Sirvienta X Sirviente - 36
Llegó lo que tenía que llegar. Daniel se sobresaltó por un segundo, pero respondió con total naturalidad, tal como lo había planeado.
—Sí, como apoyo por un momento.
—Qué bueno.
Sara miró de reojo a Ellie esta vez. Sin embargo, no le preguntó nada. Ellie no tenía la menor idea de qué estaban hablando ellos dos, ni mucho menos por qué la habían llamado.
Sara tampoco estaba del todo segura de si esta era la decisión correcta. Volvió a examinar de arriba abajo la apariencia de Ellie, que no terminaba de convencerla, y luego fue directo al grano.
—Mañana vendrá un invitado muy importante. Así que ustedes dos van a ayudar a la señora entre hoy y mañana.
—Sí.
—¿Perdón?
Ellie abrió los ojos de par en par. Una trabajadora del hogar de su rango no suele tener la oportunidad de trabajar cerca de la familia de los patrones. Eso era un honor reservado solo para el personal de confianza. Aunque todos recibían un sueldo, por así decirlo, pertenecían a «niveles» distintos.
Sara miró a Ellie con total desconfianza. En realidad, la señora Wise había elegido a Daniel y a Betty. Como ellos sabían algo de protocolo, pensó que con solo ponerles ropa elegante se verían bastante bien.
Pero Sara se opuso. Después de haber recibido el informe de todo lo que pasó ayer, no creía que fuera buena idea mandarlos juntos. En su lugar, recomendó a Ellie. Aunque le faltaran algunas cosas, era dócil y, si estaba junto a Daniel, al menos haría bien su parte.
Aun así, no podía evitar sentir algo de ansiedad. Si cometían un error grave, era obvio que ella recibiría los gritos y hasta el empleo de Ellie estaría en la cuerda floja. En lugar de quedarse dándole sermones a Ellie, Sara se dirigió a Daniel.
—No es nada difícil. Solo quédense ahí parados y hagan lo que se les pida. ¿Podrán hacerlo bien?
—Entendido.
Daniel respondió con seguridad. Pero Ellie, muerta de miedo, balbuceó:
—¿Yo, yo también? Es que yo…
Daniel le dio un codazo en la costilla a Ellie. Al intentar esquivar el golpe repentino, el cuerpo de Ellie se dobló de una forma muy extraña.
Se veía bastante graciosa, pero, por el contrario, eso tranquilizó a Sara. Pensó que, aunque Ellie fuera un poco torpe, él sabría cuidarla. Era mejor eso a mandar a dos que se llevan mal y que terminen haciendo un papelón frente a la condesa.
—Entonces, le informaré eso a la señora Wise. Terminen de comer y suban al segundo piso.
—Sí.
Apenas terminó de decir lo que quería, la jefa de las mucamas se retiró del lugar. Ellie, con cara de querer llorar, agarró la manga de Daniel y comenzó a sacudirla.
—¿De qué se trata todo esto? ¿Qué se supone que hagamos?
A diferencia de Ellie, que no entendía nada de lo que pasaba, Daniel ya había analizado toda la situación. El invitado que vendría mañana debía tener un estatus o una riqueza superior a la del conde Stoner.
Y para no ser menospreciado por alguien así, se necesita mucho más que joyas ostentosas. Para empezar, más personal de servicio. Se podría decir que es por pura apariencia, parecido a cuando un animal se infla para verse más grande frente a un enemigo fuerte.
Sin embargo, en un momento donde es difícil conseguir incluso personal de bajo rango, era imposible encontrar gente bien capacitada de la noche a la mañana. En esos casos, se usa el truco de vestir bien a las mucamas comunes para hacer bulto.
Una trabajadora común no tendría por qué entender la soberbia de esa gente que tiene la vida asegurada. Daniel lo entendía con la cabeza, pero no es que se sintiera identificado. En lugar de darle una explicación larga a Ellie, fue directo al punto.
—Solo quieren que ayudemos a las damas de compañía con sus recados. Es que les falta gente allá arriba.
—¡Asu!
Ellie se tapó la boca. ¿Trabajar con las damas de compañía? No importaba si era de mandadera o lo que sea. Solo el hecho de poder trabajar con esas señoritas tan bien vestidas —al menos para los estándares de Ellie— hacía que su corazón saltara.
Incluso Daniel, que siempre era muy calmado, tenía una expresión de tensión poco común. Por supuesto, su razón era totalmente distinta a la de Ellie. El perfil exagerado y la carta de recomendación de «Diana Dawson» tenían como objetivo inicial ser dama de compañía. Solo así podría entrar y salir libremente de las zonas más profundas de la mansión. Pero la señora Wise no confiaba en la gente tan fácilmente.
Ya habían pasado varios meses viviendo bajo perfil como personal de limpieza. Por fin había llegado la oportunidad. Lo ideal sería ganarse la confianza de la condesa y lograr un traslado permanente, pero si eso era difícil, al menos era la oportunidad para investigar los lugares más íntimos.
Daniel, impaciente, le dio un toquecito en el hombro a Ellie, que seguía medio ida.
—¿Vas a seguir comiendo? Me parece que tenemos que apurarnos en subir.
—¡No, no! Ya terminé.
