Sirvienta X Sirviente - 39
Tempranito por la mañana, el comedor estaba más movido que nunca. Aquí no se aceptaba ni un solo error cuando se trataba de atender a los invitados, así que todos estaban con las pilas puestas y desayunaban casi como si estuvieran en una guerra.
Daniel, que también estaba con la guardia alta pero por otros motivos, bajó solo al comedor y tuvo que aguantarse el interrogatorio de Amanda.
—Y ya… ¿viste el joyero de la señora? ¿Cómo es?
—No, no lo vi.
—¿Pero entraste al vestidor? ¿Cuánta ropa tiene? ¿Veinte vestidos? ¿Cien?
—Sí entré… pero no me fijé bien.
Daniel respondía por cumplir, casi por inercia. Le llegaba al pincho (le molestaba) que le preguntaran tanto, pero la verdad era que ni se había esforzado en mirar, así que no se acordaba de nada. Amanda, que estaba ilusionada con el chisme desde ayer, infló los cachetes, toda picona. Si fuera Ellie, ya estarían chismeando rico, ¿por qué tardaba tanto en bajar?
Justo en ese momento, Ellie entró al comedor corriendo, toda excitada. Daniel la miró extrañado. Ella le había dicho que se adelantara, pero ahora llegaba con una cara como si trajera noticias de último minuto.
Se acercó a la mesa de un tiro y soltó de frente:
—¡Llegó!
—¿Qué cosa?
—¡La respuesta!
Ellie sacudió un sobre grueso. Por fin habían llegado las cartas de sus hermanos que tanto estaba esperando. Normalmente, Ellie se sentaba y lo primero que hacía era agarrar el tenedor, pero hoy fue distinto. Apenas se sentó, rompió el sello del sobre. Se moría por saber de sus hermanitos, pero lo primero que vio fue una nota cortita al final del sobre.
Era de su tía. Le escribía solo para fregarla, exigiéndole que mandara plata rápido porque ya no alcanzaba para los gastos. La cara de felicidad de Ellie se desinfló al toque y se puso sombría. Daniel, que era un tigre dándose cuenta de los cambios de humor, le preguntó: —¿Qué pasó? —Nada.
«Mejor hago como que no vi nada», pensó Ellie. Abrió el sobre y sacó el contenido. La respuesta era tan gruesa como la carta que ella había mandado.
Apenas abrió ese papel barato y tosco, se le escapó una sonrisa. El papel estaba llenito con dos tipos de letra distintos. Se notaba que se habían sentado juntos a escribir: la letra de Marcus parecía un caminito de hormigas y la de Matthew era bien ordenadita.
Ellie fue leyendo línea por línea. Aunque solo eran letras, sentía como si estuviera escuchando las voces de sus hermanos ahí mismo. A veces escribían cosas como «Amy dice que…», contándole también lo que sentía la hermanita menor.
A Ellie se le llenaron los ojos de lágrimas. Hacía muecas con los labios tratando de no ponerse a llorar ahí mismo. Amanda, preocupada, le preguntó:
—¿Ha pasado algo malo en tu casa?
—No… es que los extraño un montón.
Ellie se limpió las lágrimas con la yema de los dedos. Ojalá hubieran sido solo lágrimas de nostalgia, pero había algo más.
A excepción de la pequeña Amy, sus dos hermanos iban a la escuela pública en New Chestern. No era gratis como una escuela de caridad, pero la mensualidad no era impagable; podía costearla incluso cuando ganaba menos que ahora. El problema era lo que venía después. Ellie quería mandarlos a los dos a la secundaria que recién habían abierto, pero no era solo la pensión, sino que para estudiar tenían que seguir viviendo en casa de la tía, siendo una carga.
Marcus, que sabía perfectamente cómo estaba la situación, insistía en que quería buscar chamba. Decía que pronto Amy tendría que ir al colegio y que era mejor que Matthew, que era más aplicado, siguiera estudiando.
Ellie no sabía si darle la razón a su hermano mayor o no. Su rostro se oscureció notoriamente. Daniel se le quedó mirando. No necesitaba preguntarle qué pasaba; total, pensaba leerse la carta a escondidas después.
A diferencia de Daniel, que no tenía nada de tacto, Amanda sí sabía respetar a su amiga. En vez de meterse en temas delicados, prefirió cambiar de tema a propósito.
—Y… ¿ustedes dos van a estar otra vez todo el día en el segundo piso?
—Sí, supongo.
—Qué suerte. A nosotras nos va a tocar la chamba más pesada toda la tarde.
Amanda se apoyó en su mano, toda resignada. No exageraba: para las empleadas de limpieza, días como hoy eran los peores. Tenían que limpiar hasta el cansancio lugares que ya estaban impecables.
Ellie se sintió un poco mal por estar «exonerada» de eso. Si decía que estar parada todo el día también cansaba, seguro la iban a ver como una pesada.
Daniel soltó una pregunta como quien no quiere la cosa:
—Por cierto, ¿escucharon quién es el que viene?
—¿Eh? ¿No?
—Amanda sacudió la cabeza.
Pensándolo bien, era raro. Siempre que venía un invitado, les avisaban el apellido y hasta el título que tenía. Lo hacían para que supieran que era alguien importante y se esmeraran en la atención.
