Sirvienta X Sirviente - 38
—¡Guau! Pero, ¿quién sabe? De repente de verdad se le hace, ¿no?
Las ayudantes de cocina estaban en pleno alboroto. A Ellie también le latía el corazón de pura emoción. «Tal vez yo no, pero si es Diana, de repente sí lo logra», pensó. Pero Daniel, que siempre era un frío, le pinchó el globo de un solo golpe.
—No creo. Ya, dejen de hablar; dice que va a comer algo ligero, ¿qué hay que llevar?
—Ah, ¿es para la señora? Un ratito.
Las cocineras empezaron a moverse de un lado a otro. Ellie olfateó el aire por el olorcito rico que salía. De la nada, apareció un gato negro y se metió debajo de su falda. Ellie se asustó y juntó los pies al toque.
—¡Alexandre!
gritó, pero el gato sacó las garras y empezó a juguetear con la tela. Parece que los adornos de la basta le llamaban la atención. Daniel hizo un sonido de advertencia. —Shasha, ya. Déjala.
Increíblemente, el gato se quedó tieso como si le hubiera entendido. Lo miró con aire de suficiencia y se alejó caminando todo elegante. Ellie miraba a Daniel y al gato, asombrada. Una vez que pasó el susto, le entró la curiosidad.
—¿Shasha? Daniel se encogió de hombros como diciendo «¿qué tiene?»
Ellie arrugó la cara, fastidiada. Según ella, habían quedado en que el gato se llamaría Alexandré. Justo cuando le iba a reclamar, el gato saltó de un brinco al mostrador.
—¡Ay! ¡Trevor, bájate de ahí!
—Ven aquí, Jay.
Una de las cocineras cargó al gato al instante. Resulta que cada uno le decía como le daba la gana. Daniel la miró con una sonrisita de costado, y Ellie resopló de pura pica, sintiéndose traicionada.
Mientras tanto, en la bandeja de plata ya estaban los scones calientitos, las tostadas y un juego de té bien bonito. Daniel levantó la bandeja, que pesaba lo suyo. Se acabó la hora del relajo; había que volver a la chamba. A Ellie se le pasó el enojo al toque y se quedó mirando los scones doraditos. Tenía una cara de hambre que parecía que se le iba a caer la baba ahí mismo.
De camino de regreso, Ellie, que no le quitaba el ojo a los scones, comentó:
—Se ven distintos, ¿no?
—¿Qué cosa?
—El brillo, pues. Y hasta la mermelada tiene un color nada que ver con la que comemos nosotros. Ellie pasó saliva. Se moría por meter el dedo para probar un poquito, pero sabía que no podía.
Daniel miró la bandeja. Obviamente, a él le daban igual los scones o la mermelada, pero sí le daba curiosidad la calidad del té. «Siendo la condesa, mínimo tomará algo decente», pensó. Sin pensarlo dos veces, abrió la cajita del té. Ellie se asustó y empezó a mirar a todos lados como loca.
—¡¿Qué haces?!
—¿Qué tiene? Daniel agarró una hoja seca y la olió. No estaba mal, pero tampoco era la gran cosa.
‘Para ser condesa, no tiene gustos tan finos’
A diferencia de Daniel, que estaba de lo más fresco, Ellie estaba que se moría de los nervios. Tenía una cara de angustia y no dejaba de zapatear.
—¡Ten cuidado, por favor! ¿Qué pasa si alguien nos ve?
—¿Tú me vas a decir eso a mí? Daniel soltó una risita burlona. Estaba claro lo que quería decir: que ella era demasiado despistada como para andar dándole sermones a otros. Como era verdad, Ellie solo atinó a estirar el hocico, toda picada.
Los dos volvieron al cuarto de la condesa. Adelaide ya se había cambiado y estaba con su bata de casa. La mucama que le estaba peinando el cabello señaló con la cabeza la mesita junto a la ventana. Con dejar el té ahí, la misión de ellos terminó. Servir el té y atender la mesa era chamba de las mucamas de confianza.
La mañana pasó súper lenta. La rutina de la condesa era bien aburrida. Apenas terminó de comer, se tiró en una poltrona del balcón, mientras las mucas entraban y salían haciendo sus cosas. Daniel y Ellie se quedaron ahí parados como si fueran dos adornos más de la habitación. Parece que solo los llamaron para que el cuarto se viera lleno, porque nadie les pedía que hicieran nada.
En eso, pasaron por ahí algunas caras conocidas: las empleadas que venían a ver lo de la chimenea. Cuando las vieron a ellas dos tan bien vestidas, se quedaron con el ojo cuadrado. Ellie se alegró de ver a sus compañeras, pero no era ni el momento ni el lugar para ponerse a chismosear. Las otras no dijeron ni pío y se pusieron a trabajar en silencio.
Nada que ver con lo que Ellie se había imaginado. No hacían nada, así que por el lado físico estaban descansadas, pero los nervios no la dejaban tranquila. Ellie, ya aburrida de estar parada, se puso de costado apoyando todo el peso en una sola pierna. Daniel, al verla, le dijo solo moviendo los labios: —‘Párate bien’.
