Sirviente X Sirvienta - 33
Ellie enderezó la cabeza al toque. El corazón le latía a mil por hora, como si se le fuera a salir del pecho. ¿De verdad estaban hablando de ella? Pero ¿por qué? ¿Qué les había hecho ella? Aunque ya le había agarrado el ritmo al trabajo, todavía no se acostumbraba a esos juegos de poder ni a las envidias. A Ellie le temblaban las manos mientras recibía un nuevo bulto.
En verdad, ella no había hecho nada malo. ¿Acaso tenía que agarrarse a golpes para que no le quitaran la chamba? Daniel, ya harto de la situación, le encajó de porrazo la carga que llevaba al footman que estaba a su lado.
—¡O-oye!
—Ayúdame con esto, que pesa.
exigió Daniel con una conchudez tremenda y sin sudar ni una gota. Como lo pidió con tanta seguridad, el hombre no supo ni qué responder.
—Ah… ya… ya pues…
Si no quería trabajar, simplemente se lo encajaba a otro; no tenía por qué ensañarse con una chica que se sacaba la mugre para mantener a sus hermanos. Daniel, que estaba que echaba chispas por defender a Ellie, de pronto sintió un bajón de culpa. No tenía por qué criticar a las otras empleadas; él mismo se había dicho que no se iba a meter, y miren en qué andaba.
Ian tragó saliva y soltó un suspiro silencioso al ver cómo a Daniel se le subían los colores a la cara cada dos por tres. Menos mal nadie le prestaba atención, porque si lo vieran, de hecho pensarían lo mismo que él. Por suerte, después de eso, ningún otro hombre se ofreció a cargarle las cosas a Ellie. Claro, también fue porque ella se puso a la defensiva, como una ardilla escondiendo su comida cada vez que alguien se le acercaba. Aun así, de rato en rato, Betty se quedaba parada mirándola con odio.
Pensó que la cosa pasaría piola como siempre, pero esa misma noche, a la hora de la cena, se armó el lío. Como habían estado preparando todo para recibir a los invitados, la cena se retrasó más de lo normal. Daniel se sentó a propósito bien lejos de Ellie. Ya que las cosas estaban así, su plan era marcar distancia por completo. Amanda, tanteando un poco la situación, terminó sentándose al lado de Ellie. Al final, sentía que de los dos, Ellie era la que más sola se iba a sentir.
A Ellie, que todo el día se había hecho la fuerte, se le notaba el desánimo en la cara. De hecho, debe ser bien yuca sentirse así cuando no te llevas bien con la persona con la que compartes cuarto. Amanda, queriendo calmar las aguas, se animó a hablarle con cuidado.
—Ellie, escúchame…
—Dime.
—¿No sería mejor que hagas las paces con Diana?
Al oír eso, la cara de Ellie se puso más triste todavía. Si fuera una pelea normal, como decía Amanda, pues se arregla y ya. Si había algo de ella que no les gustaba, estaba dispuesta a cambiarlo. Pero ¿qué se supone que haga cuando la ignoran de esa forma tan pesada? Ellie pinchó un pedacito de carne que había picado y se lo llevó a la boca. Normalmente, un poquito de jugo de carne le daría energías, pero hoy no tenía nada de hambre. Aunque eso sí, no pensaba dejar nada en el plato.
Amanda, sintiendo que había metido la pata por las puras, trató de arreglarla rápido:
—O sea, no siempre uno va a encajar con todos. Pero aunque Diana a veces habla medio feo, en el fondo es buena…
Mientras más trataba de justificarla, más ganas de llorar le daban a Ellie. Ella sabía perfectamente que Diana era una buena compañera de cuarto. Solo hablaba pesado, pero nunca le había hecho nada malo de verdad. Incluso llegó a resentirse un poco con Amanda. Eso de andar diciendo que hablaba feo como si fuera un chisme… francamente, ella la conocía mejor porque dormían en el mismo cuarto.
Y de ahí, le vino el pensamiento de que quizá ella no era una buena compañera. Por eso todos la debían odiar. Ellie estaba cavando su propia tumba y parecía que ya estaba lista para echarse la tierra encima ella misma. Justo cuando Amanda no sabía qué hacer por su error, se escuchó otra voz por detrás:
—Al final, a esas tipas que se ven así de descuidadas son a las que más se les pegan los hombres. Se ven facilitas, ¿no?
El tenedor de Ellie se detuvo en seco. No podía ser. No todos los insultos que soltaban al aire tenían que ser para ella. Ellie, pensando ‘no creo’, volteó a mirar. La empleada que acababa de soltar la veneno le susurró algo al oído a Betty.
—Ay, parece que me escuchó. Qué pena, ¿no?
Betty soltó una carcajada ante la gracia de la otra. Ellie se puso pálida. Amanda, toda nerviosa, trató de calmarla:
—Lo hacen por joder, no les hagas caso.
Incluso sin el consuelo de Amanda, Ellie ya lo sabía. Esas palabras eran solo una excusa para molestarla. Si Betty, su grupo, o todas las empleadas la odiaban, no había nada que hacer. Ellie Brewer sabía mejor que nadie que no daba la talla para trabajar en la casa del conde en la capital. Pero esta vez, no se lo podía tragar. Ya estaban llegando al colmo de meterse con ella por tonterías; ¿por qué tenía que seguir aguantando y hacerse la loca?
