Sirvienta X Sirviente - 37
Pero ya era demasiado tarde. El manojo de cabellos rubios cayó al piso con un golpe seco. Ellie, que se había dado la vuelta sin pensar, se quedó fría, estática como una estatua.
—Diana, tu pelo…
Daniel se pasó la mano por la cabeza. Pero lo único que sentía era su propio cabello, bien cortito. Él siempre estaba preparado para cualquier situación, pero esta vez no supo cómo reaccionar al toque. Jamás se imaginó que lo descubrirían de una forma tan tonta.
Sentía que el cerebro se le había congelado, no podía ni pensar. Pero una cosa era segura: si demostraba que estaba nervioso, ahí sí que todo se iba al tacho.
Era una situación de vida o muerte. Una gota de sudor frío le resbaló por la nuca y se escondió bajo el cuello de la camisa. «¿Cómo lo arreglo?, ¿cómo, cómo?».
Primero, nada de caras de asustado. Daniel se agachó despacio y recogió la peluca. Le dio unos golpecitos para quitarle el polvo y soltó con toda la concha del mundo:
—Es una peluca. ¿Algún problema?
—No, problema no hay… pero ni cuenta me había dado.
Como él se puso serio, Ellie se rascó la cabeza, toda palteada. Él pensó que ella iba a pegar un grito al cielo diciendo que era hombre, pero su reacción fue solo de sorpresa. Típico de Ellie.
Con el alivio, por fin le empezó a carburar el cerebro. No era momento de ponerse pesado con ella. Más bien, era una suerte que la testigo fuera Ellie y no otra persona.
Daniel se miró al espejo y se volvió a poner la peluca. Lo que sea, solo necesitaba un floro convincente. Porque el hecho de tener el pelo corto no era tan raro como el haberlo ocultado a propósito.
—Lo vendí.
—¿Qué?
Ante esa respuesta de la nada, Ellie peló los ojos. Daniel se acomodó los pelos falsos hacia un lado y se los amarró con naturalidad. No había por qué ponerse tenso. Al final de cuentas, ¿acaso no mentía todos los días como si fuera lo más normal del mundo? Miró a Ellie de frente y siguió con el cuento:
—Necesitaba plata urgente, así que me lo corté y lo vendí. Pero después de eso no me daban chamba en ningún lado.
—¡Asu…!
Ellie se tapó la boca con las dos manos, como si le hubiera dado un choque.
Para haber sido una mentira improvisada, sonaba bien creíble. Que una campesina pobre vendiera su cabello era algo súper común. Incluso corría el chisme de que, si unos ladrones no encontraban nada que robarte, te cortaban el pelo para llevárselo. Y el cabello rubio, sobre todo, se vendía carísimo.
A Ellie se le bajó la mirada, toda apenada. Por cómo lo miraba, parecía que se había tragado el cuento completito y hasta le tenía lástima.
«De hecho que es una tonta», pensó Daniel aliviado, pero decidió asegurar la jugada una vez más.
—Si se enteran, capaz que me botan de aquí también. Porfa, que quede entre nosotros.
—Sí, sí, no te preocupes.
Ellie asintió varias veces seguidas.
Como Diana era tan bonita, como una señorita de la nobleza, Ellie pensó que nunca le habría faltado un plato de comida, pero resultó que la había pasado tan mal como para tener que vender su propio pelo. Bueno, ella misma había dicho que no tenía papás, ¿no? Ellie sintió una punzada en el pecho por la empatía y la compasión.
Fue una jugada maestra. Sin embargo, Daniel sentía un «no sé qué» medio raro. Lo normal sería que lo viera como un hombre hecho y derecho, o como un pervertido con falda.
Pero no era solo porque Ellie fuera tonta o buena gente y le creyera fácil. Era porque ella no lo veía, pero para nada, como a un hombre. Claramente eso era algo bueno para su misión, pero por alguna razón se sentía como el fuchi.
Igual, estando a punto de entrar al corazón del enemigo, no tenía tiempo para andar pensando en esas tonterías. Cuando los dos salieron del cuarto, Sophie los estaba esperando. Ella les echó una mirada crítica de pies a cabeza y luego entró a otra habitación.
—Vengan por aquí.
Era una salita que daba al dormitorio de la condesa. Una especie de sala de espera donde se quedaban las damas de llaves cuando la dueña de casa quería estar sola o estaba durmiendo la siesta.
Sophie agarró un frasquito que estaba frente al espejo. Era un ungüento rojo de origen desconocido. Les puso un poquito en los labios a Daniel y a Ellie.
Y también le acomodó el pelo a Ellie, que se lo había amarrado así nomás. A Ellie le dio un vuelco el corazón pensando que Sophie también querría tocarle el pelo a Daniel. Pero por suerte, Daniel pasó la inspección al toque.
—Ya está, vamos. Primero hay que saludar a la señora.
Por fin iban a entrar al dormitorio de la condesa. Ellie estaba tan tiesa de los nervios que caminaba como un robot. Sophie le echó más leña al fuego:
—No abras la boca por las puras, solo responde si te preguntan algo.
La puerta se abrió. Un dormitorio tan lujoso que te hacía dar vueltas la cabeza. A Ellie se le cayó la quincha de la impresión.
Vieron a una mujer apoyada en un banco a los pies de la cama, rodeada de sirvientas. Adelaide Stoner, la condesa Stoner, era una belleza de cabello castaño rojizo.
