la mano con fuerza. En cada gesto se notaba lo mucho que quería a Amanda. Ella, muerta de la vergüenza, no dejaba de abanicarse la cara con las manos.
Poco a poco, la gente empezó a amontonarse frente a la iglesia para la siguiente misa, y pronto terminó la anterior y salió una multitud. Los tres empezaron a caminar juntos hacia la mansión, fingiendo que habían salido de la iglesia un poco antes.
Mientras caminaban en silencio, Amanda habló tímidamente.
—Ellie, escúchame……
—¿Dime?
Ellie volteó. Amanda parecía querer decir algo importante, pero al final cerró la boca y se arrepintió.
—No, nada.
—¿Por qué? ¡Ya te dije que no le voy a contar a nadie lo de tu beso!
—¡Ay, Ellie!
El rostro de Amanda, que por fin había recuperado su color normal, volvió a ponerse como un tomate. Agarró la manga de Ellie y empezó a sacudirla haciendo un drama, mientras Ellie se mataba de la risa a carcajadas. Daniel las miraba a las dos como si fueran un par de locas.
A Ellie le hubiera gustado que los tres siguieran así por siempre. Pero sabía que, tarde o temprano, Amanda se iría. Aun así, se prometió que disfrutaría cada momento con ellos hasta que llegara el día de la despedida.
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