Ellie regresó apurada a su sitio y recogió el plato que había dejado a medias. Le contó bajito a Amanda lo que pasaba. Amanda se quedó igual de sorprendida.
—¡Wow, qué suertuda!
Ellie se puso el dedo en los labios, pidiéndole por favor que se callara. Daniel suspiró al ver tanto escándalo. De todas formas no era un secreto, pero ella hacía todo un drama.
Ellie regresó corriendo y lo jaló de la manga.
—Ya, vamos rápido.
En el camino hacia la habitación de la condesa, Ellie estaba más tensa que el día que llegó a la mansión y se puso en «modo alerta». Por alguna razón, se sentía emocionada. Sabía que era imposible convertirse en una dama de compañía de verdad, pero al menos, ¿no podría hacerse amiga de ellas?
Al subir las escaleras principales, una de las damas de compañía que rondaba por el pasillo se les acercó.
—Ah, son ustedes. Ya me contaron.
Daniel solo asintió con la cabeza. Ellie, en cambio, estaba tan emocionada que hasta se le escuchaba la respiración fuerte.
Aunque Ellie era un caso especial, lo normal era que la mayoría de las mucamas soñaran con ser damas de compañía. Aunque seguían siendo de la clase trabajadora, para empezar, se veían mucho más elegantes. Ni hablar del mejor sueldo y de todos los privilegios que tenían.
Pero claro, si cualquiera pudiera hacerlo, no sería algo que todos envidiaran. Se necesitaba tener al menos un talento especial, ya sea en maquillaje, peinado o costura; además de cultura y buena conversación para ser la compañía de la patrona.
Y sobre todo, tener buena presencia era obligatorio. Al final, tener habilidad con las manos era secundario; lo más importante era su rol como «adorno» para mostrar ante los demás.
En ese sentido, Sophie, la que los recibió, era una dama de compañía impecable que no tenía ninguna tacha. La forma en que estiró el brazo para entregarles la ropa que llevaba era tan elegante que parecía un cuadro. Sin embargo, las siguientes palabras que salieron de sus labios fueron suficientes para romperle la ilusión a Ellie por completo.
—Bueno, como no pueden andar con esas fachas, primero cámbiense de ropa.
Ellie abrió los ojos como platos. Daniel, como si ya lo hubiera previsto, recibió la ropa sin inmutarse. Sophie señaló una puerta cerrada.
—Cámbiense en ese cuarto.
Desanimada, Ellie caminó arrastrando los pies hacia la habitación. En una situación así, no podían ponerse exigentes y pedir cuartos separados. A Daniel no le quedó de otra que seguirla.
Parecía ser el cuarto de alguna de las damas de compañía, pues se sentía ese aire de que alguien vivía ahí. Aunque estaba pegado a la zona de la patrona, por dentro no era muy diferente a un altillo. La única diferencia era que solo había una cama.
Un cuarto para cada una. Daniel volvió a lamentar no haber sido contratado como dama de compañía. Si lo hubiera logrado, no estaría pasando por este aprieto con Ellie.
Y su «aprieto» personal dijo quejándose:
—Oye, ¿qué tiene de malo cómo nos vemos?
—Ya, olvídate de eso y cámbiate primero.
Daniel se dio la vuelta hacia la pared. Incluso en un momento así, se notaba su firme decisión de no mirar el cuerpo de nadie. «Ay, qué pesado», pensó Ellie creyendo que él era un exagerado, y se quitó la ropa de un porrazo.
Frust, frust…
El sonido de la tela rozando hizo que Daniel se pusiera tenso por instinto. Su cabeza, que parecía malograda, no se cansaba de reproducir imágenes prohibidas: el busto sobresaliendo por encima del corsé, la cintura pequeña, las caderas redondeadas y todo eso.
Menos mal que Ellie no se quedó dando vueltas y se cambió al toque.
—Ya estoy.
Daniel se volteó. Ellie, con un vestido de seda de colores sobrios, se acomodaba el cuello sintiéndose extraña.
Ante la mirada de Daniel, esta vez Ellie se dio la vuelta hacia la pared de inmediato. Daniel la miró fijamente con desconfianza, pero ella ya había aprendido a leer sus gestos después de tanto tiempo.
—No voy a mirar. Así que cámbiate rápido.
No era algo que disfrutara, pero tampoco podía evitarlo. Daniel dejó el gorro y el delantal a un lado.
Como no confiaba del todo en Ellie, toda su atención estaba puesta en ella. Cualquier ruido que ella hacía lo ponía nervioso. Por culpa de eso, no se dio cuenta de que su gancho para el pelo se había aflojado.
Se cambió de ropa a toda prisa. Un mechón de cabello que se le soltó quedó atrapado dentro del cuello. Pero Daniel estaba concentrado solo en acomodar el relleno dentro del corsé y en cerrarse la parte delantera.
Ellie se daba golpecitos en los hombros y la cintura con el puño. Se estaba aburriendo soberanamente de mirar la pared por tanto tiempo. Apenas dejaron de oírse los ruidos de la ropa, ella habló:
—¿Ya terminaste?
—Eh… ¡No, espera!
En el momento en que Daniel respondió «eh» y levantó la cabeza, el cabello atrapado se estiró con fuerza. Sss… Daniel sintió que la peluca se le resbalaba y subió las manos desesperadamente.
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