Sirviente X Sirvienta - 34
Daniel puso a Ellie detrás suyo, como queriendo esconderla. Sin soltarle la mano, esta vez se dirigió a Betty.
—Tú también ya párala.
La voz de Daniel era tan gélida que podía congelar a cualquiera. Ante esa mirada tan fría, hasta Betty, que no le tenía miedo a nadie, terminó achicándose.
Daniel no tenía en mente eso de que ‘no es bueno llamar la atención’ o ‘mejor no chocar con las mucamas’. Eso ya no le importaba nada. Giró la cabeza bruscamente y paseó la mirada lentamente por los lacayos que estaban sentados a lo largo de la mesa. Todo era culpa de esos tipos. Monos de m… que no se dan cuenta de nada.
Clavó la vista exactamente en Ian, que estaba entre ellos, y soltó:
—¿Qué? ¿Acaso hay función?
Ian le dio un codazo al que estaba a su lado. El lacayo, que ya había terminado de comer hace rato y se estaba divirtiendo de lo lindo con el espectáculo, se paró de un salto.
—Ah, ¿echamos una partida de billar?
—Ya, vamos.
Como si se hubieran puesto de acuerdo, todos salieron disparados del comedor. Daniel rechinó los dientes mientras los veía irse.
No es que el mundo de las mucamas fuera extraño. En cualquier grupo, cuando entra alguien nuevo, siempre hay roces. Hasta donde él sabía, esas cosas suelen calmarse solas con el tiempo.
Y cuando se trata de un grupo de mujeres, el factor que más malogra todo es el metiche de afuera que se mete donde no lo llaman. Esos tipos, como unos monos que no saben leer el ambiente, se meten a estorbar y hacen que todo se enrede más, mientras balbucean tonterías como que ‘el mundo de las mujeres es de temer’.
Pero, digan lo que digan, el que se había portado menos como un hombre hoy era el mismo Daniel.
—Ya terminaste, ¿no? Vamos.
Ellie asintió con las pocas fuerzas que le quedaban. Daniel la jaló de la mano. Ellie caminó dejándose llevar y Betty tampoco intentó detenerla; al final, ambas querían evitar seguir peleando.
De pronto, Ellie vio a Amanda que estaba parada ahí cerca. Amanda le dedicó una sonrisa como diciéndole que todo iba a estar bien. Ellie, que se había mantenido firme encarando a Betty, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas al ver ese gesto.
Daniel subió las escaleras sin decir ni una palabra. Estaba tan asado que no le salía la voz. Escuchar los sollozos de Ellie detrás de él lo ponía más de malas. No estaba molesto con Ellie ni con Betty. Estaba furioso consigo mismo.
Por no saber controlar sus propios deseos, le había echado la responsabilidad a ella. No fue capaz de hacerse el loco hasta el final y terminó haciendo que la hirieran. Y de la forma que él más odiaba: tratando a una persona como si fuera invisible.
Por fin llegaron al último piso. Se dirigieron a la pequeña habitación del ático, que era como su refugio personal. Recién cuando cerró la puerta, Daniel le soltó la muñeca.
Ellie agachó la cabeza. No se le veía la cara, pero hasta su cabecita se veía deprimida. Daniel, ganándole el sentimiento, habló primero:
—Te dije que no choques con Betty.
—¡Es que ella, ella empezó primero…!
Ellie levantó la cabeza de golpe. Por suerte, no había rastro de lágrimas. Daniel, un poco más tranquilo, fue y se sentó en su cama.
Ellie se quedó ahí parada haciendo pucheros, hasta que caminó arrastrando los pies hacia su cama. Se dejó caer en el borde y, con voz entrecortada, preguntó:
—¿Yo hice algo malo…?
¿Por qué será? A Daniel le sonó como si ella le estuviera preguntando a él. Como si le cuestionara si el hecho de que él se portara tan cortante o que la dejara en aprietos era porque ella había fallado en algo.
Si era así, él podía responder con total seguridad.
—No.
—¿Entonces por qué les caigo mal a todos?
Ellie se cubrió la cara con las manos. Daniel se quedó mirando su coronilla. Esas palabras también sintió que iban dirigidas a él y le remordió la conciencia. Al final, no le quedó otra que soltar la firme.
—… No me caes mal.
—¿Entonces te gusto?
Ellie levantó la cabeza al toque. Sus ojos brillaban. Cambió de humor en un segundo, como si nunca hubiera estado a punto de llorar.
Daniel frunció el ceño al darse cuenta de que había caído otra vez. ¿Cuántas veces ya lo habían agarrado de punto con la misma jugada?
Ellie, que como siempre no sabía leer el ambiente, lo apuró por una respuesta:
—¿Ah? ¿Yaaa? ¿Te gusto?
—Ahorita me estás empezando a caer mal.
Ante la respuesta esquiva de Daniel, Ellie volvió a hacer puchero. A ella no le importaba si a Betty o a todas las mucamas les caía mal. Pagaban bien y la comida era rica; con eso podía aguantar lo que sea.
Pero que él, a quien ya había bautizado como su ‘primer amigo’, la odiara… eso sí no lo soportaba. Ellie levantó un poco la mirada para chequear la cara de Daniel.