Daniel miró de reojo a Ian, quien le hizo una señal negativa con la cabeza, casi imperceptible. Si ni siquiera les habían avisado a los mozos que iban a servir la mesa, era porque lo estaban ocultando a propósito.
Después del desayuno, empezaron las labores. El invitado recién llegaría por la noche, pero Adelaide empezó a arreglarse desde temprano. La mucama más fuerte de todas jalaba las cintas del corsé con toda su alma. Adelaide soltó un suspiro largo para meter la panza lo más que podía.
—Ufff…
Era una escena que le quitaba el aliento a cualquiera que la viera. Ellie hizo una mueca de dolor, mientras Daniel aprovechaba para chequear todo a su alrededor. Las mucamas de confianza estaban tan concentradas en sus tareas que ni cuenta se daban de lo que pasaba con ellos.
Adelaide se miraba una y otra vez en el espejo de cuerpo entero. Al ver que no estaba nada satisfecha con lo que veía, una de las mucamas preguntó:
—¿Lo ajusto un poco más?
—Sí.
La mucama volvió a agarrar las cintas con las dos manos. «¿Más todavía?», pensó Ellie y cerró los ojos con fuerza, sin poder seguir mirando. Adelaide soltó un quejido de dolor.
—¡Ahg…!
—Aguante un poquito, señora.
—Señora, ¿está bien?
—Uff, sí, estoy bien. ¡Más…!
El cuarto era un loquerío. Daniel aprovechó el barullo para susurrarle al oído a Ellie:
—Voy al baño un toque.
—¿Ahorita?
Daniel asintió y se fue escabullendo hacia atrás. Antes de que Ellie pudiera decir algo para detenerlo, ya se había mandado fuera de la habitación.
Ellie, toda nerviosa, miraba la puerta y a la gente alternadamente. «Mínimo debió avisarle a Sophie antes de irse», pensó.
Daniel se demoró una eternidad en volver. Menos mal que, incluso después de terminar con el corsé, las mucamas ni miraron a Ellie. Estaban en plena competencia, luciendo sus gustos al probar joyas sobre el maniquí con el vestido. —¿Qué le parece este collar, señora? —Mmm, no está mal. —Yo creo que algo más llamativo le quedaría mejor… ¿No cree que este es más bonito?
—Me quedo con ese.
Ellie zapateaba de la angustia. «¿Por qué se demora tanto?», se preguntaba. Eso no era propio de Daniel. Además, una cosa era faltar entre empleados, pero ¡aquí estaba la dueña de la casa! Si los chapaban en una falta, los botaban de la mansión en un dos por tres.
«Por favor, por favor, regresa rápido». Pero el deseo de Ellie no se cumplió. De pronto, Sophie volteó, se dio cuenta de que faltaba Daniel y se acercó.
—¿A dónde se fue la otra?
—Al baño…
—¿Sin avisar?
Ante el interrogatorio de Sophie, Ellie se puso pálida de los puros nervios. Si a ella misma le parecía que eso estaba mal, imagínate a Sophie. Ellie empezó a tartamudear, tratando de salvar la situación.
—E-es que, lo que pasa es que…
En ese momento, justo a tiempo, se abrió la puerta. Daniel entró caminando con la cara más fresca del mundo, como si no hubiera pasado nada.
—Mil disculpas. Me cayó mal la comida.
Aunque pidió perdón, lo hizo con una seguridad única. Sabía que si se ponía nervioso, iba a levantar más sospechas. Y funcionó: aunque Sophie lo miró con mala cara, no lo presionó más.
Solo Ellie lo fulminó con la mirada, toda resentida. «¿Cómo se te ocurre irte así de la nada?», pensaba. Pero Daniel ni la miró. Ellie sentía que le iba a dar un síncope de la cólera.
Recién a media tarde pudieron almorzar, o cenar, quién sabe. Y ni siquiera fue un banquete, sino puro pan y carne ahumada que ya tenían guardada. Pero nadie se quejó; todos estaban tan traqueteados que comían por pura necesidad, casi por inercia. Daniel y Ellie se unieron al grupo y comieron en silencio.
Después, las mucamas de confianza sacaron sus dotes de artistas. Parecían artesanas trabajando en una obra maestra. Gracias a ellas, Adelaide Stoner terminó convertida en la imagen perfecta de una gran dama.
Por fin llegó la hora de recibir al invitado. Sophie chequeó por última vez cómo estaban vestidos Daniel y Ellie.
—Caminen detrás de nosotros. Solo fíjense en lo que hace el de adelante y síganle el paso.
Ellie asintió, muerta de los nervios. En un día tan importante como hoy, si metías la pata, era fijo que te sacaban hasta la ropa y te botaban a la calle.
Adelaide salió del cuarto seguida por su séquito y fue hacia la escalera principal. El conde Stoner, que ya estaba esperando abajo, volteó hacia ella. Miró de reojo a la mucama nueva —o sea, a Daniel— y le ofreció el brazo a su esposa. Adelaide, juguetona, le habló a su marido, que siempre era tan serio:
—¿La viste?
—¿A quién?
—Ay, no te hagas el loco. Si te vi cuando la miraste… a la chica rubia.
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