Sirvienta X Sirviente - 40
Adelaide señaló a Daniel con un gesto de la barbilla. El conde Stoner lo miró de reojo antes de enderezar la cabeza.
—Solo lo miraba porque es una cara nueva.
—Desde cuándo te fijas tú en esas cosas.
En lugar de seguir negándolo, el conde cerró la boca con fuerza. Ellie puso una cara de disgusto; con esos dos nunca se sabía si hablaban en serio o en broma. Por su parte, Daniel, el centro de la atención, se mantenía impasible como si no hubiera oído nada.
En ese momento, solo le importaba una cosa: la identidad de los invitados y si esta reunión tenía que ver con ‘el asunto’.
Los condes llegaron a la parte superior de la escalera. Ellie miró hacia abajo por la barandilla. Los lacayos estaban formados en fila, impecables. Verlos desde arriba le daba una sensación extraña, como si por un momento perteneciera a un mundo aparte.
Las criadas, que se habían pasado el día entero dejando la mansión como un espejo, ya se habían esfumado. Por naturaleza, una criada es como la sombra de la casa: si no estuvieran, todo se volvería un caos en un día, pero no se les permite ni revelar su presencia.
En la cocina pasaba lo mismo. Ellas preparaban banquetes increíbles, pero eran los lacayos bien vestidos quienes se llevaban el crédito al servir la mesa. Al fin y al cabo, nadie pone el tacho de basura en la puerta principal.
Adelaide bajó las escaleras escoltada por su marido, seguida por las sirvientas personales. Ellie bajó la cabeza y pisó con cuidado cada escalón.
El mayordomo se acercó al conde y le susurró algo al oído. Él asintió levemente. Las puertas principales se abrieron de par en par y los lacayos salieron en grupo. Al escucharse el trote de caballos a lo lejos, los condes salieron al pórtico.
Un carruaje lujoso se detuvo frente a la entrada. Daniel agudizó la vista. No tenía ningún escudo de armas. No era un coche de alquiler barato, era un carruaje elegante, pero sin emblema familiar. No podía ser más sospechoso.
Un sirviente saltó del pescante. Por su porte y vestimenta, no parecía el empleado de un simple ricachón. Al abrir la puerta, bajó primero un hombre de mediana edad. Daniel entrecerró los ojos. Sombrero de copa y levita; la viva imagen de un caballero.
La mujer que bajó después no se quedaba atrás. Aunque el dinero lo compra todo, no parecían unos improvisados fingiendo ser nobles.
El conde Stoner dio un paso al frente.
—Gracias por venir hasta aquí.
—Es un placer, por supuesto.
Su acento era perfecto. Daniel descartó de inmediato la idea de que fuera extranjero o de alguna provincia lejana.
Luego fue el turno de la condesa.
—Es un gusto. Soy Adelaide Stoner.
—He oído mucho sobre usted.
Su pronunciación era algo peculiar. Daniel grabó en su mente cada detalle: su tono de voz, sus facciones, su ropa. Cualquier característica mínima podría ser la clave para descubrir quiénes eran.
No sabía si era por pedido de los invitados o por cortesía del conde, pero los anfitriones no usaron nombres. No mencionaron apellidos, títulos ni rangos. Ni siquiera una presentación formal. Al dirigirse al comedor, solo intercambiaron saludos triviales, como si no confiaran ni en los sirvientes de la casa.
Los cuatro entraron al comedor. Ahora, los únicos que tenían permitido entrar eran el mayordomo y los lacayos. Daniel, frustrado por no haber conseguido nada, miró de reojo a Ian. Él asintió apenas con la barbilla. Por suerte, Ian estaría sirviendo. Ahora todo dependía de él.
Las sirvientas personales se movieron en bloque. Sophie se dio la vuelta y dijo:
—Vamos. Ahora nos toca esperar.
Entraron en una pequeña habitación frente al comedor. Allí debían aguardar hasta que terminara el banquete. Acostumbradas a las esperas interminables, sacaron sus labores de bordado para matar el tiempo.
Daniel se sumergió en sus pensamientos con cara de pocos amigos. Unos invitados tan importantes que deben ocultar su identidad… si esto no tenía que ver con ‘el asunto’, sería muy raro. Pero le carcomía no tener ni idea de quiénes eran.
La investigación previa de ‘La Cabra’ había sido impecable. Daniel conocía a todos los allegados del conde, a cada noble del país y a los miembros del parlamento. Aunque los retratos a veces engañan, lo normal sería tener al menos una sospecha.
Ellie, que se sobaba las piernas entumecidas por los nervios, le susurró:
—Oye, Diana… tenemos un problema grave.
—¿Qué pasa?
