Sirvienta X Sirviente - 35
A la mañana siguiente. Daniel y Ellie se sentaron juntos en la misma mesa, como siempre. Amanda, al verlos así, se alegró como si fuera algo suyo.
—¡Ya se amigaron!
A Ellie se le encendieron los cachetes de pura vergüenza. Ni siquiera se habían peleado, así que no sabía si llamarlo «amigarse». De todos modos, la relación se había recuperado. Al menos él ya le aceptaba el saludo de la mañana, aunque sea de forma tibia. ¿Quién sabe si pronto se volverían mejores amigos?
Daniel, con cara de pocos amigos, se dedicó solo a comer en silencio. Amanda se sentó frente a ellos con una sonrisa de satisfacción. «Parecen niños de lo tímidos que son», pensó.
—Qué bueno. Me preocupaba que, como yo no iba a estar, ustedes dos se la pasaran por su cuenta.
Ellie ladeó la cabeza al escucharla hablar como alguien que está a punto de irse. Daniel, que hasta hace un momento estaba indiferente como si el tema no fuera con él, también levantó la mirada extrañado.
Amanda acercó más su silla. Tras mirar de reojo a su alrededor, continuó hablando en voz baja.
—Es que pronto voy a dejar el trabajo.
—¿Qué?
A Ellie se le abrieron los ojos como platos. Es cierto que ya había escuchado algo parecido antes, pero no esperaba que el día de la despedida llegara así, de porrazo.
Amanda continuó, con bastante timidez:
—Es que… dice que ya está en la capital.
—¿Quién? ¿El hombre con el que te vas a casar?
Apenas Ellie le preguntó eso, Amanda se puso el dedo índice en los labios rápidamente. Ellie se quedó calladita. Amanda volvió a mirar a su alrededor y siguió contando:
—Sí. Dice que bajemos juntos. Que ni loco se regresa solo…
Ella empezó a juguetear con su trenza, enrollándola en su dedo.
Ayer por la tarde, el portero Anderson le había entregado una nota a Amanda a escondidas de los demás. Una carta escrita a pulso, con letra garabateada y rápida. El hombre se había aparecido de la nada, terco y decidido. Que así se muriera, no se regresaba solo ni hablar.
Era una situación para molestarse, la verdad. Habían prometido un futuro juntos, pero el presente es el presente. Sin embargo, a Amanda, por alguna razón, no le disgustaba la idea. Es más, hasta se sentía un poco ilusionada.
Esa ilusión de Amanda se le pegó rápido a Ellie. Cubriéndose la boca con ambas manos, Ellie respondió como hablando para sí misma:
—Ay, Dios mío… Qué bien, Amanda. Me alegro por ti.
Daniel, con cara de pocos amigos, no dijo ni muna. Había sido una conversación corta, pero ya se daba una idea de cómo venía la mano. Lo primero que se le vino a la mente fue un resentimiento, aunque no tanto: «Si te ibas a quitar, hubieras avisado antes».
La presencia de Amanda no afectaba en nada la misión de Daniel. Que ella estuviera o no, solo cambiaba una cosa: que él no habría podido intentar distanciarse de Ellie tan a la ligera.
Siendo honestos, como Amanda estaba ahí, él se animó a alejarse de Ellie. No por otra cosa, sino porque Ellie es tan despistada que no da confianza dejarla sola. En serio, no era por otra razón, sino porque verla así ponía ansioso a cualquiera.
Daniel pensó eso y se puso de peor humor. ¿Por qué diablos tenía él que andar pendiente de esas cosas? Ellie, sin saber lo que él sentía, le buscó la lengua para que estuviera de acuerdo:
—Qué buena noticia, ¿no?
—¿Qué cosa?
Ante la respuesta cortante de Daniel, Ellie movió los ojitos de un lado a otro. «¿Qué pasa? ¿Le molestará que Amanda se case primero?», pensó. Después de darle vueltas, Ellie se dio cuenta de que Daniel no sabía los detalles, ya que Amanda le había dicho que solo se lo contaba a ella.
—Ah, este… no es que hayamos hablado entre nosotras a propósito… o sea, es que ella me contó primero de casualidad y…
—A Diana ni le interesa.
Amanda cortó en seco lo que Ellie decía. Justo cuando ella intentaba arreglar las cosas, Amanda le tiró un baldazo de agua fría. Ellie, toda nerviosa, trató de consolar a Daniel al toque:
—Perdón, Diana. No te resientas, porfa.
Daniel puso cara de «qué le pasa», preguntándose en qué momento se había resentido. Pero Ellie estaba sinceramente apenada, sin saber qué hacer.
Amanda se apoyó en su mano, con desgano, y soltó:
—Me voy a casar. No te importa, ¿verdad?
—No.
Daniel respondió sin dudarlo ni un segundo. Amanda sonrió con aire triunfal, como diciendo «ya sabía». Si fuera Ellie la que se casara, vaya y pase, ¿pero a él qué le iba a importar que ella se casara?