Ellie se enderezó de mala gana. En ese momento, Sophie, que estaba ordenando el tocador, les lanzó una mirada de reojo. Ellie aguantó la respiración del susto. Cuando Sophie dejó de mirarlas, recién pudo soltar un suspiro de alivio.
Mientras Ellie peleaba contra el aburrimiento, Daniel chequeaba con cuidado cómo se movía la gente en el cuarto. La puerta de la derecha daba al vestidor y la de la izquierda al cuarto de la mucama de turno. Pensó que el vestidor sería mejor para entrar a escondidas porque siempre estaba vacío, pero se dio cuenta de que cada vez que entraban o salían, le echaban llave sin falta.
Seguro como ahí están las cosas de valor, las cuidan con más celo. Entonces, el mejor momento para apuntar al cuarto de la izquierda es cuando todas las mucamas estén ocupadas; por ejemplo, cuando la condesa tenga visitas.
Cruuuac. El rugido que pegó el estómago de Ellie hizo que Daniel volteara al toque. Ella, toda avergonzada, se sobó la panza. Daniel soltó una risita burlona, como no dándole crédito a lo que oía.
Ellie miró con resentimiento a Adelaide, que seguía en el balcón. Ya había pasado la hora del almuerzo hace rato, ¿por qué rayos no les decía que ya podían ir a comer? Justo en ese momento, se abrió la puerta del pasillo y entraron dos de las mucamas de confianza.
—¡Ay!
—Una de ellas se tapó la boca con la mano, como sorprendida.
Por su reacción, Daniel y Ellie se dieron cuenta de lo que había pasado: se habían olvidado por completo de que ellos dos estaban ahí y se habían turnado entre ellas para ir a almorzar solitas. La otra mucama, bien conchuda, soltó:
—Vayan a comer de una vez.
—Hubieran dicho algo, pues.
añadió la otra con una sonrisita fingida.
Ellie se quedó muda de la indignación. Daniel la agarró de la muñeca antes de que explotara.
—Con su permiso, entonces.
—Sí, vayan tranquilos, no se apuren.
Parecía que querían hacerse las amables para disculparse, pero a Ellie no le entraba el cuento. Salió del cuarto sin decir ni pío y caminó por el pasillo pisando fuerte, para que se note su enojo. Ya no quedaba nada de esa chica tímida que siempre andaba pidiendo permiso para respirar.
Cuando llegaron al comedor, ya casi no quedaba nadie. En la cocina es imposible saber si faltan uno o dos por comer. Cuando le dijeron que ya se había acabado la carne, Ellie casi se pone a llorar ahí mismo.
De verdad, no darle de comer a tiempo a Ellie era como jugar con fuego; era peligrosísimo. Daniel tuvo que sudar la gota gorda para calmarla porque estaba furibunda.
Pero la historia se repitió en la cena, después de aguantar toda una tarde aburridísima. Esta vez, ya no quedaba nada de postre. Ellie, con los ojos llorosos, juró que en su vida quería volver a ser una mucama de confianza si ese era el trato.
Quizás por un poquito de remordimiento, antes de que acabara el turno, Sophie les dijo como si les estuviera haciendo un gran favor:
—Buen trabajo. Mañana va a ser un día movido, así que por hoy descansen temprano.
Ellie ni le respondió. Como no había comido nada dulce, no tenía ni ánimos para hablar, así que le importaba un comino quedar mal.
Daniel solo sacudía la cabeza. Lo más gracioso era que Sophie ni cuenta se dio de la «rebeldía» de Ellie. Ella regresó al altillo con el corazón apachurrado.
Se turnaron para lavarse antes de que llegaran las demás mucamas. Como mañana tenían que ponerse la ropa prestada otra vez, la colgaron con cuidado en la pared. Ellie, tirada en su cama, soltó de pronto:
—Oye, quítatelo nomás, con confianza.
—¿Qué?
Daniel abrió los ojos como platos.
Ellie, un poco palteada (avergonzada), se señaló la cabeza.
—Digo la peluca… ¿No te incomoda tenerla puesta todo el tiempo?
Daniel apretó los dientes. Se sintió un reverendo estúpido por haberse puesto nervioso cuando ella dijo «quítatelo».
—Estoy más cómodo así.
—Bueno… si tú dices.
Era el floro más grande del mundo, pero Ellie no insistió. Pensó que, como Daniel podía perder la chamba solo por tener el pelo corto, era normal que estuviera así de estresado con el tema.
Mientras miraba el techo, Ellie recordó cómo se veía Daniel sin la peluca. Como tenía el pelo corto, más que «bonita» se veía «churro» (guapo). Pero claro, decirle eso a una «mujer» sería una falta de respeto. Ellie lo miró de reojo. ¿Se amargaría si le pedía que se la sacara una vez más?
Para Daniel, esa mirada de Ellie era de lo más incómoda.
—¿Qué pasa?
—Nada…
Ellie volteó la cara al toque.
Ya llegaría el día en que Daniel se la mostrara por voluntad propia. No quería presionar y terminar rompiendo la poquita confianza que habían construido.
Ellie tenía razón, pero su deseo se cumpliría en el momento menos oportuno y de la forma que menos se imaginaba.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com
Deja una respuesta
You must Register or Login to post a comment.