—He olido la comida y me ha dado un hambre…
Daniel ni le respondió y cerró los ojos. Aguantar a Ellie era como tratar de que te crezcan flores en la cabeza de tanto estrés. Ella hizo un puchero.
El reloj avanzaba: tic, tac. Daniel abrió un ojo para vigilar el entorno. Ellie ya estaba cabeceando del sueño y las otras sirvientas seguían en lo suyo.
Tragó saliva para no soltar un suspiro de frustración. Si hubiera estado con las criadas de limpieza, al menos habría podido merodear por ahí, pero salir a escondidas de esta habitación era misión imposible.
‘Para quedarme sentado, mejor intento algo’. Daniel se puso de pie. La sirvienta que estaba frente a él levantó la vista. Él arrugó la cara y se agarró el estómago con fuerza.
—Tengo que ir al baño…
—¿Sigues mal de la barriga? Te acompaño.
Ella dejó el bastidor de bordado a un lado. No parecía sospechosa, pero era una situación difícil de rechazar. Una excusa como ‘no me gusta compartir mi privacidad’ solo funcionaría con alguien como Ellie.
Al final, Daniel no tuvo más remedio que ir con ella. Obviamente, ni pudo acercarse a la zona del comedor. Fue un viaje en vano. De regreso, una de las puertas se abrió un instante cuando los lacayos entraban y salían. Daniel aguzó todos sus sentidos para escuchar, pero en ese breve segundo no pudo distinguir ni una sola palabra de la voz extraña que venía de adentro.
Siguió la aburrida espera. Mucho después, un lacayo vino a buscarlos. Todos se sacudieron la ropa y se levantaron.
Pero Ellie seguía en el quinto sueño. Daniel le dio un toquecito en el hombro.
—¡Eugh, ah…!
balbuceó ella, pegando un salto. Tenía los ojos cargados de sueño. Daniel sacudió la cabeza y salió primero de la habitación. Ellie se dio un par de nalgadas en las mejillas con las palmas de las manos para despertarse.
El conde ya se había encerrado en el despacho con el hombre misterioso. El mayordomo llevó el licor y los cigarros que ya estaban preparados; seguramente habrían despedido a cualquier otro sirviente para hablar a solas.
La mujer que los acompañaba se dirigió al salón con la condesa. El trabajo de Daniel y Ellie se limitó a escoltarlas en ese trayecto cortísimo. Por supuesto, a él no le dieron la tarea de servir el té.
Otra vez a esperar. Luego, la despedida. Al final, hasta que los invitados se fueron de la mansión, Daniel no logró descubrir absolutamente nada sobre su identidad.
Si no hubiera arriesgado tanto durante el día para merodear, se habría quedado con las manos vacías a pesar de haber conseguido esta oportunidad. Aunque, claro, todavía no sabía si la información que tenía era realmente útil.
Terminada la larga jornada, Adelaide se dirigió directo a su dormitorio.
—Qué cansancio.
—¿Le preparo una copa de licor caliente?
—Sí, por favor.
Daniel y Ellie las siguieron hasta la puerta de la habitación. Ellie también se sentía un poco decepcionada por dentro. ¿Para qué decían que faltaban manos si al final no les pidieron hacer nada importante?
Sophie se volvió hacia ellos y dijo:
—Buen trabajo.
Misión cumplida. Daniel se sentía frustrado, pero para Ellie, cuya idea romántica sobre ser sirvienta personal se había hecho añicos, era un alivio volver por fin a su puesto habitual.
Sophie les entregó a cada uno un sobre de papel.
—Es un detalle de la señora. Asegúrense de darle las gracias después.
Apenas se fue Sophie, Ellie abrió el sobre. Era un lazo de satén con encaje fino; un objeto demasiado lujoso para una simple criada de limpieza.
El de Daniel era igual. Para él era algo totalmente inútil, pero para Ellie debía ser un regalo especial, considerando que la otra vez se puso feliz con un simple ganchito para el pelo.
Sin embargo, para su sorpresa, Ellie murmuró con cara de decepción:
—Un lazo… mmm, ¿estará mal si lo vendo?
—¿Esto?
Ellie asintió. No parecía muy convencida con el regalo.
Vender algo que te dio la patrona era un problema. Si la volvían a llamar para trabajar y le preguntaban por el lazo, se metería en un lío.
—Mientras estés trabajando aquí, sí, sería un problema.
—Supongo que sí… ¿no?
Ellie miró el lazo con desánimo. Era bonito, de eso no había duda. Y era un objeto caro que ella jamás podría comprar con su propio dinero. Pero no le despertaba ninguna ambición. Si tuviera dinero para algo así, preferiría comprarle ropa nueva a Amy.
—Hubiera preferido que me diera la plata…
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