Quizás era idea suya, pero sus ojos no se veían tan fríos como ayer. Amanda se lo había dicho: él es más bueno de lo que parece. Además, la acababa de defender hace un ratito.
Ellie se pellizcó el muslo con fuerza, cuidando que Daniel no se diera cuenta. Las lágrimas que ya se habían secado volvieron a brotar un poquito. Antes de que se le pasara el efecto, se apuró en hablar:
—Diana, ¿somos amigos, no?
Daniel la miró como si no pudiera creer lo que oía. A él todavía se la pasaba, pero ¿cómo podía decir eso después de que la habían ninguneado todo el día?
Ellie lo miraba fijamente, con las lágrimas colgando de las pestañas, como rogándole. Si él era sincero ahora mismo y le decía que sí eran amigos, ella le perdonaba todo. Después de todo, hasta los mejores amigos se pelean de vez en cuando.
—Ja.
a Daniel se le escapó una risa irónica.
¿Acaso no le creía? Ellie se asustó un poco y, con la voz más lastimera que pudo fingir, repitió lo de hace un rato:
—¿Por qué les caigo mal a todos
—Ya te dije que no les caes mal.
—¿Y entonces por qué no tengo amigos…?
Ante ese tono tan penoso, Daniel se quedó mudo otra vez. Ya le había encajado a Amanda para que jugara a las amiguitas con ella. Pero, ¿y si Ellie y Amanda se volvían mejores amigas de verdad? Por alguna razón, de solo pensarlo se le revolvían las tripas.
Ellie volvió a taparse la cara con las manos.
—Bua, bua.
Daba la impresión de que estaba diciendo ‘bua’ con la boca en lugar de llorar de verdad.
Pero por más que su actuación fuera un desastre, Daniel solo tenía dos caminos: o le daba la razón, o perdía la pelea.
Finalmente, se rindió.
—Ya, bueno. Seamos amigos, pues. Amigos. ¿Ya estás contenta?
—¡Síp!
Como si hubiera estado esperando exactamente eso, Ellie bajó las manos y asintió con entusiasmo. ¿Qué lágrimas? Si su cara estaba más reluciente que nunca. A Daniel le empezó a doler la cabeza de solo pensar que lo habían vuelto a agarrar de lornas.
Pero el ataque de Ellie no terminó ahí. Acto seguido, soltó un puñetazo más fuerte:
—¡Me caes súper bien, Diana!
Daniel abrió los ojos de par en par. ¿Esta chica es boba o qué? ¿Ya se olvidó de que la estuvo ignorando todo el día? ¿O es que le gusta que la traten mal?
Pero, en verdad, a Daniel le preocupaba otra cosa: un problema totalmente inútil como qué tan específico era ese ‘me caes bien’ de Ellie.
—… ¿Y Amanda?
—¿Eh?
Ellie ladeó la cabeza sin entender a qué venía eso.
Daniel sabía perfectamente que en ese momento debía cerrarse el pico. Pero, ¿acaso algo le estaba saliendo como quería últimamente? Su lengua volvió a traicionar su voluntad y soltó lo que no debía:
—Tú también eres bien pata de Amanda, ¿no?
—Mmm… Bueno, sí, pero tú me caes mejor. Quizás es porque eres mi primer amigo.
Ellie respondió con una sonrisa de oreja a oreja. A Daniel se le cortó la respiración por un segundo. Su corazón empezó a bombear como loco, todo emocionado.
Ellie, que no se daba cuenta de nada, se puso a tararear mientras agarraba su toalla. Ya se había olvidado por completo de su bronca con Betty. Por fin su roommate la había reconocido como amiga; ¿qué le importaba esa chica malvada?
Es más, hasta sentía que debía agradecerle a Betty, porque gracias a ella se había amistado con Daniel. Con el ánimo al tope, Ellie salió de la habitación saltando en un pie.
—¡Ya vuelvo, me voy a lavar la cara!
Daniel se quedó ahí sentado, tieso, sin poder reaccionar. Escuchó cómo se cerraba la puerta y cómo se alejaban sus pasos ligeros.
Recién ahí, como si se hubiera roto un hechizo, soltó un suspiro de alivio. Qué palta, le temblaban las manos. Se pasó las manos por la cara rápidamente para disimular el temblor. Al instante sintió que le quemaba la piel.
Se miró las palmas de las manos sin poder creérlo. Se puso el dorso de la mano en la mejilla y fue lo mismo. Ya no podía negarlo: su corazón estaba mandando toda la sangre directo a su cara.
O sea, se había puesto rojo. Y todo por escuchar un simple ‘me caes mejor’ en plan de amigos.
—Fuaaa…
Soltó un suspiro largo y pesado. Esto estaba mal. Realmente, pero realmente mal.
Daniel sintió un fuerte presentimiento de peligro. Y lo que más rabia le daba era que ya no podía decir que eran solo imaginaciones suyas. ‘¿Seré imbécil?’, pensó.
No veía forma de escapar de esta. Daniel se estremeció, sintiendo la peor impotencia de su vida.
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