Aun así, Ellie no cambiaba de parecer. Según su lógica, no existía persona en el mundo a la que no le doliera sentirse excluida por sus amigos. Ellie agarró la manga de Daniel y la sacudió, insistiendo en sus disculpas:
—De verdad, perdóname. No le hagas caso a lo que dice Amanda.
Daniel estaba atónito, pero no le dieron ganas de aclarar el malentendido. Al contrario, sentía una extraña satisfacción al ver que ella estaba pendiente de su estado de ánimo. Incluso sintió una especie de superioridad retorcida al ver que Ellie se preocupaba más por él que por Amanda, que se iba de inmediato.
Por supuesto, Amanda no tenía la más mínima intención de ponerse a pelear con él por Ellie. Ella siguió con la conversa como si nada.
—En fin, como todavía tengo que hablar con la señora Wise, esto queda entre nosotros, es un secreto.
—Ya, está bien.
Ellie asintió con toda la seriedad del mundo. Para ella, lo que contaba Amanda era como una novela romántica: la chica que deja su tierra y el hombre que, como no puede olvidarla, la sigue hasta aquí.
Le dio un poquito de envidia. En su vida —que podía ser corta o larga, según se mire—, nunca había pasado algo ni remotamente parecido. Bueno, también es que desde chiquita se la pasó viendo cómo darles de comer a sus hermanos, así que ni tiempo para esas cosas tuvo.
Ellie miró de reojo a Daniel. «Pensándolo bien, este también se hace el que no le importa nada, pero de seguro tiene su lio amoroso por ahí a escondidas», pensó. Todos se hacían los estrechos, pero por lo bajo ya tenían a su media naranja. Todos menos ella.
Daniel sintió su mirada y le soltó de forma tosca:
—¿Qué pasa?
—Nada.
Ellie le quitó la mirada con un gesto sobrador. Daniel no terminaba de entenderla; hace un ratito estaba desesperada por amigarse con él y ahora esto.
Y lo que menos entendía era a él mismo, dejándose llevar por los caprichos de Ellie. Una palabrita o un simple gesto de ella hacían que él estuviera pendiente a cada rato.
Por suerte, aunque no sabía por qué ella estaba de malas, la solución era simple. Daniel agarró un trozo de jamón de su plato y lo puso en el de Ellie. Como era de esperarse, a ella se le iluminó la cara al toque.
—Gracias.
Amanda, todavía apoyada en su mano, miraba la escena. Era divertido ver cómo esos dos andaban en ese tira y afloja. De cierta forma, parecían un par de chiquillos enamorados.
Justo cuando ella iba a soltar un comentario que a Daniel le habría dado un patatús, el ama de llaves y la jefa de criadas entraron al comedor. Las dos miraban a las empleadas que estaban almorzando con una cara de seriedad absoluta, mientras discutían algo entre ellas.
Los murmullos de las chicas se cortaron en seco. ¿Habría pasado alguna emergencia? Nadie se atrevía a decir nada, pero todas las miraban de reojo.
Un silencio total cayó también en la mesa de Ellie. Ella susurró bajito:
—¿Habrá pasado algo?
Amanda se encogió de hombros, sin tener la menor idea. Daniel solo negó con la cabeza ligeramente.
A Ellie se le achicó el corazón de puro miedo y miró de reojo a Betty. Betty también la estaba fulminando con la mirada, como diciendo: «Si me has ido con el chisme, vas a ver lo que te pasa».
Ellie bajó la mirada al instante. Aunque la otra fue la que empezó la bronca, ella nunca pensó en acusarla. Eso sería muy bajo y, además, cuando hay líos, la que siempre sale perdiendo es la última en llegar.
Finalmente, cuando terminaron de hablar, Sarah se dio la vuelta. Se fue derechito hacia la mesa donde estaban los tres. Ellie, para no chocar miradas, volvió a bajar la vista. No había hecho nada malo, pero el corazón le iba a mil por hora.
Pero el asunto de Sarah no era con Ellie.
—Diana, ¿podemos hablar un momento?
—Sí.
Daniel se levantó al toque. Ellie y Amanda se quedaron parpadeando sin entender nada. Sarah se quedó mirando a Ellie un momento y añadió:
—Ellie, tú también ven.
—¿Perdón?
Ellie, que ya se sentía culpable de algo, preguntó saltando de su asiento. Pero la jefa de criadas no dio explicaciones y solo hizo un gesto con la barbilla para que se apuraran. Ellie, con una cara de que quería llorar, dejó el tenedor y se levantó.
Sarah los llevó a un rincón apartado del comedor. Como llamó a Daniel primero, no parecía que fuera por lo de ayer, pero Ellie seguía con los nervios de punta. Entre que se había quedado dormida y otras cositas, siempre había algo que la hacía sentir en falta.
Era un cambio repentino en su rutina tranquila. Las empleadas que estaban cerca los miraban con curiosidad. Sarah les lanzó una mirada de esas que queman y las chicas, por puro miedo, se fueron alejando. Recién ahí, Sarah habló.
—Diana, dijiste que ya habías trabajado antes atendiendo gente, ¿no?
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