Ellie se levantó de golpe. El sonido de la silla arrastrándose hizo que todos los que estaban cerca voltearan a ver. Amanda, desesperada, trató de agarrarla para que se sentara otra vez, pero no pudo con ella.
—¡Ellie…!
Al voltear, Ellie se fue directo a la mesa donde estaba sentada Betty. De pronto, cruzó mirada con Daniel, que estaba sentado en diagonal detrás de Betty. Él la miraba como preguntándole: ‘¿Qué piensas hacer?’. Pero Ellie, por primera vez, le quitó la mirada.
A diferencia de las otras empleadas, con él sí quería llevarse bien. Por más que le hablara feo o se la pasara reclamando, ella se sentía bien a su lado. Por eso se esforzó tanto, pero al final terminó cayéndole mal; y lo peor es que ni siquiera sabía por qué.
Si las cosas eran así, ¿de qué servía quedarse callada y aguantar? Ellie caminó directo hasta quedar frente a Betty y, con una voz que no admitía dudas, le dijo:
—Dímelo en mi cara.
—¿Qué cosa?
respondió Betty, mirándola de reojo con desprecio.
Esa forma tan cobarde de hacerse la loca hizo que Ellie hirviera de cólera. Así como Ian no era el verdadero motivo de la pelea entre Betty y Joanna, esto tampoco se trataba realmente de un tema de hombres.
Ellie plantó ambas palmas sobre la mesa. Los platos, que estaban a medio terminar, se sacudieron con fuerza. Mirando fijamente a Betty a los ojos, le gritó:
—¡Que me lo digas en mi cara! ¡Deja de andar hablando a mis espaldas!
A pesar de su determinación, el final de su frase salió con un ligero temblor. En ese momento no estaban ni el ama de llaves ni la jefa de empleadas para botarla de ahí mismo. Pero igual tenía miedo. Aunque una pelea tonta no fuera motivo de despido, sabía que Betty se las podía ingeniar para hacer que ella misma terminara renunciando.
Todas las miradas en el comedor se clavaron en ellas dos. Ellie se sentía avergonzada, pero no se arrepentía de lo que había hecho. Betty soltó una risita burlona, levantó el mentón con toda la prepotencia del mundo y soltó:
—¿Y qué vas a hacer, pues?
—¿Qué?
—¿Si te lo digo vas a renunciar de una vez? Ya, te lo digo: aquí nadie te pasa. Ah, ¿o de repente una sí?
Betty dijo esto último lanzándole una mirada con segundas a Amanda.
Ellie se mordió el labio inferior. No se había detenido a pensar en cómo esto afectaba a Amanda. ¿Y si ahora ella también se volvía el punto de las burlas?
Además, el hecho de que Betty mencionara solo a Amanda confirmaba que, para todo el mundo, ya era un hecho que su propia compañera de cuarto le había dado la espalda. Eso le dolió en el alma; se sintió miserable.
Viendo que ya tenía la sartén por el mango, Betty continuó con sus indirectas, hablando lo suficientemente fuerte para que todos escucharan:
—Bueno, supongo que puedes irte a juntar con los hombres que tanto te gustan.
El grupo de Betty estalló en carcajadas. A Ellie se le subió la sangre a la cara de la pura vergüenza. Ella jamás, por ningún motivo, les había pedido ayuda a los empleados varones. Ni siquiera entendía por qué ellos se habían portado así.
Y lo que más cólera le daba era que esos mismos footmen, que antes le daban una ayuda que ella no quería, ahora ni se inmutaban. No es que necesitara que sacaran cara por ella, pero ni siquiera intentaban aclarar las cosas; al contrario, los ojos les brillaban como si estuvieran viendo un espectáculo divertido.
Ya no podía más. O mejor dicho, desde que su compañera de cuarto, que era su único apoyo, le quitó el habla, ya se sentía con la moral por los suelos. Solo por puro orgullo, Ellie soltó lo más fuerte que pudo:
—¡Yo tampoco te paso! ¡Y apuesto a que, aunque no digan nada, acá nadie te aguanta a ti tampoco!
Joanna, que estaba sentada lejos, soltó una carcajada. Y no fue la única. Todas las empleadas que, por lo bajo, ya habían tenido sus roces con Betty, empezaron a reírse tapándose la boca.
Ahora la cara de Betty fue la que se puso roja como un tomate.
—¡Tú…!
se levantó de golpe, como quien se prepara para irse a las manos.
Ellie levantó los brazos para cubrirse y cerró los puños con fuerza. ‘Citadina creída contra serrana’. En una guerra de palabras quizá perdía, pero en una de golpes tenía chances. ¡Si hasta había participado en concursos de atrapar chanchos!
En ese preciso instante, alguien le agarró la muñeca con firmeza.
—Ya basta.
Era una voz grave y decidida. Ellie volteó la cabeza por instinto. Daniel, con una expresión muy seria, le bajó la mano mientras la sujetaba con fuerza.
A Ellie le dio un vuelco el corazón y se sintió fatal. Pero más que preguntarse por qué la detenía, lo primero que sintió fue un resentimiento profundo: ‘¿Recién apareces ahora?’
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