Parecía que recién se despertaba, porque estaba en bata de seda. Quizás porque no llevaba esos vestidos exagerados ni adornos en la cabeza, se veía un poco diferente a como la habían visto pasar antes.
Ella preguntó con voz lánguida:
—¿Y esas chicas?
—Señora Wise las mandó para que aprendan el oficio.
—Ahhh…
Adelaide movió la cabeza como si le diera flojera. Sophie se mantuvo bien derechita y formal. Adelaide se levantó y se acercó a ellos despacio.
Para ser mujer, era bien alta. Casi estaba al mismo nivel que Daniel. Ellie, que quedó atrapada entre esas dos bellezas altísimas, se sintió chiquitita y encogió los hombros.
La condesa miró a Daniel con ojos afilados, como si lo estuviera evaluando.
—¿Tu nombre?
—Diana Dawson.
respondió Daniel con calma.
Sophie le lanzó una mirada de advertencia a Ellie, que estaba en las nubes. Ella reaccionó al toque y gritó:
—¡E-Ellie Brewer…!
Pero Adelaide ni le hizo caso a Ellie. Se quedó mirando a Daniel en silencio un momento y luego se dio media vuelta para regresar a su asiento.
Las damas de llaves empezaron a moverse de un lado a otro. Sacaban las sábanas y abrían las ventanas para que entre aire. Como no les habían dado ninguna orden, Daniel y Ellie se quedaron ahí parados como postes.
Una sirvienta de piel muy blanca, que tenía toda la pinta de ser extranjera, trajo agua caliente. Sophie remojó una toalla y, con mucho cuidado, le limpió la cara a Adelaide.
Adelaide, acostumbrada a que la atendieran así, soltó de pronto:
—¿Había una chica así entre las empleadas de la casa?
—Parece que ambas acaban de entrar hace poco.
Adelaide volvió a abrir los ojos. Miró de reojo a Daniel y siguió hablando con una voz ligera, casi como si estuviera cantando.
—Parece que mi marido ya se está poniendo viejo.
—¿Perdón?
—Yo conozco bien sus gustos. Esa chica es bien alta y guapa, ¿no? Si fuera como antes, ya le habría puesto la mano encima hace rato.
No había duda de a quién se refería con lo de «belleza alta». Daniel hizo un esfuerzo sobrehumano para mantenerse serio. Ellie, en cambio, que no sabía fingir ni un poquito, puso una cara de asco al toque.
Si decía «mi marido», de hecho se refería al conde Stoner. El tipo tenía toda la pinta de ser un caballero serio y anticuado, pero parece que era un mañoso con las empleadas. Ahora ya se sabía de dónde había sacado William esas mañas.
Para alguien que es un simple sirviente, era una situación bien tranca de responder. Si le dabas la razón, quedabas como una igualada criticando las andanzas del patrón; y tampoco podías ir de frente a consolar a la señora así nomás. Pero Sophie era una dama de llaves con mucha cancha.
—¿Quiere que la mande de regreso abajo?
—No. Hay que ponérsela en frente para ver qué hace. Tengo curiosidad por ver si nuestro conde todavía tiene sus fuerzas intactas.
Daniel sintió que le volvía el alma al cuerpo y se tragó un suspiro de alivio. Casi pierde esta oportunidad de oro por una tontería.
Adelaide se estiró con ganas. La bata se le abrió un poco dejando ver su piel blanca. Una de las damas de llaves, que todavía tenía cara de chiquilla, le dijo sonriendo:
—¿Le preparo el desayuno?
—Algo ligero nomás. Mi cintura ya está en el límite, de verdad.
—Sí, señora, entendido.
A diferencia de las empleadas de limpieza, que siempre paraban serias y apuradas por acabar la chamba, las damas de llaves siempre mantenían una actitud relajada y una sonrisa en la cara. Claro, ellas también tendrían sus rollos, pero Ellie se moría de la envidia de solo verlas.
Sophie les hizo una seña con la barbilla a Daniel y a Ellie, que seguían ahí parados.
—Vayan ustedes. Digan lo que les pedí y les van a preparar todo.
—Ya.
Los dos salieron del cuarto. Apenas se cerró la puerta, Ellie explotó de la rabia.
—¿»Mi marido»? ¿Qué fue con eso? ¿De qué estaba hablando?
—¿Para qué preguntas si ya sabes?
respondió Daniel caminando adelante, sin darle mucha bola.
Así que al conde Stoner le gustaban las altas. Si él fuera mujer de verdad, vería esto como una chance para acercarse, pero qué piña; más bien tenía que cuidar que el viejo no se le acerque mucho para que no le descubra el secreto.
Ellie miraba la nuca de Daniel con ojos de pocos amigos. «No me digas que este va a caer en las garras del conde», pensó. Sabía que él tenía a su pareja a la que amaba con locura, así que era difícil que pase algo, pero igual le daba cosa.
Cuando bajaron a la cocina, las ayudantes se les amontonaron como ovejas. Estaban en pleno corre-corre preparando los ingredientes para el banquete de mañana, pero cuando vieron aparecer a Daniel y a Ellie con esos vestidos elegantes, se armó todo un alboroto.
—¡Habla, Ellie! ¡Qué linda estás!
—Diana, ¿ya te ascendieron a dama de llaves?
—No, solo es por mientras.
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